miércoles, 16 de diciembre de 2009

Una Confusion Navideña

Como todos podemos imaginar, para esta época del año, el taller de Papá Noel está en plena actividad. Sabemos que Papá Noel no trabaja solito, sino que lo ayudan miles de duendecitos pequeños, ligeros y encantadores.

Nadie alcanza a ponerse al día, el taller es un lío tremendo, duendes que van y vienen, juguetes que se fabrican y se envuelven, cartas por todos lados. De todos modos, para poder cumplir bien con todo este trabajo, los duendes están organizados en grupos y cada grupo cumple una función diferente. Algunos duendes confeccionan los juguetes o se encargan de conseguirlos ya hechos. Otros los distribuyen. Unos cuantos se dedican a leer las cartas y seleccionar los pedidos según sea niña o niño, la edad, el tipo de juguete o el regalo que quiere, etc. Estos últimos son los duendes lectores; ellos juntan la inmensa cantidad de cartas que envían todos los niños del mundo, las abren, las leen y las seleccionan para entregar a las distintas secciones, como por ejemplo, sección de juegos de computadora, de play-station, de Barbies.

Las cartas llegaban, como ya dijimos desde todo el mundo. Llegaban cartas de los niños que más tenían y también las de aquellos que no tenían tanto o tenían muy poco.
Para desgracia de nuestros duendecitos, esa Navidad hizo mucho más frío que de costumbre y la mayoría de ellos se resfrió. Todos tenían la nariz colorada, parecían Rodolfo el reno, pero versión duende. Se la pasaban estornudando, que achíz de acá, que achíz de allá, era un verdadero concierto de estornudos.
Los duendes lectores son también muy divertidos y algo traviesos, y tan cansados estaban de estornudar a cada rato que, para no aburrirse, hicieron un campeonato de estornudos. Mientras iban abriendo las cartas, hicieron dos equipos, se colocaron en los extremos de la mesa de trabajo y veían qué estornudo sonaba más fuerte y cuál hacía mover más la cartitas. A un equipo se le fue la mano y tan fuerte fueron los achices generales que todas las cartas volaron por el aire.
–¡Ay, mamita! ¿qué hicimos? –decía uno de los duendes.
–¿Cómo le diremos a Don Noel (así lo llamaban cariñosamente) que mezclamos todos los pedidos? ¿Cómo, cómo, cómo? –decía un duendecito que se caracterizaba por repetir todo muchas veces.
–Con la verdad –dijo otro–-. ¿De qué nos serviría mentir? Hicimos una travesura y debemos aceptar las consecuencias.

Así fue que hablaron con Papá Noel y le dijeron la verdad. El duendecito repetidor no paraba de pedir perdón, ¡achíz!, perdón y perdón, decía que nunca, nunca, nunca, ¡achíz! lo volvería a hacer, ¡achíz! No voy a decir que a Papá Noel le divirtió la idea de que todos los pedidos se hubiesen mezclado, pero valoró que los duendecitos le dijeran la verdad. De todas maneras, antes de dar por finalizada la charla, les dijo:
–Pues bien, amiguitos, esto les enseña que la correspondencia es algo muy serio. Jamás se juega con ella, los pedidos de los niños son sagrados para todos nosotros. Ahora deberán enmendar su error y ordenar todos los pedidos que volaron por el aire gracias a su concurso.
Los duendecitos corrieron presurosos a ordenar el lío que habían armado. Cuando volvieron a su mesa de trabajo, se dieron cuenta de que las cartas estaban por un lado y los sobres con el nombre de cada niño en otro. ¿Cómo harían para saber qué había pedido cada uno y no confundir los pedidos? No era una tarea fácil precisamente, pero ayudándose por la letra, trataron de juntar cartas y sobres, sobres y cartas.
–¡Qué difícil, qué difícil, qué difícil! ¡hachízzzzzzzzzzzz! –decía el duende repetidor, mientras se sonaba la nariz y a la vez trataba de juntar sobres y otra vez se sonaba su nariz, que ya más que colorada, era bordó.

Los duendes pasaron toda la noche juntando sobres y cartas, cartas y sobres. Pero, a pesar de su esfuerzo, se armó el cachengue, que viene a ser un lío muy, pero muy grande: muchos de los pedidos de los niños se mezclaron.
Cuando los duendes “armadores de paquetes” tomaron los pedidos, notaron que algo no andaba bien, había algunas cosas que parecían realmente extrañas y consultaron con Papá Noel.
–Fíjese, Don Noel, acá una niña de diez años nos pide una pelota Nº 5 –decía el duendecito rascándose la cabeza y moviéndola de un lado para el otro sin entender nada.
–Otra nena nos pide una camiseta de Racing –agregó otro duende, igual de confundido que el primero–. ¿No es extraño, realmente?
–Puede ser –dijo Papá Noel–, pero no se olviden de que el mundo ha cambiando mucho y con el mundo, los niños. Ahora las niñas juegan fútbol, las mamás miran partidos por la tele. ¡Vaya a saber! Los papás usan aritos, pelo largo, ¡qué se yo m´hijo! Todo ha cambiado tanto desde que empezamos con este hermoso trabajo que ya nada puede sorprenderme.
Así fue que los pedidos salieron un poco… confusos diría yo. Algunos realmente salieron exactos (los que se salvaron del concurso de estornudos, por supuesto). Los demás, en fin…, salieron como pudieron.
La noche previa a la Navidad, la de más trabajo y entusiasmo, los duendes lectores estaban muy, pero muy nerviosos, más allá de seguir, muy, pero muy resfriados.
–Se va a amar, ¡achíz! Se va a armar, se va a armar –repetía una y otra vez el duende repetidor. Estamos fritos, fritos, refritos, ¡achíz, achíz, achíz! –volvía a repetir.
–No seas pájaro de mal agüero ¡aaaaachízzzzzz! –contestaba otro duende lector–. Pensemos que no pasará nada.
–¿Vos creés que los chicos no se van a dar cuenta de que Don Noel no les lleva lo que le pidieron? Se van a enojar con él por nuestra culpa, por nuestra culpa y por nuestra culpa.
–Puede ser que tengas un poco de razón –contestó el otro duendecito mientras se miraba al espejo su nariz cada vez más colorada–. Tal vez algunos niños se desilusionen un poco, pero yo creo que si son humildes de corazón, aunque no sea el regalo que pidieron, sabrán agradecerlo igual.
–Espero que tengas razón –contestó su amigo.
Y llegó el tan ansiado día. Papá Noel cargado con los pedidos salió con su trineo conducido por sus fieles renos, entre ellos Rodolfo, que estaba un poco celoso porque ahora muchos duendes tenían la nariz igual a él.
Como todos los años, a la velocidad de la luz, tratando de no ser visto y con un amor inmenso, dejó cada paquetito bajo cada árbol de Navidad. Dejó regalos por todo el mundo, en lugares lindos, en lugares feos, en hogares ricos y en otros muy humildes, en hospitales, asilos. Allí donde había un niño, él dejo un regalito.
Cansado pero más que feliz, Papá Noel regresó por la mañana al Polo Norte. Sorprendido vio que los duendes lectores más allá de seguir sonándose la nariz, no se habían dormido.
–¿Qué hacen ustedes despiertos? –preguntó.
–¿Todo bien, Don Noel? ¿Ninguna queja, ningún enojo, ningún calcetín revoleado por ahí? –preguntaban los duendecitos nerviosos porque sabían muy bien que ciertos pedidos no habían salido como debían.
–¡Qué preguntas más raras, amiguitos. Se ve que el resfrío los tiene mal, todo en orden –contesto Papá Noel– ahora si me lo permiten, me voy a dormir, que se mejoren y ¡Feliz Navidad!
Mientras tanto, en las distintas ciudades, pueblos y calles, los niños de diferente clase y condición abrían sus paquetes, todos con idéntico entusiasmo. Al abrir los regalos, muchos vieron que no recibían lo que realmente habían pedido y no todos reaccionaron de la misma manera. Algunos de los niños que más tenían o que más acostumbrados estaban a una vida cómoda, llena de cosas y caprichos cumplidos, no podían entender cómo no recibían exactamente el juguete que habían deseado. Acostumbrados a tener todo, sufrieron una gran desilusión y se enojaron bastante porque esa vez, sus deseos no se habían cumplido tal y como ellos querían. Para ellos no fue tal vez ésa, la mejor de las Navidades.
Sin embargo, para los más humildes de corazón, también para aquellos para los cuales la vida no era ni cómoda, ni fácil, al ver que lo que estaba en el paquete no era exactamente lo que habían pedido, igual se sintieron agradecidos porque Papá Noel se había acordado de ellos y les había regalado algo.
Para ellos, igual fue una hermosa Navidad, porque sabían que lo importante no pasaba por el contenido del paquete, sino por estar rodeados del amor de su familia, que era sin duda el mayor regalo que podían llegar a desear en este mundo en Navidad y en cualquier otra época del año.
Mientras tanto, en el Polo Norte, los duendecitos lectores, entre estornudos y sonadas de nariz, por las dudas, caminaban agachaditos, ¡no fuera cosa que les revolearan algún calcetín!

