sábado, 17 de abril de 2010

Aua la huerfanita "cuento africano"

Había una vez un hombre viudo que tenía una hija llamada Aua. El hombre casó de nuevo y de este matrimonio hubo otra hija, que era tan querida como odiada aquélla.
Una noche, mientras la pequeña Aua dormía, se le apareció su madre y le habló de esta manera:
- Hija mía, mañana tu madrastra te dará una piel de carnero para que la laves en el río Amarillo. No le contestes. Ponte en camino para lavar la piel que tu hermanastra Alimata ha ensuciado. Vete sin temor, pues dondequiera que tú vayas, yo estaré siempre cerca de ti.
A la mañana siguiente, sucedió como había advertido la aparición.
Y Aua fue enviada al río Amarillo a lavar la piel de carnero.
Hallábase en camino cuando estalló una espantosa tormenta. Aua divisó una choza a lo lejos y corrió para refugiarse en ella.
Pero la choza huía, huía de la muchacha. Hasta que Aua consiguió darle alcance, no sin haberse calado hasta los huesos.
Un perro peludo guardaba la choza y el perro dijo:
- Linda Aua, puedes entrar.
Aua no se hizo rogar. Penetró en la choza y en el fondo del albergue vio colgada una enorme pierna de buey.
El peludo perro era el esclavo y guardián de esta pierna de buey que, a su vez, dijo al perro:
- Haz sentar a esta niña en la esterilla.
El enorme perro peludo invitó a Aua a sentarse, y la niña se sentó.
Al cabo de un rato, la Pierna de Buey ordenó al perro, su esclavo:
- Dale a la niña algo con que pueda preparar su comida.
Y el perro dio a la niña dos granos de arroz, y cuando ella los puso a cocer en la marmita, los granos se hincharon hasta llenarla por completo.
Cocido el arroz, Aua lo sacó de la marmita y vio, sorprendida, que estaba condimentado con grasa. Y comió, Aua, hasta que hubo satisfecho su apetito y, entonces, lo que quedaba en la marmita desapareció como por encanto.
Aua pasó así ocho días en esta choza, habiendo por compañía al perro fiel y a la hospitalaria Pierna de Buey. Día y noche se alimentaba de arroz con carne grasa, y el manjar mucho le apetecía.
En la noche del octavo día, la Pierna de Buey dijo al perro:
- Di a la niña que venga a darme masaje.
Sin hacerse rogar, la niña prestó sumisa el servicio pedido.
Entonces la Pierna de Buey dijo:
- Veo que realmente eres una niña dechado de bondad. Vuelve a casa de tu padre, pero, antes de partir, toma estos dos huevos. Cuando llegues a un sitio donde no oigas ninguna voz, rómpelos.
Aua tomó los dos huevos y se puso en camino para regresar a la choza paterna. No se hallaba muy lejos de la de Pierna de Buey, cuando oyó voces de gentes invisibles que le gritaban:
- ¡Rompe los huevos, que nosotros los sorberemos!
La pequeña Aua prosiguió su ruta sin impresionarse por las voces misteriosas que le gritaban órdenes.
Por fin llegó a un sitio solitario; no había ni un solo guijarro y no se percibía el menor ruido.
Entonces dejó caer uno de los huevos sobre el suelo y el huevo se rompió.
Caballeros, guerreros armados de fusiles, esclavos y esclavas, salieron de aquel huevo.
Aua rompió el otro huevo: montones de alhajas, vestidos suntuosos y toda clase de animales domésticos salieron de éste.
Mandó entonces a uno de los caballeros:
- Di a mi padre que estoy de vuelta para abrazarle.
El caballero entró en el pueblo en el momento en que el jefe, habiendo convocado a todos los hombres por medio del tambor, tomaba disposiciones para rechazar a la escolta de la huerfanita, a quien tomara por una columna enemiga.
El rey, acompañado del padre de Aua, salió al encuentro de la joven y la condujeron, montada en un soberbio caballo, a la choza paterna.
Pasaron unos días, y la madrastra, celosa de ver a Aua tan parecida a una reina, dio a su hija Alimata la piel de carnero que antes confiara a su hijastra, para que fuera a lavarla, también, al río Amarillo.
Alimata obedeció. Como anteriormente su hermanastra, ella encontró la choza fugitiva.
Como Aua, también la persiguió en medio de una espantosa tormenta y se caló hasta los huesos.
Llegó por fin delante de la choza de Pierna de Buey. El enorme perro peludo la invitó a entrar.
- ¡Ah! - exclamó ella -. ¡Cuanto más vieja una se hace, más cosas se ven! ¡Un perro que habla!
Y así que hubo entrado, la Pierna de Buey ordenó al perro que la invitase a sentarse.
- ¡Otra maravilla! - exclamó -. ¡Carne que habla!
A la noche, siempre obedeciendo las órdenes de Pierna de Buey, el enorme perro peludo dio a Alimata dos granos de arroz para que preparase su cena.
La atolondrada se enfadó y gritó:
- ¡Ah! ¿Así obsequian a los forasteros? ¿Qué plato puede prepararse con dos granos de arroz?
Y acostóse sin haber comido.
A la mañana siguiente, Pierna de Buey la despidió, no sin haberle regalado dos huevos, que le recomendó no rompiera hasta pasar por un lugar donde no se percibiera voz ninguna.
Alimata partió sin dar ni siquiera las gracias.
Pronto oyó voces que le gritaban:
- ¡Rompe los huevos! ¡Rompe los huevos!
Y apresuróse a romperlos, dejándolos caer sobre una piedra.
Al instante, ciegos, cojos, bestias feroces, sapos, escorpiones y alacranes, salieron de los dos huevos rotos contra las recomendaciones de Pierna de Buey.
Y se lanzaron todos sobre ella, y la mordieron, picaron y destrozaron, teniendo Alimata un fin tan horroroso, como feliz había sido el de la obediente y bondadosa Aua.

miércoles, 14 de abril de 2010

La burra del lavadero "cuento africano"

