lunes, 25 de abril de 2011

La infantita que fue convertida en almendro "cuento español"

Éranse un rey y una reina que, después de solicitarlo mucho al cielo, tuvieron una hija, a la que decidieron poner de nombre Margalida. Al bautizo fueron invitadas todas las hadas del país, menos una, llamada Isaura, de la que no tenían la menor noticia.
Todas las hadas invitadas colmaron a la infantita de preciosos dones: una le deseó belleza, otra salud, otra bondad, otra sabiduría, otra alegría.
Pero, Isaura, furiosa por no haber sido invitada al bautizo, entró en la alcoba de la princesita y pronunció un voto funesto:
Dijo con voz ronca:
- Cuando llegues a la edad de casarte, Margalida, te convertirás en almendro.
El hada madrina, la bondadosa Mafalda, se acercó a la cuna en que dormía inocentemente su ahijada la infantita. Y como no podía destruir por completo el maleficio de la despechada Isaura, quiso neutralizarlo con un voto supremo y dijo:
- Sí, te convertirás en árbol al llegar a la edad de casarte, ahijada mía pero recuperarás la forma en cuanto encuentres novio...
Pasaron quince años.
La infantita salió una tarde a cazar mariposas al jardín y... no volvió a palacio.
Se había convertido en almendro.
Sus padres, aunque consternados no se desesperaron. Habíase cumplido el vaticinio de Isaura, el hada mala. También se realizaría el de Mafalda, el hada buena.
Una mañana de primavera pasaba un pastor por debajo de un almendro en flor y oyó decir al árbol:
- Pastorcito, pastorcito... Soy la princesa Margalida... ¿Quieres ser mi esposo?
Alzó el pastorcillo la vista y vio surgir, entre las rosadas flores del almendro, la rubia cabecita de la infantita. Asustado, echó a correr.
A mediodía pasó por el mismo lugar un escudero y oyó que el almendro le decía:
- Escudero, escudero... Soy la princesa Margalida... ¿Quieres ser mi esposo?
Levantó la cabeza el escudero y vio el hermoso rostro y las doradas trenzas de la infantita.
- Sí, quiero, mi princesa; pero antes he de obtener la venia de mis padres.
Por la tarde pasó un caballero bajo el almendro en flor.
El almendro le dijo:
- Caballero, caballero... Soy la princesa Margalida... ¿Quieres ser mi esposo?
Alzó la mirada el caballero y, descubriendo la cabecita de la infantita entre las rosadas flores del árbol, respondió:
- Sí, quiero; pero antes he de verte en forma humana... No permito a nadie que me engañe...
Y se alejó lentamente, volviendo de vez en cuando la cabeza.
Por la noche pasó por debajo del almendro un príncipe azul y oyó decir al árbol:
- Príncipe, príncipe... Soy la princesa Margalida... ¿Quieres ser mi esposo?
Levantó el príncipe los ojos hacia el árbol y no bien hubo descubierto la cabecita angelical de la infantita, cayó rodillas y exclamó:
- Sí, quiero.
La infantita salió entonces del tronco del árbol, vestida con una túnica blanca cubierta de estrellas y la cabeza coronada de flores de almendro.
Cuando se dirigía a palacio, acompañada de su novio, el príncipe azul, encontró en su camino al pastorcito, al escudero y al caballero.
Los tres volvían a buscarla.
Al pastorcito le dijo, sonriendo:
- Ya es tarde, mi buen pastorcito.
Al escudero, muy seria:
- No has llegado a tiempo; vuélvete.
Y al caballero no le dijo nada, sino que volvió la cabeza al otro lado, como si hubiese visto un basilisco.

martes, 19 de abril de 2011

La dama del lago "cuento español"

