jueves, 9 de septiembre de 2010

El astuto conejito " cuento aleman"

Un conejito que pasaba siempre mucha hambre se metía casi todas las noches en un huerto, donde crecían las mejores coles de todo el lugar. Cada vez que entraba allí arrancaba una col y, llevándosela a su casa, se la comía muy satisfecho.
Al fin, las coles decidieron que aquello era ya demasiado y se dispusieron a no seguir tolerándolo. Celebraron un gran consejo y convinieron capturar al ladrón y castigarlo severamente. Aquella que le detuviese sería nombrada reina del pueblo de las coles.
A primera hora de la mañana se reunieron todas y se dirigieron cautelosamente al bosque donde vivía el conejito. Rodearon la arboleda de manera que ni un ratón se hubiera podido escapar sin ser descubierto por ellas. El conejito se dio cuenta de que no había huida posible y decidió utilizar la astucia. Cogió una aguja e hilo y se cosió al cuello las orejas. Luego reunió todas las hojas que pudo y se cubrió el cuerpo con ellas. Luego, valientemente, saltó como una rana sobre las coles.
- ¿Quién eres? - preguntaron éstas al conejo.
- ¿No me conocéis, estúpidas coles? Soy la gran rana que pronostica el tiempo.
- ¿Y qué día hará hoy?
- Hoy lucirá el sol y hará calor.
- Por favor, querida rana, haz que llueva y sople viento. Así el malvado conejito tendrá que salir del bosque y podremos cazarle.
- Lo siento, pero hoy no puede ser. El tiempo está ya seco y casi cocido; pero mañana, señoras mías, le añadiré más agua, lo haré más ligero y no dejaré que se cueza del todo. Así tendrán lluvia.
Esto, como es natural, agradó mucho a las coles, que dieron, por anticipado, infinitas gracias al conejito. Éste soltó una risita y escapó fuera del bosque. No pasó mucho tiempo sin que las coles se dieran cuenta de que habían sido víctimas de una burla. Rabiosas, corrieron tras el conejo y lo alcanzaron en pleno campo, mientras se disponía a echar la siesta.
Cuando el conejito se vio rodeado de enemigos que avanzaban sobre él sin dejarle posibilidad de salvarse, tendióse en el suelo cuán largo era, como si estuviera muerto. Antes había recogido una piedrecita gris y la colocó sobre su estómago. Las coles se aproximaron y olfatearon por todos lados al conejito.
- ¿Estás verdaderamente muerto? - preguntó una de ellas.
- Ya lo creo - susurró el conejo .- El malvado cazador me hirió de un tiro. Aún puede verse la bala que me quitó la vida. - Y señaló el guijarro.
Al oír esto las coles se pusieron muy contentas de que el conejito hubiera muerto y enseguida regresaron a su jardín. Aquella noche, el conejo robó la más hermosa de todas las coles y la devoró con gran alegría.
Los coles se enfadaron aún más que antes y partieron de nuevo a capturar al conejito, a quien encontraron sentado al pie de un árbol. Al verlas, el animalillo encaramóse presuroso al árbol y se escondió entre las ramas. Pero las coles ya le habían visto
- Baja enseguida o iremos a buscar una escopeta y subiremos a detenerte.
Pero el conejillo replicó:
- Yo no soy el conejo que buscáis. Él no vive en los árboles. Yo no soy más que la inofensiva ardilla, que nunca os ha causado ningún daño.
Esta vez las coles no quisieron dejarse engañar.
- Baja y veremos si realmente eres la ardilla.
El conejo descendió y al momento se vio rodeado por las coles. Una de ellas apareció con una avellana.
- ¡Rompe la cáscara! - ordenaron todas a una.
El conejo se puso pálido de miedo. Metióse la avellana en la boca y apretó con todas sus fuerzas, pero no pudo romperla por la sencilla razón de que no tenía dientes de ardilla.
Entonces las coles se rieron mucho de él y movieron sus grandes cabezas. Ataron las manos y las patas del animalito y se lo llevaron para juzgarlo. No tardaron en decidir que el conejo debía morir para purgar sus crímenes. Entonces el conejito empezó a llorar a lágrima viva y se dispuso a dejar este mundo. Pero antes pidió un favor a las coles.
- Una vez - dijo - vi en un huerto una col que se tenía sobre la cabeza en vez de hacerlo sobre los pies; ha sido la col más lista que he visto en toda mi vida. Estoy seguro de que vosotras, señoras coles, podréis hacer fácilmente lo mismo. Me gustaría ver una vez más ese maravilloso espectáculo; luego moriría satisfecho.
Las coles empezaron a probar a tenerse derechas sobre la cabeza, pero cada vez perdían el equilibrio y rodaban por el suelo. Sus tumbos eran tan cómicos que el conejo, a pesar de lo triste de su situación, se reía a mandíbula batiente ... Al fin las coles se enfadaron y se pusieron muy rojas gritando al fin:
- Eso de tenerse sobre la cabeza es imposible; nadie en el mundo puede hacerlo.
- Si lo hacéis así claro que no - replicó el conejo, - pero aquella col inclinaba primero la cabeza hasta el suelo, echaba luego una pierna hacia arriba y luego la otra. Si me libráis un momento de mis cadenas os demostraré cómo se hace.
- Está bien - replicaron las coles, - pero si no lo consigues tendrás que morir dos veces.
El conejito mostróse conforme y le desataron. En cuanto se vio libre apoyó las cuatro patas en el suelo, se contrajo un poco, echó la cabeza adelante y de pronto dio un gran salto y echó a correr. Las coles se miraron unas a otras, llenas de asombro, y comprendieron que nuevamente se habían dejado engañar.
Pero no pasó mucho tiempo sin que volvieran a capturar al conejo. Para ello abrieron un hoyo en el suelo, lo taparon con ramitas y hojas, y cuando el bicho fue a robar, cayó dentro de él y no pudo salir. Después las coles le ataron una cuerda a la cintura y lo sacaron de la trampa. Esta vez no se les escaparía.
- Mis queridas señoras - gimió el conejito. - Ahora sí que tengo verdaderamente un último deseo. Me he educado en la religión católica y antes de morir quisiera confesar mis pecados a un sacerdote.
- ¡De ninguna manera! - gritaron las coles. ­ Hoy no nos engañas. Serás conducido inmediatamente al jardín y allí se te fusilará.
Al momento todos las coles se dirigieron hacia el sitio indicado, arrastrando al conejito. Éste las siguió humildemente y hasta parecía feliz, pues por el camino iba cantando:
"¡Tira, tira, no me matarás!
¡Viva, viva, no me herirás!
En cambio, sí feneciera,
Si de una horca yo pendiera".
Al oírle las coles exclamaron:
- ¿Ah, sí? De manera que las balas no te harán
nada ¿eh? ¡Pues serás ahorcado! ¿Qué dices a esto?
El conejo se echó a llorar y gemir.
- ¡Vergüenza, vergüenza, cobarde conejo! - exclamaron las coles. - ¿Crees que hay derecho a dar un espectáculo así, sólo porque vamos a ahorcarte? - Y siguieron repitiendo: - ¡Vergüenza, vergüenza!
Entonces el conejillo dijo entre sus lágrimas:
- No lloro por mí, sino por vosotras. Una vez me profetizó una gitana que todo el que me mirase mientras me ahorcaran se volvería ciego de miedo, y por eso me dais tanta pena.
Las coles se movieron muy inquietas.
- No importa - dijo al fin una de las más viejas.-Nos taparemos los ojos y así no veremos como mueres ahorcado.
Al oír esta solución, todas las demás coles, locas de alegría, besaron a la que había hablado. Luego recogieron hojas verdes y hierbas y se taparon con ellas los ojos. Entretanto habían llegado ya al árbol del que debían ahorcar al conejito. Pero como llevaban los ojos tapados no podían ver al astuto pecador.
- ¡Dios mío, qué miedo tengo! - exclamaba éste.
- ¿Estás preparado? - preguntaron los coles.
- ¡Sí! - gritó el conejo. Y enseguida cogió un tronco que se hallaba en el suelo, se quitó el nudo corredizo del cuello y colgó de él el tronco.
- ¡Va! - gritó la vieja col. Y todas a una tiraron de la cuerda de la que pendía el tronco aquél. Y mientras tanto el conejito se alejó silenciosamente.
Cuando, al cabo de un largo rato, las coles supusieron que el criminal ya había muerto, se destaparon los ojos. Cuando vieron el tronco que colgaba de la cuerda fueron dominadas por la rabia, pues se dieron cuenta de que el astuto conejito se había vuelto a burlar de ellas. Solemnemente juraron que la próxima vez, ocurriese lo que ocurriera, no se les escaparía.
Al poco rato descubrieron al ladrón, que sentado en la ventana de su casa, merendaba tranquilamente.
- Buenas tardes, señoras coles - les dijo. - ¿Ya vienen de celebrar la ejecución? ¿Fue agradable? ¿Se emocionaron mucho?
- ¡Espera y verás, malvado! - replicaron todas a una. - Esta vez no te burlarás de nosotras.
- Lamento mucho no poder abrir la puerta para invitaros a merendar - replicó, burlón, el conejo. - He perdido la llave. Y ahora, adiós. Me voy a la cama, a descansar un poco de tanta ejecución.
Y se metió en el interior de su domicilio.
Las coles estaban indignadas. Colocaron centinelas en todos los puntos estratégicos, pues estaban dispuestas a coger al conejo... Alguna vez tendría que salir de su casa si no quería morir de hambre. Después de esperar pacientemente durante varias horas, se abrió de nuevo el balcón y el conejito salió cubierto con una bata y un gorro de dormir y fumando una larga pipa. Sentóse en una silla y observó, sonriente, a las coles reunidas abajo. La ira que las pobres sentían, las hizo ponerse amarillentas.
De súbito, el conejo se puso en pie de un salto y miró a lo lejos, como si estuviera viendo algo muy interesante. Luego se quitó el gorro de dormir y exclamó:
- ¡Buenos días, señor Hortelano! ¿Qué desea usted? ¿Cómo? No le entiendo. ¡Ah, sí! ¿Dice que quiere coles para la mesa de su señor? Muy bien, venga hacia aquí y encontrará todas las que necesite. Podrá elegir las que más le gusten, pues las hay hermosísimas.
Apenas las coles hubieron oído esto, cuando echaron a correr con todas sus fuerzas para regresar a su huerto. Y el conejo, al verlas marchar de una manera tan ridícula, tropezando unas con otras y cayéndose al suelo, rompió en estrepitosas carcajadas.
Cuando las coles llegaron, sin aliento, a su casa, resolvieron que, en adelante, dejarían en paz al astuto conejo, que en tantas ocasiones habíase burlado de ellas.