Fin

lunes, 14 de diciembre de 2009

Donde esta la Navidad?


Dindón era un duendecito alegre y movedizo que vivía junto a su familia en una gran ciudad habitada sólo por duendes.
Siempre estaba contento y hacía reír a los demás, no sólo con sus ocurrencias, sino porque era muy, pero muy distraído. Perdía muchas de sus cosas pues jamás recordaba dónde las había dejado. Todo lo que podía ser olvidado en algún lugar, él lo olvidaba y perdía.

Si iba a la escuela, su mamá salía corriendo tras él para alcanzarle la mochila, si iba a jugar a la pelota, se acordaba al momento de patear que la había dejado en su casa.
Nuestro duendecito era famoso en su cuidad por perder las cosas, pero como todos lo sabían, cada cosa que aparecía y no tenía dueño, ya sabían a quién preguntarle.

Dindón amaba la Navidad. La esperaba con ansias y -siempre y cuando no los perdiera- le gustaba mucho leer cuentos y ver películas de Navidad. Sus padres no creían demasiado y por ende no le hablaban de lo que era realmente, por lo que el duendecito creció creyendo que la realidad era lo que le mostraban los libros y las películas. Mientras fue muy chiquito no hubo problemas, pero cuando creció las cosas se complicaron.
Desde muy pequeño Dindón creció -como tantos niños escuchando historias de blancas Navidades- donde todos los paisajes se cubrían de nieve, los niños hacían muñecos con bufandas y los arbolitos más que verdes, eran blancos.

En las películas que veía ocurría también lo mismo, Papá Noel, muy abrigado, sobrevolaba con su trineo blancas montañas y sus renos tenían siempre la punta de nariz llena de nieve. En cada cuento, en cada relato y cada película Dindón se acostumbró a ver una Navidad blanca, paisajes con nieve, gente abrigada, árboles plagados de copos y renos con la punta de las narices muy frías.
Con el tiempo Dindón creció y ahí empezó la gran confusión.
La primera Navidad que Dindón tuvo más conciencia de las cosas, se enfrentó a lo que él creyó era un grave problema.

Esperaba la Navidad con muchas ganas como siempre y también como era costumbre leía y releía los mismos cuentos y veía las mismas películas; las que le habían quedado, pues otras las había perdido.
Un día salió a la calle y se dio cuenta que, a pesar de faltar poco para el 25 de diciembre, el calor era realmente agobiante, el sol se había quedado como paradito firme arriba de él y todo brillaba bajo su luz.
Nada encontró de blanco en el paisaje que veía, los verdes eran muy verdes, no había renos, sino perros callejeros cuyas narices no estaban para nada congeladas y por más que buscó y buscó no encontró ni un solo muñeco de nieve.

Comenzó a correr desesperado, creyendo que –una vez más- había perdido algo.
Los otros duendes que lo vieron pasar corriendo y con carita de preocupado, le preguntaron qué le pasaba
– ¿Dónde está? ¿Dónde está? Gritaba Dindón desesperado.
– ¿Dónde está qué amiguito? Le preguntaba los vecinos, creyendo que –como era costumbre- había perdido algo.
– ¿Dónde está? ¡No la veo, no la veo!
– ¿Qué perdiste esta vez Dindón? Se escuchó al unísono
– Perdí la Navidad. Se perdió, no está, la debo haber perdido yo. Sollozaba muy triste el duendecito.

Nadie entendía nada. Todos los duendes se miraban entre sí y finalmente miraban al pobre Dindón que no hacía más que llorar sin consuelo.

– ¿Cómo se va a perder la Navidad amiguito? ¿Qué estás diciendo? Preguntaban unos.
– Con este duendecito nunca se sabe. Decían otros. Vive perdiendo todo, a ver si termina siendo cierto y nos quedamos todos sin Navidad.

Cuando pudo calmarse un poco Dindón les explicó:

– La Navidad es blanca, tiene nieve, renos con la punta de la nariz como helados de agua, muñecos hechos en las plazas con narices de zanahoria, hace frío y los árboles no son verdes, pues están llenos de copos blancos que los cubren. ¡Todo eso se perdió! Volvió a sollozar nuestro amiguito.

Los demás duendes lo miraban creyendo que el pequeño no sabía lo que decía, pero en realidad sí sabía. Nadie le había enseñado lo que era la Navidad realmente y fue creciendo creyendo la realidad salía de un cuento o de una película.

– ¡Ya decía yo que este pequeño era un peligro! Miren lo que fue a perder ahora. Intervino un duende gruñón que nada entendía de ilusiones, creencias y Navidades.
– ¡Pero qué dice! Le contestó otro, ¿no ve que está confundido?
– ¡Es culpable! Decían unos que tampoco creían mucho en nada.
– ¡Culpable de qué! Retrucaban otros que no sólo creían, sino que sabían verdaderamente lo que era la Navidad y de qué se trataba.
– Creo que acá hay una gran confusión, dijo un duende viejito y muy sabio. Dindón no hay de qué preocuparse. Agregó.
– ¡Cómo que no! Lo que veo en nada se parece a cómo yo veo que es la Navidad. ¡Se perdió, se perdió y seguro yo tengo que ver con esto!
– Tranquilo amiguito. Aquí no se perdió nada. Lo que ocurre es que creciste sin que nadie te explicara se qué trataba y cómo era. Navidad, es siempre Navidad, haya nieve o sol, calor o frío. No pasa por el paisaje y lo que nos cuentan relatos o películas de otros países.
– No entiendo, no entiendo. Decía Dindón agarrándose su gorrito de duende temiendo perderlo.
– En Navidad celebramos el nacimiento del niño Jesús, para esta época en algunos lugares hace mucho frío, en otros, como nuestra cuidad, mucho calor. Lo importante es festejar junto a los seres que amamos que Jesús ha nacido y que con él, nacen nuevas esperanzas y una vida nueva para todos.
– ¿Y la nieve, y los renos con sus narices congeladas? Preguntó Dindón.
– Esa es la forma con la que representan en otros lugares, pero la Navidad es una, está en el corazón de cada uno, en el amor hacia los otros, en compartir con los seres queridos ese momento tan importante. Se trata de estar en familia, con calor o frío, con lluvia o sol.

Dindón miraba al duende viejo tratando de entender lo que nunca nadie le había explicado correctamente.

– Te repito amiguito, la Navidad no depende de lo que veas a tu alrededor, cada 25 de diciembre se produce el mismo milagro, el niño Jesús vuelve a hacer y lo hace en el corazón de cada uno de nosotros, los que creemos.
– ¡Ahora sí entiendo! Entonces no se perdió, yo no hice nada, no importa que nuestro paisaje no sea el que siempre vistió la Navidad para mis ojitos.
– Eso es, no busques afuera lo que está dentro tuyo, creo que sería bueno que hables con tu familia sobre esto ¿no te parece?
– ¡Gracias, muchas gracias amigo! Grito el duendecito y salió corriendo muy contento a su casa.

Por primera vez y gracias a la confusión de Dindón, su padres se pusieron a pensar que jamás le habían enseñado a su hijo de qué se trataba realmente la Navidad. Fue hermoso descubrirlo juntos, en familia.

Así fue que Dindón y sus papás también, aprendieron realmente que el milagro de la Navidad no vive en un copo de nieve, ni en un paisaje blanco. Es un milagro que año a año se renueva en el corazón de cada duende o persona que cree.