Había una vez una viuda que, habiendo perdido a su esposo en la guerra, vivía en unión de su único hijo. Ambos eran tan trabajadores que, en pocos años, se habían asegurado una existencia holgada, sin que nada les faltase.
Tenían una casita con un huerto, y el establo lleno de animales. La madre cuidaba la casa, y el hijo tenía a su cargo el cuidado de los animales, los que llevaba a pastar al prado que se hallaba en las cercanías de un lago.
Un día, el joven, sentado junto a la orilla, contemplaba las transparentes aguas del lago, cuando descubrió de repente una muchacha que se paseaba sobre la superficie de las aguas.
Era más bella que un rayo de sol; una espléndida cascada de dorados cabellos caía sobre su espalda de alabastro y sus ojos de turquesa contemplaban la superficie del lago, donde se reflejaba, como en un espejo, su extraordinaria belleza.
El joven, que estaba comiendo un trozo de pan y queso, quedó como en éxtasis, creyendo que soñaba.
De pronto, la hermosa muchacha pareció verle, y se aproximó lentamente a la orilla.
El hijo de la viuda le ofreció el trozo de pan que tenía en su mano derecha.
Ella lo rechazó, diciendo.
- Mano dura, pan duro, no procuran sino angustias y miserias.
Sin añadir más, zambullóse en el agua y desapareció.
El joven quedó largo rato en la orilla, escrutando las aguas, esperando ver aparecer de nuevo a la encantadora muchacha, cuya armoniosa voz le pareció estar oyendo aún. Mas aguardó en vano y, al caer la tarde, volvióse a su casa tras de sus vacas.
Cenó tan poco y estuvo tan absorto en sus pensamientos que su madre no pudo por menos que preguntarle si se sentía enfermo.
Él le contó cuanto había visto, añadiendo que jamás podría olvidar a aquella hermosa muchacha que había aparecido en la superficie de las aguas del lago.
La madre quedó pensativa unos instantes; luego, dijo a su hijo:
- No ha aceptado tu pan porque era demasiado duro. Mañana te llevarás pan tierno y no lo rehusará.
- Tienes razón, madre. Así lo haré.
Durante toda aquella noche no pudo conciliar el sueño, pensando en la joven de los cabellos de oro, de la que se había enamorado perdidamente.
Y, no hubo bien amanecido, tomó prestamente el camino del lago, llevando en su morral un trozo de pan blanco, recién salido del horno.
Sentado junto a la orilla, con el corazón palpitante de emoción, aguardó la aparición de la encantadora criatura.
Mas pasó el tiempo y la superficie del lago permaneció desierta y silenciosa. De repente, levantóse un poco de viento que hizo encresparse las aguas, al tiempo que una nube blanca ocultaba el sol.
- ¡Tal vez no viene porque hace mal tiempo! - pensó el joven, con tristeza.
En efecto, transcurrieron muchas horas sin que la fascinadora muchacha de los cabellos de oro se dejara ver. Finalmente, las nubes se desvanecieron y el sol volvió a lucir victorioso, reflejándose en la superficie del lago.
Advirtiendo que algunas de sus vacas se habían acercado a abrevar a la orilla, corrió hacia ellas, por temor de que cayeran al agua. Pero no había avanzado sino unos cuantos pasos, cuando la extraordinaria aparición se alzó ante él, envolviéndole en una mirada fascinadora.
El joven quedó, como encantado unos segundos; mas, rehaciéndose al fin, dijo:
- Toma, éste no es duro como el de ayer. Acéptalo, porque te quiero y desearía hacerte mi esposa.
Ella no respondió, pero no dejó de mirarle con sus ojos color de cielo.
Entonces el joven se arrodilló, prosiguiendo con voz trémula:
- Si consientes en ser mi esposa, te haré feliz y no viviré más que para ti.
Respondió la joven:
- No. Pan tierno y corazón sensible, dan a menudo grandes dolores.
Y, como el día anterior, desapareció en las aguas del lago.
El hijo de la viuda había observado que, mientras hablaba la encantadora muchacha de cabellos de oro sonreía y sus ojos relucían maravillosamente. Esto le hizo abrigar alguna esperanza y, cuando llegó a su casita, estaba menos triste que la noche anterior.
Su madre quiso saber lo que le había sucedido y, cuando el joven hubo terminado su relato, dijo:
- El pan de ayer era demasiado duro y el de hoy demasiado blando. Es menester que le ofrezcas un trozo de pan que no esté demasiado seco ni demasiado fresco.
Y preparó en la artesa el pan que su hijo debía llevar el día siguiente.
Extendíase el lago al pie de la verde montaña y refulgía el sol en el firmamento azul, rodeado de nubes blancas como la nieve.
Sentado junto a la orilla, el hijo de la viuda no apartaba su mirada de la superficie del lago.
Más cuando llegó la hora de ponerse el sol sin que la fascinadora muchacha de los cabellos de oro y ojos color de cielo hubiera aparecido, el pobre joven sintió que una gran amargura invadía su corazón.
Había de volver a su casita, triste y desilusionado.
Ya llamaba a su rebaño para alejarse de allí, cuando, al dirigir una última mirada al lago, vio algo que le llenó de estupor: las vacas, paseaban tranquilamente por la superficie de las aguas y la joven de los cabellos de oro y ojos de color de cielo le contemplaba, sonriendo.
Al ver al pastor le salió al encuentro y saltó a la orilla, tendiéndole una mano.
Preso de una felicidad indescriptible, él le ofreció el pan amasado por su madre. La muchacha lo aceptó, mientras en su rostro se reflejaba una expresión de ternura.
Sentados uno junto al otro, el pastor tomó en las suyas una de las delicadas manecitas de la muchacha, diciendo:
- Te quiero. ¿Me harás dichoso, siendo mi esposa?
- ¡Imposible! - respondió ella.
- ¿Por qué? ¿Quieres que me muera de pena?
- No puedo aceptar, porque tú eres un ser mortal, mientras que yo pertenezca al reino de las hadas.
- No importa. No, es por cierto, la primera vez que un mortal se casa con un hada.
La muchacha dudó unos momentos y luego contestó:
- Bien, estoy dispuesta a ser tu esposa; pero con una condición.
- Habla amor mío. Por ti, estoy dispuesto a todo.
- Me casaré contigo; mas si me pegas tres veces sin motivo, nos separaremos.