lunes, 6 de septiembre de 2010

El espiritu de la luz "cuento aleman"

Un menudo espíritu de la luz vivía dentro de una bombilla que pendía del techo del vestíbulo de una casa de campo. Durante la noche tenía que alumbrar aquel vestíbulo y además toda la escalera. Este trabajo le parecía sumamente difícil al luminoso espíritu.
- ¡Qué vida tan miserable la mía! - dijo una mañana a la enorme lámpara que se hallaba cerca de él. - Como los vigilantes nocturnos, no puedo pegar ojo en toda la noche; sólo me dejan dormir de día. Y aún eso le parece excesivo a esa mala gente. Apenas empiezo a descabezar un sueñecito ya viene alguien y da vuelta a la llave, despertándome. Dicen que la escalera es muy oscura y que yo debo alumbrarla. ¿Por qué en vez de ser un espíritu luminoso no he nacido lámpara grande? Tú sí que te das la gran vida, sólo te encienden cuando llegan invitados.
- No debieras ser tan humilde - replicó la lámpara, con su cristalina voz; - vive un poco para tu comodidad. Pronto se acostumbrarán a ello y estarán tan contentos contigo como antes.
- Está bien, seguiré tu consejo - replicó el menudo espíritu. - Esta noche dormiré y nadie me despertará.
Aquella noche el dueño de la casa volvió de paseo y dio vueltas al interruptor. Pero el espíritu luminoso no se movió y permanecía apagado. A causa de ello el propietario de la casa subió a oscuras por la escalera, resbaló y rompióse una pierna.
Cuando el pequeño espíritu vio lo que había hecho, derramó unas cuantas lágrimas y decidió lucir todas las noches, sin esperar a que nadie le despertase.
A la siguiente noche un hombre empezó a subir cautelosamente por la escalera. En una mano llevaba un manojo de llaves. De pronto toda la casa se conmovió.
- ¡Un ladrón! ¡Un ladrón! - gritaban todos. - ¡Cogedle! - Y por todas las puertas salió gente y detuvieron al ladrón, entregándolo a la Policía.
- ¡Maldita luz! - gritó el hombre. - ¡A ti te debo mi desgracia! Si tu resplandor no hubiera sido tan grande, nadie me hubiese descubierto.
Nuevamente el espíritu luminoso derramó unas cuantas y ardientes lágrimas y se vio sumido en la mayor confusión acerca de lo bueno y lo malo. Por ello decidió lanzarse al mundo y preguntar cómo debe uno conducirse a fin de hacer la felicidad de todos.
Por el camino encontró a una mujer vestida de negro de pies a cabeza. Hasta su cara estaba cubierta por un espeso y negro velo, de manera que sólo podían verse sus oscuros y centelleantes ojos, que miraron severamente al espíritu de la luz.
- ¿Quién es usted? - preguntó con timidez el espíritu.
- Soy la Noche - replicó la mujer. - Y tú eres mi peor enemigo. Con tu maldad destruyes gran parte de mi poder, oponiéndote a las tinieblas que derramo. Yo extiendo mi negro velo sobre los afligidos y les arranco por unas horas sus terrenas preocupaciones. Doy dulce paz a los corazones y descanso a los rendidos miembros. Pero tú, con tu luz, turbas ese reposo tan necesario.
- Perdóneme usted, señora Noche - susurró el espíritu luminoso. - Le prometo que eso no volverá a ocurrir.
Y con el corazón ya tranquilizado regresó a su bombilla. Ya sabía lo que debía hacer. Durante la noche dormir como las demás criaturas y en cambio brillar durante el día.
Al cabo de poco tiempo decidió salir de nuevo al mundo para ver si todos estaban contentos con él. Por el camino encontró a un hombre enorme que llevaba un manto dorado y una enorme y calva cabeza de la que brotaba abundantísimo sudor. Al ver al espíritu de la luz, el hombre se echó a reír a carcajadas. Tanto reía que daba la impresión de que no podría parar jamás.
- ¿Quién es usted y por qué se burla de mí? ­ preguntó el luminoso espíritu, cuyo rostro estaba muy colorado a causa de la vergüenza.
- Soy el Sol - replicó el hombre, con voz lozana. - Me río de ti, tonto espíritu, porque pretendes competir conmigo. ¿Crees que tu débil resplandor puede compararse con mis chorros de luz? Deberías avergonzarte, pequeño. No sirves para nada.
El espíritu de la luz regresó a toda prisa a su bombilla y dijo tristemente a la lámpara:
- Ya veo que no puedo complacer a todos. Además, aquí, en la Tierra, soy completamente inútil. ¿Sabes lo que voy a hacer? Me moriré, porque estoy cansado de mí mismo y del mundo.
Y tumbándose en el suelo de cristal de la bombilla, exhaló la última luminosidad.
Al día siguiente la lámpara oyó que la dueña de la casa decía a la criada:
- Minna, esa bombilla se ha fundido. Corra a la tienda y compre otra.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El fumador "cuento aleman"

