sábado, 22 de octubre de 2011

El gran espanto "cuento suizo"

Con frecuencia me viene a la memoria el recuerdo de la pequeña chiquilla y del pequeño ratoncito, y pienso entonces en el gran espanto que sufrieron los dos.
La pequeña chiquilla estaba en su cama y proyectaba siluetas con las manitas en la pared, pues la Luna iluminaba como una lámpara. Reinaba un profundo silencio en la habitación y las personas mayores de la casa creían todas que la pequeña chiquilla dormía hacia ya rato. Y, en verdad, no hubieran sabido tampoco que estaba todavía despierta, a no ser por un pequeño ratoncito que, al hacer su paseo nocturno, dio con la naricilla en una migaja de chocolate.
- ¡Cui-cui! - gritó el pequeño ratoncillo, gozoso.
Entonces escuchó atentamente la pequeña chiquilla.
- ¡Cui-cui! - gritó de nuevo el pequeño ratoncillo, con lo cual quería decir: "¿Hay todavía más chocolate ahí?"
Buscó y rebuscó, y caminó con sus cortos pasitos de aquí para allí. De repente se encontró en la gran claridad de la luna, justamente delante de la cama de la pequeña chiquilla.
- ¡Ay, ay! - gritó ella con gran espanto, y saltó por el otro lado fuera de la cama.
El pequeño ratoncillo, sin embargo, al oír tales gritos, trepó, lleno de espanto, por la sábana y se ocultó en el lecho. Entonces gritó de nuevo la pequeña chiquilla con más fuerza que antes. El ratoncillo saltó en amplio círculo al suelo y pasó junto a los desnudos pies de la chiquilla. Entonces resonó tal grito de espanto en la habitación, que al pobre ratoncillo se le detuvo casi el corazón. Buscó desesperado la puertecita de su morada en la pared, mientras la pequeña chiquilla saltaba otra vez a la cama, se tapaba la cabeza con la manta y encogía los pies hasta tocarse la barbilla con las rodillas.
Finalmente, cuando estuvo el pequeño ratoncillo en su casita, sollozó "¡Cui-cui!", y se desplomó tembloroso.
- ¡Pobre hijo mío! - dijo la mamá ratón -. ¿Qué es lo que te ha asustado así?
- Un gigante con una voz espantosa.
"Esto puede curarlo enseguida un pedacito de sebo" pensó la mamá ratón. Fue, pues, a buscar lo que tenía, y lo puso ante la naricilla de su querido hijito. "¡Sí, sí, esto servirá!" Y, en efecto, mientras el ratoncillo roía el sebo, disminuyó su temblor.
Allí enfrente, al lado de la pequeña chiquilla, se hallaba también la madre junto a la cama. Al oír los gritos, lo echó todo a un lado y corrió en su ayuda.
- ¿Qué es lo que te ha asustado, que tiemblas y lloras de esta manera?
- ¡Un gran animal que se me quería comer!
- ¡Pobre hija mía! ¿Será eso verdad? - dijo la madre.
Pero sabía muy bien lo que podía consolar a su hijita. Sacó un pedacito de chocolate del plateado papel y cesaron de fluir al punto las lágrimas. De modo que, mientras lamía la golosina, dejó también de temblar la pequeña chiquilla.
Pronto se quedó dormida la pequeña chiquilla en su camita, y el pequeño ratoncillo se quedó dormido también en su casita. Y con ello quedaba olvidado el grande y terrible espanto con que se habían asustado uno de otro.

martes, 18 de octubre de 2011

El pequeño Lischen y la luna "cuento suizo"

La clara luz de la Luna llena brillaba a través de la ventana, precisamente junto a la pared donde estaba la camita. Por ello le era imposible dormirse al pequeño Lischen. Continuamente miraba hacia el claro rostro de la Luna. Ésta tenía ojos, que ahora empezaban a parpadear; tenía boca, que comenzaba a moverse de repente.
- Lischen, ¿por qué no duermes aún? - le preguntó la luna.
- Porque tú me contemplas así.
- Entonces no te miraré más - le dijo la Luna, y cubrió su faz con una nube.
Al momento se durmió Lischen. Entonces soñó que la buena luna había partido muy lejos y no volvería ya nunca más.
Lischen se puso a llorar. Entonces apartó la Luna rápidamente la nube que la cubría y se rió del pequeño Lischen.
- ¡Mírame! Aquí estoy yo - dijo.
Pero el pequeño Lischen tenía los ojitos tan llenos de sueño, que no podía ver bien a la luna.
- ¡Acércate! - dijo ella -. ¡Sube hasta mí!
Entonces fue Lischen quien se rió de la Luna y dijo:
- ¿Cómo he de subir si estás tan alta?...
- Te mandaré mis rayos.
Y la luna, en efecto, mandó todos sus rayos, de modo que parecían una carretera de oro. Lischen comenzó a subir por ella, hasta que estuvo muy cerca de su amiga. Pero entonces se hizo gigantesco el rostro de la luna: los ojos eran como lagos, la nariz como una poderosa montaña y la boca como un profundo, muy profundo, valle.
El pequeño Lischen quedó aterrado ante tal vista, y retrocedió corriendo. Pero el camino de rayos había desaparecido y cayó de cabeza hacia la tierra, rodeado por completo de oscuridad. Cuando; llegó abajo, se produjo un fuerte bum-bum. El pequeño Lischen se incorporó aterrado y empezó a llorar fuertemente.
Al oír el llanto, acudió presurosa su madre y tras ella vino su padre, y tras el padre, vino su hermana mayor. Cuando vieron al chiquillo, con su camisita de dormir, sentado al pie de la cama, preguntaron los tres a la vez:
- Lischen, ¿qué ha sucedido?
- He caído de la luna - sollozó el niño.
Entonces se rió el padre, y la hermana se rió también; pero la madre levantó al pobre Lischen y le preguntó:
- ¿Dónde te duele?
- Aquí, en la cabeza - dijo Lischen.
Su madre le acarició el lugar dolorido, mientras le cantaba:

Cúrate pronto,
cúrate ya.
No llores, niño,
no llores más.
Las hadas buenas
pronto vendrán,
y tus dolores te sanarán.
Cúrate pronto,
cúrate ya.

- Bueno, ahora puedes dormirte de nuevo - dijo después -; pero desearía aconsejarte una cosa: ¡no vuelvas a subirte nunca más a la Luna! ¡Está demasiado alta para un hombrecillo tan pequeño como tú!
Lischen lo prometió, firme y seguro, y así lo ha cumplido puntualmente hasta el día de hoy.

viernes, 14 de octubre de 2011

La grave enfermedad "cuento suizo"

Hubo una vez un chiquillo que no podía decir "por favor", ni tampoco "gracias". Estas dos palabritas tan corteses no querían sencillamente salirle de la boca. Sus padres se enfadaban mucho por ello, y el abuelo aún más. Pero la abuela contemplaba al muchachito, y sentía dolor.
- Está enfermo - dijo al fin -. ¡Llamad al médico!
Vino el doctor, y examinó con cuidado al chiquillo.
- No tiene absolutamente nada en el cuello ni en la lengua - dijo el sabio hombre, y se marchó de nuevo.
- Así, pues, tiene algo en el corazón - afirmó la abuela.
Nadie sabía qué hacer; nadie podía ayudar. Y, sin embargo, era una grave enfermedad y un verdadero dolor. Si venía alguna tía de visita y traía consigo buenas cosas, corría el muchacho a esconderse detrás de la casa. No quería recibir regalos, pues no podía decir "gracias", como manda la buena educación.
Una vez estaba toda la familia en el campo, en casa de unos primos y primas. En la fiesta sirvieron mosto dulce y pan moreno recién amasado y con ello también nueces tiernas. ¡Oh, qué bueno era aquello! Y todos se alegraron.
Pero al muchacho se le ocurrió que tendría que decir "por favor" y "gracias" y dejó todas aquellas apetitosas cosas y dijo que no le apetecían; prefería ir a ver los conejitos.
Pero, cuando estuvo con los conejitos, empezaron a correr libremente las lágrimas por sus mejillas. Sentía algo como un peso que le oprimía el corazón. ¡Ay¡ ¡Era tan triste no poder decir "por favor" y "gracias"! Y el mosto dulce era precisamente para él lo mejor del mundo.
Detrás de la casa de los campesinos se extendía un amplio bosque. Hacia allí corrió el muchacho para ocultar su dolor. Entonces vio junto al camino una gran mata de zarzas llena a más no poder de moras maduras.
- ¡Oh, cuántas! - exclamó el muchacho -. ¡Voy a cogerlas!
Pero, al ir a hacerlo, ¿qué sucedió? La mata retiró sus ramas y un ratoncito dijo desde dentro:
- ¡Di enseguida "por favor", y entonces podrás cogerlas todas!
El chiquillo puso hociquillos de disgusto; se volvió y siguió corriendo, pues "por favor" era justamente una de las palabras que no podía él decir.
A poco llegó junto a un avellano. Los frutos, de color pardo dorado, eran tentadores. ¡Oh, cómo recordaban la Navidad! El chiquillo corrió hacia allí. Pero, al acercarse, las ramas del avellano se irguieron con todos sus frutos hacia lo alto, y una ardilla gritó desde el árbol:
- Tú, como no puedes decir "gracias", tampoco debes coger avellanas.
Echó a correr de nuevo, disgustado, y de tanto correr sintió sed. Por eso se alegró cuando oyó entre la maleza un suave rumor, que procedía de un manantial. Pero apenas se hubo inclinado para coger agua con la mano, se retiró de pronto el manantial y desapareció en la roca.
Aterrado, levantó el chiquillo la mirada y vio junto a sí un cervatillo. El pobre animal llevaba la lengua fuera. Era evidente que venía atormentado por la sed. Pero el manantial había desaparecido y no parecía que quisiera volver a salir de nuevo. Algo se removió en el corazón del chiquillo. Acarició al animal y dijo:
- Yo tengo la culpa de que tú hayas de pasar sed. ¡Pobre cervatillo!
El muchacho sollozaba más y más, desconsoladamente. Entonces echó a hablar y dijo de manera inesperada:
- ¡Por favor, querido manantial, regálanos de nuevo tu agua!
En la roca se oyó inmediatamente como un alegre cantar. A continuación brotó el agua, y, claro como la plata, fluyó de nuevo el manantial. El chiquillo y el cervatillo bebieron. Y cuando él tuvo bastante, dijo con voz fuerte y clara:
- ¡Gracias!
Entonces se dio cuenta, de que había caído algo al suelo, a su lado. Era una piedra, que le había caído al muchacho del corazón. El chiquillo se sentía muy ligero, libre del peso que antes le oprimía. En lugar del cervatillo, empero, había ahora una hermosa hada a su lado. Esta dijo:
- Ahora estás ya curado.
- ¡Gracias! - repitió el chiquillo, y se quedó contemplándola lleno de una indecible felicidad.
Luego echó a correr, loco de alegría, y salió del bosque. De repente sintió deseos de ver a sus primos y a sus primas, y fue a buscarlos a la pradera donde estaban jugando. Cuando vieron de lejos al fugitivo, gritaron todos irónicamente:
- ¿Quieres ahora mosto dulce y pan moreno y nueces?
- ¡Sí, por favor! - dijo el chiquillo.
Entonces corrieron hacia la casa y le trajeron de todo. El chiquillo, cada vez más contento, decía:
- ¡Gracias, muchas gracias!
Y reía, sin cesar, y sentía ligero su corazón. Naturalmente: había desaparecido la piedra que le oprimía y no le dejaba decir ni "por favor" ni "gracias".
Podéis imaginaros cómo se alegraron los padres de que su hijito estuviera ahora curado de su grave enfermedad. Pero nadie estuvo más contento que el abuelo y la abuela, y el más contento de todos era el mismo chiquillo.