- ¿Yo pegarte? - exclamó el pastor, enajenado de felicidad. - Mis manos no se posarán en ti más que para prodigarte caricias.
No bien hubo él terminado de decir esto, cuando la encantadora joven dio un salto poderoso y se sumergió en las aguas, desapareciendo en el fondo del lago.
La desesperación del pastor no es para ser descrita.
Y como en verdad no podía vivir sin aquella hermosa muchacha, se habría echado al agua tras ella, de no haberle contenido el pensamiento de que su madre se quedaría sola en el mundo.
Ya iba a alejarse de allí lleno de tristeza, cuando vio dos jovencitas que le salían al encuentro, acompañadas de un anciano que llevaba los cabellos extendidos sobre los hombros.
- Hijo de los hombres - dijo al pastor - Soy el padre de la muchacha con quien quieres casarte. Estas son mis dos hijas, y si puedes decirme a cuál de ellas has elegido, consentiré en tu casamiento.
El pastor contempló a aquellas dos encantadoras muchachas y quedó perplejo.
Eran idénticas, como dos gotas de agua.
Si no acertaba a indicar cual de ellas era la que había visto sobre las aguas, ninguna de las dos sería su esposa.
Y quedó mirándolas con fijeza, profundamente sorprendido, mientras el viejo aguardaba su respuesta.
Ya estaba a punto de desesperarse, cuando una de las jóvenes sacó un diminuto pie por debajo del vestido.
El pastor comprendió el significado de aquella seña y, acercándose a la muchacha, le cogió, de la mano, profundamente emocionado.
Dijo el anciano:
- Muy bien. Te confío la felicidad de mi hija.
- Aseguro a usted que la haré dichosa - dijo el pastor.
- Poco a poco, jovencito. Hemos de hablar de cosas prácticas. Mi hija tiene una dote.
- No quiero nada - replicó, el pastor. - Mi madre tiene una casa, un huerto y mucho ganado. Como soy su único heredero, puedo asegurarle que su hija será rica.
- Pero yo no puedo casarla sin darle su dote - insistió el anciano.
- Es usted muy generoso, pero yo estoy dispuesto a casarme con ella, aun sin dote, porque la amo.
- No importa. Recuerda, sin embargo, que si le pegas por tres veces sin motivo, el matrimonio quedará anulado y mi hija volverá conmigo.
Dicho esto, se volvió a la muchacha y le preguntó qué quería como dote.
Ella pidió cinco caballos, diez vacas y tres bueyes.
Apenas hubo terminado de manifestar sus deseos, los animales aparecieron como por arte de magia, relinchando y mugiendo alegremente.
El viejo bendijo a los dos jóvenes y desapareció en el lago con su otra hija.
El pastor ofreció su brazo a la joven esposa y se dirigió a su casa, seguido de los animales.
La madre los acogió muy contenta y, pocos días más tarde, se celebró la boda.
Los recién casados se habían establecido en una casita cercana a la de la viuda y vivían contentos y tranquilos, en unión de tres niñas que completaban su felicidad.
Un día recibieron la invitación de asistir a un bautizo, pero la joven esposa no se encontraba en disposición de ponerse en camino.
- Iremos a caballo - propuso el marido.
- Prefiero quedarme en casa.
- No, querida, no quiero dejarte sola. Ve a preparar tu caballo, mientras yo preparo el mío.
Y se fue a la cuadra para ponerse la silla a su cabalgadura.
Mas, cuando volvió y notó que su mujer no se había movido, apoderóse de él tal rabia que le dio un ligero golpe con la mano, exclamando:
- ¿Por qué no has hecho lo que te he dicho?
Por toda respuesta, ella rompió a llorar, gimiendo:
- ¡Ah, malo, malo! ¡Me has pegado sin ningún motivo! ¡Acuérdate del trato hecho y no me pegues más, pues te quedarás sin mí!
- Lo he hecho en broma - respondió el marido, mesándose los cabellos con desesperación.
Y se arrodilló ante su adorada esposa, prometiéndole que no lo haría más.
Al cabo de algún tiempo, el incidente fue olvidado.
Un día fueron invitados a una boda y asistieron, participando de la alegría de los convidados. Pero, en cierto momento, sin ningún motivo, la esposa del pastor rompió de pronto en amargo llanto.
- ¿Por qué lloras? - le preguntó su esposo afectuosamente, dándole un ligero golpe en la mejilla. - ¿Estás enferma?
- ¡Ah! - gimió ella, retorciéndose las manos y llorando aún más amargamente. - ¡Me has pegado por segunda vez, sin motivo alguno!
Preso de loca desesperación, el marido vio que había olvidado que, según la ley de las hadas, el golpe más leve equivalía a una paliza.
También este segundo incidente quedó olvidado pronto, y los dos esposos continuaron gozando de su felicidad, rodeados de sus tres hijas, que crecían sanos y robustos.
De cuando en cuando, la esposa recordaba al marido el pacto hecho antes de casarse; si le pegaba por tercera vez, su felicidad quedaría truncada para siempre.
Mas, un mal día, el pastor olvidó su promesa.
Habían ido a unos funerales, y, mientras los parientes y amigos del difunto lloraban su muerte, la mujer del pastor prorrumpió de pronto en una carcajada.
Sorprendido, su marido le dio un golpe en el brazo, diciéndole:
- ¿Estás loca? ¿Qué haces?
- Río porque los muertos están más contentos que los vivos, porque están libres de toda angustia y dolor.
Y, dirigiendo una triste mirada a su marido, añadió:
- Ahora nuestro matrimonio se ha roto. Me has pegado por tercera vez y tenemos que separamos para siempre.
Sin escuchar las súplicas del pastor, la mujer volvió a la casita donde habían vivido felices tantos años.
Y dijo a los animales:
- ¡Volved a la corte de vuestro rey!
Los animales abandonaron la cuadra y, con la esposa del pastor, se dirigieron al lago, en cuyas aguas desaparecieron inmediatamente.
Después de haberlos seguido en vano, el desgraciado pastor volvió a su casita, y, pocos días después, murió de tristeza.
Las tres hijas continuaron durante muchos años yendo a la orilla del lago, con la esperanza de volver a ver a su mamá, pero la hermosa dama de cabellos de oro y ojos color de cielo no apareció nunca más en las aguas.
Quizá, en las claras, noches de luna, un débil y triste lamento se eleva de las tranquilas aguas, como el llanto de una madre que invoca en vano a sus queridos hijos, perdidos para siempre jamás.

