martes, 15 de mayo de 2012

Los siete Infantes de Lara "leyenda"

¡Qué gran día para los castellanos aquel en que se ganó Calatrava la Vieja! Y ¡qué bien peleó en aquella ocasión Ruy Velázquez, el noble caballero! Siempre dando las heridas primeras, siempre adelantado en la haz. Y con trescientos hombres que llevaba mató a más de cinco mil moros. ¡Ojalá hubiera muerto aquel día! Su nombre hubiera pasado limpio y glorioso al recuerdo de los castellanos y no sería maldecido; su cuerpo yacería bajo rico enterramiento y no bajo carretadas de piedras arrojadas por los caminantes. Y no hubiera tramado gran traición contra sus sobrinos los siete Infantes de Lara. Ésta es la dolorosa historia.
Como recompensa por el triunfo de Calatrava, el Rey dio a Ruy Velázquez en matrimonio a doña Lambra, hermosísima mujer. Celebráronse las bodas en Burgos y las tornabodas en Salas, de donde eran los siete Infantes, también llamados de Lara. Grandes fiestas se hacían, alegres en grado sumo. A ellas llegaron los siete Infantes, que fueron recibidos con muestras de cariño por su madre doña Sancha, mujer de Gonzalo Gustioz y hermana de Ruy Velázquez. Uno a uno fueron abrazados y besados tiernamente, sobre todo Gonzalico, de ellos el preferido. Los siete Infantes eran de noble apostura y bravo corazón; la más pura concordia, el cariño más acendrado entre ellos reinaba y cada uno estaba presto a dar la vida, si necesario fuera, por los demás; nunca existió ni la más pequeña diferencia. «Hijos, les dijo la madre, id a descansad a vuestra posada de la calle Cantarranas, y no salgáis, que las plazas están llenas de gente, y por fútiles motivos se originan trifulcas peligrosas.» Y ellos así lo hicieron.
En tanto, había pasado la hora de la comida, y todos los caballeros que habían venido a las fiestas de tornabodas salieron a la plaza a correr bohordos y a tirar tablados, pero ninguno bohordaba bien: un caballero cordobés salió al campo y tiró una vara con fuerza y gallardía, entre el aplauso de la concurrencia. Y volviéndose al grupo de nobles damas que presidía doña Lambra, gritó:
«¡Amad, señoras, amad, que más vale un caballero de Córdoba la llana que veinte ni treinta de los que son tan nombrados en esta tierra». Y doña Lambra, llena de entusiasmo, exclamó: «¡Maldita sea la dama que su cuerpo te niegue. Y si yo fuera libre, tuyo sería mi favor!». Pero doña Sancha, que estaba presente, enrojeció de vergüenza y le hizo ver que esas palabras no estaban bien en labios de una mujer recién dada en matrimonio a Ruy Velázquez. Doña Lambra, echando atrás su hermosa cabeza, miró a la madre de los siete Infantes y le escupió estas palabras: «Callad, doña Sancha, que vos como puerca en ciénaga paristeis siete hijos». Y un viejo servidor que allí se hallaba, lleno de dolor y de indignación, fue a la posada en donde estaban los Infantes.
Venía este buen hombre cabizbajo por la calle. Gonzalo, que estaba asomado al barandal, le dijo: «¡Eh!, ¿qué os pasa, ayo?; ¿por qué esa cara de pesar?». Y el ayo, que tal era, le dijo «Vengo lleno de dolor por algo que he oído que ofende a vuestra sangre» Y entrando en la casa, quiso retirarse sin decir más, temiendo que los Infantes quisieran vengar el insulto hecho a su madre; pero obligado por ellos, tuvo que relatar lo sucedido. Gonzalo, saliendo como una exhalación, cogió su caballo, entró en la plaza y tomando una vara, la lanzó con tanta fuerza, que el tablado cayó estruendosamente, y volviéndose a donde estaban las damas, les gritó insultándolas: «Amad, puercas, amad, que un caballero de mi sangre vale más que cuarenta de Córdoba». Dona Lambra, llena de ira, se retiró, y fuése al palacio de Ruy Velázquez, gritando: «¡Venganza, venganza!» Ruy Velázquez, viéndola así, le preguntó qué había sucedido, y ella contestó: «Vuestros sobrinos, los siete Infantes de Lara, me han insultado y amenazado injuriosamente, diciéndome que me cortarían las faldas por vergonzoso lugar.» Ruy Velázquez salió y fue a la plaza, en donde se había trabado una gran pelea: Gonzalo había matado a Álvar Sánchez, primo de doña Lambra, y contra aquél se lanzó Ruy, hiriéndole y queriéndolo rematar, sin conseguirlo, por la intervención de los hermanos, que habían acudido prestamente a la plaza. Y de esta manera comenzó la lucha entre los de Lara y los caballeros de doña Lambra.