Vivían una vez un mono y un tiburón que eran íntimos amigos. El Mono vivía en un pomposo árbol cuyas ramos colgaban sobre las aguas del mar. Y en este árbol crecían deliciosos frutos. Cada vez que el Mono se ponía a comerlos, gritaba el Tiburón.
- Amigo, tírame un par.
Y durante muchos días, semanas y meses el Mono tiró, cotidianamente, dos o tres veces por jornada, algunos de los codiciados frutos.
Un hermoso día dijo el Tiburón al Mono:
- Amigo, me has prestado muchos servicios con tu bondad y desearía realmente hacer algo por ti. ¿No te agradaría dar un paseo hasta mi morada?
- ¿Y cómo podría yo ir hasta allí? - preguntó el Mono:
- Yo te llevaré y ni un pelo de tu cuerpo se mojará. Baja del árbol y pósate sobre mi lomo.
El Mono así lo hizo.
Al cabo de un rato, cuando habían nadado un regular trecho, cabalgando el Mono sobre el lomo del Tiburón, dijo éste:
- Tú eres mi amigo y quiero decirte la verdad.
- Sí, dímela - respondió el Mono.
- Escucha, pues - empezó el Tiburón - donde yo habito yace enfermo de muerte el Sultán, y sus sabios y médicos de cabecera aseguran que únicamente el corazón de un mono puede darle la vida.
- ¡Ah, ah! - exclamó el Mono -. Podrías habérmelo dicho antes.
- ¿Y qué habrías contestado, amigo, a mi invitación? - preguntó el Tiburón.
El Mono pensó:
- Ahora tengo que idearme algo para salvarme, pues de lo contrario estoy perdido.
Como no respondiese en el acto, preguntóle el Tiburón por qué no decía nada.
- ¡Ah! - suspiró el Mono -. ¿Qué podría decirte? Si me hubieses dicho la verdad hubiera traído conmigo el corazón, gustosamente.
Asombrado, preguntó el Tiburón:
- ¡Cómo! ¿No llevas encima tu corazón?
- No - respondió el Mono -. ¿No sabes, pues, la costumbre que tenemos los monos? Cuando salimos de nuestras casas, dejamos nuestro corazón colgado del árbol en que vivimos. Tan sólo nuestro cuerpo se aleja. Pero, tonto de mí, ¿por qué te cuento eso? No me creerás, pensando, acaso, que yo tengo miedo. Vamos, llévame enseguida al palacio del Sultán, para que me maten sus esclavos. Entonces verás por tus propios ojos que en mi cuerpo no se encuentra el corazón que precisáis y te lamentarás de tu error.
El Tiburón dio crédito a las palabras del Mono y dijo:
- Entonces lo mejor será regresar a la costa para que puedas ir a tu árbol en busca de tu corazón.
- No, no, - respondió el astuto Mono - nada de eso. Llévame al palacio del Sultán.
Pero el Tiburón se mantuvo enérgico en sus trece y declaró que primero debían ir a buscar el corazón del Mono. Dióse éste por convencido, y al poco hallóse de nuevo en tierra firme y encaramado en su árbol.
Mas cuando estuvo sano y salvo y en lugar seguro se quedó mudo y sin hacer el menor ruido.
El Tiburón le gritó ordenándole que se diera prisa. No hubo respuesta.
El Tiburón volvió a gritar, esta vez con todas las fuerzas de sus pulmones:
- ¡Ven de una vez! ¡Vamos ya!
- ¿Que vaya contigo? - respondió el Mono - ¿Y adónde debemos ir?
- Pues, al palacio del Sultán; ¿no recuerdas? - respondió el Tiburón.
- Tú estás completamente loco - replicó el Mono.
- ¿Qué quieres decir? - reclamó el Tiburón.
- ¡Por lo visto, tú me has tomado por la burra del lavandero!
- ¿La burra del lavandero dices? ¡Que me cuelguen si te entiendo! ¿Qué es eso?
- Es algo sin corazón y sin orejas -explicó el Mono.
- ¿Qué pasó con tu burra del lavandero? Amiguito, cuéntamelo para que yo pueda comprender lo que quieres decir.
- Escucha, pues - dijo el Mono -. "Érase una vez un lavandero que tenía una burra que se escapó del lavadero y se adentró en el bosque. Allí le iba tan bien que ya no pensó en volver al lado de su amo. Se pasaba todo el santo día comiendo manjares deliciosos y pronto se puso redonda como un tonel.
Una vez la vio la liebre y al verla se le hizo la boca agua y se dijo:
- Esa bestia está muy gorda y convida a comérsela.
Y corriendo fue a ver al león que, habiendo estado enfermo mucho tiempo, se encontraba ahora muy débil. Y dijo al León:
- Mañana te traeré un exquisito trozo de carne, para que lo comamos juntos.
El León contestó:
- Muy bien.
Al día, siguiente, al rayar el alba, se encaminó la liebre hacia el lugar donde había visto la burra. Y le dijo:
- He sido enviada por el poderoso señor que quiere hacerte proposición de casamiento.
- ¿Quién te ha mandado? - preguntó la Burra.
- El mismito León - respondió la Liebre.
- Muy bien - dijo la Burra -. Voy contigo.
Fueron juntas al cubil del león y el León dijo:
- Entra y toma asiento.
Y la Burra se sentó.
La Liebre dio a entender al León que el delicioso trozo de carne de que le había hablado estaba allí, y, acto seguido, se marchó.
A la Burra le dijo:
- Tengo que ir a mi casa. Habla con tu novio para que os conozcáis.
Apenas había salido la Liebre, cuando el León saltó sobre la Burra para despedazarla, pero la Burra luchó valerosamente, dando coces y mordiscos, hasta que el León, que estaba debilitado, cayó en un rincón.
Entonces la Burra, llena de heridas de las garras del León, regresó a su bosque.
Un rato después llegó la Liebre al cubil del León y le preguntó:
- Amigo, ¿ya terminaste el banquete?
- No - suspiró el León - aquella bestia era demasiado fuerte. Primeramente me asestó un par de coces fenomenales; luego mordióme y por último se me escapó. Yo le había dado unos zarpazos, pero a causa de mi enfermedad fueron poco potentes; ¡estoy muy débil!
- No, no - replicó la Liebre - estás mejorando a pasos agigantados.
Un par de días después fue y preguntó al León si se veía con ánimos y sentía haberse repuesto.
- Sí - respondióle -; ahora soy el León de antes y me haría con la presa por fuerte que fuera, si me entrara en ganas.
- Bien - dijo la Liebre -; te la buscaré.
Cuando llegó al bosque, la Burra la saludó cordialmente y le preguntó si había novedad.
- Sí - contestó la Liebre -; tu novio te ruega que vayas a verle.
- No - contestó la Burra, - no me agrada tal invitación. Ya antes me arañó y me lastimó tanto, que, asustada, huí de él.
- Bah - replicó la Liebre -; prueba otra vez. El León no es tan mala persona. Y tampoco un partido despreciable. Es así como él recibe a los otros animales.
- Bueno - dijo la Burra -; probaré nuevamente.
Pero, ¡ay!, apenas hubo penetrado en la cueva del León, cuando éste saltó sobre la pobre Burra y la mató.
Poco después, la Liebre se presentó en la cueva del León y éste dijo:
- Escucha: coge la carne y ásala. Yo no quiero más que el corazón y las orejas; el resto puedes comértelo tú.
- Muchas gracias - dijo la Liebre, y se llevó la carne hasta donde el León no la podía observar.
Cogió primero el corazón y las orejas, se los comió con verdadera fruición y escondió el resto de la carne.
Al cabo de un rato apareció el León para ver dónde estaba la Liebre.
- Amiga Liebre - le dijo -, dame seguidamente el corazón y las orejas de la burra; tengo hambre y desfallezco.
La Liebre le contestó:
- ¿Dónde están el corazón y las orejas?
- ¿Por qué preguntas esto? - dijo el León sobresaltado.
- Sí - añadió la Liebre -; ¿no sabes que ésta era la burra del lavandero?
- Ciertamente - respondió el León - ¿Pero qué tiene que ver esto con su corazón y sus orejas?
- ¡Oh, León! - exclamó la Liebre -. Eres un animal ya crecidito y al parecer no comprendes que, si semejante burra hubiese tenido corazón y orejas, no hubiese comparecido por segunda vez a tu cueva. La primera vez, al presentarse, pudo comprender que querías matarla, y por eso huyó. Y presentóse por segunda vez, ello no obstante; dime, pues, ¿lo hubiera hecho de tener corazón?
Y el León contestó:
- Amigo, hay algo de verdad en lo que dices.

***

- Pues bien, amigo Tiburón - dijo el Mono -, ésta es la historia de la burra del Lavandero. ¿Verdad que yo no sería más cauto y sabio que la burra del cuento si fuese contigo? ¡Adiós, Tiburón! Vete a ver a tu querido Sultán. Y... dale recuerdos de mi parte.

domingo, 11 de abril de 2010

Las aventuras de Xatla, el Chacal "cuento africano"