viernes, 15 de abril de 2011

La gaita maravillosa "cuento español"

Érase que se era un padre con tres hijos.
Los dos mayores eran inteligentes y aplicados, pero el tercero era algo simplote y le gustaba más jugar que estudiar.
El muchachito creía que ni sus padres ni sus hermanitos le querían, pues siempre le estaban regañando o burlándose de él por su ignorancia.
Cuando ya fue mayor, su padre le buscó una colocación de pastor en casa del labrador más rico del pueblo.
Ya llevaba bastante tiempo cuidando las ovejas y cumplía muy bien como pastor, por lo que era muy apreciado, de sus amos.
Un día apacentaba el ganado, sentado en una piedra, sin hacer nada, como de costumbre, cuando se le acercó una anjanaBruja buena. (N. de HadaLuna), que entabló conversación con él.
- ¿Por qué estás aquí de pastor, muchacho? - preguntó la anjana.
- Porque mis hermanos y mi padre no me quieren... Siempre estaban burlándose de mí.
- Algún día te burlarás tú de ellos... ¿Cómo te va de pastor?
- Muy bien, señora.
- ¿Qué tal es tu amo?
- Muy bueno.
- ¿Te da bien de comer?
- Sí, señora.
- ¿Y tú no te cansas de estar hora tras hora sin hacer nada?
- Sí, señora; me aburro extraordinariamente, pero como no sirvo para trabajar ni para estudiar, ¿qué quiere que haga? He pensado comprarme una gaita cuando el amo me pague.
- No tienes necesidad de ello. Te voy a regalar yo una que tiene la virtud de hacer bailar a todo el mundo cuando la tocan... Aquí la tienes.
Y la anjana, después de entregarle el instrumento, se despidió de él y se marchó.
Cuando el muchacho quedó solo, probó a tocar la gaita e inmediatamente se pusieron a bailar las ovejas. Estuvo tocando hasta que se cansó y las ovejas, reventadas de tanto bailar, se tumbaron en el suelo a descansar.
Todos los días, a media mañana y a media tarde, hacía bailar a las ovejas; luego las dejaba descansar. Con el ejercicio se les abría el apetito y comían mucho y como luego reposaban, se pusieron muy gordas y lustrosas.
El pastor no decía a nadie la virtud de su gaita, pero se enteraron otros pastores y, por envidia, dijeron al amo que el muchacho estaba loco o era brujo, porque estaba enseñando a bailar a las ovejas.
El amo no quería creer tal cosa, pero los otros insistieron tanto, que decidió comprobarlo al día siguiente por sus propios ojos.
Llegó, pues, al día siguiente a ver al rebaño y observó, que todas las ovejas estaban acostadas.
- ¿Que les pasa a las ovejas que no comen? - preguntó al pastor.
- Es que están descansando, señor.
- Me han dicho que las haces bailar... ¿Es verdad?
- Sí, señor... Bailan cuando yo les toco la gaita, luego descansan y comen más a gusto; por eso están tan gordas y lustrosas.
- ¿Las podrías hacer bailar delante de mí?
- Claro que sí. Cuando usted quiera.
- Ahora mismo.
Empezó a tocar el pastor la gaita. En el acto comenzaron a levantarse las ovejas y corderillos y se pusieron a bailar. El amo, riendo a carcajadas, bailó también sin darse cuenta.
Cuando el pastor cesó de tocar, se acostaron de nuevo las ovejas y el amo tuvo que tumbarse también de cansado que estaba.
Volvió el amo algo más tarde a casa y contó a su mujer lo sucedido.
- ¿Dices que al tocar la gaita el pastor has estado bailando tú y las ovejas? - preguntó la esposa, incrédula. - ¿Cómo quieres hacerme tragar esas paparruchas? ¿Has bebido?
- No he bebido y lo que te estoy diciendo es la verdad... Ve mañana a verlo y te convencerás.
Al día siguiente, el ama se dirigió al lugar en que el pastor de la gaita apacentaba el ganado.
- ¿Es verdad que haces bailar a las ovejas, simplote? - preguntó bruscamente.
- Sí, señora.
- Pues hazlas bailar que yo lo vea.
El muchacho empezó a tocar la gaita y las ovejas, levantándose, iniciaron una danza desenfrenada.
El ama también estuvo dando saltos y cabriolas, con tal viveza que no tardó en fatigarse, por lo que cuando el pastor, compadecido, cesó de tocar, se dejó caer al suelo, sin poder hablar.
Cuando descansó un poco, se levantó y gritó al pastor:
- No puedo consentirte esta burla, mostrenco... A la noche vas a casa para que te dé la cuenta... Quedas despedido.
Volvió el ama a su casa. El marido la vio sofocada y comprendió que había estado bailando como él.
- ¿Te has convencido ya? - preguntó
Ella contestó furiosa:
- Sí... He visto bailar a las ovejas y he bailado yo hasta que al animal de tu pastor le ha dado la gana. Por eso lo he despedido... No puedo aguantar que se haya burlado de mí.
Entregaron la cuenta al pastor aquella misma noche y el muchacho se marchó a su casa muy cariacontecido. Cuando llegó dijo a sus hermanos y a su padre que había sido despedido, pero sin explicarles el motivo, para no tener que hablar de su gaita.
El padre dijo que, aunque era un inútil, procuraría encontrarle otra colocación y que comprendiera que sus hermanos iban a tener que trabajar para él.
Entonces respondió el muchacho:
- A mí me gusta mucho ser pastor, papá; pero el ama se ha enfadado conmigo porque la he hecho bailar...
Los hermanos empezaron a reírse de él y el muchacho se calló.
Al día siguiente, el hermano mayor salió, por encargo de su padre, a vender un cesto de manzanas.
A pocos metros de la puerta de su casa le salió al encuentro una viejecita que le preguntó:
- ¿Qué llevas ahí, muchacho?
- Ratas - contestó.
- Ratas serán - repuso la vieja.
Siguió andando, con la gran cesta al brazo, entró en una casa y preguntó si querían manzanas. Le dijeron que las enseñara y al abrir la cesta empezaron a salir ratas...
Los habitantes de la casa salieron despavoridos, llamaron a todos los vecinos y le dieron al muchacho una paliza fenomenal por aquella broma de mal gusto.
El pobrecillo, cuando volvió a casa, tuvo que meterse en la cama.
Al día siguiente se fue el segundo hermano a vender manzanas con la misma cesta.
Salióle al encuentro la misma viejecita y le preguntó:
- ¿Qué llevas en el cesto, muchacho?
- Pájaros - contestó.
- Pájaros serán - repuso la anciana.
Entró en una casa a vender manzanas y cuando abrió la cesta salieron los pájaros volando. Los de la casa rieron hasta desternillarse de lo que creían una broma y el muchacho volvió a la suya muy desconsolado.
El hermano menor dijo a su padre:
- Quiero ir yo a vender manzanas, papá.
Los otros hermanos empezaron a gritar:
- No lo dejes, papá... ¿A dónde va a ir esa calamidad?
Pero el padre le dejó llenar la cesta y salir.
Encontróse el pequeño con la anciana, que le preguntó:
- ¿Qué llevas en ese cesto, muchacho?
- Manzanas, abuela. Y que son hermosas y sanas... Tome una y pruébela...
- No, hijo mío. Muchas gracias. Vete a venderlas y no te entretengas.
Llegó a una casa ofreciendo las manzanas. Le pidieron que se las enseñara y al ver lo buenas que eran le compraron media cesta. Echó entonces el dinero en un taleguillo y se fue a otra casa.
Ofreció las manzanas, le dijeron que las mostrara y, al abrir la cesta, observó que estaba llena. Compráronle media cesta, guardó el dinero en el taleguillo y siguió su camino.
Cada vez que entraba en una casa y abría la cesta se la encontraba llena. Así fue vendiendo manzanas y manzanas, llenó de dinero el taleguillo, todos los bolsillos y un pañuelo, que ató por las cuatro puntas.
Ya se volvía a casa, decidido a no vender más manzanas, y había sacado la gaita para entretenerse por el camino, cuando le salió la anjana que se la había regalado, y que le dijo:
- No toques la gaita hasta que llegues a tu casa.
Guardóse, pues, la gaita, y se encaminó a su casa, donde vio que solamente estaban sus hermanos. Abriéronle la cesta y al verla llena de manzanas empezaron a burlarse de él, pero el muchacho sacó entonces la gaita y empezó a tocar, haciendo bailar a sus hermanos, hasta que éstos cayeron al suelo rendidos de cansancio.
Poco más tarde llegó el padre; acompañado de la bruja buena.
- Hijos míos - dijo a los dos mayores - no volváis a burlaros de vuestro hermano menor, porque es el mejor de los tres.
La anjana añadió:
- Yo fui quien os convirtió las manzanas en ratas y en pájaros, para castigaros por vuestras mentiras... En cuanto a ti, agregó, volviéndose al pequeño, devuélveme la gaita, pues ya no la volverás a necesitar.
Y como los mayores no molestaron más al pequeño y éste empezó desde aquel día a trabajar con celo, vivieron muy felices y comieron perdices.