De todos modos y por las dudas, cada diciembre Dindón les recordaba a su familia y todos los que lo quisieran escuchar de qué se trataba la Navidad, no fuera cosa que el verdadero espíritu navideño volviera a perderse.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Un Reno Mareado




Varios son los renos que tiran del trineo de Papá Noel. El más famoso sin dudas, es Rodolfo, el que tiene la nariz colorada.
Hoy contaremos la historia de otro de los renos quien -sin llegar a tener roja su nariz- se hizo muy conocido una Navidad.
Horacio, así se llamaba, era un reno muy curioso y movedizo que jamás se podía quedar quieto. Era famoso en el Polo Norte por ir de aquí para allá mirando todo y poniendo sus patas donde podía y donde no también.
Era la época de Navidad y todos en el taller trabajaban sin parar para llegar a tiempo con todos los regalos. No sólo trabajan los duendes, sino que también lo hacían todos los renos entrenando todo el día para estar en forma y poder volar por el mundo entero sin problemas.
Horacio era el fiel compañero de Rodolfo, juntos eran los dos primeros renos del trineo y quienes dirigían a los que iban detrás, siguiendo las indicaciones de Papá Noel. Jamás había habido problema alguno durante el viaje más maravilloso y mágico del año.
Sin embargo, esa Navidad, las cosas no serían igual.
En el Polo Norte, crecían unas flores de un aroma muy rico, pero que si uno se acercaba mucho para olerlas, terminaba muy mareado. Su perfume era realmente embriagador, por eso Papá Noel, si bien las cuidaba como a todas las flores, les había puesto un cerquito con un cartel que decía “No Oler”.
Si pensamos que Horacio en todo metía su hocico y encima no sabía leer, podemos imaginar qué pasó.
Justo el día antes de Navidad, se detuvo frente a las flores y olió cuanto pudo y pudo mucho pues su narizota era realmente grande.
Al principio, el efecto del perfume no se sintió, pero a las pocas horas, justo cuando el trineo debía levantar vuelo, Horacio empezó a sentir cosas extrañas en su cuerpo.
No habían ni siquiera repartido los primeros regalos cuando Horacio empezó a sentirse tan, pero tan mareado que el mundo entero le daba vueltas a su alrededor. Ya no sabía para dónde iba, no importa para qué lado Papá Noel tirara de las riendas, parecía que el reno había enloquecido y se movía de un lado para el otro. Rodolfo y los demás renos trataron de sujetarlo, pero el pobre Horacio, víctima del perfume de las flores, era un trompo sin fin. Tanto se movía que, intentando subir una montaña, el trineo no pudo hacer la maniobra acostumbrada y volcó.
Todos los regalos quedaron desparramados por el suelo. Papá Noel fue a parar a la ladera de otra montaña, los demás renos quedaron patas para arriba y Rodolfo ya no tenía roja su nariz, sino blanca del susto.
Tan rápido como pudieron, juntaron todos los regalos y siguieron camino.
– ¿Estás bien? Preguntó Rodolfo a Horacio
– La verdad que no, me siento algo borrachín para ser sincero. Contestó Horacio tratando de fijar la vista que se le iba de un lado para el otro.
– ¿Tomaste alcohol? Sabés que no debemos.
– ¡Qué alcohol ni alcohol amigo! Estuve oliendo las flores del cerquito.
– ¡Qué reno desobediente habías resultado! ¡Sabías que no se puede! Ahora mirá lo que pasa, estás mareado.
– No te preocupes Rodolfo, trataré de recomponerme.

No terminó de decir esta frase que, producto de la desorientación que tenía, no vio que el trineo venía en bajada.
Nada importaron los gritos de Papá Noel que ya se veía dentro del lago y todo empapado, el trineo fue a parar casi casi en el medio del agua.
Afortunadamente y gracias a los excelentes reflejos de Rodolfo, los regalos no se mojaron. Dio un giro tan rápido que logró volver a poner el trineo en su lugar y excepto por la barba de Papá Noel que chorreaba mucho, el episodio no pasó a mayores.
Antes de que el efecto mareador del perfume de las flores se esfumara, se atascaron en unas rocas.
Si bien, gracias a que todos colaboraron, pudieron salir sin problemas, la entrega de los regalos estaba realmente atrasada. La noche pasaba y los niños debían recibir sus regalos ¿llegarían a tiempo?
Una vez recompuesto del mareo, Horacio, sintiéndose muy culpable por el atraso, tomó una decisión. Dividirían el trabajo de entrega con Papá Noel. Rodolfo se sumó a la idea, unos irían a unas casas y otros a otras. Los renos jamás habían salido del trineo y menos para repartir regalos, pero era el momento justo para hacer algo que jamás habían hecho. Los niños no podían quedarse sin obsequios.
Cuando el trabajo se hace en equipo y con un objetivo en común, todo sale bien.
No fue fácil realmente ni para Rodolfo, ni para Horacio, entrar en las casas sin romper algún adorno o cortina, pero si bien algún que otro destrozo hicieron, lograron su cometido.
Horacio quería reparar la demora que habían tenido por su culpa, Rodolfo quería ayudar a su amigo, Papá Noel quería hacer su trabajo y por sobre todas las cosas, los tres deseaban cumplir el sueño de todos los niños.
El objetivo se cumplió, todos y cada unos de los regalos fueron entregados, ningún niño quedó sin el suyo.
Lo cierto es que algunos niños que habían espiado esperando conocer a Papá Noel, se encontraron que en vez de barba tenía cuernos, que tenía cuatro patas y no dos piernas, que no usaba gorro, en fin. Hay que decir que terminaron un poco confundidos, pero no mucho pues pensaron que el desconcierto se debía al sueño que tenían por lo tarde que era y no a otra cosa.
Eso sí, en el Polo Norte ya no hay un cartel en las flores que diga “NO OLER”, lo reemplazaron por otro que dice: “SE RECOMIENDA A HORACIO NO ACERCARSE A MENOS DE DIEZ METROS”.
Horacio aprendió a ser más prudente. No obstante ello, las siguientes navidades ayudó igual a Papá Noel a repartir los regalos, pues aprendió el valor del trabajo en equipo y vivió en carne propia la inmensa alegría de hacer felices a los niños.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