Hubo un tiempo, hace ya muchísimos años, en que los animales de la selva andaban bastante escasos de agua. Los pobres no sabían dónde podían encontrar agua para beber.
Después de mucho buscar, lograron hallar una fuente donde había un poco de agua, muy escasa, porque era poco profunda.
- Hagámosla más honda para tener agua en abundancia - dijeron.
El chacal se negó a trabajar con ellos.
Cuando hubieron terminado, se reunieron y acordaron vigilar la fuente para impedir que bebiera el chacal, ya que no había querido ayudarles a obtener más agua.
El primer día pusieron de guardia al conejo, mientras unos salían de caza y los otros iban a pacer.
Cuando estuvieron lejos, el chacal se acercó a la fuente y gritó:
- ¡Buenos días, conejo! ¡Buenos días, amigo!
El conejo devolvió el saludo.
Entonces el chacal se aproximó al vigilante, desató el pequeño saco que llevaba colgado al hombro y extrajo de él un trozo de miel que se puso a mordisquear.
- ¿Qué te parece, conejo? - le dijo - ¿Te gustaría comer un poco de esta miel exquisita?
El conejo respondió:
- Claro que sí... Dame...
El chacal cortó un trocito diminuto y se lo dio.
- ¡Qué rico está! - exclamó el conejo cuando lo hubo probado -. ¡Dame más!
El astuto chacal le respondió:
- Si quieres que te dé más tienes que dejarte atar las patas y tumbarte panza arriba.
Accedió el conejo, y cuando estuvo con las patas atadas, incapaz de moverse, el chacal se acercó a la fuente y estuvo bebiendo hasta saciarse.
Cuando hubo terminado se volvió tranquilamente a su cueva.
Aquella noche, cuando los animales volvieron dijeron al conejo:
- ¿Cómo te has dejado engañar? ¡Serás tonto!
El conejo respondió:
- Ha sido culpa del chacal. Me dijo que me daría un buen trozo de miel si me dejaba atar las patas y me tumbaba panza arriba... Luego vi que todo era una artimaña para beberse nuestra agua...
Los animales le dijeron:
- Eres tonto... Te dejamos vigilando, para que impidieras que el chacal, que se había negado a trabajar con nosotros, se aprovechara de nuestro trabajo, y le dejaste beber hasta saciarse...
Después de deliberar un momento, decidieron que el que se quedara a vigilar la fuente fuese el animal que hubiese dado ya pruebas evidentes de inteligencia.
La liebre se apresuró a responder:
- Yo me encargaré de eso.
Al día siguiente partieron los animales, dejando a la liebre a cargo de la vigilancia de la fuente.
Cuando estuvieron lejos, se acercó el chacal y dijo:
- ¡Buenos días, amiga liebre! ¡Buenos días!
La liebre le devolvió el saludo.
El chacal le dijo:
- Dame un poco de tabaco.
- No tengo - respondióle la liebre.
El chacal se descolgó entonces el saco que llevaba al hombro, sacó de él un trozo de miel dura y se puso a mordisquearla.
- ¿Qué es lo que comes? - preguntóle la liebre.
- Un manjar exquisito, regalo de un pariente mío... Además de su dulzor exquisito, humedece el paladar y quita la sed. Por eso no quise trabajar con vosotros... ¿Qué necesidad tenía de fatigarme, poseyendo esto que me alimenta y me refresca a un tiempo?
- ¿Quieres dejármelo probar?
- No tengo inconveniente; pero para ello tienes que dejarte atar las patas por detrás del lomo. Luego te tumbarás boca arriba y te echaré en la boca de este manjar divino.
La liebre respondió sin vacilar:
- Átame, pues...
El chacal se apresuró a hacerlo, y cuando tuvo bien atada a la liebre descendió a la fuente y se hartó de agua, sin prestar atención a los gritos de protesta de la burlada liebre.
Aquella noche, cuando volvieron los animales, vieron con sorpresa que la fuente estaba casi agotada, y que la liebre, inmóvil, había sido atada exactamente igual que el conejo.
- ¿Qué te ha sucedido? - le preguntaron -. ¿Cómo te has dejado engañar con el mismo truco que el tonto del conejo, tú, que presumías de astuta? ¿Dónde podremos beber ahora?
La liebre se lamentó del engaño del chacal, que, después de prometerte un buen trozo del rico manjar que alimentaba y quitaba la sed a un tiempo, la había atado, dejándola inmóvil, y se había bebido casi toda el agua de la fuente.
- ¿Quién va a montar la guardia, ahora, si no podemos confiar ni en la liebre? - se dijeron.
La pantera, después de reflexionar un instante, exclamó:
- ¡Ya sé!... Mañana montará la guardia la tortuga.
Como de costumbre, los animales partieron de madrugada, a cazar unos, a pasear otros, dejando a la tortuga encargada de velar el agua.
Apenas se hubieron perdido de vista, apareció el chacal, que saludó atentamente a la celadora.
- ¡Buenos días, señora tortuga! ¡Buenos días!
La aludida no respondió.
- ¡Buenos días, señora tortuga! ¡Buenos días!
Silencio.
Entonces el chacal se dijo:
- La guardadora de la fuente es más tonta que sus antecesores. Voy a darle la vuelta de un puntapié y luego me aprovecharé para beberme toda el agua de la fuente.
Aproximóse lentamente a la tortuga y volvió a decir en voz baja:
- ¡Buenos días, señora tortuga! ¡Buenos días!
La tortuga no respondió.
Entonces, dando un salto, el chacal dio con las patas de delante, y la volvió sobre la espalda.
Inmediatamente se acercó a la orilla de la fuente y empezó a beber tranquilamente.
Pero la tortuga, con un esfuerzo, se puso derecha y se aferró con los dientes a una pata del chacal.
Éste dio un grito de dolor y exclamó:
- ¡Suelte, señora tortuga suelte! ¡Me va a quebrar la pata!
Pero no consiguió sino que la tortuga apretara con más fuerza.
El chacal se descolgó el zurrón y dio a oler a la tortuga el perfume de la miel; pero ella volvió la cabeza y se negó a oler en absoluto.
- Estoy dispuesto a darte mi zurrón con todo lo que contiene - murmuró el chacal.
Pero la tortuga no soltó su presa.
Al fin vinieron los otros animales. Cuando el chacal los vio venir dio un salto terrible, después de liberarse de la presa de la tortuga con un gran esfuerzo, y huyó a todo correr.
Los animales dijeron a la tortuga:
- Te felicitamos, compañera. Has demostrado tu valentía impidiendo que el chacal nos robara el agua como en otras ocasiones. En lo sucesivo, nosotros nos encargaremos de proporcionarte el alimento que necesites.
Entre tanto, el chacal, ebrio de furor, fue a dar rienda suelta a su cólera al bosque, y viendo un nido de palomas, dijo a la madre:
- Échame a uno de tus pichones, si no quieres que los devore a todos.
La paloma, asustada, le echó uno de sus pequeñuelos.
Cuando el chacal se alejó, la desgraciada madre se puso a llorar desconsoladamente.
Acertó a pasar por allí una garza y, al ver llorar a la paloma, le preguntó:
- ¿A qué se deben tus lágrimas?
La paloma respondió:
- El chacal me amenazó con devorar a todos mis pequeñuelos si no le echaba uno y no tuve más remedio que hacerlo.
