viernes, 5 de febrero de 2010

Las Alas robadas "cuentos africanos"

Érase una vez un príncipe llamado Sakaye Macina que viajaba por placer. Y he aquí que llegó a una ciudad en un día de feria.
Al apearse de su caballo oyó a un viejo que voceaba:
- ¿Quién quiere, por una jornada de trabajo, ganar cien monedas de oro?
Sakaye se acercó al anciano y le dijo:
- Yo estoy dispuesto a trabajar todo un día por ese salario.
El viejo era un guinarúgenio que frecuentaba los mercados con el único propósito de engañar a algún forastero y llevárselo a su choza para comérselo.
Respondió:
- Pues bien, Sakaye Macina. Deja tu caballo aquí y ven conmigo hasta el pie de aquella alta montaña. Allí encontrarás la faena que has de hacer.
Sakaye siguió, sin pronunciar palabra, al guinarú, que había tomado el camino de la montaña indicado. Así que llegaron a las estribaciones del monte altísimo, el guinarú dijo:
- Sube a la cúspide. Arriba hallarás a tus compañeros ocupados ya en la labor.
- Pero, ¿por dónde puedo escalar la cima? - preguntó Sakaye. - No veo la posibilidad. ¡Si está cortada casi a cuchillo!
- Yo te proporcionaré una montura que te llevará a destino - respondió el viejo guinarú.
Palmoteo éste y al punto apareció una tórtola gigantesca ensillada.
- Monta este corcel - ordenó el viejo.
Sakaye obedeció y el pájaro se elevó hasta la cima de la alta montaña. Una vez allí, depositó a su jinete sobre una enorme roca y desapareció.
Sakaye miró en derredor y vio una choza amarilla. Esta choza era de oro puro.
Aproximóse y con asombro observó la presencia de un anciano cuyos ojos eran tan grandes y amarillos como el sol de mediodía.
Y divisó, cuando se dirigía hacia este viejo, a lo lejos y por encima de él, el Universo entero, pues la montaña sobre la cual se encontraba era la más alta de toda la tierra.
Muy cerca de este viejo de "los ojos de sol" vio una gran cantidad de cráneos humanos esparcidos por el suelo.
Preguntó al viejo de quién era la choza de oro y quién había matado a los dueños de aquellos cráneos.
Preguntóle también por que razón un hombre tan viejo como él se encontraba en un lugar tan espantoso, mayormente cuando, según todas las apariencias, era el único ser que moraba en aquella soledad altísima.
- Sakaye Macina - respondió el anciano, - yo soy el guardián de esta choza. Los que aquí habitan son yébem, devoradores de hombres. ¡He aquí que tú estás en poder de ellos y no te escaparás! El padre de ellos te ha encontrado en el mercado y te sedujo con la esperanza de poseer el oro que te ofreció por un jornal. En consecuencia, espera aquí tu fin, porque dentro de un instante caerás en sus manos, donde hallarás la muerte. Te devorarán tan pronto el yébem que te ha encontrado esté de regreso. ¡Y no tardará mucho!
- ¿Tú también eres un devorador de hombres? - preguntóle Sakaye.
- ¿Yo? - exclamó el anciano. - ¡No! Yo soy un yébem, pero en ningún modo de los devoradores de hombres. Yo pertenezco a otra raza diferente. Me obligan a permanecer aquí en virtud de un sortilegio que me priva del uso de las piernas; a no ser por esto, hace mucho tiempo que habría regresado al lado de los míos. Delante de la choza les sirvo de guardián y me es imposible escapar.
- Muy bien, anciano. ¿Y dónde están en este momento esos ogros propietarios de la choza de oro y dueños de tus piernas?
- Están de caza y volverán al mismo tiempo que su padre, a quien tú ya conoces.
- Entonces, ¿ahora no hay nadie en la vivienda?
- Nadie, a excepción de unos yébem muy jóvenes que se distraen jugando a las conchas.
- Entraré, pues, y me esconderé en algún granero en espera de la noche para escapar.
- Te suplico que no hagas tal cosa - gritó el viejo. - Tú serías la causa de mi perdición, pues los yébem, a su regreso, me matarían sin compasión al oler carne humana en su casa.
Sakaye, que sabía que el guinarú de los "ojos de sol" no podía nada contra él, porque el sortilegio le impedía el uso de las piernas, entró precipitadamente, sin hacer caso de sus advertencias y súplicas.
Al ver al intruso, los jóvenes yébem, que estaban jugando y se habían quitado las alas para estar más desembarazados, se asustaron y se metieron de un salto en un gran agujero que había en el centro de la guarida. Pero tuvieron tiempo de recoger sus alas.
Tan sólo la hermana, una muchacha muy jovencita, abandonó las suyas en la precipitación de la huida.
Cuando ella se encontró en medio de sus hermanos, éstos le dijeron:
- Pequeña, has dejado tus alas a la discreción del intruso. Anda por ellas, aunque ello te cueste la libertad. Debes intentar recuperarlas, pues jamás se ha dado el caso de que una yébem haya dejado sus alas en poder de un humano.
La joven yébem, a pesar de su espanto, regresó a la choza y, dirigiéndose a Sakaye, le dijo:
- ¡Humano, yo te suplico que me devuelvas mis alas!
- Te las devolveré con una condición - respondió el príncipe. - Quiero que me lleves a mi pueblo.
- Te lo prometo - dijo ella.
Entonces Sakaye le devolvió las alas y ella se las puso en lugar adecuado. Hecho esto, el príncipe montó sobre la espalda de la joven yébem y voló tan alto, tan alto, que ya no podía distinguir siquiera la tierra.
Ella lo depositó delante de la puerta del palacio del rey y quiso, inmediatamente, regresar a la choza de la alta cumbre, pero Sakaye la retuvo a la fuerza. Para lograrlo, le quitó las alas y las escondió en los almacenes del rey.
Y acaeció luego, que la tomó por esposa. Desposados, vivieron así algunos años, y la joven yébem dio a luz tres hijos, todos derechos como un huso y lindos como flores.
A pesar de la alegría que ella sentía de ser madre la yébem tenía el corazón apesadumbrado. Añoraba y sentía nostalgia de la soledad de las altas cumbres.
Una noche, mientras su marido y sus hijos dormían, se transformó en un ratoncillo y, por un diminuto agujero, penetró en el almacén de su suegro el rey. Cogió las alas y se las ajustó a sus hombros. Luego, volvió para buscar a sus hijos, los ocultó bajo sus alas y, remontando el vuelo, se dirigió rauda hasta la montaña de sus amores.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Analia Tubarí y Samba Gana "Cuentos Africanos"