El ladron de navidad 2ª Parte

Segunda Parte

La sorpresa

Como ya conocía las otras dependencias, inmediatamente supo cuál puerta abrir en la antesala. Efectuó la operación sin dilaciones y pasó al interior. Ahora se hallaba en la habitación de la ventana que se veía entreabierta desde el exterior. Aquella ventana desde lejos parecía apenas abierta. Aquí la ilusión óptica se reveló rápidamente, sobraba luz natural y esto dio paso a una fulgurante sorpresa, de esas capaces de arrancar un grito de espanto a cualquiera, incluso a hombres duros y curtidos como El Cerradura. Sobre la espaciosa cama yacía una persona, recostada y muy serena. Ella ni se inmutó al enfrentar su mirada con el intruso, siguió pacíficamente acostada y esperó que el inesperado visitante se tranquilizara para dirigirle unas palabras:
―¿Vio algún fantasma acaso? ¡Cálmese por favor, no me va a decir que me tiene miedo a mí! ¿En qué le puedo servir?
La cara de El Cerradura adquirió un color cenizo y las manos le temblaban. No sabía qué hacer, si matar a la anciana y largarse o contestar la pregunta. En su carrera delictiva nunca mató ni hirió a nadie y tampoco quería comenzar ahora. Tiritando de miedo, con el temor de que la mujer seguramente activó algún tipo de alarma para llamar a la policía y pensando que en cualquier momento los agentes del orden aparecerían para arrestarlo, articuló un par de palabras no muy coherentes:
―Eeen naada por el momento. No se preocupe, que ya me voy.
La señora respondió sin demora:
―¿Pero por qué se quiere ir tan pronto? ¿Recién llega, no saluda, no se presenta y ya se quiere ir? ¿Vio alguna mala cara en esta casa? ¿Por qué no se sienta?
El Cerradura ya no sabía qué decir e insistió en irse:
―Mejor que no. Créame que es preferible que me vaya. Le prometo que no le voy a hacer daño.
La veterana ni se inmutó ante el anuncio y más bien trató de entablar una conversación:
―¿Hacerme daño? ¿Qué daño podría hacerme usted? ¿Matarme? ¿Para qué? De todas maneras estoy casi muerta. Pero si quiere hacerlo adelante, que igual no voy a oponer resistencia, ni tampoco puedo hacerlo. Pero antes cuénteme, ¿quién es usted?
El delincuente, influenciado por su habitual incredulidad, no daba crédito a sus oídos, pero se relajó un poco y contestó:
―Todos me conocen como El Cerradura.
La mujer se presentó:
―Encantada de conocerlo, señor Cerradura, soy María de los Ángeles de Saralegui Alcorta y Torremorena Albán. ¿Qué se le ofrece?
Tanto apellido confundió aún más al hombre, que apenas balbuceó:
―Bueno nada.
La anciana replicó afablemente:
―¿Nada? ¿Me viene a ver el día de Navidad y me dice que no quiere nada? Vamos algo querrá. ¿Por qué vino, señor Cerradura? No sea tímido y dígamelo de una vez, no actúe como si lo fueran a descuartizar. Supongo que no piensa que una vieja paralítica le puede hacer daño.
El Cerradura se sinceró ante tanta amabilidad:
―La verdad es que soy ladrón. Entré a esta casa para robar, andaba buscando objetos de valor y me encontré con usted. Le juro que si no llama a la policía, me voy inmediatamente y no me apropio de nada. Hasta le puedo devolver lo que me estaba llevando, pero por favor no me entregue. No quiero pasar la Navidad y el verano en “cana”.
Después de pronunciar las últimas palabras sacó todo lo que sus bolsillos guardaban y lo puso sobre la cama de la abuela. Ella sonrió y con un ademán rechazó la oferta:
―No necesita devolver nada. Llévese todo lo que quiera, que igual no voy a llamar a nadie.
Para El Cerradura la oferta resultó abiertamente tentadora. En toda su larga vida delictiva jamás le pasó que alguien le hiciera semejante proposición. Pensando que tal vez entendió mal o que podría existir una trampa, prefirió preguntar:
―¿En serio me lo dice?
La contestación no tardó en llegar:
―Por supuesto que es en serio. No estoy bromeando. Puede llevarse lo que quiera. Yo no necesito dinero, joyas ni objetos de valor. Así como estoy, nada de eso me sirve. Y si me quiere matar, hágalo ya y rápido, por favor. No se preocupe, que no voy a gritar.
Lo último hizo que El Cerradura se sintiera ofendido:
―No la voy a tocar siquiera. Yo soy ladrón pero no asesino. Además también tuve abuelita y la quería muchísimo. Se me fue hace un par de años y nada en el mundo me la va a poder devolver.
El anuncio conmovió a María de los Ángeles:
―Lo siento, señor Cerradura. ¿De verdad quería a su abuelita? Siempre pensé que los delincuentes no tenían sentimientos.
La respuesta tardó unos segundos en llegar:
―Claro que quise a mi abuelita.
―¿Tiene hijos, esposa o padres? ―la mujer resultó más curiosa de lo esperado.
―Ninguna de las tres cosas.
La señora quería saber a toda costa los pormenores de la vida del intruso:
―Usted no parece malo. ¿De verdad es delincuente?
―Sí, lo soy, pero no hago daño ―explicó El Cerradura.
María de los Ángeles quedó perpleja ante la respuesta. Ella siempre imaginó que los delincuentes eran unos animales sedientos de sangre y casi no creía que el individuo parado frente a su cama no lo fuera. En su fuero interior se sentía feliz que alguien le hiciera compañía en el día de Navidad y no pudo dejar de comentárselo a su interlocutor:
―Me parece increíble lo que me cuenta. ¿Si su abuelita viviera usted estaría con ella en un día como hoy?
―Ni lo pensaría dos veces. Ella y mis padres fueron muy importantes y siempre los recordaré.
Al llegar a ese punto, María de los Ángeles decidió contarle su historia al hombre. Comenzó por narrarle algo de su vida familiar, hasta que alcanzó al hito en el que aparecen los hijos y nietos. El Cerradura sintió un escalofrío agudo e insospechado, pensando en que éstos se podrían presentar en cualquier momento a visitar a la anciana y se lo consultó. Ella lo tranquilizó, diciéndole que sus descendientes no acudirían y en el intento se le soltó la lengua, dando rienda suelta a muchas intimidades familiares:
―A mis hijos y nietos no les intereso ni en lo más mínimo. Ellos solamente esperan a que muera para repartirse todas mis posesiones materiales, que por cierto no son pocas. Me odian porque estoy viva y muy lúcida.
―¿Cómo puede ser eso? Debe haber una equivocación de su parte.
La voz de María de los Ángeles cobró fuerza y con renovados bríos soltó una ráfaga de realidades:
―No hay error alguno. De eso estoy muy segura. Todo lo que le digo es cierto. Mis hijos y nietos son unos chupasangres, que de vez en cuando me adulan, para que les firme unos cuantos cheques o les traspase acciones de las empresas familiares. Es lo único que les interesa de mí.
Para El Cerradura todo esto surgía como un caso altamente incomprensible. Se encontraba ante una mujer que detentaba todo el lujo y la riqueza que él podría anhelar y ella, sin embargo, no se mostraba feliz. Internamente el bandido empezó a cuestionarse a sí mismo, por pretender apoderarse de lo ajeno para convertirse en un individuo acaudalado. La conclusión a la que lo condujo su reflexión no le pareció digna de ser idealizada. Más bien se sentía conmovido, miserable y sin ganas de robar. Solamente quería alegrar la Navidad de esa pobre mujer rica. Ahora su deseo era atinar a concebir algo para contrarrestar la amargura contenida en el corazón de María de los Ángeles. Sus células grises se activaron y lentamente iniciaron un proceso para urdir algo que la dejara dichosa. De repente la idea acudió a su mente y se la hizo saber a su nueva amiga:
―¿Tiene hambre?
―No mucha. ¿Me quiere invitar a un restaurante? Le recuerdo que no puedo caminar. Pero puede hacer que nos traigan algo. Haga el pedido por teléfono. No se preocupe, que yo pago. Le recomiendo “La Belle Epoque”, tienen un chef de primera que hace poco trajeron de Francia.
El Cerradura sonrió y con un ademán rehusó la oferta, antes de decirle sus intenciones a María de los Ángeles:
―No hace falta que gaste su dinero. Puedo preparar una cena abajo en la cocina. Sé cómo hacerlo. Y por favor no piense que lo hago para que me dé algo.
―¿Sabe cocinar? ―le espetó María de los Ángeles con un cierto grado de desconfianza hacia sus habilidades culinarias.
―Por supuesto ―replicó El Cerradura con aires de confianza.
La anciana permaneció pensativa durante unos instantes antes de hacer la siguiente pregunta:
―¿Me haría mi plato preferido?
―¿Cuál es?
―Filete a la plancha con salsa de pimienta negra hecha con un ligero toque de vino tinto, acompañado de ensalada surtida pero con hartos palmitos y “croutons” crujientes.
El asaltante sonrió y le dijo que para él no era problema alguno elaborarle aquel plato. Sin más cruces de palabras bajó a la cocina y se puso a preparar lo que le pidieron. No se limitó a eso, además hizo una entrada de camarones aderezados con jengibre y flambeados en Grand Marnier, con una decoración impecable en la que usó todos los vegetales que encontró a mano.
Como su anfitriona no podía permitirse el lujo de bajar al comedor, se las ingenió y metió en su habitación una mesa de tamaño mediano, sobre la que dispuso lo que preparó, junto con cubiertos de plata, vajilla de porcelana fina, copas de cristal de roca y una botella de vino sacada de la cava ubicada en el sótano, y que correspondía a una cosecha de los años 50. María de los Ángeles quedó muy admirada cuando miró el despliegue y quiso decirle que tenía un muy buen gusto para ser solamente un delincuente vulgar y sin educación, pero prefirió morderse la lengua. En lugar de eso le comentó que lamentaba haberlo hecho trabajar en el día de Nochebuena. El Cerradura le dijo que no se preocupara de eso y, acto seguido, le sirvió un plato de comida que ella devoró con ansias. Una vez transcurrida la cena, los dos se dedicaron a conversar sobre temas diversos, hasta que ella sintió sueño. El Cerradura miró por la ventana y notó que ya era noche cerrada en Santiago. Se disponía a despedirse y a marcharse, cuando María de los Ángeles lo reprendió:
―¡No se puede ir con las manos vacías! Tiene que aceptarme un regalo de Navidad, así como yo acepté su cena o de lo contrario me enojo.
El Cerradura protestó y dijo que lo de la cena no lo había hecho por interés. Ella siguió inflexible y con voz firme ordenó:
―Abra el clóset que está al costado de mi cama. Va a ver un tabique de madera en el fondo. Empújelo primero hacia atrás y luego hacia el lado.
El hombre obedeció imaginándose lo que ella se proponía. Primero presionó hacia el atrás y el tabique retrocedió un par de centímetros. Pero al empujarlo hacia el lado, éste no cedió. María de los Ángeles se impacientó y alzando la voz le indicó:
―¡Con fuerza! Debe estar trabado, hace años que no se abre.
Esta vez Cerradura empujó con toda su fuerza y el tabique cedió rechinando. Cuando terminó de moverlo, asomó ante sus ojos una caja fuerte más alta que él, de esos modelos que se abren con una clave de números. Ya urdía cómo abrirla cuando ella lo sacó de sus pensamientos:
―Por favor ábrala. Le dicto la clave…
Dos minutos después la pesada puerta de hierro cedió y el contenido deslumbró a Cerradura. El interior lucía lleno de dinero, pero no de Pesos chilenos, sino de billetes en fajos de 100 Dólares. El pobre Cerradura no daba crédito a sus ojos. Toda una vida dedicado a robar y de repente tenía ante sí una suma con la que nunca siquiera fantaseó. La voz de María de los Ángeles nuevamente lo interrumpió:
―Es una buena cifra la que hay adentro. Está allí desde que mi esposo murió. Nadie más sabe de la existencia de este dinero. Solamente usted y yo. A mí no me sirve, no creo que me quede mucha vida y no se lo quiero dejar a mis parientes. ¿Para qué habría de hacerlo? ¿Para que se peleen como hienas entre ellos el día que muera? Le aseguro que empezarían antes que mi cadáver comenzara a enfriarse.
Cerradura escuchaba sorprendido las sórdidas historias acerca de la familia de María de los Ángeles y solamente quiso enterarse del destino de aquellos billetes:
―¿Qué piensa hacer con esto entonces? Lo puede donar a la Teletón o a alguna institución de beneficencia.
―Podría hacerlo, pero no tengo ganas. Se lo regalo a usted. Si quiere, usted se encarga de darle una parte a los de la Teletón.
Cerradura enmudeció. Quedó atontado y las palabras le salieron con bastante dificultad:
―¿Por qué a mí?
―Porque usted es un hombre bueno y no tiene porqué andar robando casas para sobrevivir. Podría dedicarse a algo mejor que eso. No creo que prefiera seguir en lo mismo, arriesgándose a que algún día lo descubran y a terminar en la cárcel.
―¡Obviamente que no quiero eso!
―Entonces acepte este pequeño regalo navideño. Es lo menos que puedo hacer por usted, después de lo bien que se portó hoy conmigo.
La mirada de Cerradura se posó en los bien ordenados montones de billetes y, por su masa encefálica desfilaron diversos sentimientos y sensaciones. No pudo disimular la emoción que lo embargó en el momento. Finalmente y con un sentido eminentemente práctico le dijo su parecer a María de los Ángeles:
―Es imposible que me lo lleve todo. Simplemente no me cabe en las manos y no vine en coche.
Ella le dio la solución:
―Llévese hoy lo que buenamente logre cargar en un bolso. Puede volver otro día y se lleva el resto. Y así me visita nuevamente y me prepara otra cena igual de rica. ¿Qué le parece?