- Hiciste mal - respondió la garza -. Si hubiese podido coger a todos tus pichones no se habría conformado con uno solo... No puede saltar hasta tu nido, paloma... No vuelvas a dejarte engañar...
La garza continuó su camino.
Al poco volvió el chacal, que gritó a la paloma:
- Dame otro de tus pichones, si no quieres que te deje sin uno siquiera.
Pero la paloma respondió:
- Te quedarás con las ganas, asesino... No me engañarás otra vez.
El chacal intentó vanamente saltar hasta el nido de la paloma. No consiguió más que romperse una uña y hacerse varias desgarraduras en la piel con los salientes de la pelada roca en cuya cima tenía su nido la paloma.
Finalmente, fatigado de su inútil esfuerzo, el chacal preguntó:
- ¿Cómo es que esta mañana no te negaste a darme un pichón y esta tarde sí?
- Porque he recibido un consejo.
- ¿De quién?
La paloma, que no sabe mentir, respondió:
- De la garza.
- ¿Dónde está ahora?
- Allá, detrás del cañaveral.
El chacal se alejó de la paloma y se dirigió hacia el lugar en que se hallaba la garza. Cuando llegó cerca de ella le preguntó:
- ¿Hacia qué lado te vuelves cuando sopla el viento de allá, garza?
La garza le respondió:
- ¿Y tú?
- Yo me vuelvo hacia este lado.
- Pues yo o mismo que tú - declaró la garza.
El chacal preguntó de nuevo:
- ¿Y cuando el viento viene de esta dirección?
- ¿Hacia qué lado te vuelves tú?
- Hacia éste.
- Pues yo también.
El chacal, irritado, siguió preguntando:
- ¿Hacia qué lado te vuelves cuando viene la lluvia de allá?
- ¿Hacia qué lado te vuelves tú? - preguntó la garza.
- Hacia éste.
- Pues yo también.
El chacal meditó un instante y continuó interrogando:
- ¿Qué haces cuando la lluvia cae recto al suelo?
La garza respondió:
- ¿Qué haces tú?
- Pues me cubro la cabeza con las patas... Así...
- Pues yo me la cubro con las alas... Así...
En aquel mismo instante, el astuto chacal saltó sobre la garza y la asió por el cuello.
La garza le suplicó que tuviera piedad de ella, pero el chacal le respondió:
- Te devoraré por haber enseñado a la paloma a burlarse de mí.
La garza, viéndose perdida, contestó:
- Si me dejas libre te diré dónde tiene su cubil una pantera que tiene varios cachorros recién nacidos, de los que a ti te gustan.
El chacal respondió sin vacilar:
- Condúceme enseguida allá y te soltaré.
La garza le dijo el camino, pero el chacal no la soltó hasta que se convenció de que no lo engañaba. Cuando olió la presencia de los cachorros de la pantera y los oyó runrunear, dio la libertad a la garza, asegurándole que como la sorprendiera en otra ocasión metiéndose en camisas de once varas, no tendría compasión de ella.
El chacal se acercó al cubil de la pantera y, viendo a la pantera madre asomar la cabeza, le dijo respetuosamente:
- ¡Buenos días, señora! ¿Quiere que cuide de sus preciosos hijos mientras está usted de caza?
La pantera respondió:
- Eres muy amable, mi buen chacal... Desde luego que quiero... Lloran mucho durante mi ausencia... Gracias, chacal, gracias... Quédate aquí y hasta luego...
El chacal se apresuró a entrar en el cubil de la pantera y vio que había diez cachorros.
Sin titubear, estranguló a uno de ellos de un zarpazo y lo devoró.
Cuando llegada la noche volvió la pantera de la caza, se acercó a la puerta del cubil y gritó desde fuera:
- Chacal, haz salir a mis pequeños.
El chacal hizo salir a uno. Cuando hubo mamado y volvió, le dio salida a otro; luego a otro... Finalmente, después de mamar el noveno, hizo salir de nuevo al primero; por lo que la pantera no se dio cuenta de que le faltaba uno.
Al día siguiente, cuando la pantera regresó de la caza, gritó al chacal, que, había aprovechado su ausencia para devorar a otro de los cachorrillos:
- ¡Chacal, haz salir a mis pequeños!
El chacal dio salida, uno a uno, a los ocho que quedaban; luego hizo salir de nuevo al primero y detrás de él al segundo, con lo que la pantera no notó la falta de ninguno de sus hijos.
Al día siguiente, el chacal devoró a otro de los cachorros de la pantera, a la cual engañó del mismo modo, y así fueron pasando los días hasta que se comió el último.
Entonces hizo un agujero por la parte posterior de la caverna y esperó la llegada de la pantera.
Cuando ésta regresó de la caza, dijo al chacal:
- Haz salir a mis pequeños.
El chacal respondió:
- ¿Habráse visto descaro igual?... Te los has comido a todos y ahora vienes a decirme que los haga salir...
La pantera repitió irritada:
- Haz salir a mis pequeños, chacal.
En vista de que no recibía respuesta, la fiera entró en su cubil, de donde el chacal acababa de salir por la abertura que había practicado por detrás.
Buscó en vano a sus cachorros y no encontrándolos salió por el mismo agujero que el chacal y emprendió su persecución.
En su huída, el chacal descubrió una colmena que había depositado su miel en la grieta de una roca.
Detúvose allí y esperó a que lo alcanzara la pantera, que le preguntó airadamente:
- ¿Dónde están mis pequeñuelos?
El chacal respondió:
- Están ahí dentro. El cubil olía mal y me los traje aquí para darles clase.
La pantera replicó:
- ¿Dónde están que no los veo?
- Ven por aquí. Los oirás cantar, cosa que hacen magníficamente.
La pantera se aproximó a la hendidura de la roca y aplicó el oído.
El chacal le dijo:
- ¿Los oyes?
- ¡Oh, sí, creo que sí!
El chacal se alejó rápidamente, dejando a la pantera escuchando extática el canto de sus cachorros.
Un babuino se aproximó a la fiera y le preguntó:
- ¿Qué haces aquí, pantera?
La pantera respondió:
- Estoy escuchando los cánticos de mis pequeñuelos... Los ha educado el chacal...
El babuino cogió una vara de almendro y la agitó en todos sentidos dentro de la hendidura de la roca, diciendo:
- Quiero conocer a tus pequeños, a los que no he visto nunca.
No había terminado de pronunciar estas palabras cuando salió el enjambre en pleno, con su reina a la cabeza, y las abejas se lanzaron furiosamente sobre la pantera.
El babuino dio un salto tremendo y ascendió a lo más alto de las rocas, lanzando gritos de terror.
Desde allí gritó a la pantera:
- ¿Son ésos tus pequeños?
El chacal apareció en aquel instante para excitar a las abejas contra la pantera.
- ¡No la dejéis descansar, abejas! - les gritaba -. ¡Es una madre desnaturalizada que se ha comido a sus propios hijos!... ¡Picadle, picadle bien y hondo!...
La pantera, aterrada, se sumergió en un estanque que encontró en su camino; pero cada vez que sacaba la cabeza para respirar, las abejas le picaban ferozmente en los ojos, en el hocico, en la lengua colgante, obligándola a mantener constantemente la cabeza dentro del agua, hasta que se ahogó.