En el país de Wagana reinaba la hermosa Analia Tubarí. El padre de la bella reinante había sido el rey de Wagana. Vencido en la guerra, tuvo que entregar una de sus ciudades. Su orgullo no pudo soportar aquel baldón y murió de pesar. Y la hermosa Analia Tubarí heredó el reino de su padre.
Apuestos y gallardos caballeros y guerreros de renombre presentáronse en la ciudad de Wagana a solicitar su mano, pero ella les exigía que reconquistaran la ciudad perdida y que ganaran, además, otras cien ciudades.
Ningún pretendiente, con ser incontables, se atrevió a emprender hazaña tan singular. Y pasaron los años y la hermosa Analia Tubarí perdió toda su alegría; cada día estaba más triste pero con la melancolía aumentaba su encanto.
Y en aquellos mismos días reinaba en un país vecino un rey que tenía un hijo llamado Samba Gana.
Gana era joven y de carácter jovial. Cuando fue mayor salió un día, acompañado de un trovador y varios escuderos, a recorrer el ancho mundo, en busca de aventuras maravillosas.
Y un día Samba Gana se batió con el príncipe de una ciudad. Todos sus habitantes presenciaron el rudo combate. Venció Samba Gana. El príncipe vencido le pidió que le perdonara la vida y le ofreció su ciudad.
Samba Gana se echó a reír y dijo:
- Tu ciudad nada me importa; quédate con ella.
Y Samba Gana siguió, alegre y risueño, su camino.
Venció, uno tras otro, a todos los príncipes vecinos, y los príncipes vencidos le ofrecían, como premio de su brillante victoria, una ciudad.
Pero Samba Gana les contestaba siempre con idénticas palabras:
- Tu ciudad no me importa nada; quédate con ella.
Y poníase de nuevo, alegre y risueño, en camino, en busca de nuevas y mayores aventuras.
Descansaba un día con su trovador a orillas del Níger, cuando el trovador cantó la canción de la hermosa Tubarí, triste y solitaria. Y el canto decía:
- Ganará a Analia Tubarí y la hará sonreír el caballero que conquiste cien ciudades.
Cuando Samba Gana oyó la canción púsose en pie súbitamente, y gritó:
- ¡Vamos al punto al país de Analia Tubarí!
Montaron a caballo y Samba Gana rompió la marcha con su trovador y sus escuderos.
Cabalgaron siete días y siete noches sin cesar, y llegaron a la bella ciudad de la hermosa Analia Tubarí, flor triste y solitaria.
Al verla, tan hermosa y tan triste, Samba Gana exclamó:
- ¡Analia Tubarí: yo conquistaré las cien ciudades para ti!
Y antes de partir a la conquista ordenó al trovador:
- Quédate con la hermosa Analia Tubarí. Cántale, distráela, hazla reír.
Y quedóse el trovador en la ciudad junto a la hermosa. Todos los días le cantaba canciones de los héroes de su país, de sus bellas ciudades, y de la serpiente del río que hace crecer su cauce a capricho, fecundando las tierras abundantes en cosechas de arroz, sostén de sus habitantes, o condenando a éstos a la miseria y el hambre...
La hermosa Analia Tubarí escuchaba, triste y silenciosa.
Samba Gana batióse cien veces con cien príncipes diestros y a todos abatió. Y a todos los vencidos así hablaba:
- Preséntate a la hermosa Analia Tubarí y dile que tu ciudad le pertenece.
Los cien príncipes y numerosos guerreros presentáronse ante Analia Tubarí a hacer acto de sumisión. Y la hermosa Analia Tubarí reinaba sobre todos los príncipes y guerreros de la vasta región.
Samba Gana se presentó entonces a Analia Tubarí y le dijo:
- Ya son tuyas las cien ciudades.
Analia Tubarí respondió:
- Has triunfado y seré tu esposa.
Samba Gana repuso:
- ¿Por qué estás tan triste, hermosa Analia Tubarí? No me casaré contigo hasta que logre verte sonreír.
- Antes entristecíame la vergüenza de mi padre vencido - respondió Analia. - Ahora no puedo sonreír, porque nadie puede cumplir mi deseo.
Samba Gana preguntó:
- ¿Cuál es tu deseo, hermosa Analia Tubarí? Indícame lo que debo hacer.
- Mata a la serpiente del río, que un año trae abundancia y otro escasez y miseria, y me verás sonreír.
Samba Gana repuso:
- Nadie se ha atrevido a hacerlo, pero yo lo haré.
Encaminóse al río y buscó a la poderosa serpiente. Anda que te anda, llegó a una ciudad que bañaba el río; no encontró a la serpiente y siguió río arriba. Llegó a otra ciudad, pero tampoco allí estaba la serpiente y prosiguió su persecución, río arriba siempre.
Por fin encontró a la poderosa serpiente y luchó con ella. Tan pronto vencía el infernal reptil como Samba Gana. La caudalosa corriente iba ya en una dirección, ya en otra. Las grandes y altísimas montañas se desplomaban y la ancha tierra se abría.
Siete años luchó Samba Gana con la infernal serpiente, al cabo de los cuales, después de titánicos esfuerzos, la venció. Durante, estos años de lucha, Samba Gana perdió mil lanzas y cien espadas; una espada y una lanza ensangrentadas le quedaban tan sólo.
Y dio al trovador la última de sus lanzas, ensangrentada con la sangre de la victoria, diciendo:
- Lleva esta lanza a la hermosa Analia Tubarí; dile que he vencido a la serpiente y observa si sonríe.
El trovador entregó la lanza a la hermosa Analia Tubarí.
Ésta le dijo:
- Dile a Samba Gana que traiga la serpiente para que, como esclava mía, sea yo la que conduzca el cauce del río a mi placer y antojo. Cuando yo vea a Samba Gana con la serpiente a cuestas, sonreiré.
Fue el trovador y transmitió el deseo de Analia Tubarí a Samba Gana, y cuando éste oyó las palabras de la hermosa, dijo:
- ¡Es excesivo el antojo!
Y cogió la ensangrentada espada y se la clavó en el pecho; sonrió el héroe por última vez y cayó muerto.
Recogió con devota unción el trovador la ensangrentada espada y se presentó ante Analia Tubarí, la hermosa, a quien dijo:
- Ésta es la espada de Samba Gana. Teñida está de sangre, ¡oh, bella entre las más bellas! Sangre es ésta de la serpiente y del héroe que la batió. ¡Samba Gana ha sonreído ya por última vez!
Analia Tubarí reunió a todos los príncipes y guerreros, y montados a caballo llegaron a donde estaba el cadáver de Samba Gana.
Entonces la hermosa dijo:
- Fue el más sublime de todos los héroes. ¡Levantadle una tumba alta como jamás se haya levantado para príncipe, rey, emperador y héroe conocido!
Diez veces mil hombres cavaron la tierra. Cien veces mil hombres edificaron una colosal pirámide. Cien veces mil hombres amontonaron tierra sobre la colosal pirámide. Y la pirámide subía, subía...
Todas las mañanas la hermosa Analia Tubarí ascendía con sus príncipes y guerreros a la cima de la colosal pirámide. Todas las mañanas cantaba el trovador la canción de Samba Gana, el héroe inmortal que batió a la serpiente del río.
Todas las mañanas la hermosa Analia Tubarí decía:
- La pirámide no es bastante alta. ¡Levantadla hasta que se pueda divisar mi ciudad de Wagana!
Cien veces mil hombres siguieron acarreando tierra y la aplanaban. Siete años siguió subiendo, subiendo la pirámide. Y al fin del séptimo año salió el sol.
Entonces el trovador miró en torno suyo y gritó un canto de júbilo:
- ¡Analia Tubarí, la muy hermosa: hoy se divisa Wagana!
Y Analia Tubarí miró hacia el Oeste y exclamó:
- ¡Ya veo Wagana! ¡El sepulcro de Samba Gana, el héroe de los siglos inmortales, es todo lo grande que su nombre merece!
Y la hermosa, en un transporte de divino arrobo, sonrió. Sonrió y ordenó:
- ¡Ahora, príncipes y guerreros, dispersaros por toda la faz de la tierra y sed héroes como Samba Gana!
Y nuevamente sonrióse la bella, por última vez, y cayó muerta.
Enterraron a la hermosa Analia Tubarí en la cripta de la colosal pirámide, junto a Samba Gana, el héroe inmortal por los siglos de los siglos.