Epílogo

Cerradura se llevó lo que pudo ese día y que no fue poco. Tuvo una Navidad espectacular. Volvió el 27 de diciembre manejando un flamante vehículo comprado el día anterior. Adquirió una hermosa casa con piscina y un frondoso bosque en el mejor barrio de la ciudad, un departamento muy grande y lujoso en Viña del Mar y otros dos en Miami y Nueva York. Una parte del dinero la invirtió en comprar grandes extensiones de tierras en el sur de Chile, en las que dio trabajo a muchos cesantes y ex reos con deseos de rehabilitarse. Otra parte fue para adquirir acciones en las bolsas de Santiago, Londres, Frankfurt y Nueva York. Con el paso del tiempo demostró tener mucho olfato para hacer buenos y muy lucrativos negocios. El resto del dinero lo guardó en una cuenta bancaria en el exterior. María de los Ángeles lo nombró heredero del resto de sus bienes para disgusto de su querida y nada ambiciosa familia. Cerradura se casó, tuvo varios hijos y fue muy feliz. Nunca más volvió a robar…

domingo, 6 de diciembre de 2009

El ladron de navidad 1ª Parte




Primera Parte

Buscando dónde trabajar

El Cerradura amaneció con ganas de trabajar aquella soleada mañana del último mes del año. No era para menos, llevaba varias días sin hacer nada, y como todo ser humano normal quería comer algo. Y con mayor razón en una fecha tan significativa como el 24 de diciembre. Se trataba de la ocasión propicia para procurarse unos fondos y disfrutar de un buen festín. Las jornadas de inactividad a cuestas no fueron por holgazán, sino porque enfermó y eso le impidió salir a ganarse el pan de cada día. Ahora podría recuperarse y juntar un poco de dinero para ir de vacaciones en las semanas venideras. Así evitaría el insoportable calor de Santiago durante enero y febrero. Aunque para él, incluso el período estival resultaba propicio para laborar. Le gustaba salir de la capital durante esos meses cálidos del verano, pese a que en su actividad resultaban especialmente fructíferos para juntar plata. Es que la ocupación de El Cerradura no era de lo más corriente ni bien vista en la sociedad. De partida no se llamaba así, pues “El Cerradura” solamente era un apodo con el que se lo conocía en su medio: el de la delincuencia. Se lo granjeó gracias a su habilidad para abrir todo tipo de cerraduras, puertas, rejas y candados.

Los que se codeaban con él comentaban siempre, que al parecer no existía casa o inmueble, en el que este verdadero artista de la cerrajería no pudiera irrumpir sin ser detectado. Su labor era muy bien cotizada en el mundo del hampa y muchos ladrones se disputaban el privilegio de trabajar con él, aunque El Cerradura prefería actuar solo, pues no le gustaba tener socios ni menos compartir el botín conseguido. Así evitaba a los soplones, muy abundantes en su entorno. Sus andanzas lo llevaron a desplazarse por muchos países del mundo, frecuentemente en busca de distracción y entretenimiento. A los 35 años no poseía fortuna, esto debido a que casi todo lo ganado se lo gastaba en su mayor vicio: las mujeres. Además no era violento ni gustaba de hacerles daño a sus víctimas. Lo suyo era simplemente adueñarse de lo ajeno en silencio y huir. Nada de herir, matar o violar; eso quedaba para los hampones sin clase ni educación, a los que decididamente despreciaba.

Apoderado del pensamiento que su mente ideó para aquel importante día, se irguió del catre sobre el que pasó la noche y se dirigió al baño para darse una ducha fría, no solamente por ser verano sino porque el suministro de gas estaba cortado, ya que la cuenta permanecía impaga desde el mes anterior. 20 minutos después salió del cuarto de baño y lentamente se vistió. Se puso la última muda de ropa limpia que le quedaba, hecho bastante lógico considerando que la última visita de Claudia fue 12 días antes. Ella pasaba parte del tiempo viviendo en la pequeña casa que El Cerradura habitaba en una barriada modesta del sur de Santiago. Iba y venía como si el lugar fuera un hotel. Ambos sustentaban una relación de pareja muy inestable, a la que tampoco parecía aguardar un gran futuro.

El Cerradura sintió deseos de desayunar, pero el refrigerador y los anaqueles de la cocina se encontraban vacíos. Ya los llenaría con todo lo necesario. Por lo pronto lo urgente era ir a trabajar. Salió por la puerta principal, preocupándose de cerrarla bien, pues no valía correr el riesgo de que los pandilleros del barrio entraran a robar. En la esquina se detuvo a tomar una Coca Cola bien helada en una tienda llamada “La Bienaventuranza”, perteneciente a una comadre que siempre le fiaba lo necesario. Ella sabía a la perfección que su compadre era un muy buen pagador.

Con unas pocas monedas en el bolsillo El Cerradura se dirigió hacia la parada de buses, ubicada a media cuadra de distancia, y allí esperó a que llegara el medio de transporte que lo trasladaría a destino. Una hora y media después se bajó del autobús amarillo en el borde de un barrio muy elegante de la capital chilena. Emprendió una marcha sigilosa para rastrear la residencia adecuada con el fin de extraer unos “regalitos” de Navidad. Lo que más lamentaba, era que sus padres no estuvieran físicamente presentes para comprarles los mejores presentes que la fecha ameritaba. Éstos fallecieron prematuramente. Dominado por las cavilaciones avanzó por una calle poco transitada. Pocos autos circulaban por el sector. Lo mejor estaba por comenzar y consistía en escoger una casa en la que no hubiera nadie. Eso no se presentaba difícil en esta época del año, en que muchas familias iban a pasar las fiestas a la costa. No faltaban los que salían del país y volvían al año siguiente.