lunes, 10 de octubre de 2011

Los piojitos de la princesa "cuento suizo"

Las princesas son, en medio de todo, infelices criaturas. Solamente pueden jugar con sus iguales, de éstos hay, en verdad, muy pocos.
Por eso, la pequeña princesa tenía que lanzar completamente sola su pelota de oro al aire y volverla a coger de nuevo, cuando salía a jugar en el jardín del palacio. Pero esto le aburría.
Un día, desde el otro lado del muro llegó hasta ella el rumor de alegres risas. La princesita escuchó, y luego miró hacia la camarera que la vigilaba. Ésta se hallaba sentada en un banquillo; pero era evidente que estaba a punto de dormirse, pues el tiempo era bochornoso: tan pronto llovía como hacía un calor sofocante. En este momento se cerraron los ojos de la doncella. La pequeña princesa conocía la puertecilla que había en el muro. Pero sabía también que un soldado la guardaba constantemente.
Pero, ¡oh suerte! También el soldado se había dormido un poco en su garita, a causa del bochorno. Así pudo deslizarse la princesita como un ratoncillo, sin ser vista. Con curiosidad miró calle arriba, calle abajo. Un niño y una niña estaban sentados en el bordillo de la acera, entretenidos en hacer correr barquitos de papel en un arroyo de la calle. Con las puntas de los pies descalzos o con bastoncitos de caña, desviaban los barquitos que querían deslizarse en la alcantarilla. Sin embargo, si esto sucedía, reían fuertemente los dos muchachos, y él hacía entonces un nuevo barquito. Nunca había visto la princesa un juego tan agradable y entretenido como aquél.
- ¿Puedo jugar con vosotros? - les rogó la princesita.
- Por mí... - dijo el muchacho.
- Sí, con mucho gusto - dijo la muchacha.
Entonces abrazó la princesa a la muchacha y se sentó junto a ella en el bordillo de la acera. Parecía que ahora empezaba para ella una nueva vida, y esta maravilla duró casi media hora. Hasta que de pronto se oyó gritar detrás del muro:
- ¡Princesa! ¡Princesa!
Al punto se abrazaron las dos muchachas, y la princesa dijo:
- ¡Qué lástima que no pueda quedarme siempre a tu lado!
Acompañada por siete doncellas, regresó de nuevo la hija del rey a palacio, y tras ella marchaba el soldado. En el palacio se llevaban las doncellas las manos a la cabeza y gemían con desconsuelo:
- ¡Ha jugado con niños de la calle! ¡Desnudadla y arrojad todos los vestidos al fuego!...
Después la bañaron cuidadosamente. Pero cuando comenzaron a peinarle los cabellos, lanzó la primera doncella un fuerte grito.
- ¿Qué te ocurre? - preguntó la princesa, compasiva.
- ¡Terror sobre terror! - lamentó la doncella, y pidió a gritos una bandeja de oro.
Sobre ella colocó un pequeño puntito de color pardo, que se agitaba alegremente.
Luego reunió a las demás doncellas del servicio de la princesa. Todas se inclinaron sobre un diminuto animalillo, y la más vieja sentenció, llena de espanto:
- Es un piojito. Lo ha cogido de la andrajosa muchacha. ¡Al fuego con él!
Pero entonces exclamó la princesita:
- ¡No es ninguna muchacha andrajosa! Es mi amiga. Y el piojillo quiero conservarlo yo. No ha de ir al fuego.
Entonces se desmayaron las siete doncellas al oír semejantes cosas. La princesa, sin embargo, se apresuró a ir con la bandeja de oro hacia la reina:
- Reina, querida madre. ¡Quieren quitarme el piojito, el regalo de mi amiga! - exclamó.
Entonces se desmayó también la reina, y se llamó apresuradamente al rey. Este echóse a reír cuando supo de qué se trataba y dijo:
- Princesa, princesa, ¡Ese pequeño animalito muerde!
Hizo una seña a un soldado, v éste se llevó la bandeja de oro en que estaba el piojito. La princesita, entonces, comenzó a llorar amargamente, y no había manera de consolarla.
Como al tercer día aun siguiera llorando, hizo venir el rey a su orfebre, que era un hombre hábil y famoso en su oficio. El rey le ordenó que hiciera para la princesa un piojo de oro, el cual resultó en extremo maravilloso. Pero la princesita arrugó, al verle, la naricilla y dijo:
- Éste no puede andar.
Entonces ordenó el rey al orfebre que hiciera otro piojillo de oro que pudiera caminar. El orfebre se dio gran maña y, después de siete días de trabajo, pudo regalar el rey a su hija un magnífico piojillo que corría con sus seis ligeras patas. La princesita gritó de júbilo, y puso el piojillo sobre sus rizos. ¡Oh! ¡Cómo cosquilleaba! La princesita reía, y el rey exclamaba lleno de alegría:
- ¡Orfebre, tú has de hacer cien de estos piojitos para la princesa!
Así se hizo, como el rey mandaba, y nadie se sentía más feliz que la princesa. Pero sólo duró tres días esta felicidad. Al cuarto día, dejó caer la triste cabecita y se lamentó:
- Mis piojitos pueden caminar, pero no pueden morder. ¡Qué bien lo tienen los niños que viven fuera del palacio!... Sus piojillos muerden.
En su terquedad, no quiso ver ya siquiera los cien dorados animalitos que traía el orfebre. Los encerró todos en una cajita y los lanzó en amplio circulo por encima del muro del palacio.
Allí estaban jugando como siempre los dos pilletes: el niño y la niña de las barquitas de papel. La chiquilla abrió la cajita y comenzaron a huir de allí todos los piojitos de oro. Tan rápidos corrían, que cada uno de los dos muchachos sólo pudo atrapar a uno de ellos. Luego los llevaron a sus padres.
¡Cómo se asombraron éstos del hallazgo! Los dos piojitos de oro no sólo podían caminar, sino también buscarse para bailar los dos juntos. El padre, un diestro afilador de cuchillos y tijeras, se dio cuenta enseguida de que estos animalitos eran muy valiosos. Por temor de que el rey pudiera hacerlos buscar de nuevo, se trasladó con su familia a otro país. Esto le era fácil, pues vivían en un carro, y medios para poder vivir apilando cuchillos y tijeras los hay en todos partes.
En el país extranjero a que llegaron fueron admirados también grandemente los habilidosos animalitos. Tanto, que el rey de aquel país oyó hablar de ellos como de algo maravilloso. Entonces mandó llamar al afilador de tijeras y le compró por una gran suma los dorados piojitos bailadores.
¿Podéis imaginaros lo que, ante todo, se compraron los vagabundos con este dinero? Un peine muy fino. Con él peinó la madre los cabellos de sus hijos y sacó de ellos todos los piojitos. Desde entonces no tuvieron ya que rascarse más y pudieron dormir en adelante tranquilos. No podía negarse que eran la gente más feliz de este mundo.
La princesa lamentó, sin embargo, durante toda su vida que el orfebre del rey no fuera capaz de fabricar piojitos que no sólo caminaran y bailaran, sino que pudieran también morder.
Sí, sí; así son las princesas.

jueves, 6 de octubre de 2011

La salchicha que no quería ser asada "cuento suizo"

La salchicha de este cuento era una salchicha robada. El ladrón, que contaba tan sólo siete años de edad, era un pillete a carta cabal. Pero esta salchicha le enseñó quién era más listo de los dos.

El muchacho la había dejado caer suavemente en el bolsillo de sus pantalones, en casa del carnicero, mientras éste ponía media libra de carne en el cesto de una vieja y le decía a la vez una broma.