lunes, 11 de abril de 2011

El principe desmemoriado "cuento español"

Cuéntase que había una vez un príncipe, llamado Andana, hijo del rey Perico y de la reina Mari-Castaña, que tenía el gravísimo defecto de carecer de memoria. Todo cuanto oía, veía, hacía o decía lo olvidaba en el acto.
Los reyes, muy preocupados, llamaron en consulta a los mejores médicos del reino y éstos, después de largas y profundas deliberaciones, llegaron al acuerdo de que ninguno de ellos conocía remedio alguno para el mal que aquejaba al joven príncipe, presentando al rey un extenso, dictamen, en el que le aconsejaban que enviara a Andana a recorrer el mundo, asegurándole que de este modo, cuando volviera, recordaría, si no todo, algo de lo que viera.
Tanto el rey Perico como su esposa, la reina Mari-Castaña, acogieron con alborozo el consejo de los sabios doctores, concediéndoles cruces y distinciones en premio a su fenomenal talento y sapiencia.
Inmediatamente decidieron poner en práctica la atinadísima sugerencia de los sesudos varones y la reina Mari-Castaña preparó con sus reales manos una suculenta merienda al infante desmemoriado, diósela, junto con su bendición y algunos consejos, y le despidió llorando a lágrima viva.
El príncipe emprendió la marcha. Al poco rato no se acordaba ni de las lágrimas de su madre, ni de los consejos, ni de que llevaba merienda.
Continuó andando, hasta que sintió un hambre atroz y, viendo una posada, entró en ella. Pidió de comer; le sirvieron una suculenta comida, pues le habían reconocido, y cuando hubo terminado se marchó sin acordarse de pagar la cuenta al posadero.
Andando, andando, llegó nuestro héroe, a orillas del mar. Sentía sed, y al ver una riquísima viña, entró a coger uvas, pero el guarda le confundió con un ladronzuelo vulgar y para escarmentarlo lo arrojó de cabeza al mar.
El pobre Andana no recordó si sabía nadar o no, pero cuando salió a la superficie empezó a mover brazos y pies y comprobó; con gran satisfacción que se sostenía a flote. Sin embargo, había olvidado dónde estaba la playa y empezó a nadar mar adentro, hasta que, cuando estaba ya casi desfallecido por el tremendo esfuerzo realizado, fue recogido por un barco que navegaba hacia Turquía.
En aquellos tiempos era soberano de aquella nación el Gran Turco, déspota sanguinario y cruel, a quien todo el pueblo odiaba y temía. Ya tenía más de sesenta años y estaba completamente ciego, pues se le habían formado cataratas en los ojos.
Por los días en que sucedía lo que contamos, el feroz sultán había llamado a los médicos de la corte, y les había dicho, con un acento que hubiera hecho estremecerse a una estatua de mármol:
- O me devolvéis la vista u os corto la cabeza.
Los galenos otomanos no sabían operar las cataratas, pero como les peligraba el relleno del turbante, se decidieron a buscar un colega que fuese capaz de curar la ceguera del Gran Turco.
Llegó a su conocimiento que en una de las ciudades turcas habla un médico cristiano que realizaba curas sorprendentes e inmediatamente transmitieron la noticia al Gran Turco.
- ¡Que salgan cien jinetes a buscarlo! - ordenó el déspota.
Dos días más tarde, el médico cristiano se hallaba en presencia del sultán.
- Te he hecho venir, cristiano - díjole con voz atronadora - para que me devuelvas la vista, cosa que estos imbéciles no son capaces de conseguir... Si lo haces, te llenaré todos los bolsillos de oro, pero si fracasas...
- ¿Si fracaso, señor... ?
- Si fracasas, puedes despedirte de tu cabeza.
Lleno de temor, el médico cristiano entretuvo durante unos cuantos días al tirano con cocimientos de flor de saúco y con lavados de agua de San Antonio; pero como el Gran Turco no mejoraba y el pobre galeno temía por su vida, se le ocurrió decirle:
- El remedio más eficaz para curarte, señor, no se encuentra aquí, en Turquía...
- ¿Qué remedio es ése?
- Una especie de ungüento hecho con manteca de cristiano y unas hierbas milagrosas que sólo yo conozco... Pero, desgraciadamente, aquí es muy difícil encontrar un cristiano...
- ¿Y las hierbas?
- Las hierbas, sí, señor...
- Prepara entonces las hierbas y mis médicos te sacarán la manteca a ti mismo...
El desgraciado galeno estuvo a pique de morir del susto.
- Es que..., señor - dijo tartamudeando, - mi manteca no sirve... Ha de ser la de un cristiano joven...
En aquel preciso instante entraron unos edecanes a decir al Gran Turco que unos marineros habían recogido a un náufrago cristiano, que aseguraba ser el príncipe Andana, hijo del rey Perico y de la reina Mari-Castaña.
- ¡Ya tenemos el ungüento! - exclamó el sultán, con gran estupefacción de los recién llegados.
Luego, volviéndose al médico, añadió: - ¡Sácale la manteca y prepárate para devolverme la vista!
Tambaleándose de espanto, el médico cristiano salió, cubierto de frío sudor.
Fuése en busca del príncipe Andana, pero con el decidido propósito de no sacrificarlo y de salvarle la vida. Cuando lo vio, después de saludarlo, concibió una idea maravillosa y, encaminándose seguidamente a las habitaciones del Gran Turco pidióle audiencia y le dijo:
- Señor, el esclavo cristiano está tan delgado que no tiene, manteca ninguna. Si quieres curarte, tienes que alimentarlo bien, darle una buena habitación y proporcionarle toda clase de distracciones.
La proposición pareció de perlas al sultán, que ordenó que se alojara al príncipe Andana en la mejor habitación de su palacio, vecina a la de una esclava circasiana, recién llegada, que era de peregrina hermosura.
Cuando el príncipe hubo tomado posesión de su nueva morada, el médico fue a visitarle y le refirió lo que ocurría.
- Aunque paséis hambre - añadió ­ no comáis más que lo estrictamente necesario. Yo me encargaré de preparar nuestra fuga.
Pero al poco entraron los criados negros llevando enormes bandejas cargadas de faisanes trufados, gallinas en pepitoria, huevos hilados, frutas en inmensa variedad, helados, licores... Y el príncipe, sin acordarse de la recomendación del médico, se atracó de lo lindo.
Para reposar del pantagruélico banquete sacó una butaca al balcón y vio a la circasiana.
Toda la tarde se la pasó hablando con su vecina y se enamoró de ella enajenadamente.
Las comidas abundantísimas y las conversaciones con la circasiana se repitieron durante algunas semanas, con lo que el príncipe engordó extraordinariamente.
Un día entró el médico a visitarle y le dijo que había dado palabra al Gran Turco de hacerle el ungüento al día siguiente, pero que no tuviese miedo, pues aquella misma tarde, al anochecer, se fugarían en un barco que tenía preparado.
El príncipe respondió que habían de llevarse también a la circasiana, pues estaba dispuesto a casarse con ella, cosa a la que accedió el doctor.
Despidióse el buen galeno, diciendo que pasaría la tarde con el sultán, para que no sospechara nada, contándole el modo de confeccionar y aplicar la milagrosa untura.
Llegó la tarde y cuando el sol empezó a ocultarse hacia Poniente, el médico se dirigió apresuradamente al puerto, encontrándose con la desagradable sorpresa de que el barco no era más que un puntito insignificante en el horizonte.
El príncipe, tan pronto como había puesto los pies en el barco se había olvidado de su amigo.
El médico empezó a dar gritos, llamando al príncipe y a la circasiana, pero sólo consiguió enronquecer. El barco no tardó en desaparecer de su vista.
Ya estaba bien entrada la noche cuando un edecán entró en la suntuosa alcoba del sultán, para dar a su señor la noticia de la fuga del médico, del príncipe y de la esclava circasiana.
- ¡Maldito! - exclamó el feroz monarca. - ¿Cómo los has dejado escapar?
- Pero, señor, si yo no los he visto huir...
- ¿Cómo sabes, entonces, que se han escapado? - clamó el sultán.
- Porque un marinero los vio, y vino a traerme la noticia, pero yo estaba acostado y mientras me vestía...
- ¡Oh, oh, oh! ¡Te costará la cabeza haberte acostado tan a destiempo! ¡Guardias! ¡Guardias!
El edecán, al verse en peligro, desenvainó su alfanje y de un solo tajo rebanó la cabeza del tirano.
Cuando entraron los guardias vieron el cadáver del sultán y en vez de abalanzarse sobre su asesino prorrumpieron en gritos de júbilo, saliendo enseguida a dar la gratísima noticia al gran visir, que hizo salir por toda Constantinopla la banda de trompetas, con un heraldo al frente, para hacer pública la muerte del Gran Turco.
El pueblo, al enterarse de que la causa de la muerte de su tirano había sido indirectamente el médico cristiano, formó una gran manifestación de alegría, dando vivas al médico y al príncipe.
Un marinero llevó a palacio la noticia de que el barco en que se habían fugado Andana y la circasiana había embarrancado cerca de la costa.
Inmediatamente dio el heraldo la noticia al pueblo, formándose otra manifestación, con dos carros triunfales para recoger a los náufragos y pasearlos por las calles y plazas de la ciudad.
Cuando llegaron al barco se enteraron de que el médico no había huido con ellos, en vista de lo cual fueron a su casa y derribaron las puertas de la habitación.
El pobre médico, oyendo el tumulto, se hincó de rodillas y encomendó su alma a Dios, suplicándole que le concediera una muerte rápida y sin sufrimientos. Cuál no sería su alegría cuando vio entrar al príncipe y a la circasiana, seguidos de los más altos dignatarios de la corte, que daban vivas y más vivas al médico y al príncipe.
En triunfal procesión fueron conducidos todos a palacio, donde el nuevo gobierno les obsequió con un suculento banquete y luego les regaló un barco cargado de oro.
Embarcaron acto seguido nuestros héroes, llegando al cabo de pocas semanas al país del príncipe.
El rey Perico y la reina Mari-Castaña organizaron grandes fiestas para presentar la nueva princesa a la corte y poco más tarde se casaron Andana y la hermosa circasiana. Esta ayudó en lo sucesivo a su desmemoriado esposo a recordar todo lo que olvidaba.
En cuanto al médico, recibió un magnífico empleo en palacio y todos vivieron felices hasta que se murieron.
Y colorín colorado...