En una gran ciudad vivía una vez un hombre que se pasaba todo el día fumando. No se preocupaba de comer ni beber, sólo pensaba en fumar. Tenía una larga pipa con una hermosa cazoleta de porcelana y en ella metía tabaco fino y tabaco fuerte; luego lo encendía y echaba grandes columnas de humo hacia el cielo. Poseía también una hermosa boquilla de ámbar con la cual fumaba todos los cigarros y cigarrillos que podía conseguir. Cuando se le terminaba el tabaco metía en la pipa o en la boquilla cuanto encontraba, fumando alegremente papel, madera y cuero; en tiempos de escasez aprovechaba hasta las piedras.
Un día su esposa compró en el mercado tres pescaditos que pensaba freír para ella y sus hijos. Su marido no los probaría, pues a él sólo le gustaba fumar. Mientras la mujer salió a la calle por un poco de manteca para freír los pescaditos, el hombre, que se había quedado nuevamente sin tabaco, entró en la cocina, cogió los tres pescaditos y se dispuso a meter uno de ellos en su pipa. Pero antes de que pudiera hacerlo se llevó un susto terrible, pues uno de los peces abrió la boca y empezó a hablar igual que un ser humano, sólo que con más suavidad.
- Yo quiero ser comido, no fumado - dijo.
Cuando el hombre hubo vuelto en sí de su sorpresa cogió al pescado por la cola y dijo, furioso:
- ¡Serás fumado, y lo mismo les sucederá a tus hermanos!
- ¡No! ¡Nosotros queremos ser comidos, no fumados! - susurró nuevamente el pescadito. - El humo es muy malo para nosotros.
- A mí tanto me da - replicó el fumador. - ¡Ahora mismo os meto en la pipa!
Pero el pescadito se le escapó de la mano y saltando al suelo se levantó sobre la cola y dijo:
- Escúchame. Nosotros tres somos hermanos, hijos del Rey de los Peces. Si no nos haces daño y nos devuelves a nuestro padre, recibirás cosa que fumar hasta el final de tus días.
Al oír esto el fumador se rascó la oreja derecha.
- ¿Y si me engañas? - preguntó suspicazmente.
- ¡Nosotros no somos seres humanos! - replicó, indignado, el pescadito. - Nosotros somos honrados peces. No conocemos el significado de la palabra "engañar".
- Está bien - gruñó el hombre. - Se hará tal como deseáis.
Inmediatamente los condujo al río y los tiró al agua, donde se hundieron los tres alegremente, desapareciendo a los pocos segundos.
El hombre esperó y esperó. De repente las aguas se abrieron y un enorme pez rojo, con una corona de oro en la cabeza y brillantes esmeraldas en todas las escamas, apareció en la superficie. Nadó hasta la orilla y, dirigiéndose al fumador, le dijo con argentino acento:
- Te doy las gracias, hijo del hombre, por devolverme mis hijos. Ya creí no verlos nunca más. Ahora te premiaré. Te doy tres cosas con las cuales podrás satisfacer tu ansia de humo. Primero, una cesta de pescadora en la que podrás meter cualquier cosa del mundo y fumarla luego. Segundo, una larga cuerda. Con ella podrás coger todo lo que quieras y luego fumarlo. Por fin una caña de pescar con la cual podrás coger todo lo que desees y convertirlo en humo. Pero escucha este consejo: Procura, hijo del hombre, no alterar el orden del universo, de lo contrario sufrirías un terrible castigo.
- ¿Por qué iba a hacer eso? - replicó el hombre.- Mientras pueda fumar continuamente no me meteré para nada con el mundo,
Después de esto volvió alegremente a su casa con los tres regalos del Rey de los Peces, que de nuevo desapareció bajo el agua.
Poco después el hombre se encontró sin nada que fumar. Cogió su cesto, fue al jardín de su vecino y se llevó la caseta del perro. Luego volvió a su casa y se la fumó. Como se había olvidado de quitar el perro también se fumó el animal. Enseguida su hambre de humo creció enormemente. Cogió otra vez el cesto y en poco tiempo lo llenó con todas las casas de la calle y se las fumó. Y con ellas fumóse las luces del gas, las aceras, las tiendas, hasta el enorme farol eléctrico, los guardacantones y todo lo demás. No desaprovechó nada; todo fue a parar a su pipa.
De esta forma pronto se hubo fumado toda la ciudad, incluso las iglesias y escuelas. Luego sentóse, muy preocupado, a pensar qué otra cosa podría convertir en humo. Cogió su cuerda y marchó a los bosques. Arrancó unos arbustos y los fumó como si fueran cigarrillos. Luego arrancó un árbol enorme, lo arrastró fuera del bosque y lo fumó como si se tratara de un cigarro. Por fin de todo el bosque no quedó más que un enorme roble bajo el cual su abuelo y bisabuelo habían jugado de niños. Tampoco él fue perdonado. Rápidamente el fumador ató a él su cuerda y echándolo abajo lo fumó hasta que del hermoso árbol sólo quedó un montoncito de ceniza. Así, todo el bosque quedó convertido en humo. En todo el mundo ya no quedaba nada que fumar. El hombre regresó a su casa y se quedó muy triste, mirando su pipa y la vacía boquilla. De súbito su mirada descansó en la caña de pescar que le había regalado el Rey de los Peces.
- ¡Ya lo tengo! - exclamó. Cogió la caña de pescar y salió de su casa.
Era de noche; la luna brillaba alegremente sobre la tierra y las estrellas parpadeaban en el cielo. El hombre agitó la caña de pescar y con el anzuelo enganchó una estrella. Aunque ésta trató de luchar con él, no logró nada y fue metida en la pipa, cuya tapadera se cerró sobre la pobre estrellita que fue completamente fumada. Todas las noches el fumador pescaba una estrella, con la cual podía fumar todo el día. Por fin, una noche, el cielo apareció totalmente limpio de estrellas.
El hombre, sin vacilar ni un momento, tiró el anzuelo y, ¿os imagináis lo qué pescó? Pues la luna. Tardó dos años enteros en consumirla, pero un día se encontró otra vez sin nada que fumar.
Era una mañana y el hombre salió de su casa. El sol derramaba sobre la tierra sus mejores rayos, alegrando todos las cosas vivas. Las flores se abrían a las caricias del astro del día y los hombres caminaban felices a su calor. En aquel momento el fumador tiró al aire su anzuelo, y logró pescar al mismo sol. Sin ninguna vacilación atrajo el sol hacia la tierra y, de pronto, toda la vida cesó sobra ésta. La oscuridad se hizo total, las flores se marchitaron, los animales metiéronse en sus cuevas, y los hombres, temblorosos y muy tristes, caminaron hacia la muerte. La mayor confusión reinaba en la superficie de la tierra.
Las aguas invadieron las llanuras, cubriendo plantas y animales. Cuando alcanzaron al fumador ­ quien, lleno de asombro, estaba sentado junto al sol - un enorme pez asomó la cabeza. Estaba tan furioso que la corona de oro le había caído y las esmeraldas de su cuerpo brillaban furiosamente, como si fueran ardientes rayos.
- ¡Malvado! - gritó el Rey de los Peces. - ¿No te lo advertí? ¡Has alterado el orden del universo y debes pagar tu culpa!
Rompió lo boquilla de ámbar y la hermosa cazoleta de porcela, después agarró al fumador por los cabellos y lo arrastró dentro del agua. ¡Y nunca volvió a vérsele!
El sol retornó al cielo y sus potentes rayos hicieron brotar nuevas estrellas de las cenizas de las antiguas. Restauraron todas las casas y bosques. Y todo fue lo que había sido antes, sólo que el fumador no volvió jamás.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

El inteligente inventor "cuento aleman"