Ahora el propósito del pequeño bribón era asar la salchicha, pues se trataba de una verdadera salchicha para asar.


El muchacho se encontraba completamente solo en la casa. Con las prisas, sus familiares se habían olvidado de él. Todos estaban en el campo, porque amenazaba una tormenta, y el heno estaba todavía por recoger.


Este era, pues, el momento oportuno. ¡Encender deprisa el fuego y echar manteca en la sartén! Ya chisporroteaba la lumbre. Pero la salchicha decidió no dejarse asar por un vulgar picaruelo. Así, mientras el muchacho se inclinaba para echar leña en el fuego, ella se deslizó, con la misma suavidad, del bolsillo, y fue rodando hasta debajo del hogar. Ahora yacía junto a la pared, en el último rincón, donde reinaba una completa oscuridad.


Pero, como decimos, la manteca chisporroteaba ya, y el pequeño se metió rápido la mano en el bolsillo para sacar la salchicha. ¡Qué espanto! Se agachó y miró a derecha e izquierda, hacia detrás y hacia delante, y se volvió a uno y otro lado. ¡No estaba! la salchicha permanecía quietecita en su rincón, como un ratoncito asustado.

En este momento brilló un relámpago, y el trueno traqueteo por encima de la casa, haciendo temblar de arriba abajo las paredes. El chiquillo, sumamente asustado, se tapó los ojos con ambas manos. Entonces se oyó un silbido en el hogar.
- ¡Jesús! - gritó el muchacho.
La manteca caliente ardía con rojas llamaradas sobre la sartén.
- ¡Fuego! ¡Fuego! - gritó por la ventana de la cocina.
Una vecina, al oír los gritos, dejó caer lo que tenía en las manos. Acudió corriendo en su ayuda, y pudo, por fortuna, apagar todavía el fuego.
- Y ahora, vamos a ver, muchacho, ¿qué es lo que querías hacer? - preguntó.
El pequeño picaruelo negó lo azul del cielo, dando todo género de explicaciones y excusas, y la vecina le hubiera creído seguramente todo lo que decía, si no se hubiese presentado de pronto la madre. Ahora no era ya posible seguir disimulando. la sartén quemada hablaba demasiado claramente, a la madre, y la merma en la manteca tenía también lo suyo que decir.

Pero la verdad de lo ocurrido la sabía única y exclusivamente la salchicha, que no podía hablar, porque no disponía de lengua; de modo que yacía en la oscuridad sin poderse mover. Pero, a pesar de ello, supo cómo salir del apuro. Comenzó a despedir sus apetitosos aromas, hasta que el perrito se dio cuenta de ella. El perrito olisqueó, inquieto en torno al hogar. Al fin, se deslizó debajo de él y salió con la salchicha en la boca.

- ¡Ah, bribón! - exclamó la madre, dando un palmetazo a su hijo.


El pequeño bribonzuelo se volvió colorado hasta las orejas viéndose descubierto, y, mientras el perrito se comía tranquilamente la salchicha cruda, tuvo él que correr a casa del carnicero y pagarle de sus ahorros, pues en estas cosas no admitía bromas la madre.

lunes, 25 de abril de 2011

La infantita que fue convertida en almendro "cuento español"