jueves, 8 de abril de 2010

Fanfarronadas "cuento africano"

Érase una vez tres camaradas que partieron juntos de viaje.
El primero se llamaba Bimbiri, el segundo, Kurlankan, y el tercero, Dungonotu.
Anda que te andarás, caminaban los tres amigos, cuando se encontraron con un pozo.
Todos estaban sedientos pero el pozo era muy profundo.
Dungonotu cogió el pozo, como si hubiese sido una simple jarra, y vertió el agua para que sus compañeros pudiesen beber.
Luego Bimbiri se cargó el pozo a la espalda.
Al poco se adentraron en un bosque con el propósito de cazar elefantes.
Consiguieron matar una docena cada uno y, en el mismo día, se comieron el producto de la caza.
Algunos días más tarde vieron a una mujer guinarú. Kurlankan se enamoró perdidamente de ella y le dijo: - Te adoro.
Inmediatamente contrajo matrimonio con ella y abandonó a sus compañeros.
La mujer se llamaba Kumba Guiné; era muy linda y no mucho más alta que cualquier otra mujer.
A diario, Kurlankan se jactaba ante su esposa de ser el hombre más fuerte del mundo. Cierto día que discutieron a este respecto, Kumba Guiné dijo a su marido:
- Te equivocas, Kurlankan... Ven conmigo a casa de mis padres y verás cómo hay alguien mucho más fuerte que tú.
Pusiéronse en marcha al amanecer, y al cabo de muchas horas de viaje divisaron al padre de Kumba acostado en el suelo.
El guinarú tenía una rodilla levantada... y ¡habríase dicho que era una montaña!
Lleno de asombro, Kurlankan preguntó a su esposa:
- ¿Qué es aquello que mis ojos ven?... ¿Es una montaña?
- No seas mal educado - contestóle ella, enfadada -. Lo que estás viendo es mi padre.
Tuvieron que andar durante cuatro horas antes de llegar al lugar en que reposaba el padre de Kumba Guiné. Al ver de cerca a su gigantesco suegro, Kurlankan tuvo miedo.
Los tres hermanos de Kumba, Amadi, Samba y Delo, se hallaban de caza en aquel momento.
Kurlankan preguntó:
- ¿Dónde podría encontrarlos?
- Ve por allá - díjole el suegro, señalándole una senda.
- Voy a conocerlos - declaró Kurlankan.
Al primero que conoció fue a Amadi.
Había matado a quinientos elefantes; liados en un paquete los llevaba atados a un costado de su cintura.
- ¿Quieres qué te los lleve? - preguntó Kurlankan.
- No... No podrías con la carga - repuso Amadi -. Prosigue tu camino y encontrarás a mi hermano. Tal vez puedas servirle de algo.
Poco después encontró Kurlankan a Samba.
Éste había matado otros quinientos elefantes y los llevaba atados asimismo a la espalda.
- ¿Quieres que te ayude?
- No podrías, muchacho... Te lo agradezco... Sigue tu camino. Tal vez a mi hermanito pequeño puedas servirle de algo...
Kurlankan llegó finalmente a presencia de Delo.
Éste no había podido matar más que cuatrocientos elefantes y, en el momento en que llegaba ante él el marido de su hermana, se le rompió la correa de una de sus sandalias.
- ¿Te puedo ayudar en algo?
- Con los elefantes no podrías... Pero, llévame la sandalia al pueblo...
Echó la sandalia a Kurlankan y éste quedó enterrado bajo ella. No pudo desembarazarse de su enorme peso por más esfuerzos que hizo. Ni siquiera logró asomar la cabeza.
Delo se reunió en la aldea con sus dos hermanos. Los tres tuvieron que escuchar la repulsa de su padre, que les reprendió duramente por haber cazado tan poco aquel día.
- ¿No os da vergüenza? - les dijo -. ¿Sabéis que tenemos un invitado, el marido de vuestra hermana, y es ésa toda la carne que tenemos para el cuscús?...
Y volviendo la vista a su alrededor, preguntó:
- ¿Dónde está mi yerno? Amadi contestó:
- Lo envié a buscar a Samba.
Samba se apresuró a responder:
- Pues yo lo envié a buscar a Delo.
Y Delo afirmó:
- Yo le dije que me trajera la sandalia, pues se me rompió la correa...
- Tal vez no haya podido con la sandalia - dijo Kumba Guiné -. Voy a ver...
Púsose inmediatamente en camino y no tardó en ver la sandalia. Levantóla y vio debajo a su marido.
Juntos regresaron a la aldea, llevando Kumba la sandalia, ya que era demasiado pesado para Kurlankan.
Cuando todo estuvo dispuesto, se reunieron a comer. Pero la calabaza era excesivamente alta y Kurlankan no podía probar bocado.
Delo, al ver su embarazo, lo cogió en sus manazas y se lo puso en las rodillas; pero Kurlankan, al empinarse para coger un puñado de cuscús cayó dentro de la calabaza, y Delo, confundiéndolo con un pedazo de carne, se lo echó a la boca.
A la mañana siguiente, Amadi preguntó:
- ¿Qué le habrá sucedido a nuestro cuñado?... Anoche comimos juntos... ¿Qué habrá sido de él?
Delo tenía una muela cariada y Kurlankan había conseguido meterse en el hueco de la carie.
- ¡Cómo me duele la muela! - exclamó el guinarú -. ¿Qué será?
Metióse el dedo en la boca y no tardó en sacar a su cuñado, colocándolo cuidadosamente en el suelo.
Kumba se acercó y, como se trataba de su marido, trajo un cubo lleno de agua y lo lavó de pies a cabeza.
- ¿No te dije que había alguien más fuerte que tú? - preguntó a Kurlankan, que bajó la cabeza humillado -. Pues esto no es nada todavía... Aun verás cosas más extraordinarias...
Entre los esclavos de los guinarús había una mujer llamada Syra, que era guinarú también. Cuando estaba triste se pasaba llorando sin cesar toda una semana.
El padre de Kumba le ordenó que encendiera fuego en la choza en que habían de vivir los recién casados y Syra se agachó para soplar.
Kurlankan, que entró a oscuras, se metió en la boca de la guinarú, creyendo que era la puerta de la cabaña. Llegó hasta su estómago, tendió la estera y, como buen musulmán, se arrodilló antes de acostarse y dijo con voz profunda:
- ¡Que Alá vele mi sueño!
Syra lo oyó y repuso:
- Sal de ahí, Kurlankan... Te has metido en mi estómago...
El pobrecillo se apresuró a salir y cuando llegó Kumba le refirió la aventura.
- He pasado un miedo horrible - añadió -. ¡Vámonos de aquí mañana mismo!
Al amanecer, Kumba lo despertó diciendo:
- Syra, llena de remordimiento por lo que pudo ocurrir si no se hubiese dado cuenta de que tú te habías metido en su estómago, ha empezado a llorar... Démonos prisa porque está vertiendo las lágrimas a torrentes, y si nos alcanzaran en el camino correrías un gran peligro... A mí no me sucedería nada.
Pusiéronse en marcha sin más demora.
Alrededor de las diez, cuando se hallaban varias leguas del poblado, oyeron un tumulto semejante al de una cascada cayendo de lo alto de una montaña.
Kurlankan, asustado, preguntó:
- ¿Qué es eso?
A lo que repuso Kumba:
- Syra que está llorando.
Las lágrimas, formando un torrente vertiginoso, rodearon a los fugitivos, pero Kumba se hizo muy alta, muy alta, tomó a su marido en brazos y consiguió salvarlo de la inundación.
Cuando estuvieron lejos de todo peligro, Kumba recobró su estatura normal y depositó a su esposo en el suelo.
Kurlankan le dijo entonces:
- Vuelve con los tuyos, Kumba... Te estoy muy agradecido por lo que has hecho; pero te confieso que tu familia me da miedo...
Kumba sonrió y contestó:
- Desde que te casaste conmigo no has dejado de decir que no había nadie más fuerte que tú.
- Pues ahora comprendo que estaba equivocado... Adiós, Kumba, que seas feliz... Cásate con un semejante tuyo...
Y se separaron para siempre.