En un profundo bosque, allí donde Asia y Europa se juntan, vivían, hace mucho tiempo, tres hermanos y una hermana. Pertenecían a una raza muy extraña. Jamás se había conocido a nadie parecido a ellos, pues no eran seres humanos, sino terribles duendes. Los hermanos se llamaban Tosefuego, Relámpagoligero, Hablalejos y, la hermana, Ojosbrillantes. Sus naturalezas correspondían a sus nombres.
Tosefuego, el mayor, era una especie de salvaje gigante que día y noche no hacía otra cosa que echar llamas y humo por la boca. Lo echaba con tanta fuerza que a su alrededor todo volaba, y nadie se atrevía a acercarse a él. Su alimento consistía, exclusivamente, en carbón de piedra y troncos de árbol.
Relámpagoligero tenía, en vez de piernas, dos ardientes rayos que terminaban en unas ruedas. Por todas partes tenía tendidos fuertes alambres y, sobre ellos movíase con tal rapidez que ningún animal de la tierra ni pájaro del cielo podía competir en velocidad con él. En un minuto era capaz de dar la vuelta al mundo entero y volver de nuevo a su bosque.
Hablalejos era un extraño enano que tenía una maravillosa habilidad. Era capaz de emitir cualquiera de los sonidos que se oyen sobre la tierra. Podía imitar las voces de los hombres y las de los animales. Uno creía estar escuchando a un amigo o a un pariente, pero no era así; era Hablalejos, que les imitaba. Además podía enviar su voz a los extremos más apartados del mundo, de forma que aunque estuviera al otro lado del globo se hacía oír perfectamente por quien él quería.
La hermana, Ojosbrillantes, era una mujer de piernas cortas y ojos ardientes como dos llamas. De esos ojos brotaba una luz cegadora que iluminaba toda la región como si fuera un fuego mágico. Pero cuando volvía sus pupilas hacia un ser humano, éste quedaba completamente ciego.
Así eran los cuatro duendes. Vivían juntos, se ayudaban con gran fidelidad unos a otros y por eso podían hacer todo lo que deseaban. Pero su comportamiento era siempre malo y causaba daño a la gente buena.
Tosefuego, valiéndose de su abrasador aliento, se divertía haciendo volar a las personas y a los animales que encontraba. Cuando sus desgraciadas víctimas caían se hacían mucho daño, rompiéndose algún miembro y llorando de dolor.
Relámpagoligero, con sus centelleantes piernas volaba de un lado a otro del mundo, robándolo todo y antes de que se pudiera decir "¡Jesús!" ya estaba de vuelta a su bosque con el botín.
Hablalejos cometía otra clase de maldades y torturaba miserablemente a los pobres que vivían cerca de su guarida. Se sentaba junto al fuego y desde allí hablaba a la gente. Les engañaba adoptando la voz de un amigo o un pariente. En cierta ocasión dos niños estaban sentados a la puerta de su casa, esperando a sus padres. De súbito oyeron la voz de su papá que les decía:
- Nenes, venid al bosque. Os tengo preparado un gran pastel y podréis comerlo esta noche. Venid enseguida, pues tengo que marcharme y no puedo perder tiempo.
Alegremente los niños corrieron hacia el bosque, pero en él no encontraron ningún pastel. Porque no fue su papá quien les llamó, sino Hablalejos, que les hizo alejarse de su domicilio y dejó que los lobos se los comieran, de manera que los pobres niños no volvieron nunca a su casa.
Estas y otras muchas cosas malas hizo Hablalejos, hasta que la gente se enfadó con él.
Ojosbrillantes se portaba tan mal como sus tres hermanos, pues su corazón, como el de ellos, rebosaba odio. Con sus ojos de fuego atraía a los viajeros, durante la noche, a los pantanos, donde los infelices se ahogaban miserablemente.
Por fin, los seres humanos decidieron declarar la guerra a los cuatro monstruos y expulsarlos de la tierra a fin de que no pudieran seguir causando daños. Bajo la dirección de su Rey marcharon hacia el oscuro bosque. Cuando llegaron junto a él, lo rodearon para impedir que los cuatro duendes se escaparan. Sólo un grupito, mandado por el soberano, penetró en la selva dispuesto a capturarlos. Pero los duendes sabían perfectamente qué clase de peligro les amenazaba y lo dispusieron todo para vencer a sus enemigos.
Relámpagoligero tendió sus alambres por todo el bosque y empezó a correr por ellos con las ruedecitas que le servían de pies. Aquí tumbaba a un guerrero, allá aplastaba otro. Pero siempre que alguien intentaba capturarle, desaparecía en un abrir y cerrar de ojos. Los soldados rugían enfurecidos.
De pronto, los que rodeaban el bosque oyeron brotar de entre los árboles la voz del Rey.
- ¡Huid todos y que se salve el que pueda! ¡Estamos perdidos!
Pero no era el Rey, sino Hablalejos que había imitado su voz. Al oírla, los guerreros que estaban fuera de bosque huyeron a sus casas. Dentro de la selva sólo quedaron el monarca y sus pocos seguidores. En aquel momento se dirigían hacia una luz que parecía brillar en el horizonte. No sabían que aquella luz era la de las pupilas de Ojosbrillantes, que los atraía al sitio donde el terrible Tosefuego estaba escondido. Apenas llegaron allí los soldados y el Rey, cuando un abrasador huracán los levantó hasta el cielo. Al cabo de mucho rato cayeron al suelo quemados y destrozados. Ni un solo, ni siquiera el Rey, regresó jamás del campo de batalla.
El pueblo lloró mucho la muerte de su soberano y dejó ya de luchar contra los duendes, convencido de que era inútil intentar nada contra ellos.
Pero en aquella tierra vivía un muchacho de cabello rubio y frente muy despejada, cuyo cerebro siempre estaba trabajando. De sus ojos emanaba inteligencia, sabiduría y bondad. Su nombre era Inventor. Un día se presentó a sus conciudadanos y dijo:
- Enviadme solo al bosque, estoy seguro de que derrotaré a los monstruos.
A pesar de su dolor, el pueblo no pudo contener una sonrisa y contestó:
Los duendes nos han causado ya bastantes víctimas. Eres demasiado inteligente y útil para ser enviado a la muerte.
Y sus padres, cuyos corazones se llenaron de tristeza al oírle hablar, dijeron:
- ¡Quédate aquí, querido hijo! Tenemos que soportar a esos duendes igual que soportamos los terremotos y el viento, y considerarlos un castigo divino.
Su novia se colgó de su brazo y susurró:
- ¡No me abandones, Inventor! ¿Qué nos importan los monstruos? Nosotros queremos ser felices en nuestro hogar, donde nadie nos molestará.
- ¡No! - exclamó el joven. - Es una cobardía y una vergüenza aceptar tan resignadamente el mal y la crueldad. Tal vez tú puedas soportarlo, pero yo no. Antes me tiraría desde el campanario más alto para terminar así mi vida, pues prefiero la muerte al deshonor.
Cuando le oyeron hablar y se dieron cuenta de lo firme de su decisión, todos consintieron en que se fuera al bosque. Así, en medio del llanto y las plegarias de todo el pueblo, Inventor emprendió su viaje. Llevó con él un saco lleno de lana muy fina, unos lentes negros, un ovillo de alambre y cuatro cuerdas.