Éranse un rey y una reina que, después de solicitarlo mucho al cielo, tuvieron una hija, a la que decidieron poner de nombre Margalida. Al bautizo fueron invitadas todas las hadas del país, menos una, llamada Isaura, de la que no tenían la menor noticia.
Todas las hadas invitadas colmaron a la infantita de preciosos dones: una le deseó belleza, otra salud, otra bondad, otra sabiduría, otra alegría.
Pero, Isaura, furiosa por no haber sido invitada al bautizo, entró en la alcoba de la princesita y pronunció un voto funesto:
Dijo con voz ronca:
- Cuando llegues a la edad de casarte, Margalida, te convertirás en almendro.
El hada madrina, la bondadosa Mafalda, se acercó a la cuna en que dormía inocentemente su ahijada la infantita. Y como no podía destruir por completo el maleficio de la despechada Isaura, quiso neutralizarlo con un voto supremo y dijo:
- Sí, te convertirás en árbol al llegar a la edad de casarte, ahijada mía pero recuperarás la forma en cuanto encuentres novio...
Pasaron quince años.
La infantita salió una tarde a cazar mariposas al jardín y... no volvió a palacio.
Se había convertido en almendro.
Sus padres, aunque consternados no se desesperaron. Habíase cumplido el vaticinio de Isaura, el hada mala. También se realizaría el de Mafalda, el hada buena.
Una mañana de primavera pasaba un pastor por debajo de un almendro en flor y oyó decir al árbol:
- Pastorcito, pastorcito... Soy la princesa Margalida... ¿Quieres ser mi esposo?
Alzó el pastorcillo la vista y vio surgir, entre las rosadas flores del almendro, la rubia cabecita de la infantita. Asustado, echó a correr.
A mediodía pasó por el mismo lugar un escudero y oyó que el almendro le decía:
- Escudero, escudero... Soy la princesa Margalida... ¿Quieres ser mi esposo?
Levantó la cabeza el escudero y vio el hermoso rostro y las doradas trenzas de la infantita.
- Sí, quiero, mi princesa; pero antes he de obtener la venia de mis padres.
Por la tarde pasó un caballero bajo el almendro en flor.
El almendro le dijo:
- Caballero, caballero... Soy la princesa Margalida... ¿Quieres ser mi esposo?
Alzó la mirada el caballero y, descubriendo la cabecita de la infantita entre las rosadas flores del árbol, respondió:
- Sí, quiero; pero antes he de verte en forma humana... No permito a nadie que me engañe...
Y se alejó lentamente, volviendo de vez en cuando la cabeza.
Por la noche pasó por debajo del almendro un príncipe azul y oyó decir al árbol:
- Príncipe, príncipe... Soy la princesa Margalida... ¿Quieres ser mi esposo?
Levantó el príncipe los ojos hacia el árbol y no bien hubo descubierto la cabecita angelical de la infantita, cayó rodillas y exclamó:
- Sí, quiero.
La infantita salió entonces del tronco del árbol, vestida con una túnica blanca cubierta de estrellas y la cabeza coronada de flores de almendro.
Cuando se dirigía a palacio, acompañada de su novio, el príncipe azul, encontró en su camino al pastorcito, al escudero y al caballero.
Los tres volvían a buscarla.
Al pastorcito le dijo, sonriendo:
- Ya es tarde, mi buen pastorcito.
Al escudero, muy seria:
- No has llegado a tiempo; vuélvete.
Y al caballero no le dijo nada, sino que volvió la cabeza al otro lado, como si hubiese visto un basilisco.

martes, 19 de abril de 2011

La dama del lago "cuento español"