La calle continuaba cuesta arriba y el ascenso demandó un mayor esfuerzo físico, pero tras una curva muy pronunciada volvió a ser plana. Frondosos árboles cubrían la vereda y ocultaban la vista de las casas. Para verlas faltaba tener un agudo poder de observación. No se trataba de viviendas comunes y corrientes, como las que habitaría un trabajador u oficinista, sino de verdaderas mansiones. En cada una de ellas se podía observar a lo menos 4 ó 5 coches estacionados en el interior. Éstos no eran precisamente Fiat 600 ó escarabajos Volkswagen. No, allí el vehículo más humilde de todas formas terminaba siendo cuando menos un Mercedes Benz del año, sin que por ello los Jaguar fueran escasos. De repente incluso aparecía uno que otro Rolls Royce o Ferrari. Un hombre de experiencia en el oficio no podía dejarse impresionar por estos lujos y El Cerradura tenía una alta autoestima de sí mismo, y se creía un profesional de primera.
Sumido en tantas divagaciones apenas reparó en la señorial casa ubicada a su costado izquierdo. Repentinamente fijó su vista en ella y empezó a escudriñar los alrededores. Notó que aparentemente no estaba vigilada como en los otros casos. Tampoco semejaba estar habitada, pese a la grandeza física de sus dependencias. Tanta suerte no es común en un día de Navidad, pensó El Cerradura. Y para no correr el riesgo de equivocarse, subió por una bocacalle empinada en dirección al cerro. Así podría ver la construcción desde otro ángulo y vigilar el jardín. Eso mismo hizo durante una hora, ubicándose entre los árboles sin podar de un sitio eriazo contiguo. En todo ese lapso no observó movimiento alguno. Las ventanas se veían cerradas a cal y canto. Entrar podría ser factible si burlaba la alarma. Aquí venía la parte más difícil de realizar, con tanta nueva tecnología antirrobos los riesgos ya no eran mínimos como antes. Aun así, esta casa aparentaba estar desprotegida, hecho que confirmó al avistar que una ventana del segundo piso permanecía levemente abierta, lo que descartaba que la alarma estuviese conectada y en funcionamiento. El muro circundante era alto pero no imposible de escalar, con la ventaja que los árboles, ubicados en la parte trasera del jardín, taparían todo movimiento que intentara desde una esquina del terreno aledaño. Con sumo cuidado subió a un árbol y examinó nuevamente el bosque colindante, el que al ser tupido daba una cobertura magnífica para aproximarse a la puerta trasera sin ser visto. Sacó un par de guantes de goma transparente de los bolsillos y se los puso. Por experiencia sabía que no se puede dejar huellas digitales en ninguna parte y esto incluye el área de aproximación. Precavidamente buscó pedazos de tronco en los alrededores, producto de las podas de ramas y tala de árboles, hasta que encontró dos piezas de tamaño regular que servirían como soportes para escalar el muro. Las colocó contra la pared, formando una base con las piedras más grandes que localizó en el suelo, hasta que notó que no caería al pararse sobre los maderos.

Se encaramó y su pecho quedó a la altura del tope del muro, pudiendo ver el otro lado sin inconvenientes desde esa posición. El bosque tapaba la mayor parte de su campo visual, excepto un claro desde el que previamente observó la imponente casa. Extrajo del bolsillo del pantalón una tijera para metales que solía llevar para esas contingencias y cortó un tramo del alambre de púas instalado sobre la muralla. Se ayudó con las manos, y esforzándose pudo pararse sobre el muro, para luego descolgarse y caer suavemente sobre la tierra húmeda que rodeaba a los árboles.

El siguiente paso consistía en avanzar sigilosamente, hasta llegar a la puerta del lado de atrás. Para ello tuvo que bordear la piscina al salir del bosque y caminar unos 10 metros sobre un mullido césped verde, mejor cuidado que el de una cancha de fútbol, hasta que finalmente estuvo frente a la entrada. Todavía no salía de su asombro, en toda casa de estas dimensiones normalmente hay al menos un par de perros rottweiler furiosos en el jardín, de esos dispuestos a despedazar a cualquier intruso con un olor extraño. Aquí nada, ni siquiera un gatito diminuto que maullara.

Observó rápidamente los ventanales a los lados, de los que ninguno exhibía las clásicas cintas plateadas que indican la presencia de alarmas. Palpó su bolsillo derecho en busca de un instrumento producto de su propia fabricación: una ganzúa. La introdujo en la cerradura haciéndola girar suavemente hacia la derecha e intentó abrir la puerta. La primera vez fracasó y al segundo intento el pestillo cedió sin problemas. Toda la operación no duró más de quince segundos. Empujó la puerta sin generar ruido e ingresó. El interior de la casa se hallaba en el más absoluto silencio. Aquí penaban las ánimas. Le enormidad de los salones resultó sobrecogedora, pues El Cerradura jamás había estado en una vivienda tan espaciosa.

Lentamente avanzó unos metros por un pasillo que daba al comedor, antes de llegar al fondo abrió una puerta y vio una cocina digna de un restaurante con un rango de muchos tenedores. Las ventanas de la misma se veían cerradas y el ambiente era de una casi completa penumbra, aunque algo de luz penetraba por las rendijas. Esperó unos segundos interminables a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad reinante, prosiguió su inspección y se topó hasta un refrigerador tipo americano, de esos que tienen un dispositivo que permite sacar cubos de hielo y agua helada. Lo abrió y ante sus ojos aparecieron víveres y enlatados importados de todas las marcas imaginables. Algunas le resultaron familiares, por haberlas degustado en sus viajes o porque cuando se agenciaba un buen botín, se daba un gustito comprando en los supermercados y tiendas de delicatessen.

De pronto reflexionó y el subconsciente le recordó que estaba allí con la finalidad de producir, no para contemplar manjares exquisitos, que más tarde de todas maneras podría adquirir, con el dinero recibido después de reducir lo hurtado. En una casa así seguro que tendría que haber una buena cantidad de joyas, cuadros caros y, posiblemente, dinero en efectivo. Si se trataba de dólares mejor aún, los pesos chilenos formaban un bulto grande y a veces no tan fácil de transportar, si la cantidad era respetable. Los cuadros no complicaban el panorama, generalmente se descolgaban y cortar el lienzo no presentaba mayores dificultades. Pasó al comedor y con la ayuda de una linterna examinó las paredes. Lo que vio lo dejó casi sin respiración: cuadros de la colonia, de las escuelas quiteña y cuzqueña. La sala principal cubría al menos unos quinientos metros cuadrados y de las paredes colgaban tesoros aún más caros: óleos de Chagall, Picasso, Guayasamín, Pacheco Altamirano, Matta, Degas, Matisse, Pissarro y Magritte completaban una escena casi surrealista. El Cerradura poseía su propia cultura pictórica, no en vano recorrió numerosos museos en sus giras por Europa, sin que ese amor por el arte le haya impedido salir de allí con unas cuantas billeteras que no eran precisamente propias.

Convencido que sería muy difícil llevarse tantas obras de arte juntas y, que si lo lograba, reducirlas sin que lo atraparan los efectivos de la Policía de Investigaciones resultaría aún más complicado, optó por buscar la escalera que conducía al segundo piso. La encontró en un hall que daba a la puerta principal. Subió con lentitud y muy precavidamente, peldaño por peldaño, pisando casi con miedo el mármol blanco que los cubría. Una vez arriba, se vio en medio de un corredor oscuro. Caminó sin prisa y ayudándose con su linterna de mano. Todas las puertas estaban cerradas. Contó doce habitaciones, pero la que importaba era la principal, en la que generalmente se guardaban las joyas. ¿Cuál de todas sería? Abrió una puerta y entró a la habitación. Ésta era por sí sola un departamento aparte, con estudio y baño propio. En el velador contiguo a la cama descolgó el teléfono y comprobó que la línea funcionaba sin problemas. Sintió deseos de hacer un par de llamadas al extranjero, pero esa gracia lo podría delatar durante las investigaciones posteriores. Curiosear el baño hecho con mármol de Carrara fue majestuoso. Sintió ganas de meterse en el jacuzzi y refrescarse, pero el llamado del deber fue mucho mayor. Salió y continuó inspeccionando las demás habitaciones del segundo piso, todas exageradamente grandes y elegantemente amobladas, pero tristemente desocupadas. Solamente quedaba la del fondo y hasta ahora no había encontrado mayor cosa: unos pocos anillos de brillantes, un puñado de pesos chilenos y un par de miles de dólares en billetes. Nada del otro mundo para una casa tan grande, aunque serviría para pasar la Navidad y el verano sin mayores necesidades. Empuñó la cerradura de la única habitación que no había revisado e ingresó furtivamente a la misma.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El arbol de Navidad