Al acercarse al bosque envolvió todo su cuerpo en lana y se metió dos apretadas bolitas de ella en las orejas. Luego, valerosamente, penetró en la selva. Casi enseguida apareció ante él el terrible Tosefuego. El monstruo lanzó una estrepitosa carcajada y una nube de vapor brotó de su boca. El muchacho vióse precipitado por el aire como una flecha. Pero al caer no se hizo el menor rasguño, pues la lana le sirvió de colchón. El único daño que sufrió fue quedar un poco moreno a causa del fuego. Continuó en el suelo y fingió estar muerto, pues creyó que esto era lo más sensato. El duende le miró por todos lados.
- ¡Qué tostadito has quedado, ser humano! -exclamó -. En cuanto descanse un poco te llevaré a mi hermano. Le servirás de cena. En cuanto a mí, por muy bien guisado que estuvieras no me apeteces. Prefiero carbón de piedra.
Metióse una mano en el bolsillo y la sacó llena de negro carbón que se llevó a la boca. Desde muy lejos podía oírsele triturar la antracita y la hulla. Cuando hubo terminado de comer, tumbóse en el suelo y a los pocos minutos roncaba estrepitosamente, llenando de ecos todo el bosque.
Con gran cuidado, Inventor se quitó la lana que le envolvía, se acercó al durmiente y le llenó la boca de gruesas bolas de lana, de manera que el aliento no pudiese escapársele, luego, con una de las cuerdas, le ató los pies y las manos, marchando enseguida hacia el interior del bosque
Cuando Tosefuego se despertó encontróse atado y con la boca lleno de lana. Entonces retorció su cuerpo, tratando de liberarse, y chocó contra los árboles y las rocas, produciendo un ensordecedor trueno.
Hablalejos quiso acudir en socorro de su hermano y, de pronto, la voz del padre de Inventor le dijo a éste:
- ¡Vuelve enseguida a casa, hijo mío! ¡Tu madre se está muriendo! Quiere verte antes de que la muerte cierre sus ojos. ¡No pierdas ni un segundo o, de lo contrario, no volverás a verla viva! - Y la voz de la novia de Inventor chilló: - ¡Socorro, amado mío! ¡Qué me raptan! ¡Ven a salvarme o estoy perdida!
Pero el joven siguió alegremente su camino pues no podía oír nada. Las bolas de lana de sus oídos no dejaban penetrar ningún sonido.
Por fin llegó a la cabaña donde vivía Hablalejos, que estaba temblando de miedo.
- ¡Ya te tengo, malvado! - gritó Inventor. Sacó la segunda cuerda y en un momento ató a una mesa a Hablalejos, que no pudo hacer el menor movimiento.
En aquel instante una luz brilló en la lejanía y lo bañó todo con su resplandor. Rápido como una centella, Inventor volvió la cabeza, sacó los lentes ahumados y se los colocó sobre la nariz. Luego dirigióse hacia la luz. Cuando la alcanzó alargó la mano y agarró fuertemente a la hermana de los duendes. Ojosbrillantes luchó en vano. Inventor la condujo hasta un roble, la volvió de cara al tronco y la ató con la tercera cuerda
Enseguida emprendió la marcha para capturar a Relámpagoligero, el último de los duendes. Éste se hallaba en un lejano país, robando cuanto encontraba a su paso. Inventor ató su ovillo de alambre al que en aquella ocasión utilizaba Relámpagoligero para deslizarse y lo llevó hasta un profundo charco de agua. Luego se ocultó entre los arbustos y esperó.
Pronto llegó silbando el duende. Al llegar cerca de su casa advirtió, con profundo sorpresa, que el alambre seguía otra dirección, pero antes de que pudiera recobrarse de su asombro, y debido a la rapidez de su marcha, se encontró dentro del agua.
Inventor salió en seguida de su escondite y gritó:
- ¡Malvado duende! ¿Quieres rendirte? Si no lo haces vendrán los seres humanos y te matarán con sus lanzas y espadas.
Relámpagoligero comprendió que no había salvación posible y, sumisamente, alargó las manos y pies, que Inventor ató con la cuarta cuerda. Hecho esto el joven se marchó, dejando a su prisionero dentro del agua.
El muchacho regresó al pueblo y anunció a todo el mundo que por fin estaban libres de las terribles criaturas. Todos se pusieron muy contentos y lo nombraron su héroe y libertador. Enseguida corrieron al bosque con espadas y mosquetes, a fin de matar a sus enemigos. Pero Inventor los contuvo; su frente se abombó más y en sus ojos brilló la luz de la sabiduría.
- No - ordenó, - no los asesinéis, aunque reconozca que merecen mil veces la muerte. Sus culpas las pagarán no con su cabeza, sino mediante una eterna esclavitud. Han torturado a los humanos; pues de ahora en adelante les serán útiles. Deben entrar al servicio del hombre y prestarte su fuerza.
- ¿Cómo pueden esos monstruos sernos de ninguna utilidad? - preguntó el pueblo.
- Dejadlo en mis manos y pronto os lo demostraré. Pero antes meted en carros a los cautivos y traedlos a la cárcel de la ciudad.
Así se hizo y todos esperaron impacientemente el resultado de los experimentos de Inventor. Día y noche escuchábase en su taller el chocar del martillo contra el yunque, el rasgar de la sierra, el chirrido de la lima y el zumbido de la perforadora.
Un día Inventor reunió a sus conciudadanos en la amplia plaza, frente a su casa.
- Traed a los prisioneros - ordenó.
Guerreros armados fueron a buscarlos. Entretanto él abrió de par en par las puertas de su taller y sus aprendices sacaron cuatro extraños aparatos. El primero fue una hermosa caja de roble, llena de adornos dorados, tornillos y clavos de diversos colores. De ella salía una especie de bocina negra y en un lado colgaba de un gancho un tubo que parecía de ébano.
- Dentro de esta caja meteremos al malvado Hablalejos - explicó Inventor. - De ahora en adelante imitará las voces que uno desee oír, por muy lejos que esté. Esta caja la bautizaré con el nombre de "Teléfono".
» Aquí tenemos otra caja hecha de madera de abedul y llena de alambre de cobre. De ahora en adelante Relámpagoligero vivirá dentro de ella, y cuando se lo ordene saldrá corriendo por los alambres que tenderemos de ciudad en ciudad, desde un extremo del globo al otro, a través de los océanos y más allá de las montañas, y llevará mis mensajes y entregará mis órdenes. Le llamaremos "Telégrafo".
» Y para ti, Ojosbrillantes, tengo esta jaula de cristal. En adelante ésta será tu casa. Siempre que apriete este botón negro abrirás los ojos y darás luz a los seres humanos, a fin de que sus calles y hogares no sean ya nunca más oscuros. Te llamarás "Bombilla".
» Y ahora te toca a ti, horrible Tosefuego. Te espera una tarea mucho más grande. Aprendices, traedme la otra caja.
Los aprendices sacaron del taller una enorme cosa de hierro, con ruedas, engranajes y una enorme chimenea.
- ¡Entra ahí, Tosefuego! - ordenó Inventor. ­ Ahora echa el vapor con toda tu fuerza y así mi máquina se moverá. Luego le engancharé vagones y coches, y la gente podrá subir a ellos y viajar por todo el mundo, conducida por el vapor y el humo. Te llamarás "Máquina de vapor" y si trabajas bien y cumples con tu obligación recibirás paro comer todo el carbón que quieras. ¡Y ahora, viajeros al tren! ¡Subamos todos!
- ¡Bravo! - gritó el pueblo, prorrumpiendo en alabanzas del inteligente Inventor que había transformado a los malvados duendes en cosas útiles a la humanidad.