Había una vez una viuda que, habiendo perdido a su esposo en la guerra, vivía en unión de su único hijo. Ambos eran tan trabajadores que, en pocos años, se habían asegurado una existencia holgada, sin que nada les faltase.
Tenían una casita con un huerto, y el establo lleno de animales. La madre cuidaba la casa, y el hijo tenía a su cargo el cuidado de los animales, los que llevaba a pastar al prado que se hallaba en las cercanías de un lago.
Un día, el joven, sentado junto a la orilla, contemplaba las transparentes aguas del lago, cuando descubrió de repente una muchacha que se paseaba sobre la superficie de las aguas.
Era más bella que un rayo de sol; una espléndida cascada de dorados cabellos caía sobre su espalda de alabastro y sus ojos de turquesa contemplaban la superficie del lago, donde se reflejaba, como en un espejo, su extraordinaria belleza.
El joven, que estaba comiendo un trozo de pan y queso, quedó como en éxtasis, creyendo que soñaba.
De pronto, la hermosa muchacha pareció verle, y se aproximó lentamente a la orilla.
El hijo de la viuda le ofreció el trozo de pan que tenía en su mano derecha.
Ella lo rechazó, diciendo.
- Mano dura, pan duro, no procuran sino angustias y miserias.
Sin añadir más, zambullóse en el agua y desapareció.
El joven quedó largo rato en la orilla, escrutando las aguas, esperando ver aparecer de nuevo a la encantadora muchacha, cuya armoniosa voz le pareció estar oyendo aún. Mas aguardó en vano y, al caer la tarde, volvióse a su casa tras de sus vacas.
Cenó tan poco y estuvo tan absorto en sus pensamientos que su madre no pudo por menos que preguntarle si se sentía enfermo.
Él le contó cuanto había visto, añadiendo que jamás podría olvidar a aquella hermosa muchacha que había aparecido en la superficie de las aguas del lago.
La madre quedó pensativa unos instantes; luego, dijo a su hijo:
- No ha aceptado tu pan porque era demasiado duro. Mañana te llevarás pan tierno y no lo rehusará.
- Tienes razón, madre. Así lo haré.
Durante toda aquella noche no pudo conciliar el sueño, pensando en la joven de los cabellos de oro, de la que se había enamorado perdidamente.
Y, no hubo bien amanecido, tomó prestamente el camino del lago, llevando en su morral un trozo de pan blanco, recién salido del horno.
Sentado junto a la orilla, con el corazón palpitante de emoción, aguardó la aparición de la encantadora criatura.
Mas pasó el tiempo y la superficie del lago permaneció desierta y silenciosa. De repente, levantóse un poco de viento que hizo encresparse las aguas, al tiempo que una nube blanca ocultaba el sol.
- ¡Tal vez no viene porque hace mal tiempo! - pensó el joven, con tristeza.
En efecto, transcurrieron muchas horas sin que la fascinadora muchacha de los cabellos de oro se dejara ver. Finalmente, las nubes se desvanecieron y el sol volvió a lucir victorioso, reflejándose en la superficie del lago.
Advirtiendo que algunas de sus vacas se habían acercado a abrevar a la orilla, corrió hacia ellas, por temor de que cayeran al agua. Pero no había avanzado sino unos cuantos pasos, cuando la extraordinaria aparición se alzó ante él, envolviéndole en una mirada fascinadora.
El joven quedó, como encantado unos segundos; mas, rehaciéndose al fin, dijo:
- Toma, éste no es duro como el de ayer. Acéptalo, porque te quiero y desearía hacerte mi esposa.
Ella no respondió, pero no dejó de mirarle con sus ojos color de cielo.
Entonces el joven se arrodilló, prosiguiendo con voz trémula:
- Si consientes en ser mi esposa, te haré feliz y no viviré más que para ti.
Respondió la joven:
- No. Pan tierno y corazón sensible, dan a menudo grandes dolores.
Y, como el día anterior, desapareció en las aguas del lago.
El hijo de la viuda había observado que, mientras hablaba la encantadora muchacha de cabellos de oro sonreía y sus ojos relucían maravillosamente. Esto le hizo abrigar alguna esperanza y, cuando llegó a su casita, estaba menos triste que la noche anterior.