Durante algún tiempo la enemistad persistió, traduciéndose en continuas reyertas. Al fin intervinieron el Rey y Gonzalo Gustioz, estableciéndose la paz. Se decidió que para probar la buena voluntad de los hasta entonces enemigos, los siete Infantes escoltasen a doña Lambra a Barbadillo, que era heredad suya. Llegados allí, el rencor de la vengativa dama renació y ordenó a un criado que arrojase un cohombro lleno de sangre a Gonzalo. Éste, al verse agraviado tan sin razón, quiso matar al sirviente, siendo ayudado por sus hermanos. Pero el sirviente huyó a donde estaba su señora, la cual lo amparó, protegiéndolo bajo su falda, lo cual era signo de inviolabilidad. Pero los Infantes no hicieron caso de ello y allí mismo dieron muerte a quien de tan mala manera había insultado a uno de ellos. Doña Lambra fue de nuevo a pedir venganza a Ruy Velázquez, diciéndole que si no se la concedía, iría a pedírsela a Almanzor. Ruy Velázquez, entonces, tramó una gran venganza contra su cuñado y sus sobrinos.
Fue a visitar a Gonzalo Gustioz, y saludándole, con grandes muestras de afecto, le dijo: «Venturosamente ya pasaron los tiempos en que nuestras gentes eran enemigas. Quiero mostrarte mi buena voluntad encargándote de una importante embajada. Conviene conocer la opinión de Almanzor en ciertos asuntos de frontera. Yo os pido que llevéis cartas mías al gran guerrero, que sin duda os recibirá y honrará como a quien sois». Gonzalo Gustioz aceptó de buen grado y tomó la carta que, escrita en árabe, le entregaba Ruy Velázquez. «Mañana, al alborear, saldré», dijo. Y, en efecto, al día siguiente, después de haberse despedido de sus hijos, se puso en camino hacia la frontera.
Llegó a Córdoba, se dio a conocer como emisario a los guardias de las murallas y fue conducido a palacio. Allí Almanzor lo recibió con muchos honores, y habiéndole preguntado cuál era su embajada, Gonzalo Gustioz le entregó la carta. El semblante del caudillo moro se ensombreció: «¡Ah Gonzalo Gustioz!: mal haya la hora en que trajisteis esta carta. En ella me pide Ruy Velázquez que os dé muerte». Gonzalo se estremeció, comprendiendo que había sido traicionado, y así lo hizo ver a Almanzor. Mas éste, que era de natural caballeresco, no quiso prestarse a tan infame treta, y le dijo al cristiano: «No haré lo que se me pide, mas sí he de retenerte aquí. No te duelas de esto, que estarás bien tratado». Y le dio como sirvienta a una hermana suya, una bella mora.