jueves, 7 de abril de 2011

El pandero de piel de piojo "cuento español"

Érase un rey que tenía una hija de quince años.
Un día, estaba la princesita paseando por el jardín con su doncella, cuando vio una planta desconocida.
Y preguntó, curiosa:
- ¿Qué es esto?
- Una matita de hinojo, Alteza.
- Cuidémosla, a ver lo que crece - dijo la princesa.
Otro día, la doncella encontró un piojo. Y la princesa propuso:
- Cuidémoslo, a ver lo que crece.
Y lo metieron en una tinaja.
Pasó, el tiempo. La matita se convirtió, en un árbol y el piojo engordó tanto, que, al cabo de nueve meses, ya no cabía en la tinaja.
El rey, después de consultar a su hija, publicó un bando diciendo que la princesa estaba en edad de casarse, pero que lo haría con el más listo del país.
Para ello se le ocurrió hacer un pandero con la piel del piojo, construyéndose el cerco del mismo con madera de hinojo.
Luego hizo colocar en todas las esquinas de las casas del reino un nuevo bando, diciendo:
«La princesita se casará con el que acierte de qué material está hecho el pandero. A los pretendientes a su mano se les dará tres días de plazo para acertarlo. Quien no lo hiciere en este tiempo, será condenado a muerte.»
A palacio acudieron condes, duques, y marqueses, así como muchachos riquísimos, que ansiaban casarse con la princesita, pero ninguno adivinó de qué material estaba fabricado el pandero y murieron todos al tercer día.
Un pastor, que había leído el bando, dijo a su madre:
- Prepárame las alforjas, que voy a probar suerte. Conozco las pieles de todos los bichos del campo y la madera de todos los árboles del bosque.
Después de discutir un rato con la madre, que temía le sucediera lo mismo que a tantos otros pretendientes a la mano de la princesa, el pastor logró convencer a su progenitora y emprendió el camino hacia la corte.
En las afueras de un pueblo encontróse con un gigante que estaba sujetando un peñasco como una montaña y le preguntó:
- ¿Qué haces ahí, muchacho?
- Sujeto esta piedrecita para que no caiga y destroce el pueblo.
- ¿Cómo te llamas?
- Hércules.
- Mejor dejas eso y te vienes conmigo; llevo un negocio entre manos y si me sale bien algo te tocará a ti. ¡Anda, ven!
Hércules echó a rodar la peña en dirección contraria al pueblo, arrasando los bosques en una extensión de cinco kilómetros, y se marchó con el pastor.
Llegaron a otro pueblo y vieron a un hombre que apuntaba con una escopeta al cielo.
- ¿Qué haces ahí? - preguntóle el pastor.
Y el cazador contestó:
- Encima de aquella nube vuela una bandada de gavilanes. Por cada uno que mato me dan diez céntimos.
- ¿Cómo te llamas?
- Bala-Certera.
- Mejor dejas eso y te vienes con nosotros; llevo un negocio entre manos y si me sale bien algo te tocará a ti. Anda, vente con nosotros.
Y Bala-Certera se unió al pastor y a Hércules.
A la salida de otro pueblo vieron junto al camino a un hombre que estaba con el oído pegado al suelo.
El pastor le preguntó:
- ¿Qué haces ahí?
- Oigo crecer la hierba.
- ¿Cómo te llamas?
- Oídos-Finos.
- Vente con nosotros; con esos oídos puedes prestarnos buenos servicios.
Y Oídos-Finos se marchó con el pastor, Hércules y Bala-Certera.
Llevaban andando un buen rato, cuando vieron a un hombre atado a un árbol, con sendas ruedas de molino a los pies.
El pastor le preguntó:
- ¿Qué haces aquí?
- He hecho que me aten, porque suelto me corro el mundo entero en un minuto.
- ¿Cómo te llamas?
- Veloz-como-el-Rayo.
- Ya somos cuatro - dijo el pastor. - No admitimos más socios. Vendrás con nosotros.
Desataron a Veloz-como-el-Rayo y éste dijo a sus compañeros que se colocarán sobre las ruedas de molino, asegurándoles que los conduciría adonde quisieran ir con la velocidad del rayo.
Mientras se colocaban todos, acercóse una hormiga que dijo:
- Pastor, llévame en el zurrón.
- No quiero, porque vas a picotear la tortilla que llevo para la merienda.
- Llévame contigo, pastor, que tengo de prestarte buenos servicios.
El pastor metió la hormiga en el zurrón, y en esto se acerca un escarabajo que le dice:
- Pastor, llévame en el zurrón.
- No quiero, porque vas a estropearme una tortilla que llevo para la merienda.
- Llévame, hombre, que tengo de prestarte buenos servicios.
El pastor metió el escarabajo en el zurrón, y en esto se acerca un ratón que le dice:
- Pastor, llévame en el zurrón.
- No quiero que estropees, la tortilla que llevo para la merienda.
- No te la estropearé, que anoche llovió y tengo el hocico limpio. Llévame contigo, que tengo de prestarte buenos servicios.
El pastor lo metió en el zurrón.
Emprendieron todos la marcha montados en las ruedas de molino y sin darse cuenta llegaron a palacio.
Alojáronse todos en un mesón que había frente al palacio, donde el pastor dejó a Hércules, a Bala-Certera, a Oídos­Finos y a Veloz-como-el-Rayo, para ir a ver a la princesa.
Cuando le enseñaron el pandero, dijo:
- Esto es de piel de cabrito y madera de cornicabra.
- Te has equivocado - dijo el rey. - Tienes tres días para pensarlo. Si no lo aciertas, morirás.
El pastor, desconsolado, volvió al mesón, y Oídos-Finos, el que oía crecer la hierba, le preguntó la causa de su tristeza.
Contóle el pastor lo ocurrido y Oídos­Finos dijo:
- No te aflijas. Averiguaré lo que te interesa saber y te lo diré.
Al día siguiente, se marchó al jardín donde paseaba la princesa con su doncella. Pego el oído al suelo y oyó, decir a la doncella:
- ¿No es lástima ver cómo matan a vuestros pretendientes, Alteza?
- Sí, desde luego; pero estarán muriendo hasta que alguno acierte que el pandero está hecho de piel de piojo y madera de hinojo.
- No lo acertará nadie.
Oídos-Finos no esperó más; volvió corriendo al mesón.
- Ya sé de qué es la piel del pandero - dijo a sus compañeros. - De piel de piojo y madera de hinojo. Acabo de oírselo a la doncella de la princesa.
Lleno de alegría, el pastor se dirigió a palacio y pidió ver al rey.
El monarca le dijo:
- ¿No sabes que el que no acierta la segunda vez de qué es la piel del pandero, tiene pena de la vida?
- Sí que lo sé, Majestad. Venga el pandero.
El pastor cogió el pandero, lo miró un momento y dijo:
- La piel de este pandero es de un animal que se mata así.
Y al decir esto, apretó una contra otra las uñas de sus pulgares.
El rey miró para su hija.
Y ésta preguntó al pastor:
- ¿De qué es la piel? Dilo pronto.
- ¿De qué es la piel? ¡Ja, ja, ja! La piel es de piojo.
- Acertaste - dijo el rey.