Su madre quiso saber lo que le había sucedido y, cuando el joven hubo terminado su relato, dijo:
- El pan de ayer era demasiado duro y el de hoy demasiado blando. Es menester que le ofrezcas un trozo de pan que no esté demasiado seco ni demasiado fresco.
Y preparó en la artesa el pan que su hijo debía llevar el día siguiente.
Extendíase el lago al pie de la verde montaña y refulgía el sol en el firmamento azul, rodeado de nubes blancas como la nieve.
Sentado junto a la orilla, el hijo de la viuda no apartaba su mirada de la superficie del lago.
Más cuando llegó la hora de ponerse el sol sin que la fascinadora muchacha de los cabellos de oro y ojos color de cielo hubiera aparecido, el pobre joven sintió que una gran amargura invadía su corazón.
Había de volver a su casita, triste y desilusionado.
Ya llamaba a su rebaño para alejarse de allí, cuando, al dirigir una última mirada al lago, vio algo que le llenó de estupor: las vacas, paseaban tranquilamente por la superficie de las aguas y la joven de los cabellos de oro y ojos de color de cielo le contemplaba, sonriendo.
Al ver al pastor le salió al encuentro y saltó a la orilla, tendiéndole una mano.
Preso de una felicidad indescriptible, él le ofreció el pan amasado por su madre. La muchacha lo aceptó, mientras en su rostro se reflejaba una expresión de ternura.
Sentados uno junto al otro, el pastor tomó en las suyas una de las delicadas manecitas de la muchacha, diciendo:
- Te quiero. ¿Me harás dichoso, siendo mi esposa?
- ¡Imposible! - respondió ella.
- ¿Por qué? ¿Quieres que me muera de pena?
- No puedo aceptar, porque tú eres un ser mortal, mientras que yo pertenezca al reino de las hadas.
- No importa. No, es por cierto, la primera vez que un mortal se casa con un hada.
La muchacha dudó unos momentos y luego contestó:
- Bien, estoy dispuesta a ser tu esposa; pero con una condición.
- Habla amor mío. Por ti, estoy dispuesto a todo.
- Me casaré contigo; mas si me pegas tres veces sin motivo, nos separaremos.
- ¿Yo pegarte? - exclamó el pastor, enajenado de felicidad. - Mis manos no se posarán en ti más que para prodigarte caricias.
No bien hubo él terminado de decir esto, cuando la encantadora joven dio un salto poderoso y se sumergió en las aguas, desapareciendo en el fondo del lago.
La desesperación del pastor no es para ser descrita.
Y como en verdad no podía vivir sin aquella hermosa muchacha, se habría echado al agua tras ella, de no haberle contenido el pensamiento de que su madre se quedaría sola en el mundo.
Ya iba a alejarse de allí lleno de tristeza, cuando vio dos jovencitas que le salían al encuentro, acompañadas de un anciano que llevaba los cabellos extendidos sobre los hombros.
- Hijo de los hombres - dijo al pastor - Soy el padre de la muchacha con quien quieres casarte. Estas son mis dos hijas, y si puedes decirme a cuál de ellas has elegido, consentiré en tu casamiento.
El pastor contempló a aquellas dos encantadoras muchachas y quedó perplejo.
Eran idénticas, como dos gotas de agua.
Si no acertaba a indicar cual de ellas era la que había visto sobre las aguas, ninguna de las dos sería su esposa.
Y quedó mirándolas con fijeza, profundamente sorprendido, mientras el viejo aguardaba su respuesta.
Ya estaba a punto de desesperarse, cuando una de las jóvenes sacó un diminuto pie por debajo del vestido.
El pastor comprendió el significado de aquella seña y, acercándose a la muchacha, le cogió, de la mano, profundamente emocionado.
Dijo el anciano:
- Muy bien. Te confío la felicidad de mi hija.
- Aseguro a usted que la haré dichosa - dijo el pastor.
- Poco a poco, jovencito. Hemos de hablar de cosas prácticas. Mi hija tiene una dote.
- No quiero nada - replicó, el pastor. - Mi madre tiene una casa, un huerto y mucho ganado. Como soy su único heredero, puedo asegurarle que su hija será rica.
- Pero yo no puedo casarla sin darle su dote - insistió el anciano.
- Es usted muy generoso, pero yo estoy dispuesto a casarme con ella, aun sin dote, porque la amo.