lunes, 1 de febrero de 2010

Las tres hermanas e Itrimubé "cuentos africanos"

Érase una vez un hombre y una mujer que tenían tres hijas. La más pequeña llamábase Ifara y era entre todas la más bonita. Una noche Ifara soñó y, al despertar del día siguiente, contó el sueño a sus hermanas.
- Yo soñé - les dijo - con el Hijo del Sol, que descendía de los cielos para buscar esposa en la tierra y, ¿lo creeréis?, fui yo la elegida por esposa entre todas las mujeres.
Las dos hermanas, celosas, se disgustaron al escuchar el sueño de Ifara y se dijeron:
- ¡En verdad, ella es mucho más bonita que nosotras dos, y quién sabe si un poderoso y gran señor llegará para desposarse con ella! Es preciso deshacerse de ella. Pero antes veamos si todas las gentes piensan igualmente de la belleza de Ifara.
Llamaron, pues, a Ifara y la invitaron a componerse para pasear juntas. Encontraron enseguida a una anciana.
- Oh, buena señora - inquirieron las dos hermanas a coro - ¿cuál de las tres es la más bella?
La anciana respondió:
- Ramatua no está mal; Raivu igualmente es bella; pero es Ifara la más encantadora de todas.
Entonces Ramatua despojó a su hermana Ifara de las ropas exteriores.
Y encontraron, luego, a un anciano, y le preguntaron:
- Oh, buen hombre, ¿cuál de las tres es la más bella?
El anciano contestó lo mismo que la buena mujer, y Raivu desnudó a Ifara de la ropa interior.
Muy pronto encontraron a Itrimubé, monstruo mitad hombre, mitad toro, con una larga cola puntiaguda.
- Ahí está Itrimubé - se dijeron las dos hermanas, y le llamaron a voz en grito:
- Itrimubé, ¿cuál de las tres es la más bella?
Itrimubé, rugiendo, contestó:
- No es difícil responder: Ifara es la más bella.
Las dos hermanas, llenas de rabia, se dijeron:
- Nosotras no podemos darle muerte, pero la mandaremos coger las legumbres de Itrimubé; él se encolerizará y se la comerá.
Con estos propósitos llamaron a Ifara y le dijeron:
- Apostemos cuál de las tres coge las mayores batatas.
- ¿Dónde hay que cogerlas? - preguntó Ifara.
- Allá abajo - contestaron sus hermanas mostrándole los campos de Itrimubé. - Mas coge solamente las recién granadas.
Cuando Ifara entregó sus batatas, vio que las suyas eran mucho más pequeñas que las que sus hermanas habían cogido. Burláronse de ella y le dijeron:
- Anda lista en busca de otras.
En el preciso momento en que Ifara dirigióse de nuevo a los campos por mayores batatas, llegó Itrimubé galopando sobre sus cuatro patas; atrapóla y dijo en un grito:
- Rico presente, te pesqué; ¿eres tú la que robas mis batatas? Yo te comeré.
- ¡Oh, no, no! - exclamó la desventurada Ifara llorando. - Permitidme antes que sea vuestra esposa, y yo os cuidaré con amor.
- Bien, pues - dijo Itrimubé, y llevósela a su gruta.
Mas su idea era la de engordarla para comérsela seguidamente.
Las dos hermanas tornaron a su sano juicio al ver cómo el monstruo se llevaba a Ifara. Y corrieron a su casa para contar a sus padres que Ifara había sido sorprendida por Itrimubé cuando aquélla cogía sus batatas, y que éste la había devorado. Padre y madre lloraron amargamente y sin consuelo por la muerte de su amada hija.
Durante algún tiempo Itrimubé engordó a Ifara; túvola encerrada en su guarida, mientras iba en busca de manjares para darle de comer; decíase el monstruo que pronto estaría su presa lo suficientemente gorda y se deleitaba pensando en lo rica que resultaría asada.
Un día que Itrimubé había salido hasta el anochecer, Ifara vio un ratoncillo que, parándose ante ella, le dijo:
- Dame unos granos de arroz, Ifara, y yo te revelaré un secreto.
Ifara echóle unos granos de arroz y el ratoncillo hablóle así:
- Itrimubé piensa comerte mañana, mas yo roeré la cuerda que cierra la puerta de tu cárcel y podrás salvarte con la fuga. Lleva contigo un huevo, una escoba, un bastón y una piedra muy redonda y muy lisa, y echa a correr por el lado sur.
Cuando el diminuto ratón hubo cortado la cuerda que cerraba la puerta, Ifara, provista de un huevo, un bastón y una piedra redonda y muy pulida, y dejando un tronco gigantesco de plátano en su lecho, cerró la puerta y echó a correr.
Regresó Itrimubé llevando un caldero y el arma para matar y cocer a Ifara. La puerta estaba cerrada; llamó y gritó, pero nadie contestó a sus llamadas.
- Bien - pensó - ¡Ifara tanto ha engordado que no puede menearse!
Tiró abajo la puerta y, corriendo derecho hacia el lecho, hincó el arma en el tronco descomunal de plátano, pensando matar a Ifara.
- ¡Qué gorda está Ifara! - dijo - Mi arma se hunde sin esfuerzo.
Retiróla y pasó la lengua por su filo.
- ¡Ifara es todo sebo de tan gorda y resulta insípida! ¡Estará mejor, a buen seguro, asada!
Mas, descubierto el lecho, observó el tronco de plátano, lo que le encolerizó como es difícil de ponderar. Salió de su guarida y husmeando los aires por el Norte: nada; husmeó por el Este: nada; husmeó por el Oeste: nada; hacia el Sur, luego: "¡Ah, esta vez di contigo!"
Y empezó a galopar, y muy pronto alcanzó a Ifara.
- ¡Por fin, ya te atrapé! - gritó.
Ifara tiró a tierra su escoba, y así habló:
- ¡Por mi madre y por mi padre, que esta escoba se convierta en una interminable barrera que Itrimubé no pueda cruzar!
¡Y he aquí que la escoba se alarga y ensancha hasta convertirse en infranqueable barrera!
Pero Itrimubé hincó su larga cola puntiaguda por debajo de la muralla hasta que consiguió labrarse un camino y entonces gritó:
- ¡Por fin, ya te atrapé, Ifara!
Ifara tiró a tierra el huevo, y así habló:
- ¡Por mi madre y por mi padre, que este huevo se convierta en un estanque que Itrimubé no pueda salvar!
El huevo se rompió y convirtióse en un estanque muy profundo.
Pero Itrimubé empezó a beber hasta que consiguió secar el estanque; entonces cruzólo y gritó:
- ¡Rico presente: ya te consigo, Ifara!
Entonces Ifara tiró su bastón a tierra, y así habló:
- ¡Por mi madre y por mi padre, que este bastón se convierta en un inmenso bosque que Itrimubé no pueda atravesar!
El bastón convirtióse en un bosque donde se entrelazaban los árboles.
Pero Itrimubé cortó las ramas con su cola sin dejar un árbol en pie.
- ¡Ahora si, ya te conseguí, Ifara! ­ gritó.
Pero Ifara tiró su piedra redonda y pulida a tierra y así habló:
- ¡Por mi madre y por mi padre, que esta piedra se convierta en un gran peñasco perpendicular!
La piedra creció, agrandóse y convirtióse en un gran peñasco perpendicular, y fue del todo imposible que Itrimubé trepara por él.
Entonces él gritó:
- ¡Échame una cuerda, Ifara; yo no te haré ningún daño!
- No te levantaré en alto si antes no dejas tu arma plantada en el suelo - replicó Ifara.
Itrimubé dejó su arma en el suelo, y la buena de Ifara dio manos a la obra, llevando por los aires, con una cuerda, a su enemigo.
Mas tan pronto como vio éste que podía ya alcanzarla, gritó:
- ¡En verdad, en verdad, ahora sí que te tengo, Ifara!
Ifara tanto se asustó que soltó la cuerda que tenía en sus manos, e Itrimubé rodó hasta el abismo, donde, al caer sobre su propia arma, halló la muerte.
Ifara no sabía cómo hallar el camino de la casa de sus padres y, sentada sobre el peñasco, lloraba desconsolada. Bien pronto acudió un cuervo y, al verlo cerca, Ifara así le cantó:

"Cuervo, bonito cuervo,
si me llevas contigo a mis padres,
yo puliré tus negras alas."

- ¡No - contestó el Cuervo - no, yo no te llevaré, no; no podrás contar que haya sido yo el que frutas verdes comiera!
Y llegó luego un milano y así le cantó Ifara:

"Milano, hermoso milano
si me llevas contigo a mis padres,
yo puliré tus alas grises."

- ¡No - contestó el Milano - yo no te llevaré, no! No podrás jamás contar que yo haya comido ratas muertas.
La desventurada Ifara, así abandonada lloraba amargamente, cuando advirtió la presencia de una paloma azul que arrullaba "reú, reú, reú", y así le cantó Ifara:

"Paloma, linda paloma,
si me llevas contigo a mis padres,
yo te puliré tus alas azules."

- ¡Reú! ¡Reú! ¡Reú! Ven, hermosa niña - arrulló la paloma azul. - Pláceme compadecerme de los que sufren.
Y llevósela hasta el pozo de sus padres, dejándola sobre la copa de un árbol, junto al brocal del pozo.
Al poco, una pequeña esclava negra acudió en busca de agua, y, al asomarse al pozo, vio, como en un espejo, la imagen de Ifara, y pensó que era la suya propia.
- Ciertamente - díjose la esclava - soy demasiado hermosa para acarrear agua con este vil botijo.
Y tirólo al suelo, donde se hizo añicos, mientras Ifara decía:
- ¿Mi padre y mi madre gastan su dinero comprando botijos para que así tú los rompas tan fácilmente?
La esclava miró por doquiera, mas a nadie vio y tornóse a casa.
A la mañana siguiente, la pequeña esclava fue con un nuevo cántaro por agua, y también esta vez, vio el rostro de Ifara en el fondo del pozo; con alborozo, gritó:
- ¡No, basta de llevar el cántaro a la fuente; soy demasiado bonita para este menester!
Y, también ahora, rompió el botijo.
Pero Ifara repitió las mismas palabras:
- ¿Mi padre y mi madre gastan su dinero comprando botijos para que así tú los rompas tan fácilmente?
La esclava miró por todos los lados, y, no viendo a nadie, aceleró el paso hacia la casa de sus dueños, y contó haber oído en el fondo del pozo una voz semejante a la de Ifara.
El padre y la madre echaron a correr, y cuando Ifara los distinguió, descendió del árbol, y los padres lloraron de alegría por tan feliz encuentro.
Los padres de Ifara tanto se enojaron contra las otras dos hermanas que las echaron de casa, viviendo dichosos con Ifara.