***

Este cuento demuestra que no debemos jactarnos de ser más fuertes que los demás, pues cualquiera puede encontrar un guinarú.

martes, 6 de abril de 2010

Ntyi, vencedor de la serpiente "cuento africano"

En el país de Bana había una vez una serpiente boa que arrebataba a las recién casadas la primera noche de bodas, y al cabo de siete días las devoraba.
Era imposible remediar aquel estado de cosas, pues cada vez que le cortaban la cabeza, le brotaba una nueva.
Cierto día, la serpiente se apoderó de la esposa de un hombre llamado Ntyi.
A la mañana siguiente, el enfurecido esposo se dispuso a terminar con la serpiente de una vez para siempre.
Cuando llegó a la cueva de la boa, oyó a su mujer que se expresaba de este modo:
- Preciosa serpiente, la muerte que me amenaza no me impide experimentar un deseo... Quisiera saber cómo se te puede dar muerte...
- Voy a complacerte, mujer - respondió la boa -. En la selva que hay al sur del poblado habita un toro salvaje; en el vientre del toro hay una zorra viva, en el de la zorra, una pintada, y en el de la pintada, una tórtola, que lleva un huevo en el suyo. Para matarme es necesario romper ese huevo, y que una mosca pique en la yema y luego venga a posarse en mí. Tan pronto como lo haya hecho, caeré muerta.
Al oír estas palabras, Ntyi se dio cuenta de que era inútil emplear contra la serpiente las armas y los medios de combate ordinarios.
Alejóse, pues, y se dirigió a la selva.
No bien hubo atravesado el poblado, se encontró con un león de enorme tamaño que le cerró el paso, rugiendo ferozmente y mostrándole sus larguísimos colmillos y terribles garras.
Pero Ntyi continuó su camino sin mostrar el menor temor.
- ¡Hombre - díjole el león sorprendido -, eres el primero a quien no han aterrorizado ni mis rugidos ni la amenaza de mis colmillos! ¿Por qué es eso?
Ntyi respondió:
- No te tengo miedo porque he de enfrentarme con un animal mucho más terrible que tú.
- ¿Quieres que te acompañe? - propúsole el león.
- No me parece mal - respondió Ntyi.
Y el león le acompañó.
A algunos pasos de allí, una pantera saltó de repente sobre Ntyi y quiso asestarle un zarpazo, pero él la desvió con el codo y prosiguió su camino sin volver la cabeza.
Asombrada, la pantera le preguntó:
- ¿Cómo es posible que no me tengas miedo?
- He de entendérmelas con una fiera mucho más terrible que tú - respondió Ntyi.
- ¿Quieres que te acompañe?
- Perfectamente.
Y Ntyi prosiguió su camino, seguido del león y de la pantera.
Al llegar a una meseta cubierta de hierba, un águila se lanzó sobre Ntyi y le desgarró una oreja, la derecha.
- No quiero combatir contigo - dijo Ntyi -. Tengo que luchar con un enemigo más peligroso que tú.
El águila se brindó también a acompañarlo, y él aceptó.
A pocos pasos de allí, un halcón desgarró la oreja izquierda de Ntyi, que le dijo:
- El águila es más fuerte que tú y no le he tenido miedo.
Y el halcón pidió y obtuvo permiso para unirse a la pequeña comitiva.
Andando que te andarás, Ntyi tropezó de repente contra una piedra y del encontronazo le saltó la uña del dedo pulgar del pie derecho, pero no se detuvo por eso y prosiguió su camino sin mirarse el pie siquiera.
La piedra le dijo:
- Ntyi, eres el primero a quien hiero sin que se preocupe por su herida. Permíteme que vaya contigo.
Y Ntyi accedió.
A alguna distancia de allí metiósele una mosca en la nariz y le salió por la boca sin que estornudase.
- ¿Por qué no has estornudado? - exclamó la mosca, asombrada.
- Estoy preocupado por una lucha terrible que he de sostener.
La mosca rogó que la dejara acompañarlo y él accedió gustoso.
Todos untos se dirigieron al bosque. Cuando hubieron llegado, Ntyi dijo a sus compañeros:
- Mis queridos camaradas, supongo que sabréis que en los alrededores de mi poblado hay una serpiente boa que se dedica a robar a todas las recién casadas. La noche pasada se apoderó de mi mujer.
» Dispúseme a luchar con ella y habríalo hecho con el mismo fatal resultado que todos los que hasta ahora lo han intentado, cuando, al aproximarme a la cueva, la oí que confiaba a mi mujer el único medio de darle muerte.
» Para ello es necesario que se pose sobre ella una mosca que haya estado picoteando la yema de un huevo que se encuentra en el vientre de una tórtola; la tórtola, a su vez, se halla en el vientre de una pintada, la pintada en el de una zorra, la zorra en el de un enorme toro salvaje que habita en este bosque.
» Cada uno de vosotros podrá concurrir con buen éxito al feliz resultado de mi empresa.
En aquel momento se hallaban en el corazón del bosque. No tardó en aparecer el toro, que vino mugiendo hacia ellos, pero el león se enfrentó con él y lo estranguló de un zarpazo.
Abriósele el vientre seguidamente y saltó la zorra, que murió en las garras de la pantera.
Al desgarrarle las entrañas salió volando la pintada, que atrapó el águila en un santiamén. Del vientre de la pintada surgió como una flecha la tórtola, pero el halcón se lanzó sobre ella con la velocidad del rayo y la abatió sin vida.
Sacáronle el huevo. La piedra lo rompió y la mosca, después de revolcarse en la yema, fuése en busca de la serpiente boa.
A los pocos minutos de alejarse la mosca del bosque se oyó un estrépito terrible. La mosca acababa de posarse sobre la serpiente. Al cabo de unos instantes todo quedó en el mayor silencio.
El monstruo había muerto.
Ntyi dio las gracias a sus amigos y se encaminó al antro de la serpiente. Allí encontró a su esposa sana y salva y a la boa reventada.
Inmediatamente sacó a su mujer de aquel terrible lugar y penetró en el poblado, donde fue recibido por todos los notables, que le aclamaron delirantemente.
Los músicos compusieron cánticos en su honor, ensalzando su magnífica victoria, aunque él refirió la verdad de lo sucedido.
La fama de sus hazañas llegó hasta el "alamar", que lo hizo llamar a su palacio y le regaló cien cosas de cada especie, por lo que Ntyi vivió en lo sucesivo extremadamente rico y feliz.