- No importa. Recuerda, sin embargo, que si le pegas por tres veces sin motivo, el matrimonio quedará anulado y mi hija volverá conmigo.
Dicho esto, se volvió a la muchacha y le preguntó qué quería como dote.
Ella pidió cinco caballos, diez vacas y tres bueyes.
Apenas hubo terminado de manifestar sus deseos, los animales aparecieron como por arte de magia, relinchando y mugiendo alegremente.
El viejo bendijo a los dos jóvenes y desapareció en el lago con su otra hija.
El pastor ofreció su brazo a la joven esposa y se dirigió a su casa, seguido de los animales.
La madre los acogió muy contenta y, pocos días más tarde, se celebró la boda.
Los recién casados se habían establecido en una casita cercana a la de la viuda y vivían contentos y tranquilos, en unión de tres niñas que completaban su felicidad.
Un día recibieron la invitación de asistir a un bautizo, pero la joven esposa no se encontraba en disposición de ponerse en camino.
- Iremos a caballo - propuso el marido.
- Prefiero quedarme en casa.
- No, querida, no quiero dejarte sola. Ve a preparar tu caballo, mientras yo preparo el mío.
Y se fue a la cuadra para ponerse la silla a su cabalgadura.
Mas, cuando volvió y notó que su mujer no se había movido, apoderóse de él tal rabia que le dio un ligero golpe con la mano, exclamando:
- ¿Por qué no has hecho lo que te he dicho?
Por toda respuesta, ella rompió a llorar, gimiendo:
- ¡Ah, malo, malo! ¡Me has pegado sin ningún motivo! ¡Acuérdate del trato hecho y no me pegues más, pues te quedarás sin mí!
- Lo he hecho en broma - respondió el marido, mesándose los cabellos con desesperación.
Y se arrodilló ante su adorada esposa, prometiéndole que no lo haría más.
Al cabo de algún tiempo, el incidente fue olvidado.
Un día fueron invitados a una boda y asistieron, participando de la alegría de los convidados. Pero, en cierto momento, sin ningún motivo, la esposa del pastor rompió de pronto en amargo llanto.
- ¿Por qué lloras? - le preguntó su esposo afectuosamente, dándole un ligero golpe en la mejilla. - ¿Estás enferma?
- ¡Ah! - gimió ella, retorciéndose las manos y llorando aún más amargamente. - ¡Me has pegado por segunda vez, sin motivo alguno!
Preso de loca desesperación, el marido vio que había olvidado que, según la ley de las hadas, el golpe más leve equivalía a una paliza.
También este segundo incidente quedó olvidado pronto, y los dos esposos continuaron gozando de su felicidad, rodeados de sus tres hijas, que crecían sanos y robustos.
De cuando en cuando, la esposa recordaba al marido el pacto hecho antes de casarse; si le pegaba por tercera vez, su felicidad quedaría truncada para siempre.
Mas, un mal día, el pastor olvidó su promesa.
Habían ido a unos funerales, y, mientras los parientes y amigos del difunto lloraban su muerte, la mujer del pastor prorrumpió de pronto en una carcajada.
Sorprendido, su marido le dio un golpe en el brazo, diciéndole:
- ¿Estás loca? ¿Qué haces?
- Río porque los muertos están más contentos que los vivos, porque están libres de toda angustia y dolor.
Y, dirigiendo una triste mirada a su marido, añadió:
- Ahora nuestro matrimonio se ha roto. Me has pegado por tercera vez y tenemos que separamos para siempre.
Sin escuchar las súplicas del pastor, la mujer volvió a la casita donde habían vivido felices tantos años.
Y dijo a los animales:
- ¡Volved a la corte de vuestro rey!
Los animales abandonaron la cuadra y, con la esposa del pastor, se dirigieron al lago, en cuyas aguas desaparecieron inmediatamente.
Después de haberlos seguido en vano, el desgraciado pastor volvió a su casita, y, pocos días después, murió de tristeza.
Las tres hijas continuaron durante muchos años yendo a la orilla del lago, con la esperanza de volver a ver a su mamá, pero la hermosa dama de cabellos de oro y ojos color de cielo no apareció nunca más en las aguas.
Quizá, en las claras, noches de luna, un débil y triste lamento se eleva de las tranquilas aguas, como el llanto de una madre que invoca en vano a sus queridos hijos, perdidos para siempre jamás.