En la misma carta decía Ruy Velázquez que, además de entregarle a Gonzalo Gustioz, haría que los Infantes fuesen a la frontera con poca gente para que pudiesen ser muertos por los moros, sin peligro ni riesgo para éstos. En efecto, un día pidió a los Infantes que le acompañasen en una pequeña algarada que iba a hacer contra tierras de moros. Los Infantes aceptaron y se despidieron de su madre, quien en vano trató de retenerlos. Iban acompañados del viejo ayo Nuño Salido. Por el camino tuvieron varios agüeros, y el ayo, interpretándolos como de mal presagio, quiso que se volviesen a Salas, mas los jóvenes se burlaron cariñosamente de él. Llegados por las sierras de Altamira, cerca del valle de Arabiana, Ruy Velázquez les dijo: «Es hora de mostrar vuestro valor. Corred ese campo de moros, y si necesitáis ayuda, yo os la prestaré». Soltaron las riendas y se internaron en el valle, creyendo que todo iría bien. Mas de pronto vieron salir de los desfiladeros gran cantidad de enemigos que los rodearon y se lanzaron contra ellos. Los infantes no se amedrentaron por ello; empuñaron sus lanzas, y a los primeros moros que llegaron les hicieron pagar cara su osadía. ¡Dios, qué bien peleaban! Sus brazos estaban empapados en sangre enemiga. Al fin saltaron sus lanzas, rotas, y empuñaron las fuertes espadas. Durante varias horas continuó la pelea; el moro Alicante, que era quien capitaneaba a la gente de Almanzor, estaba admirado de ver el valor de aquellos jóvenes cristianos, y dando treguas, les hizo pasar a las tiendas que había dispuesto, confortándolos con vino y alimentos. Nuño Salido se dolía de la traición, dirigiéndoles tiernas palabras. Alicante estaba presto al perdón cuando Ruy Velázquez, llegando de improviso, lo llamó aparte y le dijo: «¡Mal cumplís las órdenes de vuestro señor! Esta blandura sin duda engendrará la ira de Almanzor, que os hará pagar cara vuestra transigencia». Y Alicante, temeroso de merecer un duro castigo, ordenó que se reanudase la pelea. De nuevo la lucha tomó gran fuerza, los siete Infantes y Nuño Salido peleaban bien, pero al fin fueron cayendo uno tras otro en presencia de Ruy Velázquez, que desde un alcor próximo presenciaba el cumplimiento de su venganza.
El moro Alicante cogió las cabezas de los siete Infantes y la de Nuño Salido y partió hacia Córdoba; era víspera de San Cebrián. Llegó a la ciudad mora, entró en palacio y presentó su trofeo a Almanzor. Éste puso las cabezas en un tablado y mandó llamar a Gonzalo Gustioz. Llegó el cautivo, y Almanzor le dijo: «Aquí tienes ocho cabezas de gente noble. Prueba a ver si las reconoces».
Gonzalo las limpió, y cogiendo una estalló, al mirarla, en sollozos: «¡Ay triste de mí, que sí las conozco! ¡Nunca fue hombre tan desdichado!».
Y dirigiéndose a ellas comenzó a hablarles con la voz que le temblaba de lágrimas, como las hojas del chopo tiemblan con la lluvia de abril: «Dios os salve, Nuño Salido, buen compadre. ¿Qué hicisteis con los hijos que os encomendé? Mas perdonad, que bien veo que habéis cumplido con vuestro deber». Tomó la cabeza del heredero y le dijo: «¡Oh hijo Diego González, aquí paró vuestra gallardía, vuestro porte de alférez del conde Garci Fernández! Mis tierras quedaron sin nadie que las heredara». Y así fue hablando con todas las cabezas, elogiando a cada hijo sus cualidades:
a Martín, su destreza en las tabas y su buena conversación; a don Suero, lo estimado que era de todos; a Fernán, su maestría en la caza; a Ruy y a Gustioz, su valor en la guerra; y sobre todo, lloró acariciando y besando la del menor, la de Gonzalillo, que era el preferido de su madre. Y de este llanto tuvo tan gran angustia, que cayó como muerto en tierra. Todos los presentes hubieron gran lástima de él. Y Almanzor ordenó que fuera conducido a los aposentos que le habían sido destinados, en donde la hermana del caudillo atendió con todo cariño al desdichado castellano.
En esa hermosa mora encontró gran consuelo Gonzalo Gustioz. Y pasando el tiempo, hubo amores entre ellos. Cuando ella tenía en el vientre el fruto de esos amores, Almanzor determinó dar libertad a Gonzalo, el cual, antes de partir de Córdoba, le entregó a su amada un anillo partido por la mitad, diciéndole que si era varón el hijo que tuviera, que cuando llegase a su edad moza, lo enviase a la cristiandad para que vengase a sus hermanos.
Pasó el tiempo, y el hijo de Gonzalo Gustioz y de la hermana de Almanzor fue creciendo, hasta hacerse un gallardo mancebo. Se había criado en palacio y nadie le había hablado de su origen. Mas un día, jugando al ajedrez con un príncipe moro, tuvo una disputa con él, y éste lo insultó llamándole hijo de nadie. Mudarra, que así era el nombre del bastardo, mató al que lo había insultado y fue a preguntar a su madre la verdad sobre su origen. La mora se lo contó todo, le entregó el anillo partido y le dijo que era llegado el tiempo en que había de marchar a la cristiandad para vengar a su padre y hermanos.