sábado, 30 de enero de 2010

La princesa y el guisante

Érase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero que fuese una princesa de verdad. En su busca recorrió todo el mundo, mas siempre había algún pero. Princesas había muchas, mas nunca lograba asegurarse de que lo fueran de veras; cada vez encontraba algo que le parecía sospechoso. Así regresó a su casa muy triste, pues estaba empeñado en encontrar a una princesa auténtica.
Una tarde estalló una terrible tempestad; sucedíanse sin interrupción los rayos y los truenos, y llovía a cántaros; era un tiempo espantoso. En éstas llamaron a la puerta de la ciudad, y el anciano Rey acudió a abrir.
Una princesa estaba en la puerta; pero ¡santo Dios, cómo la habían puesto la lluvia y el mal tiempo! El agua le chorreaba por el cabello y los vestidos, se le metía por las cañas de los zapatos y le salía por los tacones; pero ella afirmaba que era una princesa verdadera.
"Pronto lo sabremos", pensó la vieja Reina, y, sin decir palabra, se fue al dormitorio, levantó la cama y puso un guisante sobre la tela metálica; luego amontonó encima veinte colchones, y encima de éstos, otros tantos edredones.
En esta cama debía dormir la princesa.
Por la mañana le preguntaron qué tal había descansado.
- ¡Oh, muy mal! - exclamó -. No he pegado un ojo en toda la noche. ¡Sabe Dios lo que habría en la cama! ¡Era algo tan duro, que tengo el cuerpo lleno de cardenales! ¡Horrible!
Entonces vieron que era una princesa de verdad, puesto que, a pesar de los veinte colchones y los veinte edredones, había sentido el guisante. Nadie, sino una verdadera princesa, podía ser tan sensible.
El príncipe la tomó por esposa, pues se había convencido de que se casaba con una princesa hecha y derecha; y el guisante pasó al museo, donde puede verse todavía, si nadie se lo ha llevado.
Esto sí que es una historia, ¿verdad?.

jueves, 28 de enero de 2010

Jack el tonto

Erase una vez un hombre que tenía tres hijos. Los dos primeros eran jóvenes muy estudiosos. El mayor podía recitar todo el diccionario de latín, y sabía de memoria todo lo publicado en el diario local durante los últimos tres años. Tan bien lo sabía que podía recitarlo de atrás para adelante. El segundo sabía todo cuanto podía saberse sobre leyes empresariales. Tan seguro estaba de sus conocimientos que sostenía que podría servir de consejero al mismo rey. El menor de los hijos era un muchacho tan simplón que todos lo llamaban simplemente "Jack el tonto".


Pues resulta que un buen día se pregonó por todo el reino que la hija del rey tomaría por esposo a aquel jóven que supiese hacer mejor uso de sus palabras. Al oir esto, los dos hijos mayores gritaron al unísono: ¡La princesa será mía!. Entonces su padre le dió un caballo a cada uno para que acudieran a palacio. Al enterarse Jack de esto, también él quiso probar suerte, pero su padre le dijo: "No seas necio Jack, tu eres muy diferente a tus hermanos. No puedo darte un caballo para que te pongas en ridículo delante de la princesa."-"Muy bien-dijo Jack-entonces partiré montando a la cabra, que es mía y que bien me servirá". Y así diciendo emprendió la marcha.

Sus hermanos ya le llevaban ventaja cuando oyen a Jack gritar a sus espaldas: "Hey, hermanos, miren lo que encontré". Y los jinetes se volvieron para ver que era lo que su hermano llevaba: "Eso no es más que un cuervo muerto sotonto ¿qué piensas hacer con él?" - "Se lo daré a la princesa"-dijo Jack. Y sus hermanos prorrumpieron en carcajadas, seguros de que solo lograría quedar como un tonto.
Ganaron distancia de nuevo pero al rato oyeron de nuevo a Jack gritar: "Hey, vean lo que encontré esta vez. Realmente no es algo que se vea todos los días al costado del camino". Pero mirando el tesoro de Jack los hermanos dijeron con desprecio: "No es más que un zapato de madera roto ¿también piensas dárselo a la princesa?"-"Por supuesto-dijo Jack-ya vereis". Y sus hermanos rieron nuevamente.
Poco habían andado cuando Jack gritó nuevamente: "Hey, no lo van a creer, esto se pone cada vez mejor". Pero sus hermanos le contestaron: "¿De qué hablas Jack? Eso no es más que un montón de arcilla."-"Claro que sí-les contestó-es arcilla húmeda de la mejor calidad, mirad cómo resbala en mis dedos. Voy a llenar mis bolsillos con ella. Ya veréis lo contenta que se pondrá la princesa." Y así retomaron la marcha.
Los hermanos mayores llegaron primero al castillo. Un gran número de pretendientes aguardaban ya a que la princesa los reciba, pero uno tras otro perdía su poder de oratoria ni bien atravesaba la puerta principal, tal y como si el viento apagara la llama de su ingenio. Cuando llegó el turno al hermano que recitaba el diccionario de latín, al encontrarse en ese inmenso salón palaciego en que sus pasos retumbaban y al mirar los techos de espejo podía verse cabeza abajo solo logró balbucear incoherencias. Entró a la habitación en que la princesa lo aguardaba acompañada por tres reporteros que tomaban nota de todo lo que él decía para publicarlo luego en el diario local. "Blaaa, blaaa princesa"-dijo el joven. "Blaaa, hace mucho calor"-"Sí-dijo la princesa-es que mi padre está asando pollos". "Blaaa"- balbuceó de nuevo el joven por toda respuesta, y la princesa dijo a sus sirvientes: "Sáquenlo, este no sirve". Le llegó entonces el turno al hermano que sabía mucho de leyes corporativas, pero en cuanto el joven se hallo delante de la princesa olvidó también todo lo que sabía y comenzó a tartamudear: "Prin-prin-ce-ce-sa, ha-hace much-cho calor"- "Sí-dijo la princesa-Estamos asando pollos". -"Ahh, bu-bu po"-Fue todo lo que el segundo hermano pudo contestar, y la princesa, impaciente, dijo a sus sirvientes: "Este tampoco sirve, sáquenlo al patio con los otros". Fue así que le llegó el turno a Jack. Este, ni bien ingresó al cuarto dijo: "Vaya que está caliente aquí"- A lo que la princesa replicó nuevamente: "Es que estamos asando pollos"- "Magnífico-dijo Jack-entonces probablemente no les moleste si pongo a rostizar mi cuervo"-"Ciertamente que no-dijo la princesa-pero necesitarás un recipiente donde cocerlo"-"Eso no será problema", y así diciendo el muchacho extrajo de su chaqueta el viejo zapato roto de madera que había traído consigo. La princesa complacida le dijo: "Eso ha sido muy astuto de tu parte, pero aún te falta la salsa". -"Oh, no, la tengo aquí en mis bolsillos. Es más tengo tanta que puedo incluso regalar la que me sobra"-dijo Jack, y vertió un poco de su preciosa arcilla en el zapato. Sonriendo le dijo la princesa: "Realmente tienes una respuesta para todo y sabes qué decir. Por eso deberás ser mi esposo, pero antes dime ¿no te pone nervioso saber que estos reporteros están tomando nota de todo lo que dices? Especialmente aquel que ves allí-dijo señalando a un hombre alto y viejo que tomaba notas con rapidez-Es el jefe del periódico, un hombre muy importante, que publicará todo lo que enseñes aquí."-"Entonces-dijo Jack-guardaré para él lo mejor que tengo" Y acercándose con mucho respeto, dió vuelta en su cara su bolsillo lleno de arcilla. La princesa rió feliz al ver esto y al poco tiempo se celebraron los esponsales. Así es como Jack el tonto llegó a ser rey.

martes, 26 de enero de 2010

Ruslan y Ludmila

En Kiev el soberano Vladimir-Sol Brillante, celebra un festín porque su hermosa hija, Ludmila; es la elegida del valeroso principe Ruslan y hoy, en palacio ambos contraerán matrimonio..