martes, 31 de agosto de 2010

El valiente jornalero "cuento ruso"

Un joven entró al servicio de un molinero. El molinero lo mandó echar grano en la tolva, pero el operario, que no entendía de molinos, echó el trigo sobre la muela y cuando ésta empezó a girar, todo el grano quedó esparcido por tierra. Cuando el amo llegó al molino y vio aquello, despidió al jornalero. El pobre joven se volvió a casa, pensando por el camino: "Poco tiempo he trabajado para el molinero". Tan preocupado estaba, que tomó un camino por otro y se perdió entre unas malezas, hasta que un río le privó el paso. Y junto al río había un molino abandonado, donde resolvió pasar la noche.
Ya eran cerca de las doce y aun no había podido conciliar el sueño. Le asustaban todos los ruidos que llegaban a su oído, pero mucho más hubo de asustarle un ruido de pasos que se acercaban al abandonado molino. El pobre trabajador se levantó más muerto que vivo y se escondió en la tolva. Tres hombres entraron al molino y, a juzgar por su aspecto, no eran gente honrada sino ladrones. Encendieron fuego y procedieron a repartirse el botín. Y uno de los ladrones dijo a los otros:
- Esconderé mi parte bajo el molino.
Y el segundo dijo:
- Esconderé la mía bajo la muela.
Y el tercero dijo:
- Yo esconderé mi parte en la tolva.
Pero el jornalero estaba acurrucado en la tolva y pensó: "Nadie puede morir dos veces, pero todos hemos de morir una vez. No sé si podré asustarlos. Lo probaré". Y se puso a gritar con toda la fuerza de sus pulmones:
- ¡Dionisio, ven aquí; y tú, Focas, vigila la ventana, y tú, pequeño, no te muevas de ahí! ¡Cogedlos, que nadie se escape; nada de piedad con ellos!
Los ladrones, presa del pánico, abandonaron el botín y huyeron como alma que lleva el diablo. El jornalero salió de la tolva, cogió todo el botín y se volvió a casa mas que rico.