Mudarra partió, despidiéndose de Almanzor, el cual le tenía gran cariño, y marchó a Burgos. Allí buscó a su padre, se dio a conocer con el anillo y le pidió que le guiase al sitio en donde podría encontrar a Ruy Velázquez. Gran alegría recibió el buen viejo Gonzalo Gustioz al ver que al fin eran vengadas tantas traiciones e injurias, y bendijo a Mudarrillo. Éste se puso en camino, persiguiendo a Ruy Velázquez, que al saber su llegada había huido.
Al fin una tarde encontró Mudarra a un caballero reposando debajo de una haya. Le saludó preguntándole su nombre, y al reconocerlo como Ruy Velázquez, le dio muerte sin que el traidor pudiera defenderse. Su cuerpo quedó allí sin sepultura, cubierto de piedras que los castellanos echaron sobre él; y desde entonces todos los que pasaban por aquella pedrera, en vez de rezar un padrenuestro, echaban otra piedra maldiciendo el ánima del traidor.
Doña Lambra fue más tarde presa y quemada viva. Y así se cumplió la venganza por la traición de que fueron objeto los siete Infantes de Lara

sábado, 12 de mayo de 2012

Garci Fernández y la condesa traidora "leyenda"

Era el conde de Castilla Garci Fernández uno de los más apuestos y gallardos varones que nunca se vieran. Hijo de Fernán González, unía al valor heredado de su padre una hermosa prestancia; eran bellas, sobre todo, sus manos, tan blancas y suaves que enamoraban a todas las mujeres que las contemplaban. Y el buen Conde, temeroso de ello, cada vez que tenía que hablar con mujer, hermana o hija de amigo o vasallo, cuidaba mucho de llevar enguantadas sus manos.
Por aquel tiempo las tierras y caminos de Castilla eran paso obligado de muchas peregrinaciones que se dirigían a Santiago. De todas las naciones del mundo llegaban hombres y mujeres, nobles y siervos. En una de esas piadosas expediciones llegó un Conde francés acompañado de su hija. Recibió hospedaje en el palacio de Garci Fernández, que desde el primer momento se sintió prendado de la belleza de la hija del francés. Ella, de nombre Argentina, también se sintió seducida por la gallardía de su huésped y por la radiante blancura de sus manos. Y así, con anuencia de su padre, aceptó el casamiento que Garci Fernández le propuso, celebrándose los esponsales con gran animación y alegría.
Pasaron algunos años y la unión de Garci Fernández y Argentina fue estéril. El Conde estaba siempre agobiado por la lucha dura contra los musulmanes, y Argentina poco a poco iba dejando enfriar aquel amor que la hiciera cambiar de patria y morada. Se cumplían ya seis años de su matrimonio y ella suspiraba sintiéndose poco feliz. Un día, por el mismo camino que ella viniera, llegó un Conde francés, lo cual llenó de gran alegría a la Condesa, que dispuso un rico alojamiento para su compatriota. Largas conversaciones tuvo con él, y el francés, que era viudo, logró con mañosas palabras seducir a la Condesa. Garci Fernández por aquellos días yacía en el lecho, preso de pertinaz dolencia, y no advirtió la traición de que era objeto. Y ésta se consumó con la huida de la traidora Condesa y del francés. Cuando Garci Fernández lo supo, ya los desleales estaban lejos y era imposible alcanzarlos.
Gran dolor tuvo Garci Fernández ante tan cruel alevosía. Y en cuanto curó, determinó realizar una peregrinación a Francia, a Santa María de Rocamador. Encargó el gobierno de Castilla a dos jueces, Gil Pérez de Barbadillo y Ferrant Pérez, y él, tomando para su compañía tan sólo a un fiel criado, partió.
Llegó después de muchas jornadas al condado de aquel francés que pérfidamente le robara a su esposa; Garci Fernández y su criado habían tomado hábitos modestísimos y se fingían peregrinos mendicantes; de esta manera pudieron hablar con las gentes de aquel condado y oyeron contar que el traidor había tenido de su primer matrimonio una hermosa hija, a la que tanto él como su madrastra, la condesa Argentina, daban de continuo un trato cruel. Ninguna alegría tenía la hermosa muchacha y sufría día tras día molestias, persecuciones e insultos. Sólo le era fiel una vieja criada a la cual hablaba de su triste estado y de cómo suspiraba porque algún caballero la librase de su esclavitud y la llevara consigo, lejos de aquellos parajes, de tan mala vida para ella.