Esta es la historia de un pueblito y su gente, o mejor dicho, es la historia de un arbolito de Navidad que dio mucho que hablar.
En el pueblo de Santos Cielos, todos los años y desde hace mucho tiempo, cada ocho de diciembre se armaba un gran árbol de Navidad en la plaza principal. Todos colaboraban en su decoración.
Cada persona del pueblo, rico, pobre, gordo, flaco, viejo o joven, colocaba su adornito, ofrenda o cartita, para que el árbol cada año luciera más lindo que el anterior.
Era una especie de fiesta para todos, en la que la mayoría trataba de darle al arbolito lo mejor que tenía. Por supuesto nunca falta alguna persona que no estaba de acuerdo con algo: podía ser el color de la cinta, el tipo de moño, el tamaño de la cartita.
Lógicamente, cada uno de los habitantes del pueblo armaba el arbolito en forma muy parecida a cómo vivía su vida.
Los más sencillos, colocaban adornos simples, pero no por eso menos bellos. A los que les gustaba presumir, colocaban los adornos más grandes y que más llamaran la atención de todos. Las personas más serias, ponían moños de color bordó lisos o tal vez verde oscuro, los más alegres, moños y cintitas de todos los colores.
El alcalde del pueblo era un señor muy bueno, al que todos llamaban Bonachón. Ese era su verdadero apellido, pero como realmente era muy bueno el nombre le venía como anillo al dedo.
Don Bonachón supervisaba el armado del árbol que duraba varios días. La costumbre era empezarlo el día 8 y terminarlo el 24 de diciembre.
El alcalde se encargaba de revisar uno por uno los adornos que la gente llevaba para que todo estuviera en orden. Así era que evitaba más de un problema.
– ¿Qué se supone que traes ahí Clarita? Preguntó asombrado Don Bonachón al ver a la niña con un helado de frutilla y pistacho, yendo directo al arbolito.
– Es para nuestro árbol pues le combinan los colores, los sabores no me gustan pero lo pedí así para que quede más lindo, nada más ¿buena idea verdad?
El alcalde no sabía cómo decirle a la niñita que un helado no era realmente el mejor de los adornos, no quería desilusionarla, pero por otro lado, tampoco podía dejar que el helado se derritiera sobre una rama.
– ¿A que adivino preciosa? Este rico helado lo has traído para mi ¿verdad? Hace mucho calor aquí, debo pasar horas cuidando nuestro árbol. Ya sabía yo que alguien pensaría en este pobre alcalde y me traería algo fresco y además con los colores de Navidad ¡Gracias, muchas gracias!
Clarita se fue sin querer discutir con Don Bonachón y lo saludó con una sonrisa, mientras pensaba qué otra cosa conseguir para el arbolito.
Luego llegó Pedrito un niño muy humilde. Se paró frente al árbol, elevó su mano hacia una de las ramas e hizo como si dejara algo en una de ellas. La verdad es que no había puesto nada, pero se fue muy contento. Don Bonachón presenció la escena muy intrigado, pero no dijo nada.
Al rato llegó una señora muy adinerada en su lujoso auto. De allí bajaron una gran lámpara con cientos de luces pequeñas y cristales que colgaban.
– Vengo a darle un toque de lujo a este árbol, con estas luces en la punta lucirá como el mejor de todos y esto, gracias a mi generosidad. Dijo la señora adinerada.
Mucho le costó al alcalde hacerle entender a la señora que no podían colgar semejante lámpara del árbol, sin que éste se cayera.
Luego de una discusión nada sencilla, la señora se retiró muy ofendida con su lámpara y pensando en que la Navidad no tendría ningún toque de distinción.
La gente seguía trayendo adornos, moños y cosas para el árbol que poco a poco se iba llenando.
La Navidad se acercaba y Pedrito iba todos los días y también todos los días hacía lo mismo. Paradito frente al árbol abría su manito pequeña, hacía como que dejaba algo en una ramita y con una inmensa sonrisa se iba.
No faltó quién empezó a preguntar, no de muy buen modo por cierto, por qué Pedrito no dejaba nada. Realmente nadie entendía bien qué pasaba con él.
– ¿Nos está tomando el pelo? Decía un señor pelado muy enojado.
– ¡De esta manera no vamos a terminar ni para Reyes! Se quejó Don Apurado mirando una y otra vez el reloj.
– ¡Así cualquiera deja algo, qué vivo! Mientras nosotros nos esforzamos por poner los mejores adornos, viene este niño, tan mal vestido dicho sea de paso, y no deja nada. No es Justo. Gritaba la señora adinerada.
– Cada uno da lo que puede, Pedrito sabrá lo que hace. Dijo Don Bonachón tratando de calmar los ánimos.

Se acercaba el último día y todos se apuraban por terminar de llevar sus adornos. Clarita intentó un par de veces más llevar un postre helado y hasta gelatina de frutillas, pero Don Bonachón supo solucionar la situación.
Ese último día y como todos los anteriores, Pedrito llegó hasta el árbol e hizo lo mismo de siempre. Esta vez no se fue. Se quedó esperando a todos los demás, con la misma sonrisa de siempre.
El pueblo entero se convocó a los pies del árbol gigante que había quedado precioso.
Todos los vecinos del lugar comenzaron a contar qué le habían dado al arbolito y por qué.
Las más coquetas contaron que lo habían adornado con moños porque estaba a la moda.
Los más golosos dijeron que le habían colgado chupetines para comerlos luego.
Los descreídos confesaron que no le había puesto nada.
Los desganados que le habían puesto lo primero que habían encontrado.
La señora adinerada contó que le había puesto lo más caro que pudo comprar con todo el dinero que tenía.
Don Bonachón escuchó a todos y cada uno de los vecinos. El único que no había abierto la boca era Pedrito.
– ¿Y vos Pedrito, que le ofreciste al árbol?
De repente se armó un lío bárbaro, casi todos empezaron a hablar al mismo tiempo, nadie se escuchaba, todos querían dejar bien claro que el niño nada le había ofrecido al arbolito y que por ende, nada tenía que ver en lo hermoso que había quedado. Nadie le dio tiempo a contestar.
Pedrito escuchaba pero no decía nada. Miraba al gran árbol y la gran sonrisa seguía firme en su carita.
Cuando Don Bonachón consideró que se había hablado lo suficiente, hizo callar a todos y tomó la palabra nuevamente.
– Ahora sí Pedrito, decinos que le diste cada día al árbol por favor.
Todos se miraban como si el alcalde hubiera enloquecido pues sabían que el niño nada había ofrecido.
Pedrito se paró y dijo:
– Cada día, desde que empezamos hasta hoy, le he dado al arbolito lo mejor que tengo, un día le ofrecí mis sueños, otro el amor que siento por mi familia, otro las ganas de hacer cosas, otro día mis deseos de ser mejor y así le fui dando todo lo que tengo en mi corazón.
– ¡Qué ridículo! Dijeron los descreídos, los desganados y los presuntuosos.

Don Bonachón, emocionado por un lado y un poco triste por la reacción de su gente, les habló así.

– Está visto que mi pueblo no entiende de qué se trata la Navidad y este hermoso árbol con el cual elegimos representarla cada año.
La Navidad, aunque muchos confundan las cosas, no se trata de adornos y regalos, sino de ofrecer a los que amamos lo mejor de nosotros, de acercarnos a la familia y a los seres queridos, de compartir con todos lo que se tiene, poco o mucho no importa.

– ¿Y entonces me quiere decir porque hace años que venimos adornando este árbol si no se trata de adornos la cosa? Gritó un señor muy enojado.
– La Navidad tiene símbolos, cosas que la representan, lindas, hermosas, pero que no son lo fundamental. La excusa del árbol era para hacer algo entre todos y unirnos en Navidad y para que cada uno de uds. pusiera lo mejor de sí, ni más, ni menos. El único que realmente interpretó el mensaje fue Pedrito.