domingo, 29 de agosto de 2010

La docella sabia "cuento ruso"

Érase un pobre huérfano que se quedó sin padres a los pocos años y carecía de bienes de fortuna y de talento. Su tío se lo llevó a casa, lo sostuvo y cuando lo vio un poco crecido lo puso a guardar un rebaño de ovejas. Y un día, queriendo probar su talento, le dijo:
- Lleva el rebaño a la feria y mira de sacar todo el provecho posible, de modo que con las ganancias tú y el rebaño podáis vivir; pero has de volver a casa con el rebaño completo, sin que falte una cabeza, y con el dinero que hayas sacado de cada oveja.
- ¿Cómo me las arreglaré para eso? -pensaba el huérfano, sentado al lado del camino mientras el rebaño pacía por el campo.
Una hermosa doncella acertó a pasar por allí y viendo al muchacho tan pensativo, le preguntó:
- ¿En qué piensas, buen mozo?
- ¿No he de pensar? Mi tío me ha armado un lazo para perderme. Me ha encargado una cosa que, por más que me devano los sesos, no sé cómo voy a cumplirla.
- ¿Qué te ha encargado?
- Verás. Me ha dicho: "Lleva el rebaño a la feria y saca de él todo el provecho posible, de modo que tú y el rebaño podáis vivir; pero vuelve a casa con el rebaño completo, sin que falte una cabeza, y con el dinero que hayas sacado de cada oveja".
- Eso no es muy difícil -dijo la doncella.- Esquila las ovejas y vende la lana y sacarás provecho de cada una; el rebaño quedará completo y tú podrás vivir con el dinero.
El zagal dio las gracias a la doncella y siguió su consejo. Esquiló las ovejas, vendió la lana en el mercado, volvió con el rebaño a casa y entregó el dinero a su tío.
- Perfectamente - dijo su tío,- pero juraría que no ha salido eso de tu mollera. ¿Quién te lo ha enseñado?
- Es verdad -confesó el joven,- no ha salido de mi mollera; pero me encontré a una hermosa doncella que me lo enseñó.
- Pues harías bien en casarte con esa inteligente doncella. Sería una fortuna para ti, que no tienes dónde caerte muerto ni que esperar mucho de tu talento.
- No me disgustaría casarme con ella -contestó el sobrino.
- Yo lo arreglaré todo, pero antes habrías de hacerme un favor. Coge el trigo y llévalo a vender al mercado. Cuando regreses, si lo has vendido bien te casaré con esa doncella.
El huérfano fue al mercado a vender el trigo de su tío. Por el camino encontró a un rico molinero.
- ¿A qué vas a ir ciudad? -le preguntó el molinero.
- Voy al mercado a vender el trigo de mi tío.
- Entonces iremos juntos.
Y siguieron juntos, el molinero en su birlocha tirado por un caballo castaño y gordo, el huérfano en su carrito tirado por una yegua torda y trasijada. Se detuvieron en campo raso para pasar allí la noche, desengancharon las bestias y los hombres se echaron a dormir. Y sucedió que aquella misma noche, a la yegua le nació un potrillo. El rico molinero se despertó antes que el huérfano, vio el potrillo y lo puso al lado de su yegua castaña. Cuando despertó el huérfano, empezaron a discutir.
- No es tuyo, sino mío -decía el codicioso molinero,- porque tu yegua lo ha dejado debajo de mi castaño.
Siguieron discutiendo hasta que resolvieron llevar el asunto a los tribunales y al llegar a la ciudad se dirigieron al palacio de justicia. Pero el juez les dijo:
- Es costumbre en esta ciudad que cuando alguien quiere resolver un asunto ante los tribunales de justicia, ha de adivinar primero cuatro acertijos. A ver decidme: ¿cuál es la cosa más fuerte y más ligera del mundo; cuál es la cosa más pingüe de este mundo; y cuál es la cosa más blanda y la cosa más dulce de este mundo?
El juez les dio tres días para pensar y dijo:
- Si adivináis mis acertijos seré juez entre vosotros según la ley: de lo contrario no os ofendáis si os mando a freír espárragos.
El molinero fue a ver a su mujer y le contó lo sucedido, repitiéndole los acertijos que se trataba de adivinar.
- Esos acertijos no son un enigma -contestó la mujer.- Si te preguntan qué es lo más fuerte y ligero del mundo, di que mi padre tiene un caballo negro tan fuerte y tan ligero de piernas que corre más que una liebre. Si te preguntan qué es lo más pingüe del mundo, acuérdate del verraco que estamos cebando y que no puede tenerse en pie de tan gordo. Y en cuanto al tercer acertijo, claro está que nada hay tan blando como la almohada. Y si te preguntan por lo más dulce del mundo, contesta: "¿Puede haber para un hombre algo más dulce que la mujer de su corazón?"
Pero el huérfano se alejó de la ciudad y se sentó junto a un camino a reflexionar sobre su desgracia, pues en vano se calentaba los cascos buscando descifrar lo que para él eran verdaderos enigmas. Y he aquí que acertó a pasar por el camino la misma doncella.
- ¿Por qué vuelves a estrujarte los sesos, buen mozo?
- Porque el juez me ha propuesto cuatro acertijos que no lograré descifrar aunque viva mil años.
La doncella se rió y le dijo:
- Preséntate al juez y dile que lo más fuerte y ligero del mundo es el viento, que lo más pingüe es la tierra porque alimenta todo lo que vive y crece sobre ella; que lo más blando es la palma de la mano, pues por blando que duerma el hombre siempre pone la mano bajo la cabeza, y que no hay nada ten dulce en el mundo como un dulce sueño.
El pobre huérfano se inclinó ante la doncella hasta la cintura y le dijo:
- ¡Gracias, oh, la más inteligente de las doncellas, por haberme salvado de una verdadera ruina!
Al tercer día, el molinero y el huérfano se presentaron ante el tribunal a contestar los acertijos. Y dio la casualidad de que el Zar en persona ocupaba la presidencia del estrado y quedó tan admirado de las contestaciones del huérfano, que ordenó que la causa se fallara a su favor y que se expulsara al molinero con vilipendio. Luego el Zar preguntó al huérfano:
- ¿Son hijas de tu ingenio esas contestaciones o te las ha dictado alguien?
- En honor a la verdad he de decir que no son mías; una hermosa doncella me las ha dictado.
- Pues te ha instruido bien; muy sabia debe de ser. Anda y dile de mi parte que si es tan inteligente y sensata, comparezca ante mí mañana: ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida y con un presente en sus manos que no sea un regalo. Si cumple mi deseo, el galardón que obtendrá será digno de un Zar y la elevaré sobre lo más alto.
El huérfano volvió a salir de la ciudad tan apurado como antes, porque se decía: "¡Pero si no tengo la menor idea del lugar donde puedo encontrar a la hermosa doncella! ¡Y vaya un encarguito que tengo para ella!" Apenas acababa de pensar esto, cuando pasó por allí la inteligente y hermosa doncella. El huérfano le contó cómo sus adivinanzas habían complacido al Zar y cómo éste deseaba verle y tener una prueba de su inteligencia, y cómo había prometido galardonarla. La doncella pensó un poco, y luego dijo al huérfano:
- Búscame un chivo de larga barba y una red grande y cógeme un par de gorriones. Mañana nos encontraremos aquí mismo, y si el Zar me da un premio nos lo partiremos.
El huérfano cumplió las órdenes de la doncella y la esperó al día siguiente junto al camino. La doncella se presentó, se quitó la túnica y se envolvió en la red de cabeza a pies; luego se sentó sobre el chivo, cogió un gorrión en cada mano, y ordenó al huérfano que guiase en dirección a la ciudad. El joven la llevó ante el tribunal donde esperaba el Zar, y ella inclinándose ante éste, le dijo:
- Ante ti me presento, soberano Zar, ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida, y te traigo un presente en mis manos que no es un regalo.
- ¿Dónde está? -preguntó el Zar.
- ¡Mira! -dijo ella presentando al Zar los dos gorriones; pero cuando el Zar alargó la mano para tomarlos de manos de la doncella, los gorriones abrieron las alas y escaparon volando.
- Bien dijo el Zar,- veo que puedes competir conmigo en talento. Quédate en la corte y cuida de mis hijos y te daré una buena recompensa.
- No, mi soberano señor y Zar, no puedo aceptar tu gracioso favor, porque he prometido a este joven que nos partiríamos el premio por sus servicios.
- Vamos a ver: eres muy inteligente e ingeniosa, pero en esta ocasión te falla la cabeza y no juzgas conforme a la razón. Te ofrezco un cargo honroso y elevado con una gran recompensa. ¿Por qué no puedes compartir el galardón con ese joven?
- ¿Pero cómo podría compartirlo?
- ¿Cómo, inteligente doncella? Pues, si ese buen mozo no te es indiferente, casándote con él, ya que el honor, la suerte, las penas y las alegrías se comparten entre marido y mujer por igual.
- Veo que eres un sabio, soberano Zar, y no quiero hacerte hablar más -dijo la hermosa doncella.
Se casó, pues, con el huérfano, y aunque éste no tenía mucha cabeza tenía en cambio mucho corazón y vivió con su sabia mujer en continua felicidad y armonía.