El conde Garci Fernández y su criado, mientras tanto, iban todos los días al castillo para comer de las sobras que allí se repartían a los mendigos. La criada de la hija del Conde francés, una vez que asistía al reparto de las sobras, notó la distinción que, a pesar del harapiento disfraz, emanaba de la persona de Garci Fernández; mientras éste tenía la escudilla entre sus manos, vio la criada cómo brillaban de blancura, contrastando con el barro de la tosca vasija. Pensó que quien poseía tales manos no podía ser sino un noble caballero, enmascarado de tal suerte. Lo llamó aparte, como si fuera a darle más comida, y con habilidad fue preguntándole por su patria y procedencia, hasta que, ganando la confianza del supuesto peregrino, supo de sus labios toda su lastimera historia. Y quedó admirada al saber que aquel a quien ella había creído de noble cuna, lo era, y aún mucho más que el señor de su tierra.
La fiel sirviente, pensando que había encontrado al hombre que pudiera librar a su señora de la cruel vida que recibía, condujo a Garci Fernández por un pasaje reservado hasta la cámara de doña Sancha, que así se llamaba la hija del Conde francés. El castellano, echándose de rodillas ante la muchacha, le declaró todo lo que le había ocurrido y de qué manera había sido burlado y afrentado. «No la vida, sino el honor es lo que es valioso para mí, - le dijo. - Y no puedo volver a Castilla y presentarme ante mis súbditos si no es después de haber cumplido mi venganza». Doña Sancha vio abierto el camino de su liberación y el medio de que terminase su triste estado. Aquella misma noche se dio como esposa al conde Garci Fernández; lo ocultó en su cámara y le indicó el camino a la de su padre y madrastra. El castellano, cuando todos descansaban en el palacio, se deslizó ocultamente, y entrando en la alcoba de los traidores, los mató y descabezó. Y después huyó a Castilla, llevando consigo a doña Sancha.
Llegó a Castilla Garci Fernández, y reuniendo a sus vasallos, les mostró las cabezas de los traidores y les dijo:
«Ahora soy digno de ser señor vuestro, que me he vengado, y no antes, que vivía en deshonra». Y todos los caballeros reconocieron que la honra de su señor había quedado limpia, y rindieron pleito homenaje a doña Sancha, como condesa de Castilla.
Mas no debían cesar las desventuras de Garci Fernández. Doña Sancha no había obrado tanto por amor como por venganza; su alma estaba madurada al calor de muchas amarguras y de muchas hieles, y en ella había asentado el rencor una raíz que nada podía quitar. El odio que durante tantos años había cuajado su alma, al desaparecer el objeto concreto, había dejado una huella de amargura y de ambición. El nacimiento de un hijo, Sancho, no aumentó su amor a Garci Fernández, sino más bien lo hizo disminuir, creciendo, en cambio, su soberbia y anhelo de dominio. Por entonces las victorias de Almanzor sobre los cristianos rodeaban a la figura del caudillo moro de un prestigio casi místico. Doña Sancha había oído de continuo los relatos de esas victorias y su espíritu ambicioso había concebido el fantástico proyecto de darse a Almanzor como esposa; al mismo tiempo, el amor hacia su marido se había convertido en odio frenético. Y así, buscando un medio que la desembarazase del Conde, también trataba de entregarse a Almanzor. Éste, habiendo sabido la hermosura de la Condesa, le envió un mensaje en el cual le pedía que se uniese con él. Y viendo doña Sancha de qué manera sus deseos tenían vía abierta para cumplirse, planeó causar la muerte de Garci Fernández en la guerra. Entonces los caballeros, para estar más prontos al combate, dado lo agitado de los tiempos, tenían los caballos al lado de sus propias habitaciones y eran las mujeres quienes cuidaban de las cabalgaduras. Doña Sancha, cada noche, quitaba la cebada del pesebre y dejaba que el caballo comiese sólo salvado. Después, como era cerca de Nochebuena, aconsejó al Conde que diese licencia a su hueste para que celebrasen la fiesta en sus casas y la misma noche de Navidad envió un mensajero a Almanzor, que con un grupo de sus gentes atacó la tierra del Conde; éste echó mano de los contados caballeros que habían quedado junto a él y salieron al campo a combatir a los agresores. Mas en medio de la pelea, el caballo del Conde, debilitado, cayó, y Garci Fernández fue herido y hecho preso. Sus vencedores lo llevaron a Córdoba, en donde al cabo de poco tiempo murió. El lugar del combate fue Piedra Salada.