El monarca reunió acto seguido a la Corte, para anunciar que el pastor había acertado y que se casaría con la princesa; pero ésta dijo que con un pastor no se casaba de ninguna manera.
- Un rey - dijo su padre - no tiene más que una palabra. Tienes que casarte.
- Bien - respondió la muchacha. - Lo haré cuando me cumpla tres condiciones: la primera que me traiga antes de que se ponga el sol una botella de agua de la Fuente Blanca...
- ¡Pero hija mía! La Fuente Blanca está a cien leguas de aquí...
- Ya lo sé... No podrá hacerlo; pero por si acaso habrá de realizar otras dos pruebas: separar en una noche un montón de diez fanegas de maíz, poniendo a un lado, el bueno, al otro el mediano y al otros el malo; y luego habrá de llevar en un solo viaje dos arcones llenos de monedas de oro desde el palacio al pabellón de caza...
Marchóse el pastor a la posada, tan afligido como el día anterior, y refirió, a sus compañeros las condiciones que, para casarse, le imponía la princesa.
Veloz-como-el-Rayo, el que corría el mundo entero en un minuto, dijo:
- Por la botella de agua de la Fuente Blanca, que está a cien leguas de aquí, no te apures. Dame una botella y la traeré llena de agua en un abrir y cerrar de ojos.
En un santiamén regresó con la botella de agua.
Hércules afirmó:
- Los arcones los transportaré yo, a donde quieras.
Y la hormiga asomó la cabecita por un agujero del zurrón y añadió:
- Llévame a la habitación donde está el maíz y te lo separaré en una noche.
Al poco rato se presentó el pastor en palacio con la botella de agua y la hormiga en el bolsillo. Entregó la botella y pidió que le pusieran una cama en la habitación del maíz, ya que le sobraría tiempo para dormir.
A la mañana siguiente, mientras el rey y la princesa estaban viendo el maíz, ya separado en tres montones, fue Hércules y trasladó los dos arcones al pabellón de caza.
Pero, la princesita se puso muy rabiosa y afirmó que no se casaría con el pastor aunque la mataran, presentando a la corte inmediatamente como su futuro esposo a un príncipe vecino muy guapo y arrogante.
El pastor, compungido, abandonó el palacio.
Una vez en la posada, contó a sus compañeros lo que había ocurrido, a lo cual dijo el ratón, asomando el hociquito por un bolsillo:
- El día de la boda, el escarabajo y yo te vengaremos.
Llegó el día de la boda. El pastor se presentó en palacio y dejó el ratón y el escarabajo en la habitación destinada al novio, marchándose luego a la posada a esperar los acontecimientos.
Cuando el novio entró a acicalarse para la ceremonia, el ratón se le metió en el bolsillo de la casaca, mientras que el escarabajo se escondía en una de las amplias solapas.
Fueron los novios hacia el altar, acompañados de los padrinos, entre nutrida y escogida concurrencia.
Cuando el sacerdote preguntó al novio si aceptaba por esposa a la princesa, el escarabajo, de un salto, se le metió en la boca, con lo que el infeliz no pudo pronunciar palabra, sino que sintió una angustia horrible.
Entretanto, el ratón salió del bolsillo y se metió por entre las ropas de la princesa, dándole un mordisco tan atroz en la rodilla que por poco se muere del susto.
Novio y novia echaron a correr como locos hacia la puerta del templo, seguidos de los invitados, que no sabían lo que les pasaba.
Cuando hubieron, regresado a palacio, el novio abrió la boca para excusar su conducta, pero el escarabajo se agitó de nuevo y tuvo que cerrarla más que de prisa, mientras que el ratón propinó a la princesa un nuevo mordisco y la obligó a refugiarse en su habitación para huir de lo que todavía ignoraba lo que era.
Sola en su alcoba, la princesa se quitó el traje de novia y empezó a sollozar.
- Princesita - dijo el ratón - no descansarás un instante hasta que rompas con el príncipe y te cases con el pastor.
- ¿Quién me está hablando? - preguntó la princesa espantada.
- La voz de tu propia conciencia - aseguró el simpático roedor.
Entretanto, el príncipe se esforzaba en matar el escarabajo haciendo gárgaras; pero el bicho se le metía en las narices hasta que pasaba el chaparrón, consiguiendo que estornudara sin parar, con tal fuerza que se daba con la cabeza contra los muebles.
- ¿Es que no me vas a dejar tranquilo, miserable bicho? - rugió encolerizado.
- Hasta que no salgas de aquí te atormentaré sin cesar, día y noche.
El príncipe, al oír estas palabras, salió despavorido, no parando de correr hasta llegar a su reino.
El escarabajo, cuando le vio cruzar el umbral del palacio se dejó caer y fue a reunirse con el ratón.
- Vamos en busca del pastor - dijo el ratón. - Tengo la seguridad de que ahora la princesa se casará con él.
Fueron a la posada, contaron al pastor lo sucedido y cuando éste se presentó en palacio fue muy bien acogido por la princesa, que se colgó de su brazo y, acompañados por el rey y los altos dignatarios, volvieron a la iglesia, celebrándose la ceremonia con toda pompa y esplendor.
Luego hubo un baile magnífico, en que bailaron Hércules, Veloz-como-el-Rayo y Oídos-Finos, mientras Bala-Certera se quedaba de centinela en la puerta de palacio.
A medianoche, la madrina del príncipe desdeñado, una bruja horrible con muy malas intenciones, vino disfrazada de búho a matar al pastor, pero Bala-Certera, de un solo disparo, la envió al infierno.
Después del baile hubo un gran banquete, al que acudieron los reyes y los pastores de todos los países colindantes.
Los compañeros del pastor se quedaron a vivir para siempre en palacio.
Hércules, el gigante, fue nombrado mayordomo; Oídos-Finos, el que oía crecer la hierba, jefe de policía; Veloz-como­el-Rayo, el que corría el mundo en un minuto, correo real; y Bala-Certera, el cazador, capitán de la guardia.
La hormiguita, el ratoncito y el escarabajo fueron debidamente recompensados.
A la hormiguita le reservaron unos terrenos donde había toda clase de granos y golosinas apreciados por ella, y con el tiempo formó un pobladísimo hormiguero que todos los súbditos respetaban, pues se pregonó que se castigaría con la pena de muerte al que hollara aquel espacio.
El ratoncito recibió un queso del tamaño de un pajar, para que hiciera en él su morada, prometiéndole otro igual cuando le hiciera goteras.
El escarabajo recibió una hermosísima pelota de terciopelo verde y amarillo, con la que el avispado animalito hacía verdaderas maravillas, rodándola de un extremo a otro del trozo del jardín destinado a él exclusivamente.
Y todos vivieron felices.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

sábado, 2 de abril de 2011

Pereza y testarudez "cuento español"