viernes, 27 de agosto de 2010

La pluma de Fenist, el halcón radiante "cuento ruso"

Había una vez un viudo que tenía tres hijas. Las dos mayores eran muy dadas a divertirse y a lucir, pero la menor sólo se preocupaba de los quehaceres domésticos, aunque era incomparablemente hermosa. Un día, el padre tenía que ir a la feria de la ciudad y les dijo:
- Queridas hijas, ¿qué queréis que os compre en la feria?
La mayor de las hijas contestó:
- ¡Cómprame un vestido nuevo!
La mediana contestó:
- ¡Cómprame un pañuelo de seda!
La menor contestó:
- ¡Cómprame un clavel rojo!
El viudo fue a la feria y compró un vestido nuevo para la hija mayor y un pañuelo de seda para la mediana; mas, por mucho que buscó, no pudo encontrar un clavel rojo. Ya estaba de regreso cuando se cruzó en el camino con un viejecito a quien no conocía, y el viejecito llevaba un clavel rojo en la mano. El viudo se alegró mucho al verlo y preguntó al viejecito:
- ¿Quieres venderme ese clavel rojo, viejecito? Y el otro le contestó:
- Mi clavel rojo no se vende, no tiene precio porque es inapreciable; pero te lo regalaré si quieres casar a tu hija menor con mi hijo.
- ¿Y quién es tu hijo, viejecito?
- Mi hijo es el apuesto y valiente guerrero Fenist, el halcón radiante. De día vive en el cielo sobra las nubes y de noche baja a la tierra como un hermoso joven.
El viudo reflexionó. Si no tomaba el clavel rojo infligiría un agravio a su hija, y, si lo tomaba, cualquiera sabía el matrimonio que saldría de aquello. Después de mucho cavilar, aceptó el clavel rojo, porque se le ocurrió pensar que si Fenist, el halcón radiante, que había de ser novio de su hija no le gustaba, siempre habría manera de romper el trato. Pero, apenas el desconocido le hubo entregado el clavel, desapareció para no dejarse ver más. El pobre viudo se apretaba la cabeza con las manos y estaba tan confuso, que ni se atrevía a mirar el clavel rojo, y al llegar a casa dio a sus hijas mayores lo que le habían pedido, y a la menor el clavel rojo, mientras le decía:
- No me gusta tu clavel rojo, hija mía, no me gusta.
- ¿Por qué lo desprecias de esa manera, querido padre? -preguntó ella.
Y el padre le explicó, hablándole al oído:
- Porque tu clavel rojo está encantado; no tiene precio y no puede comprarse con dinero. Para adquirirlo he tenido que ofrecerte en matrimonio al hijo del viejecito que encontré en el camino, a Fenist, el halcón radiante. -Y le contó lo que el viejo le había dicho de su hijo.
- No te apenes, papá -dijo la hija,- y no juzgues a mi prometido por las apariencias, pues aunque venga volando, no por eso lo querremos menos.
Y la hermosa joven se encerró en su aposento, puso el clavel rojo en agua, abrió la ventana y se quedó contemplando el cielo. Apenas había el sol traspuesto el bosque, cuando, sin saber de dónde llegó, raudo, ante la ventana, Fenist, el halcón radiante, agitó su plumaje como un manojo de flores, se pasó en el alféizar, entró volando al aposento, cayó al suelo y se transformó en un apuesto guerrero de belleza incomparable. La doncella se asustó y estuvo a punto de gritar, pero él la cogió suavemente de la mano y la miró con ternura en los ojos, diciendo:
- ¡No temas, amada mía! Cada noche, hasta que nos casemos, vendré volando a tu lado. Siempre que pongas en la ventana el clavel rojo acudiré a la cita. Aquí tienes una plumita de mi alita. Siempre que desees alguna cosa, sal a la galería y agita la plumita en el aire, y lo que desees aparecerá ante ti.
Luego Fenist, el halcón radiante, besó a su prometida y salió por la ventana volando. Dejó tan prendada a la doncella, que desde entonces, cada noche ponía ella el clavel en la ventana, y siempre que esto hacía, Fenist, el halcón radiante, acudía a su lado en forma de un joven guerrero.
Así pasó una semana y llegó el domingo. Las hermanas mayores fueron a la iglesia luciendo sus nuevas prendas, y se burlaron de la hermana menor, diciéndole:
- ¿Y tú qué vas a llevar? No tienes nada nuevo qué lucir.
Y ella les contestó:
- Como no tengo nada, me quedaré en casa.
Pero cuando las hermanas hubieron salido, fue a la galería y agitó al aire la pluma, y sin saber cómo ni de dónde, apareció ante ella una carroza de cristal tirada por hermosos caballos y conducida por lacayos con libreas de oro, que le presentaban un vestido de riquísima seda con bordados de piedras preciosas. La hermosa doncella se sentó en la carroza y fue a la iglesia, y todos la miraban al pasar, admirando su belleza y su esplendor deslumbrante.
- Sin duda ha venido a la iglesia una Zarevna. ¡No hay más que verla! -cuchicheaba la gente entre sí.
Cuando el oficio hubo terminado, la hermosa doncella subió a la carroza y volvió a casa, y al llegar a la galería, agitó la pluma por encima del hombro, y carroza, lacayos y atavíos desaparecieron. Al llegar sus hermanas la vieron sentada junto a la ventana como antes y le dijeron:
- ¡Oh, hermana! ¡No tienes idea de la hermosa dama que ha estado en misa esta mañana! Era algo tan maravilloso que en vano trataríamos de describírtelo.
Transcurrieron otras dos semanas y otros dos domingos causó la hermosa doncella la admiración de sus hermanas, de su padre, y de toda la gente del pueblo. Pero la última vez, al desprenderse ella de los atavíos se olvidó de quitarse la peineta de brillantes. Llegaron sus hermanas de la iglesia, y mientras le estaban hablando de la hermosa Zarevna acertaron a mirar su peinado y exclamaron a una voz:
- ¡Ah, hermanita! ¿Qué llevas ahí?
La hermanita lanzó también una exclamación y huyó a su aposento. Y desde entonces las hermanas empezaron a vigilarla, y escuchando de noche a la puerta de su aposento, descubrieron y vieron como al apuntar el alba, Fenist, el halcón radiante, salía de su ventana y desaparecía entre la espesura del bosque. Y las hermanas la envidiaron y para hacerle mal pusieron en la ventana vidrios rotos y cuchillos afilados, para que Fenist, el halcón radiante, al ir a posarse en el alféizar, se hiriera con los cuchillos. Y aquella noche, Fenist, el halcón radiante, descendió volando y batió en vano sus alas ante la ventana, sin lograr otra cosa que herirse con los cuchillos y cortarse las alas, por lo que tuvo que levantar el vuelo, no sin gritar antes a la hermosa doncella:
- ¡Adiós, hermosa doncella; adiós, amada mía! ¡Ya no me verás más en tu aposento! Búscame en la tierra de Tres Veces Nueve, en el imperio de Tres Veces Diez. ¡El camino es largo, gastarás zapatos de hierro, romperás a pedazos un cayado de acero, consumirás riñones de piedra, antes que llegues a encontrarme, buena doncella!
Y en aquella misma hora, un sueño profundo abatía a la doncella, que oía durmiendo estas palabras y no podía despertar. Se despertó por la mañana y ¡cuál no sería su sorpresa al ver la ventana erizada de vidrios y cuchillos y con manchas de sangre! Pálida y desconsolada se retorció las manos exclamando:
- ¡Oh, desgracia la mía! ¡Han querido matar a mi amado!.
Y sin perder tiempo, se arregló y partió en busca de su amado novio blanco, Fenist, el halcón radiante. La doncella anduvo sin parar, cruzando espesos bosques, espantosos páramos, áridos desiertos, hasta que por fin llegó a una choza desvencijada. Llamó a la ventana y dijo:
- ¡Quienquiera que aquí habite, ruégole que dé albergue por esta noche a una pobre doncella!
Una vieja apareció en la puerta:
- ¡Perdona, hermosa doncella! ¿Adónde vas, palomita?
- ¡Ay, abuela! Voy en busca de mi amado Fenist, el halcón radiante. ¿Puedes decirme dónde lo hallaré?
- No, no lo sé; pero puedes ir a ver a mi hermana mediana y ella te enseñará el camino. Y para que no te pierdas, toma esta pelotita; adonde ruede, síguela.
La hermosa doncella pasó la noche en compañía de la vieja, y ésta al despedirla al día siguiente, le hizo un regalo:
- Toma -le dijo,- aquí tienes una rueca de plata y un huso de oro. Hilaras copos de lino y sacarás hebras de oro. Tal vez llegue un día en que te sea útil.
La doncella tomó el regalo y siguió a la pelota. Si corrió mucho o poco tiempo no importa, el caso es que llegó ante otra choza. Llamó a la puerta y salió la segunda vieja, que después de hacerle unas preguntas y de oír las respuestas, le dijo:
- Tienes que andar mucho aún, doncella, y no es cosa fácil encontrar a tu amado; pero cuando encuentres a mi hermana mayor, ella podrá decírtelo mejor que yo. Toma esta salsera de plata y esta manzana de oro. Tal vez llegue un día en que te sea útil mi regalito.
La muchacha pasó la noche en la choza y al día siguiente reanudó la marcha siguiendo la pelota que rodaba ante ella. Iba cruzando bosques que cada vez eran más negros y espesos y las copas de los árboles tocaban el cielo. Por fin llegó a la última choza y la vieja abrió la puerta y le ofreció albergue por aquella noche. La doncella le contó de dónde venía, a dónde iba y qué buscaba.
- Es un mal negocio el tuyo, hija mía -le dijo la vieja.- Fenist, el halcón radiante, está prometido a la Zarevna del mar, y pronto se casarán. Cuando salgas del bosque y llegues a la playa, siéntate en una piedra y coge la rueca de plata y el huso de oro y ponte a hilar. La novia de Fenist, el halcón radiante se acercará a ti y querrá comprarte la rueca, pero tú no has de dársela por dinero sino por dejarte ver el plumaje florido de Fenist, el halcón radiante.
La joven prosiguió su marcha y el camino iba descendiendo poco a poco, hasta que, inesperadamente, apareció el mar a la vista de la caminante, y en lo remoto se distinguían las cúpulas de un suntuoso palacio de mármol.
- ¡Sin duda es el reino de mi amado, visto de muy lejos! -pensó la hermosa doncella. Y se sentó en una piedra, cogió la rueca de plata y el huso de oro y se puso a hilar cáñamo que se convertía en hebras de oro.
De pronto vio que se acercaba por la orilla del mar una Zarevna con muchedumbre de doncellas de compañía, guardias y servidores, y deteniéndose ante ella se quedó observando su trabajo y le entraron deseos de obtener la rueca de plata y el huso de oro.
- ¡Te lo por nada, Zarevna, si me dejas contemplar a Fenist, el halcón radiante!
La Zarevna no quería aceptar esta condición, pero al fin dijo:
- ¡Bueno, ven a contemplarlo mientras duerme después de comer y ahuyenta las moscas de su lado!
Tomó la rueca y el huso de manos de la doncella y se volvió a sus habitaciones. Después de comer embriagó a Fenist, el halcón radiante, arrojando en el vino un narcótico y cuando un sueño profundo lo abatió hizo pasar a la doncella. Esta se sentó junto a las almohadas, y llorando a mares, decía a su amado:
- ¡Despierta y levántate, Fenist, el halcón radiante! ¡Soy tu amada novia llegada de muy lejos. He gastado zapatos de hierro, he roto a pedazos un cayado de acero, he consumido riñones de piedra, y todo el tiempo he ido buscándote, amado mío!
Pero Fenist, el halcón radiante, dormía, sin saber que la hermosa doncella lloraba a su lado dirigiéndole palabras de ternura. Después entró la Zarevna y mandó salir a la hermosa doncella y despertó a Fenist, el halcón radiante.
- He dormido mucho -dijo él a su novia,- y, no obstante, me parece que alguien lloraba y se lamentaba a mi lado.
- Sin duda lo has soñado -contestó la Zarevna.- No me he movido un momento de tu lado para impedir que las moscas te molestasen.
Al día siguiente la doncella volvió a sentarse a la orilla del mar y se distraía haciendo rodar en la salsera de plata la manzana de oro. La Zarevna se acercó paseando por la playa, se detuvo a mirarla y le dijo:
- ¡Véndeme tu juguete!
- Mi juguete no es para vender. Es una herencia. Pero si me dejas contemplar otra vez a Fenist, el halcón radiante, te lo daré como regalo.
- Perfectamente. Ven esta tarde, y ahuyenta las moscas de mi prometido.
Y de nuevo hizo que Fenist, el halcón radiante, bebiese el narcótico y cuando estuvo dormido, admitió a la hermosa doncella a su lado. Y la hermosa doncella empezó a llorar sobre su amado, en cuya mejilla cayó por fin una de sus ardientes lágrimas. Entonces Fenist, el halcón radiante, despertó de su profundo sueño y exclamó:
- ¿Quién me ha quemado?
- ¡Oh, amado de mis anhelos! -dijo la hermosa doncella.- Soy yo, que he venido de muy lejos. He gastado zapatos de hierro, he roto cayados de acero, he consumidos riñones de piedra y te he buscado por todas partes, amado mío. ¡Este es el segundo día que lloro a tu lado y tú no despertabas ni contestabas mis palabras!
Sólo entonces reconoció Fenist, el halcón radiante, a su amada y experimentó una alegría inefable. La doncella le contó cuanto había sucedido, la envidia que le tenían sus hermanas, lo mucho que había andado y cómo su prometida lo había cambiado por regalos. Fenist se prendó de ella con más ardor que antes, la besó en los labios de miel y ordenó que echasen al vuelo las campanas y que se reuniesen los boyardos, los príncipes y la gente de todas las condiciones sociales en la plaza del mercado. Y él les preguntó:
- Decidme, buena gente, y contestadme conforme a vuestro buen sentido: ¿qué novia he de tomar por esposa para compartir con ella las penas de la vida, la que me vendió o la que volvió a buscarme?
Y el pueblo sentenció por unanimidad:
- ¡La que volvió a buscarte!
Y así lo hizo Fenist, el halcón radiante. Aquel mismo día se unió ante el altar en lazo matrimonial con la hermosa doncella. La boda fue magnífica y la fiesta transcurrió en continuo alborozo. Yo también me divertí, bebiendo vino y aguamiel, y las copas entrechocaban y todos se hartaron, y las barbas estaban húmedas cuando las bocas estaban secas.