Mas todavía el propósito de doña Sancha no se había cumplido totalmente. Tenía el estorbo de su hijo, Sancho, y así planeó su muerte. Pensó utilizar un filtro para deshacerse de quien se oponía a su ambición. Mas una camarera vio cómo preparaba el veneno, y reveló el secreto a un escudero de quien era amante, y éste a su vez lo anunció al Conde.
Pocos días después, don Sancho regresaba de una expedición, y cuando se sentó a su mesa para descansar, la Condesa se aproximó con una copa, ofreciéndole de beber. Mas don Sancho, comprendiendo que le ofrecía el veneno, la obligó a que bebiera ella primero, y aunque doña Sancha se negó, hubo de hacerlo, cayendo fulminada en el momento en que sus labios se posaron en la copa. Don Sancho recompensó al escudero dándole el título de Monteros de Espinosa, y fundó un monasterio en memoria de su madre, pues, a pesar del castigo con que vengara su alevosía, sintió gran pena por haber tenido que ejecutar su muerte. Y ese monasterio es el de Oña, porque en Castilla decían «mi oña» por «mi dueña».

miércoles, 9 de mayo de 2012

El Conde Fernán González "leyenda"

Muchas son las hazañas de Fernán González, el primer Conde independiente de Castilla. Gloriosa es su historia y ha quedado en la memoria de los castellanos. He aquí la leyenda del buen Conde:
 
Un monje anuncia a Fernán González sus glorias
Hallábase el conde Fernán González cerca de la villa de Lara. Mientras se juntaban sus mesnaderos, él empezó a cazar: de un espeso matorral salió disparado un feroz jabalí, que se internó en el apretado robledal que cubría el monte. Fernán González, deseoso de cobrar tan buena presa, espoleó a su caballo sin esperar a ser seguido por los monteros; el caballo, aguijado, se internó entre los robles corriendo tras el jabalí. La persecución fue enconada, y el Conde, sin advertirlo, se alejó de sus hombres; no pensaba sino en dar alcance al animal, que delante de él corría velozmente. Por fin llegó a una ermita apartada y desconocida, y el jabalí se metió por la puerta. El Conde quiso también alcanzarla, pero la espesura del monte era tal, que su caballo no podía avanzar. Entonces echó mano a la espada y saltando por encima de los matojos, se dirigió a la ermita, en donde entró resuelto. El jabalí, después que entró en la ermita, se había refugiado detrás de un altar. El Conde, lejos de herirle, se hincó de hinojos ante el mismo altar y empezó a rezar. En aquel momento salió de la sacristía un monje de venerable aspecto y avanzada edad, con los pies descalzos y apoyado en un nudoso y retorcido cayado. Se acercó al Conde y lo saludó, diciendo: «En paz vengas, Conde, la cacería te trajo hasta aquí, pero deja las monterías, que te aguarda el rey Almanzor, el terrible enemigo de cristianos. Dura batalla te aguarda, pues el moro trae muchos guerreros; mas en ella alcanzarás gran renombre. Y aun te digo que antes que empiece la lid tendrás una señal que te hará temblar la barba y aterrorizará a todos tus caballeros. Ahora vete, vete a luchar, que has de alcanzar la victoria. Después tomarás por esposa a una dama llamada Sancha, y grandes tribulaciones has de sufrir; por dos veces te atarán con grillos en profunda prisión. Mas tu gloria será grande, y si se cumple la que te anuncio y alcanzas poderío, acuérdate de esta humilde ermita perdida en el monte».
El Conde agradeció al monje sus palabras y salió de la ermita. Montó a caballo y galopó a través de la robleda hasta encontrar a los suyos, impacientes ya por la tardanza de su señor.