sábado, 3 de abril de 2010

Kuakú Baboní "cuento africano"

Hubo una vez un matrimonio. El marido había emprendido un largo viaje y, durante su ausencia, la mujer dio a luz a un niño.
La madre del recién nacido aguardaba, impaciente, el regreso del marido para mostrarle el pequeñuelo, que era un negrito encantador, de ojos risueños y picarescos. Una monada de criatura.
Y he aquí que, a los pocos días del nacimiento del lindo negrito, cuando la madre se preguntaba qué nombre daría al retoño, pasmada de asombro, oyó que el hijito exclamaba:
- ¡Mi nombre es Kuakú Baboní!
Mas al siguiente día aumentó su asombro. La mujer gruñía porque, debido a la ausencia del marido, no podía ir al bosque a recoger leña, cuando el precoz negrito, que no contaba más que de siete a ocho días de edad, dijo:
- Yo iré al bosque.
Y así lo hizo. Fuése a recoger leña y regresó con medio bosque a cuestas.
Tendría mes y medio tan sólo cuando su madre hubo precisión de ir hasta el río a lavar ropa y dejó al prodigioso negrito en casa, durmiendo en su cuna.
De regreso encontró en la puerta a todo un ejército de negritos que armaban un formidable escándalo.
- ¡Tu hijo nos ha pegado! - le dijeron lloriqueando.
- ¡Mi hijo! - exclamó la madre, estupefacta -. ¡Si es mi pequeño un niño de teta y vosotros sois ya grandullones! Además, está en la cuna, donde le dejé hace poco, durmiendo como un bendito.
Y para convencerles, les hizo entrar.
Pero, ¡oh desencanto!, por más que buscaron, no pudieron encontrarlo por ninguna parte. Y la madre tuvo que presentar excusas a los muchachos para que le perdonaran, pues era muy pequeño y no sabía lo que se hacía.
Y para mayor burla, al cabo de un rato, llegó con mucho sigilo y, sin que nadie lo advirtiera, subióse él mismo a la cuna.
Tantas y tantas fueron las travesuras y fechorías del precoz negrito, que sus padres, espantados, creyendo tener en su casa a un verdadero diablillo, lo echaron de la choza, prohibiéndole que pusiera nuevamente los pies en ella.
Y el negrito, en vez de entristecerse, partió silbando alegremente.
Anda que te anda, al anochecer divisó una linda casita. Vivían en ella, juntos y en franca armonía, muy felices, un león, un tigre, un lobo, una cabra y un elefante.
He de advertir a nuestros pequeños lectores que, en aquel tiempo, los animales hablaban y se querían como hermanos. Jamás se peleaban y se ayudaban mutuamente.
Los animales de nuestra historia: el lobo, la cabra y el elefante que vivían fraternalmente, estaban sentados aquel atardecer alrededor del fuego, fumando en pipa y contándose leyendas heroicas y cuentos de hadas, de los que mucho gustaban.
Cuando llegó el pequeño negrito, saludó cortésmente a la familia de animales y les pidió permiso para permanecer entre ellos, ofreciendo servirles como criado, pues agregó ser huérfano de padre y madre.
La Cabra, que, por ser la más joven de la familia, estaba encargada del trabajo doméstico, dijo:
- Aceptemos sus servicios. Así tendré quien me ayude en la pesada labor de la casa, ya que, mientras vosotros os paseáis o tomáis el sol, tengo que atender a todas los cosas.
Los animales conferenciaron y accedieron. Luego le invitaron a cenar. El negrito aceptó complacido y engulló cuantos manjares le presentaron; parecía no haber comido en su vida, de tal modo lo devoraba todo.
Los cinco animales acostumbraban llegarse, por riguroso turno, a una finca que poseían a unos kilómetros de distancia, en busca de provisiones para el sostén de la casa; era ésta una labor de todas las mañanas.
Y como a la mañana siguiente a la llegada de nuestro negrito le tocaba a la Cabra, ésta pidió que el negrito la acompañase para ayudarla a traer el cesto.
Y así se acordó. Entregaron el cesto a Kuakú Baboní, y éste, muy contento, echó a andar tras la Cabra.
Cuando llegaron a la finca propiedad de los cinco animales, el negrito dejó en el suelo el cesto y echó a correr de un lado a otro, jugando y curioseándolo todo.
Fue inútil que la Cabra le llamara la atención y que le amonestara para que fuese en su ayuda; él proseguía en sus juegos y en sus fisgonerías. Tanto, que ya la Cabra se enfadó, y, llevada de los nervios, dióle unos tirones de orejas con la consabida reprimenda.
Mas ¡cuál no sería su estupefacción, al ver que Kuakú Baboní le propinaba un formidable puñetazo que la tiraba al suelo, rodando! Y hubo más: lanzándose sobre ella, le dio una paliza soberana, hasta que la Cabra, extenuada, pidió gracia.
Pero Kuakú Baboní siguió aporreándola hasta que ella juró terminar el trabajo, dejándole en paz con sus diversiones, llevar el cesto lleno de provisiones y no decir a nadie ni una sola palabra de lo ocurrido.
Sólo entonces Kuakú Baboní permitió que la Cabra se levantara del suelo, donde la tenía acorralada. Estaba llena de contusiones y tenía un ojo hinchado y el labio partido; lo que vulgarmente se dice, una verdadera calamidad.
Llegado el momento del retorno, la Cabra cargó, sobre su cabeza, con el cesto lleno de provisiones y emprendieron la marcha.
Al llegar cerca de la choza, Kuakú Baboní tomó el cesto, aparentando la ayuda que no había prestado. Y así llegó con la Cabra.
Extrañados los animales del lastimoso aspecto que presentaba su compañera, preguntáronle qué le había ocurrido.
- Tuve la desgracia - explicó la Cabra, ­ de tropezar con un enjambre de abejas cuando estaba recogiendo las provisiones. Me aguijonearon y dejáronme en el deplorable estado en que me veis.
A la mañana siguiente le tocó al Lobo, y fuése a la finca acompañado de Kuakú Baboní. También aquél regresó con el rostro hinchado y el cuerpo lleno de contusiones.
La Cabra, adivinando lo ocurrido, oyó las explicaciones que dio el Lobo sin poder contener una sonrisa harto significativa.
Luego, la Cabra y el Lobo hablaron de lo sucedido, extrañando que una criatura tan chiquitina como Kuakú Baboní tuviese fuerza tan enorme y osadía tan singular.
Todos los días, por la mañana, uno de los animales, el que le correspondía, iba a la finca e, infaliblemente, regresaba hecho un "ecce-homo". Por fin, habiendo corrido todos la misma suerte y no habiendo motivos para disimular, celebraron concilio con el único y exclusivo objeto de estudiar el modo de desembarazarse de Kuakú Baboní, la más terrible de todas las criaturas.
Acordaron abandonar la choza y dejar en ella a Kuakú Baboní como solo propietario.
Antes de emprender la fuga para librarse de aquella terrible criatura, prepararon, con gran reserva, un cesto lleno de provisiones, a las que agregaron los utensilios indispensables de cocina: un jarro para la leche, una cacerola, cinco calabazas que servíanles de plato, una gran cafetera y las diferentes pipas de la cuadrilla.
Desgraciadamente para ellos, Kuakú Baboní se enteró de sus proyectos. Y, sin que ellos ni siquiera lo sospecharan, cogió una hoja de árbol, muy grande, se introdujo en el cesto y se envolvió en aquélla, cosa muy factible para Kuakú Baboní, porque ya sabéis que era muy chiquitín.
Al amanecer, sin el menor ruido por temor a despertar al terrible Kuakú Baboní, la pandilla emprendió la fuga. Sentían ganas e saltar, de brincar, de cantar y de reír, al verse libres del terrible negrito.
Y cuando ya habían andado algunos kilómetros de su antigua morada la Cabra, que llevaba el cesto de provisiones sobre la cabeza, sintiéndose fatigada, se detuvo un instante a descansar.
Entre tanto, sus compañeros proseguían el camino y perdióles de vista; acordóse de los manjares que llevaba y entróle deseos de comerse un bocadillo, sin que ellos lo vieran; la Cabra era muy glotona. ¡Cuál no sería su sorpresa y asombro! Al levantar la tapa del cesto, recibió una formidable trompada al mismo tiempo que oía una voz que le decía:
- ¡Cierra el cesto y a callar se ha dicho!
Faltóle tiempo a la Cabra para obedecer y echó a correr tras de sus compañeros, aterrada por aquella terrible criatura.
Y así que los divisó los llamó y exclamó luego:
- ¡Lobo, ahora te toca a ti cargar con el cesto! ¡Yo estoy muy cansada!
El Lobo tomó la carga. Pero, al poco, recordando también las sabrosas provisiones que contenía la cesta, fingiendo estar fatigado, se detuvo a descansar un instante.
Y cuando sus compañeros se hubieron distanciado un largo trecho, abrió el cesto. Y, como la Cabra había recibido antes, asestáronle un formidable puñetazo. Dejó caer la tapa del cesto y reanudó la marcha muy ligero para alcanzar a sus compañeros.
El León y el Tigre, uno tras otro, llevaron el cesto. Y los dos, a cual más glotón, levantaron la tapa del cesto de provisiones para engullirse alguna golosina. Y los dos, respectivamente, recibieron un puñetazo soberano.
Le tocó el turno al Elefante, que también recibió una trompada. Cuando se reunió con los demás y pidió que le librasen de la carga, todos exclamaron:
- ¡Si no quieres seguir llevando el cesto, tíralo; nosotros, ya estamos cansados de cargar con él!
El Elefante, al oír estas palabras, tiró precipitadamente el cesto y echó a correr como alma que lleva el diablo, en dirección al bosque.
Sus compañeros echaron una mirada al cesto y apretaron a correr tras el Elefante, también hacia el bosque.
Continuaron así corriendo todo el día y toda la noche, sin descansar, hasta que se internaron en el bosque. Rendidos de fatiga se echaron a descansar junto a un baobab, gigante entre los árboles.
Pero el terrible Kuakú, al caer el cesto, salió y echó a correr a campo traviesa, en dirección al bosque. Sabía que los fugitivos descansarían a la sombra del gigantesco baobab. Trepó a una rama y se ocultó entre el follaje.
Los animales, rendidos de cansancio, y tendidos al pie del baobab se enzarzaron en una violenta discusión. Todos censuraban a la Cabra por haberles propuesto que tomasen a su servicio aquella terrible criatura.
La Cabra, indignada, replicó:
- ¡Fue de común acuerdo el tomarle a nuestro servicio!
Y añadía:
- ¡Yo no tengo la culpa! ¡Si ese diablillo estuviera presente me daría la razón! Es más: os culparía a vosotros.
Al oír estas palabras, Kuakú se dejó caer entre los animales que allí discutían. Poseídos de terror, los cinco animales huyeron en direcciones distintas.
El Lobo corrió hacia la estepa; el Tigre se escondió en el bosque; el León no paró hasta llegar al desierto arenoso; el Elefante huyó hacia la región del Níger, y la Cabra fue a pedir protección a las regiones habitadas por los hombres.
Y desde entonces, viven separados y en lugares tan diferentes; su vida es muy otra a la que observaban cuando, bajo el mismo techo, vivían fraternalmente.
En cuanto a Kuakú Baboní, la más terrible de todas las criaturas, continúa vagando por el mundo para terror y espanto de todos los animales, que temen su presencia en cualquier instante.
Pues habéis de saber que el Lobo, el León, el Elefante, el Tigre y la Cabra advirtieron a sus hijos que se cuidaran muy mucho de tener el menor trato con la más terrible de las criaturas de la creación, Kuakú Baboní.
Por esto, por haber sido advertidos, muchos de los descendientes de aquellos animales, como tienen buena memoria, huyen, desconfiados, en cuanto divisan o huelen la presencia del hombre.