Sin embargo, la alegría termina cuando los jóvenes son dejados a solas. Una horrenda sombra salida de la nada envuelve a Ludmila arrancándola de los brazos de Ruslan, quien impotente ve desaparecer a su amada.

Presa de la desesperación Vladimir implora a los jóvenes caballeros presentes que encuentren a su hija. Ruslan se apresura a aceptar la empresa pero con él tres temibles adversarios parten. Los caballeros Farlaf, Ratmir y Rogdai, celosos de Ruslan, deciden competir en la búsqueda para ganar la mano de la princesa.-

Parten los guerreros en distintas direcciones pero inesperadamente los caminos de Rogdai y Ruslan se entrecruzan nuevamente.- Enfurecido y en la esperanza de ganar a la perdida princesa, Rogdai se lanza contra su adversario batiéndose con fiereza a la vera de un río hasta que finalmente Rogdai es vencido cayendo al agua donde una sirena lo arrastra al fondo para no volver ya, más que como un fantasma que los pescadores solitarios dirían ver largo tiempo después.

Vencedor, pero aún en la desesperanza, Ruslan vaga por el mundo entristecido buscando a su novia. En este estado es que llega a una cueva donde pretende pasar la noche. Penetra en su interior y descubre que está iluminada. Continúa caminando hasta que da con un anciano barbudo que lee sentado en una silla iluminado por una lampara de combustible.-El viejo nota su presencia y dice estar esperándolo habiendo previsto la desgracia de Ludmila.- La princesa, dice el hombre, ha sido capturada por Chernomor, un hechicero enano y jorobado de grandes bigotes que captura a las doncellas y las encierra en su castillo secreto en las colinas. Si Ruslan desea recuperar a su amada, deberá cabalgar hacia el Norte y vencer a Chernomor.- Aliviado, Ruslan agradece al anciano quien le narra a su vez su propia historia de desgracias.- Habiendo nacido en Finlandia muchos años atras, quedó perdidamente enamorado de una hermosísima joven de su aldea de nombre Nahina. Sin embargo la jóven lo rechazó reiteradamente sin importar las aventuras que en su nombre emprendiera ni los presentes que a sus pies depositase. Finalmente, el enamorado finlandés decide internarse en el bosque para aprender los más profundos secretos de la magia y ganar con un hechizo a la hermosa Nahina. Pasó incontables años estudiando y finalmente volvió al pueblo de su niñez. El hechizo había funcionado, pero en lugar de la hermosa muchacha encontró a una anciana bruja. Nahina también se había dedicado al estudio de las ciencias ocultas, pero su interés la llevó a lado más oscuro de la magia convirtiendola en una bruja mezquina. Sin embargo, el hechizo del finlandés había dado resultado, pero era ahora éste quien no quería su amor, por lo que viéndose rechazada, la bruja promete vengarse, prometiéndole fidelidad al malvado Chernomor.

Así es como la encontramos pues a la indefensa Ludmila. Tras haber sido raptada por esa nube de sombras, la princesa despierta en una suntuosa habitación del palacio de Chernomor, recostada sobre suaves cojines y sábanas de seda. Un ejército de doncellas esclavas se le acercan y comienzan a vestirla con ricos ropajes, adornándola con joyas y peinando sus cabellos, para desaparecer nuevamente tan rápido como llegaron.- Sola una vez más Ludmila cruza el umbral de la puerta y se encuentra en un fabuloso jardín, repleto de hermosísimas flores, arboles, fuentes, y cuanto fuera posible soñar, pero conciente de su encierro llora amargamente hasta que la noche la sorprende y una vez más la nube la transporta de nuevo a su recámara. Allí acostada en la oscuridad, temblando de miedo, Ludmila oye la puerta abrirse y por primera vez conoce a su grotesco carcelero. El enano, enfermo de amor se acerca a la jóven quien, presa del pánico comienza a gritar y a blandir sus puños al aire tan sorpresiva y violentamente que el enano se vuelve confundido abandonando la habitación a toda velocidad. Con el nuevo día los temores de la princesa han cedido, reiniciándose una vez más el ritual de las silenciosas esclavas pero cuando se ve nuevamente sola en la inmensa habitación, su angustia reaparece y sus ojos se llenan de lágrimas porque se sabe perdida. En este estado se hallaba cuando en una esquina de la habitación descubre el casco que, en el apuro, el enano había dejado tras de sí la noche anterior. Tentada, lo toma y se lo calza, jugando divertida por la novedad. De improviso, gira el casco sobre su cabeza y ¡maravilla! su imágen ha desaparecido del espejo. ¿Cómo imaginarlo?¡Justo cuando se creía perdida encontró el refugio perfecto que la mantendría lejos del hechicero! Chernomor por su parte, recuperado de la sorpresa de la noche anterior dirigía sus pasos hacia la habitación de la princesa, dispuesto a vengarse, pero cuando cautivo de la ira cruza la puerta, horrorizado comprueba que su valiosa caza no se encuentra ya en su jaula. Descompuesto por el enojo grita a sus sirvientes para que comiencen una búsqueda exaustiva de la princesa por todo el castillo. Los pobres hombres siguen sus órdenes pero en vano.-Solo logran ser presa de Ludmila que, divertida, juega con ellos camuflada por el casco que le permite hacerles oir su risa sin llegar a dar con ella.-