 
Batalla con Almanzor
Una vez que el conde Fernán González reparó sus fuerzas, ordenó a sus mesnadas y se dirigió al encuentro de Almanzor, que venía corriendo la tierra. Cuando dieron vista al ejército moro, se prepararon para el combate. El Conde contó los pendones que traía y vio que poca gente tenía en sus haces. En esto un caballero cristiano que se adelantó corriendo, pasó por delante del ejército de los fieles. Apenas hubo galopado una no muy larga distancia, la tierra se abrió y tragó al caballero; después se cerr6 y quedó todo como antes. Gran terror cundió por el ejército cristiano, pero Fernán González, que sabía que esa era la temerosa señal anunciada por el monje de la ermita, dijo a grandes voces a sus caballeros: «¡No temáis este agüero! Si la tierra no es capaz de soportarnos, ¿quién podrá con nosotros? ¡Adelante!». Y se lanzaron contra los moros, que ya galopaban también, prestos al encuentro.
El choque de los dos ejércitos fue terrible. Los cristianos, a pesar de ser tan pocos consiguieron resistir el primer embate de los moros, y pronto éstos empezaron a retroceder. El Conde, que había sido el que diera las primeras heridas, animaba a sus guerreros, y era el más valiente de todos. Al cabo de algunas horas los moros huyeron, dejando todo el botín en poder de la hueste del Conde. Gran victoria fue ésta para los cristianos y de ella regresaron llenos de gozo.
El Conde separó una parte del botín y fue a la ermita para entregársela al monje que le profetizara la victoria. Y le encargó que alzara una iglesia que luego llegó a ser el famoso Monasterio de San Pedro de Arlanza.
 
Victoria sobre Abderramán
El califa Abderramán recibía de los cristianos, como tributo, cada año, ciento ochenta doncellas de las más hermosas y nobles que tuvieran en España. Pero llegó una ocasión en que el rey don Ramiro de Castilla, don García de Navarra, y Fernán González, que era Conde tributario de Castilla, se negaron a pagar más el vergonzoso tributo. Y no sólo se negaron a ello, sino que dieron muerte a los mensajeros que envió el califa moro para reclamar lo acostumbrado.
Cuando esto llegó a oídos de Abderramán, se enfureció mucho y, con su ejército, se internó en el territorio de los castellanos, talando los campos y tomando cruel venganza en los habitantes de aquellas tierras: a los hombres descabezaba y a las mujeres arrancaba los pechos.
El rey don Ramiro, cuando recibió aviso de la proximidad del ejército moro, preparó a sus guerreros y esforzadamente salieron al encuentro del enemigo. Aunque le habían dicho que venía gran abundancia de fuerzas, no quiso creerlo, pero cuando vio, desde lo alto de un otero, llegar la enorme hueste mora, volvió basta Simancas y desde allí envió cartas a Fernán González y al rey García.
Acudieron los dos y vieron que ni aun con sus fuerzas juntas podían alcanzar la mitad de la que traían los moros. Éstos ya se acercaban a Simancas. El rey Ramiro dijo: «No tengo consejo alguno que pueda servirnos. Grande es la hueste de los moros y menguada la nuestra. Pero tenemos el valimiento del Señor Santiago que enterrado está en la tierra gallega, a cuyos habitantes trajo en tiempos a la cristiandad. Por él obra Nuestro Señor grandes milagros, y a el quiero encomendarnos prometiéndole darle mi reino si nos ayuda en este apuro». Fernán González y don García contestaron: «En nuestra tierra yace el cuerpo de un santo, San Millán, que también obra grandes milagros. A él nos entregamos y juramos darle tributo».
Al otro día por la mañana salieron de la fortaleza y dispusieron las haces para el combate. Antes de que comenzara, todos los cristianos se arrodillaron para rezar. Los moros, viendo a sus enemigos hincados en tierra de hinojos, creyeron que, atemorizados, se entregaban. Se lanzaron contra ellos, pero los fieles a Cristo montaron en sus corceles rápidamente y rechazaron a los enemigos. Gran furia fue la de los castellanos, leoneses y navarros. Y aún aumentó su valor cuando en medio del combate vieron aparecer dos desconocidos caballeros que, jinetes en hermosos corceles blancos, se pusieron al frente de la hueste cristiana y destrozaban a los moros, que creían que en vez de dos había dos mil jinetes sobre blancos caballos. Tras los caballeros avanzaban los cristianos, y desde Simancas hasta la misma Aza persiguieron a los moros, que huyeron vencidos.