Luego de ese 24 de diciembre, las Navidades no volvieron a ser las mismas en Santos Cielos. Hay que decir que los arbolitos de los años que siguieron, no tenían tantos adornos como los anteriores, pero cada vez había más personas que depositan en aquel hermoso símbolo lo más preciado de sus vidas.
Eso sí, algo no cambiaria jamás, la sonrisa de Pedrito y no sólo en Navidad.

martes, 1 de diciembre de 2009

Mientras Papa Noel no estaba



Todos sabemos que Papá Noel vive en el Polo Norte y también sabemos que es muy famoso y querido en todo el planeta tierra.
Lo que pocos saben es que en el Polo Sur, justo en el otro extremo del planeta, habita un brujo llamado Celosías quien, no sólo no cree en la Navidad, sino que siente mucha envidia por el amor que todo el mundo siente por Papa Noel.
Este brujo celoso es muy, pero muy flaco. De todos modos, esa no es la única diferencia que tiene con Papá Noel, la mayor diferencia está en su alma y en su corazón pues no tiene buenos sentimientos. También trabaja acompañado, en este caso por otros dos brujitos jóvenes que lo único que hacen es darle la razón y asentir cuanta cosa dice Celosías.
Todos los años para Navidad, ocurre lo mismo: en el Polo Norte todo es alegría y preparativos, mientras que en el Polo Sur todo es celos y envidia.
– ¡No puede ser, ya estoy cansado de esta situación! El mundo entero no hace más que hablar de Papá Noel. Que me traiga esto, que le pido lo otro. ¿Los chicos no tienen nada más entretenido en sus vidas que hacer cartitas pidiendo cosas?
– Eso, ¿no tienen nada más entretenido que hacer? repitió uno de los brujitos.
– ¿Que hacer cartitas pidiendo cosas? agregó el otro brujito.
– ¡No aguanto más, esto se termina aquí! No me gusta que a él lo quiera todo el mundo y a mi nadie. ¡Traiganme a Papá Noel como sea, este año no habrá regalo para nadie y a ningún niño le quedarán ganas de volver a escribir cartitas! Grito furioso el brujo envidioso.

Los dos brujitos se miraron entre sí, preguntándose cómo harían para traer a Papá Noel desde la otra punta del mundo.
Como si adivinara sus pensamientos, Celosías trajo un cohete hecho con sus propias manos que nada tenía de lindo, pero alcanzaba una gran velocidad. Los brujitos no estaban muy convencidos de meterse allí dentro y pilotearlo, pero sólo sabían obedecer y repetir.
Partieron hacia el Polo Norte y, como el cohete era realmente muy veloz llegaron antes de lo previsto.
Lo que vieron los maravilló. Todo era alegría en el taller de papá Noel, duendes que iban y venían cargados de juguetes, todos sonrientes y cantando. Era evidente que los hacía feliz hacer ese trabajo.
Ni que hablar de Papá Noel, su sonrisa era casi más grande que su pancita, lo cual es mucho decir. Sus ojos eran buenos y transparentes casi. Lo que más les llamó la atención a los brujitos fue que nadie daba órdenes, todo se pedía por favor, algo a lo que ellos no estaban acostumbrados.
A través de un engaño y valiéndose de la bondad de Papá Noel que creyó en sus mentiras, lograron (con mucho esfuerzo por cierto), meterlo en el cohete y llevarlo al Polo Sur.
Un duendecito que vio lo que había ocurrido desde una de las terrazas del taller, contó a todos los demás lo que había pasado.
– ¿Qué haremos ahora sin Papá Noel? ¿Qué pasará con los niños que esperan sus regalitos? ¿Es que este año la Navidad tendrá que ser diferente? Se lamentaba uno de los duendes más viejitos.
– ¿Dónde lo habrán llevado? Preguntaba la mayoría ¿Estará bien?
– ¿Nos tendremos que jubilar después de esto? Sollozaban los renos que temían no volver a hacer ningún viaje.
– ¡Calma señores calma! Intervino Chispazo, un duende joven y con mucha energía. Todo es cuestión de organización, nos dividiremos: unos buscarán a Papá Noel y lo traerán de vuelva y otros nos encargaremos de su trabajo.
– ¿Hacer de Papá Noel? No me atrevería, además me faltan unos cuantos kilos. Dijo un duende tímido, flaco y preocupado.
– Nadie reemplazará a Papá Noel, sólo haremos su trabajo para que ningún niño quede sin regalo.

Chispazo tomó las riendas del asunto y organizó a algunos duendes para que fueran en trineos suplentes a buscar por todo el mundo a Papá Noel. Por otro lado, se encargó que todos los duendecitos que quedaban terminaran los juguetes para ser entregados a tiempo.
A pesar de la preocupación por Papá Noel, los duendecitos trabajaban más que de costumbre para llegar a tiempo. No sólo no querían que algún niño sufriera una desilusión, sino que además, no querían defraudar a su gran amigo.
El día de Navidad se acercaba y Chispazo decidió que él manejaría el Trineo por primera vez. Como no tenía mucha experiencia decidió que dos duendecitos lo acompañasen en el viaje para repartir más rápido los regalos. Los renos no estaban muy confiados que digamos, pero no les quedaba opción. Todos estaban dispuestos a que la Navidad no sufriera cambios y que todos los niños estuvieran contentos.
Mientras tanto, en el Polo Sur, el cohete aterrizaba con Papá Noel un poco mareado y sin entender qué pasaba realmente.

– ¿Con qué, así es cómo eres no más? Preguntó Celosías.
– ¿Así cómo? Repreguntó Papá Noel.
– Gordo, viejo y aún así todo el mundo te ama. No hay niño que no te quiera y grande también.

Por más que Papá Noel trató, fue imposible hacerle entender al brujo flaco y celoso que el amor y el confiar en alguien nada tienen que ver con su edad o sus kilos. Que el amor nace y vive en el corazón de la gente y que la Navidad tiene que ver con eso.
– Pues te informo, que este año no habrá Navidad, ni regalos para nadie. Estoy cansando de tanta carta, tanto villancico, tanta ilusión ¡Se terminó!
– No entiendo, preguntó muy triste Papá Noel ¿qué ganarías con eso?
– Que ya no te quieran, como nadie me quiere a mi.
– Que ya no lo quieran, repitió un brujito.
– Como nadie lo quiere a él, repitió el otro.
– No lo vas a lograr, aunque yo no reparta los regalos este año, la Navidad seguirá existiendo siempre y con ella la ilusión, el amor y la esperanza.
– Ya veremos, ya veremos. Contestó Celosías.
– Ya verán, ya verán, repitieron los brujos a coro.

Papá Noel quedó pensativo, muy triste por un lado por la actitud del brujo, pero confiado por el otro en que sus duendes amigos, no dejarían a ningún niño sin su ilusión cumplida.
Llegó el día de Navidad, los trineos de rescate no habían vuelto, Chispazo debía actuar. Como pudo se calzó un traje que había de repuesto y aunque le quedaba por demás grande, lo lució muy orgulloso. Subió al trineo junto con los dos duendecitos más rápidos del lugar elegidos para ayudarlo en la tarea y partieron. Hay que decir que los renos podían volar más rápido porque el peso era mucho menor, con lo cual el viaje no tuvo inconvenientes, todos y cada uno de los regalos fueron repartidos y todos y cada unos de los sueños cumplidos.
Por otro lado, y justo el día de Navidad los trineos de rescate divisaron a Papá Noel quien rezaba para todo saliera bien a pesar de su ausencia.
No bien vio al trineo y a sus duendecitos moviendo las manos, quiso gritar de alegría, pero al darse cuenta que Celosías dormía la siesta, dejó el festejo para otro momento. Subió al trineo y regresó al Polo Norte.
Cuando aterrizaron en casa, la noche de Navidad ya había pasado, apenas piso la nieve blanca de sus tierras, Papá Noel vio cómo su trineo descendía con un Chispazo muy cansado y dos duendes agotados.
La felicidad fue casi tan grande como los gritos de Celosías cuando se dio cuenta que Papá Noel se había ido.
– Todo está en orden, ningún niño se quedó sin regalo. Dijo Chispazo muy orgulloso.

Papá Noel lo abrazó tan pero tan fuerte que casi lo deja finito como un papelito.
– Yo sabía, yo confiaba en que mi gente jamás defraudaría a los niños, no tengo palabras para agradecerles lo que han hecho. Dijo muy emocionado. No sólo han hecho un trabajo perfecto, sino que se preocuparon por rescatarme y traerme a casa de nuevo.

De eso se trata el amor, de hacer cosas por el otro, sea rescatarlo de algún lado, entregar un regalo, mantener una ilusión, hacer posible un sueño o lo que sea. Cuando hay amor, todo es posible, desde cruzar de un polo a otro, hasta manejar un trineo por primera vez, con ropa que nos cuelga y renos por demás asustados.
Por mucho tiempo, en el otro extremo del planeta se siguieron escuchando los gritos de alguien que no entendía nada de amor, ni de Navidades y de hacer algo por el otro.
- ¡No pude con él, no pude lograr que dejen de quererlo! Gritaba furioso el brujito flaco y envidioso.
Por primera vez, los dos brujitos repetidores cambiaban un poco su discurso:
- No pudo con él y jamás podrá. Dijo uno
- Mientras haya amor, esperanza, ilusión en este mundo nadie dejará de amarlo y de creer en Papá Noel, dijo el otro.