Mientras tanto, Ruslan continúa cabalgando hacia el castillo, tal y como se lo indicara el finlandés. Así es que llega a un paraje desierto, sembrado por los cuerpos de quienes alguna vez fueran valientes caballeros como él mismo. Las armas y armaduras roídas de algunos de ellos revelaban lo antiguo de su caída. Otros, más recientes quizás, yacían aún sobre los restos de sus cabalgaduras, como si aún estuviesen vivos.-En este espeluznante y fantasmagórico lugar nada se oía, solo un silencio de muerte, hasta que de improviso una terrible risa se oye desde arriba. Ruslan alza la vista y descubre una enorme cabeza, sin torso, que se burlaba de la suerte de los hombres que le precedieron y de la que anticipaba a nuestro héroe. Sin amedrentarse, el jóven continúa la marcha desafiando a su extraño enemigo, a lo que la cabeza, airada contesta con una feroz ráfaga de viento que casi desmonta al caballero. Viendo la perseverancia del mismo, la cabeza continúa atosigándolo y burlándose de él, sacando su gigantesca lengua para atacarlo. Sin perder un momento, Ruslan toma una lanza y la clava en la viscosidad enemiga provocando un río de sangre y un dolor inmenso a su oponente que, atormentado, cae de su sitio y comienza a lamentarse.-


En el sitio donde antes estaba la cabeza, Ruslan percibe un centelleo enceguecedor. Se acerca y descubre una magnífica espada, dorada como el sol. La toma y se dirije a la gimiente cabeza, pero misericordioso le perdona la vida.-Esta, librada de un deshonrroso final, jura fidelidad al héroe y se explica en estos términos: Mucho tiempo atrás, había sido un valeroso y galante caballero, hermano de Chernomor. Éste, celoso de su buena fortuna, se dedicó al estudio de la magia. Así es que toma conocimiento de la revelación que comunica sin demoras al caballero:”Existe una espada enterrada en un calabozo que algún día le cortaría a su hermano la cabeza y a él su barba mágica”.-Así, ambos decidieron emprenderse en su búsqueda y finalmente dieron con ella, pero una vez que la tuvieron en su poder comenzaron a discutir respecto a cuál de los dos correspondía su guarda.-Para dirimir el conflicto, Chernomor propone que ambos pongan su oreja en la tierra, y el primero que oiga algo se quedará con la espada.-El caballero, pensando que engañará a su hermano así lo hace, pero cuando está en esa posición, el traicionero hechicero levanta la espada y con un tremendo golpe separa su cabeza del cuerpo, la que, por algún oscuro sortilegio, conserva su vida.-Chernomor la toma entonces y la deja en ese campo desierto, para custodiar la espada.- La cabeza se dirige ahora a Ruslan y le aconseja que empuñe el arma y con ella corte al enano sus bigotes mágicos, sin los cuales estará indefenso.-

Pero me estoy olvidando de la suerte de nuestro tercer héroe Ratmir.- Este, todavía a la búsqueda de Ludmila busca en la foresta un lugar donde pasar la noche. A lo lejos divisa un castillo desde el que se oye la voz de doncellas que con dulces cantos lo invitan a refugiarse con ellas prometiéndole belleza y paz. Ratmir accede al castillo conducido por las jóvenes que desde la puerta lo aguardaban. Una vez dentro es despojado de sus armas y armadura sometiéndose el caballero sin resistencia a un tibio baño perfumado. Allí, entre placeres y atenciones, olvida pronto a Ludmila.

Quien no puede olvidar a la princesa es el frenético enano que, tras varios días de búsqueda infructuosa está cada vez más obsesionado con la idea de encontrar a la joven. Ésta, por su parte, suspira en los jardines, ansiosa ya de ser rescatada por su amado, y son esas ansias las que nublan su visión y a lo lejos la hacen distinguir la silueta de Ruslan, que junto a un árbol en los jardines parece estar buscándola. Llena de ilusión corre hacia sus brazos pero a punto de llegar descubre que todo no había sido más que un engaño viéndose atrapada en una red que la eleva por los aires y le hace perder su casco, para quedar así una vez más a merced de Chernomor. Desesperada pierde el conocimiento justo cuando el hechicero se dispone a apoderarse de su presa. Pero esto el malvado no logra concretarlo porque oye con disgusto un cuerno de guerra desafiante que del otro lado de la muralla del castillo Ruslan hace sonar invitándolo a combatir. El enano confiado acepta el desafío y para sorpresa del héroe, vuela por encima de la muralla cayendo encima del caballero. Fiero lucha Ruslan pero el enano se mueve con demasiada rapidez y no logra dar golpe certero hasta que finalmente, logra asirlo de la barba elevándose el enano con violencia en la esperanza de dejarlo caer. Así, fuertemente asido, vuelan juntos por encima de montañas y mares, de bosques y estepas durante tres días, hasta que el enano comienza a perder sus fuerzas. “Tarde o temprano deberás soltarme”, le dice, “porque sino caeremos los dos”. Pero firme en su determinación Ruslan le enseña su espada a cuya vista el hechicero se horroriza, y temeroso, lo deposita nuevamente en el suelo del palacio. Sin perder un momento, Ruslan tira de la barba y con la espada le corta los bigotes que, a modo triunfal, ciñe sobre su casco, atando al enano a la silla de su caballo. Presuroso, entra al castillo que, al ser vencido el hechicero, todos los sirvientes han abandonado. En los jardines, todavía en un trance encuentra a Ludmila, que pese a sus ruegos no abre los ojos. Ruslan está a punto de desesperar pero la voz del finlandés oye tranquilizadora, augurando que el hechizo bajo el que Ludmila se encuentra se desvanecerá cuando la regrese al palacio de su padre en Kiev. Feliz, el caballero toma a la princesa en sus brazos y comienza a cabalgar de regreso a su país.

En el camino, encuentran nuevamente a la cabeza, lánguida y desfalleciente, que, a la vista del enano recupera todo su vigor para lanzar una última maldición a su hermano, quien la contempla desde su silla presa del pavor. Con esto se rompe por fin el encantamiento y la cabeza puede morir en paz.

Reemprenden la marcha y a lo lejos, en la playa que se extiende por debajo de ellos, ve Ruslan a un sencillo pescador que regresa su bote a la orilla para ser recibido por su esposa que presurosa corre feliz a sus brazos. El pescador, reconoce el caballero, no es sino Ratmir. Confundido, Ruslan se acerca a él quien lo recibe con afecto, feliz de que el caballero hubiese encontrado por fin a la princesa. “He renunciado a 12 ninfas exquisitas porque a ninguna de ellas pertenecía mi corazón”, se explica Ratmir, “y es en la inmensa soledad del bosque en que he comprendido que no era la vida de gloriosas luchas la que el destino tenía preparada para mí. En la sencillez de este hogar y el amor de mi esposa he encontrado todo lo que anhelaba”. Feliz, Ruslan, abraza a su viejo enemigo y hace un pacto de amistad eterna, volviéndo a su amada para descansar. Juntos yacen en el bosque, Ludmila hechizada, Ruslan en el más profundo sueño.