Había una vez un marido y una mujer, ambos campesinos, que habrían vivido pacíficamente y hasta con alegría, de no haber sido por la pereza, feísimo vicio que atacaba con intermitencias a uno y otro cónyuge y al que se unía, para colmo, una testarudez de aragoneses.
Cuando cualquiera de los dos esposos se sentía con pocas o ningunas ganas de trabajar, empeñábase el otro en hacer lo mismo que su compañero, o menos.
Cierto día levantóse la esposa con unos deseos atroces de no hacer nada.
Apenas si quedaba en la casa pan para desayunar.
El marido, al darse cuenta de la escasez, dijo a su mujer:
- María, tienes que amasar esta misma tarde.
- No serán estas manos las que se metan en harina - respondió ella. - Amasa tú, si ese es tu gusto.
- ¿Acaso piensas que cenemos sin pan?
- Tienes un par de brazos hermosísimos; mucho más fuertes que los míos. Amasa tú.
- ¡María, no me hagas enfadar!
- ¡Quico, no me pongas nerviosa!
- ¡Yo no amaso!
- ¡Yo tampoco!
- No riñamos.
- Eso, de ti depende.
- Voy a decirte lo que se me ha ocurrido.
- Adivino que es algo para no trabajar.
- Y para no discutir.
- Eso está mejor... ¿Qué es?
- Puesto que tú no tienes ganas de amasar...
- Ni tú tampoco...
- De acuerdo... Puesto que no tenemos ganas de amasar...
- Así.
- Para no enzarzarnos en discusiones, vamos a acordar que el primero que hable sea el que amase el pan... ¿Conforme?
En vano esperó el marido respuesta de su esposa, que, aunque perezosa, no era tonta, y comprendió que, si contestaba, tendría que amasar.
Pasaron horas y horas y ninguno se decidía a hablar.
Sin probar bocado, tal vez por miedo a que, al despegar los labios, pudiera escapárseles alguna palabra, se acostaron poco después de anochecer.
Tendiéronse en la cama, uno de cara a la pared y el otro dándole la espalda y se durmieron sin haber abierto la boca.
A la mañana siguiente, cuando se despertaron, miráronse disimuladamente de reojo. El marido tenía la cara seria. A la mujer le faltaba poco para romper a reír; pero ninguno se dio por enterado.
Sonaron en la iglesia del pueblo las campanas de las doce y el matrimonio seguía en la cama, sin haber abierto la boca, como no fuese para bostezar, pues tenían un hambre espantosa.
Púsose el sol y seguían del mismo modo y llegó la noche y no hubo modificación alguna en su actitud, exceptuando una mayor frecuencia en los bostezos.
Los vecinos, asombrados de no haber visto en todo el día a ninguno de los dos, ni haberse abierto en la casa puerta ni ventana alguna, temieron que una desgracia irreparable fuera la causa de aquel silencio incomprensible.
No tardaron en congregarse los vecinos, que, algo medrosos para obrar por su cuenta, fuéronse a casa del alcalde para comunicarle lo que sospechaban.
Tomóse el acuerdo de acudir, sin pérdida de tiempo, al domicilio de Quico y María, marchando el propio alcalde a la cabeza de la asamblea.
Cuando llegaron a la casa, llamaron a la puerta con gran fuerza, pero nadie contestó a las llamadas, ni se percibió el menor sonido en el interior.
Los rostros de los vecinos allí congregados empezaron a mostrar temor e inquietud. Insistieron en las llamadas con el mismo resultado y ante lo grave de la situación, el alcalde propuso que se derribara la puerta.
La cosa se hizo con rapidez. Entraron en la casa con extremadas precauciones, temblándoles exageradamente las piernas a muchos de los reunidos. Temblaba hasta la vara del alcalde; parecía la batuta de un director de orquesta, de tanto como oscilaba a uno y otro lado.
Por fin llegaron al dormitorio de Quico y María.
Ninguno de ellos se movía ni daba la menor señal de vida. Tenían los ojos cerrados y las caras pálidas y desencajadas; nada extraño si se piensa que llevaban ya todo un día y una noche sin probar bocado.
Apoderóse de los allí reunidos un horror general. El alcalde, alzando la vara, que le temblaba más que antes, tartamudeó emocionado:
- ¡Quico! ¡María! ¡Responded al alcalde!
Pero los perezosos testarudos no pronunciaron palabra alguna ni hicieron el menor movimiento.
Entonces, la primera autoridad del pueblo se quitó respetuosamente el sombrero, que hasta entonces había conservado puesto, adoptó un aire compungido y dijo a los vecinos presentes:
- ¡Rogad a Dios por el alma de estos desgraciados! En cuanto a los cuerpos, voy a ordenar, ahora mismo, que les den cristiana sepultura.
A una de las vecinas le pareció, que, en el momento en que el alcalde pronunciaba estas palabras, los cadáveres de Quico y María se estremecieron o temblaron ligeramente.
Pero como, en buena lógica, esto era imposible, no quiso la vecina hablar del caso, ni considerarlo más que como una ilusión de sus sentidos.
Poco tardaron en llegar seis fornidos lugareños que cargaron con los cuerpos inertes, de la infeliz pareja, conduciéndolos camino del cementerio.
Llegados al lugar de reposo eterno, iluminado por la luz de la luna, dejaron sobre el suelo los que todos creían despojos mortales de Quico y María.
Y quiso la casualidad que sus cuerpos quedaran de costado y frente a frente.
Nadie de los presentes y con toda probabilidad ni siquiera la misma luna, advirtió que el marido y la mujer entreabrieron los ojos y se miraron como basiliscos. Hubo un instante en que pareció que Quico, desfallecido, iba a decir una palabra; pero no quiso darse por vencido, y cerrando los ojos, se apretó la lengua entre los dientes.
María bostezó una vez más, con riesgo de ser vista por los improvisados sepultureros, que, abierta ya la fosa, aproximáronse a recogerla para echarla dentro.
Estaba ya en la fosa la mujer, cuando fueron en busca del cuerpo del marido. De pronto se escapó un chillido de horror de todos los labios y hombres y mujeres, con el alcalde a la cabeza, echaron a correr como alma que lleva el diablo.
Y es que el pobre Quico, comprendiendo que estaba a punto de no volver a contemplar la luz del sol, dióse por vencido ante la horrorosa perspectiva de ser enterrado vivo, y, abriendo los ojos desmesuradamente, para demostrar que no estaba muerto, gritó con voz sepulcral, como la de un fantasma:
- ¡Socorro! ¡Socorro! ¡No estoy muerto!
No costó poco trabajo convencer a los vecinos y vecinas, con el alcalde a la cabeza, de que no había expirado el perezoso y testarudo Quico y que, por consiguiente, no había motivo para asustarse.
Pero el colmo de la sorpresa fue el ver que María, asomando la cabeza y los brazos por la abertura de la fosa, exclamaba con faz sonriente:
- ¡Ahora amasarás tú!