jueves, 1 de abril de 2010

La pequeña liebre "cuento africano)

Érase una vez una mujer que dijo a su esposo:
- Ardo en deseos de comer hígado de "nyamatsané"animal puramente imaginario (N. de H. C. Granch); si me amas, ponte inmediatamente en camino y no vuelvas hasta que hayas conseguido atrapar un nyamatsané para que yo pueda comerme el hígado.
Su marido le respondió:
- Tuesta un poco de pan, quítale la corteza y lléname un saquito.
Hízolo así la mujer y cuando todo estuvo dispuesto lo entregó a su marido, que partió al punto con el decidido propósito de matar un nyamatsané.
Caminó durante mucho tiempo, alimentándose de las cortezas de pan con que su mujer había llenado el saco y, finalmente, llegó al país de los nyamatsanés, junto a un gran río, donde vivían en crecido número.
Pero cuando él llegó, los nyamatsanés no estaban; habíanse marchado a pastar a bastante distancia de allí, dejando en casa a su vieja y decrépita abuela.
El hombre se apresuró a matarla, le quitó la piel y el hígado y se escondió en sus despojos lo mejor que pudo. No había hecho más que cubrirse con la piel del animal cuando llegaron los nyamatsanés, ansiosos por volver a ver a su amada abuela.
Al entrar en la choza gritaron:
- ¡Olemos a carne fresca! ¡Aquí hay un hombre!
El hombre, disfrazado con la piel de la nyamatsané, respondió desfigurando la voz:
- Os equivocáis, hijos míos... No hay ningún hombre entre nosotros...
Pero ellos continuaron husmeando y murmurando:
- Tiene que haberlo, abuela... Lo olemos...
Finalmente, los nyamatsanés, cansados por la infructuosa búsqueda, se acostaron y no tardaron en quedarse dormidos.
Al día siguiente, cuando se despertaron, como no estaban completamente tranquilos, dijeron cuando se disponían a partir:
- Vente hoy a pacer con nosotros, abuela.
El disfrazado hombre salió con ellos y fingió comer guijarros, como ellos hacían, pero en realidad lo que comía eran cortezas de pan de las que llevaba en el saco.
Los nyamatsanés se convencieron de que era su abuela; al poco regresaron todos a casa, se acostaron y se durmieron.
A la mañana siguiente, cuando se despertaron, dijeron a quien creían su abuela:
- Vamos a ejercitarnos en saltar un gran foso.
Saltaron ellos primero, y luego gritaron a la abuela desde el otro lado:
- ¡Salta tú ahora!
La falsa abuela franqueó el foso, sin gran trabajo.
Absolutamente convencidos de que se trataba de su abuela, a pesar de oler como un hombre, los nyamatsanés se marcharon a la mañana siguiente a pacer muy lejos de allí, dejando solo en casa al valiente marido.
Cuando hubieron desaparecido, nuestro hombre se apresuró a tomar el hígado de la vieja nyamatsané, se lo guardó en un bolsillo, se despojó de la piel y, después de haber recogido una piedrecita brillante que descubrió en un escondrijo del suelo de la choza, la guardó con el hígado y salió huyendo a toda velocidad.
Al caer de la tarde, volvieron los nyamatsanés a su choza y se dieron cuenta de que su abuela estaba muerta y no quedaba de ella más que la piel.
- ¡Tuvimos razón al suponer algo extraño! ¡Era en realidad un hombre el que se había disfrazado con la piel de la abuela, después de matarla!
Inmediatamente los nyamatsanés husmearon el suelo y se lanzaron frenéticos en persecución del asesino de su abuela.
Nuestro hombre estaba ya muy lejos cuando vio una nube de polvo que subía hasta el cielo.
- ¡Estoy perdido! - exclamó -. ¡Ésos deben ser los nyamatsanés que viene a devorarme!
En efecto, los nyamatsanés avanzaban hacia él a una velocidad inusitada. Ya babeaban de júbilo creyendo que no tardarían en destrozarlo entre sus agudos dientes.
Pero el hombre sacó de su bolsa la piedrecita brillante y pulida y la echó al suelo, donde se convirtió en el acto en una enorme roca de paredes escarpadas y lisas, sentándose él en la cumbre.
Los nyamatsanés intentaron inútilmente escalarla. No consiguieron más que lastimarse en los escarpados flancos. Continuaron en sus vanos esfuerzos hasta la puesta del sol; luego, agotados por la fatiga, se quedaron dormidos al pie de la roca.
Aprovechándose del sueño de sus enemigos, el hombre redujo la roca a su primitivo tamaño y escapó a todo correr.
A la mañana siguiente, los nyamatsanés se dieron cuenta de la desaparición del fugitivo. Husmearon la pista fresca y reanudaron con furia reconcentrada su persecución.
En el preciso instante en que estaban a punto de alcanzarlo, el hombre volvió a sacar la piedrecita y a tirarla al suelo, convirtiéndose en una roca enorme sobre la cual se sentó tranquilamente.
Los nyamatsanés intentaron de nuevo escalarla, con el mismo resultado negativo que anteriormente, y al atardecer, completamente agotados por el terrible esfuerzo, se quedaron dormidos como troncos.
Entonces nuestro hombre prosiguió su precipitada fuga.
Repitióse este hecho durante varios días, reanudándose la persecución desde la salida a la puesta del sol, para interrumpirla al caer la noche.
Finalmente nuestro hombre llegó a su poblado, y los nyamatsanés, comprendiendo lo inútil de sus esfuerzos, regresaron a su punto de partida, pues estos animales no se atreven a adentrarse en las comarcas habitadas por seres humanos a causa de los perros, a los que temen extraordinariamente. Cuando el hombre llegó a su casa, gritó:
- "¡Itchú!" (¡Qué cansado estoy!).
Luego dijo a su mujer:
- Dame de beber.
Después de haber bebido se sintió algo más aliviado, y añadió:
- Ve a buscar leña y enciende el fuego.
Entonces sacó de la bolsa el hígado del nyamatsané y se lo entregó a su esposa, diciendo:
- ¡Ahí lo tienes! Supongo que ahora estarás convencida de que te amo de veras.
La mujer le respondió:
- Está bien. Haz que salgan todos nuestros hijos. He de quedarme sola en la choza.
Hizo cocer entonces en un viejo cuenco de barro el hígado de nyamatsané.
- Cómetelo entero tú sola - advirtióla su marido-. No des de él a nadie, ni siquiera a los niños.
Y la mujer le obedeció y se lo comió entero.
Apenas hubo acabado de hacerlo cuando sintió una sed insaciable. Tomó un gran vaso de agua y se lo bebió de un solo trago; luego se fue a casa de una vecina y le dijo:
- Amiga mía, dame de beber.
La vecina le dio una gran calabaza llena de agua, que bebió asimismo de un solo trago.
- Dame más - pidió.
- No - respondióle la vecina -. Dejaría sin agua a mis hijos y no debo hacerlo.
La mujer fue entonces a visitar a otra vecina, bebiendo todo el agua que le dieron, y así, de choza en choza, fue bebiendo sin cesar, sin conseguir apagar su sed devoradora.
Salió del poblado, se dirigió a una fuente y no dejó en ella ni gota; de allí se fue a buscar otra, que siguió la suerte de la primera, luego otra, y otra...
Cuando hubo terminado con las fuentes, se arrastró, con la boca seca y la lengua hinchada de sed hasta el río que corría frente al poblado y, en el punto precisamente en que afluían las aguas de otro río, se tendió de bruces sobre la orilla y estuvo bebiendo hasta que dejó secos ambos ríos.
Pero no por eso sació su sed. Arrastrándose penosamente consiguió llegar hasta el enorme lago donde iban a abrevar los animales salvajes del bosque, y bebió con tanta avidez que a los pocos instantes no había dejado en él una sola gota de agua.
Esta vez la mujer no pudo moverse ya; tenía el vientre tan desmesuradamente hinchado que se elevaba por encima de su cabeza y tenía las dimensiones de una colina.
Cuando los animales, apremiados por la sed, llegaron a su abrevadero, descubrieron estupefactos que el lago había desaparecido. A la orilla vieron tendido un objeto informe, inmenso, que apenas tenía aspecto de figura humana.
Entonces, el Gran León preguntó:
- ¿Quién es el que se ha tumbado al borde del lago de mi abuelo?
Cuando se acercaron comprobaron que se trataba de Molkadi-sa-Molata.
Preguntáronle:
- ¿Qué haces tumbada junto al lago de nuestros abuelos?
Ella respondió:
- Estoy tumbada porque no puedo andar. Me lo impide el agua que he bebido.
El Gran León gritó entonces:
- ¿Quién de vosotros horadará el vientre de esta mujer para recobrar el agua que nos pertenece?
Viendo que nadie respondía, llamó al conejo y le dijo:
- Hazlo tú, conejo.
Éste contestó:
- No me atrevo, señor.
El Gran León dio la misma orden a la gacela.
Pero ésta repuso:
- Tengo miedo, señor.
Asimismo se negaron todos los animales, a excepción de la liebre, que se alzó sobre las patas posteriores y desgarró el vientre de Molkadi-sa-Molata de una sola dentellada.
Brotó inmediatamente el agua, que llenó el lago, los ríos y las fuentes.
El Gran León prohibió seriamente que bebieran agua hasta que se hubiese clarificado, y todos los animales se retiraron a sus cubiles sin haber bebido.
Cuando la pequeña liebre vio que todos dormían, se levantó sin hacer ruido y fue a beber al lago del Gran León; luego, tomó un poco de barro y manchó con él las rodillas y el hocico del conejo, a fin de que creyesen que había sido éste el que había bebido agua durante la noche.
Al día siguiente, tan pronto como despertó, el Gran León se dirigió al lago, y vio que alguien había ensuciado el agua durante la noche.
Reunió inmediatamente a todos los animales y, furioso, les preguntó:
- ¿Quién ha sido el osado que ha bebido de esta agua a pesar de mi prohibición?
La liebre hizo una pirueta y, señalando al pobre conejo, dijo:
- ¡Ése es que el que ha bebido agua del rey! ¡Mirad las manchas de barro de sus patas, rodillas, frente y hocico!
El conejo, aterrorizado, intentó inútilmente protestar de su inocencia. El Gran León dio orden de que le administraran cincuenta vergajazos, castigo que llevó a cabo el elefante.
Al día siguiente, creyéndose sola, la pequeña liebre empezó a jactarse de lo que había hecho, incapaz de guardar su secreto.
- ¡Yo, yo soy la que se ha bebido el agua del Gran León y he demostrado la culpabilidad del conejo!
Uno de los animales que dormitaba cerca de allí, desvelado por los gritos de la liebre, le preguntó:
- ¿Qué diablos estás diciendo?
La liebre se apresuró a responderle:
- Te estaba preguntando si habías visto mi bastón.
Algo más tarde, creyendo que nadie la oía, continuó diciendo:
- ¡Yo, yo soy la que se ha bebido el agua del Gran León y he demostrado la culpabilidad del conejo!
Pero uno de los animales la oyó y fue a decirlo al monarca de la selva, que inmediatamente dio orden de que la pequeña liebre compareciera a su presencia.
- ¿Qué estabas diciendo, pequeña liebre? - le preguntó irritado.
La liebre, sin atemorizarse, respondió:
- Dije, y lo repito, que yo fui la que se bebió el agua de tu abuelo y luego eché la culpa al conejo.
Inmediatamente emprendió la fuga, corriendo con toda la velocidad que le permitían sus ágiles piernas.
Todos los animales se pusieron en el acto a perseguirla.