Mientras, el olvidado Farlaf, vagabundea aún por los bosques buscando una salida. Ante él se presenta la malvada Nahina que, tomando la forma de un gato, le ordena seguirlo. Así lo hace temeroso Farlaf y llegan al lugar donde los jóvenes amantes descansan. El cobarde toma a Ludmila clavando tres veces en Ruslan su espada y abandonándolo allí para morir. El enano al ver el río de sangre se cree por fin liberado.

Farlaf llega pues a Kiev con la princesa y se adjudica la victoria sobre su captor, pero para tristeza de todos Ludmila no recupera el conocimiento. Toda la ciudad permanece en vela, custodiando a la desdichada princesa, pero la desventura quiere que precisamente en ese instante un campamento de Turcos los rodea preparándose para atacar.

Lejos de allí, en un secreto lugar de un apartado bosque, dos corrientes de agua fluyen contiguas. Una salta entre las piedras, está llena de cantos y sonidos porque se trata de agua de la vida. La otra es agua muerta, no hay aves que jueguen en su cercanía ni animales que beban de ella. Dos espíritus las custodian desde el comienzo de los tiempos, y frente a ellos, sacándolos de su trance, se aparece el finlandés, cargando dos jarras vacías una de las cuales llena con agua de vida, completando la otra con agua muerta. En un suspiro ha desaparecido nuevamente reapareciendo junto al cuerpo sin vida de Ruslan. Vierte el agua de muerte sobre sus heridas y estas comienzan a sanar. Llena la boca del joven con agua de vida y este recupera el aliento, reconociendo al bondadoso hechicero pero percatándose a su vez de la ausencia de Ludmila. Viendo su angustia el finlandés explica, que la princesa está bien pero no despertará hasta que Kiev esté a salvo. Ruslan deberá combatir para vencer a los opresores de la ciudad, pero nada debe preocuparle porque su sola presencia infundirá temor en sus enemigos asegurándole la victoria. Diciendo esto le entrega un anillo con el que deberá tocar el párpado de Ludmila para que esta despierte.

En Kiev, por su parte, el alba comienza a romper y con ella las tropas enemigas se lanzan hacia las murallas. Los hombres de la ciudad pelean valerosamente pero muchas vidas se pierden y mucha sangre es derramada. Cuando poca esperanza queda ya, desde la ciudad se ve aparecer a lo lejos, desde el aire, un guerrero vestido con malla de bronce y refulgente espada avanza como una ráfaga entre los Turcos dejando un rastro de enemigos muertos tras de sí. Atado a su silla, detrás de él, un enano. Pronto los agresores son vencidos y abandonan Kiev. Victorioso, Ruslan entra a la ciudad donde es aclamado por todos menos por Farlaf, que al verlo llegar sabe que su fin está próximo.

Ruslan corre a la recámara de Ludmila conde Vladimir llora a sus pies. Haciendo tal y como le fuera indicado, toca con su anillo el párpado de Ludmila quien abre sus ojos y, maravillada por la vista de su caballero, lo abraza con fuerza.

Tal fue la felicidad y el júbilo de todos que Ruslan perdonó al cobarde Farlaf, y el enano, ya sin poderes, es desatado y añadido al cortejo de Vladimir. Un gran banquete se celebra en honor a los jóvenes esposos.

domingo, 24 de enero de 2010

Las ropas nuevas del Emperador

Había una vez un emperador muy pero muy vanidoso que pasaba mucho tiempo mirándose en el espejo y probándose ropa. Tanta era la dedicación que ponía en su guardarropas que descuidaba los asuntos de estado para poder pasar más tiempo arreglándose..

Sabiendo esto, un día dos pícaros pidieron audiencia con su majestad diciendo ser sastres capaces de crear el más fabuloso traje nunca visto.Como se imaginarán, esto interesó mucho al emperador, así que los recibió y les preguntó:

"¿En verdad sois tan buenos sastres?" Por supuesto majestad, dijo uno de ellos, pero el mérito no es solo nuestro. El secreto de nuestro trabajo está en la magnífica tela que empleamos".- "Ohh! -exclamó el soberano entusiasmado- no puedo esperar para ver esa tela maravillosa. Mostrádmela ahora mismo"-les ordenó. Entonces los dos hombres le dijeron: "Por supuesto majestad. Pero debéis saber algo más: esta es una tela mágica que le permitirá detectar a sus súbditos de bajo intelecto, pues solo la gente inteligente puede ver esta tela". Y así diciendo le extendieron al emperador sus brazos vacíos, simulando sostener en ellos la tela encantada. "Aquí la tenéis"-dijeron. Y al no ver nada, el emperador pensó: "¿Será que soy tan tonto que no puedo verla? Nadie puede enterarse, así que fingiré verla y pediré opinión a mis ministros para estar seguro de que la tela es hermosa".

Entonces preguntó a sus consejeros presentes: "¿Qué piensan ustedes de esta tela?" Y como nadie quería pasar por tonto, todos contestaron: "Magnífica, majestad. Realmente digna de un emperador". Así fue que los falsos sastres fueron contratados por una cuantiosa suma para confeccionar un traje con esa tela.

Muy pronto se corrió la voz en todo el reino de que su vanidosa majestad tenía un nuevo traje que la gente tonta no podía ver; y que, como era su costumbre, desfilaría ante el pueblo para que todos pudieran alabarlo.
Finalmente un día, los presuntos sastres anunciaron que el trabajo estaba terminado, presentando al emperador una percha vacía de la que, se supone, colgaban las nuevas ropas del emperador. Ilusionado, el soberano, fue "vestido" con la ayuda de los dos pícaros que no paraban de manifestar su admiración por lo perfecto que el traje sentaba a su majestad. Y, aunque el emperador no veía frente al espejo más que su imágen en calzones, les siguió la corriente y salió a las calles del reino para que todos pudiesen admirarlo.

Todo el pueblo se había congregado para ver el traje mágico, pero al igual que los demás, nadie se animó a decir que no podía verlo, por temor a ser considerado un tonto, así que comenzaron a alabarlo y felicitarlo. Pero entre la multitud, un niño pequeño gritó: "¡Miren, el emperador está desnudo!!"

Y todos entonces comenzaron a reir porque se dieron cuenta de que lo que el muchacho decía era verdad. Entonces, el emperador cayó en cuenta del engaño y perdido por la vergüenza, volvió corriendo a su castillo para cubrirse. Desde ese día, nunca más volvió a estar tan pendiente de su vestuario y comenzó a ocuparse de su reino como un verdadero soberano.