Grande fue la alegría de los cristianos. Cuando buscaron entre ellos a los caballeros que tanto habían influido en la consecución de la victoria, no pudieron encontrarlos y juzgaron que eran los santos a quienes habían prometido pagar tributo si los ayudaban. Y desde entonces este tributo si fue pagado.
 
Fernán González da muerte al rey de Navarra
Gran querella había el buen conde Fernán González contra el rey de Navarra, al que llamaban Sancho Abarca. Envióle unos mensajeros que llevaban el encargo de protestar ante el Rey por las correrías que los navarros realizaban por tierras castellanas. Los mensajeros llegaron al Rey y le dijeron: «Señor, nos manda el conde Fernán González, que se halla muy quejoso de vos y de vuestras gentes, que le corren las tierras y le talan los campos y le roban los ganados. El Conde os pide que enmendéis esas querellas, pues si no, ha de venir él mismo a demandaros la enmienda en desafío». El Rey, indignado, contestó: «Decid a vuestro señor el conde Fernán González que mucho me espanta la osadía. Mal aconsejado está por haber vencido a morillos que poco valer han. Atrevido ha sido su mensaje y yo me cuidaré de ir a castigar a vuestro señor por que otra vez tenga cuidado con su palabra y frene su lengua».
Los mensajeros regresaron a Castilla y dieron cuenta cumplida a Fernán González de lo que había contestado el Rey. Al Conde le pesó mucho esa respuesta, pero convocó a sus hombres y se dispusieron a esperar a los navarros, que ya habían entrado en tierra castellana. En la era que llaman de Collandia esperaron para el combate. Llegaron los navarros y empezó la batalla muy enconada.
El Conde salió de la hueste y a grandes voces llamó a don Sancho. Éste le salió al encuentro y se hirieron con las lanzas y las espadas. El Rey cayó muerto y a su lado, Fernán González, muy mal herido. Los castellanos, que vieron el encuentro, corrieron a ayudar a su señor y lo encontraron en tierra con el rostro bañado en sangre. Creyeron que estaba muerto y lo pusieron encima de un caballo. Pero el Conde recobró el sentido y les dijo: «Mis caballeros, que ninguno de vosotros muestre temor: muerto es el rey Sancho, que yo lo maté. Lidiad y venced». Y los castellanos se lanzaron con tal ímpetu contra los navarros, que los dispersaron completamente, haciéndoles huir.
Fernán González mandó recoger el cuerpo del rey don Sancho y con grandes honores fue llevado hasta la primera villa de tierra navarra.
 
El conde Fernán González es librado por la Infanta de sus prisiones
El conde Fernán González estaba en prisión del rey de Navarra. Pasó por allí un Conde normando, el cual, al tener noticias de que un caballero de tanto pro como el Conde yacía en prisión, se dirigió a Castroviejo, lugar en donde estaba Fernán González. Sobornó al alcaide de la fortaleza y consiguió que le franquearan la entrada en el sitio donde estaba Fernán González. Habló durante largo rato con él, y cuando salió volvió a la corte del Rey y procuró hablar con doña Sancha, la Infanta. Cuando lo consiguió le habló de Fernán González y de que ella era la causa de que se perdiese un guerrero tan valeroso y de que los moros tuviesen oprimida a Castilla, y le reprochó el mal pago que daba al amor de Fernán González.
La Infanta se conmovió al oír las palabras del Conde normando y le dijo que si libraba a Fernán González, sería la esposa de éste.
El Conde normando volvió a Castroviejo acompañado de la Infanta. Mientras ésta se escondía en un bosque próximo, el buen normando logr6 engañar al alcaide y sacar a Fernán González, si bien no pudo quitar los grillos que oprimían los pies y las manos del noble castellano. Llegó a donde estaba la Infanta y se despidió de ella y de Fernán González pues tenía que seguir un camino distinto al que conducía a Castilla.
Se pusieron, pues, en marcha Fernán González y la Infanta. Pero en el camino encontraron a un mal Arcipreste, el cual, seducido por la belleza de doña Sancha, exigió de ésta satisficiera sus deseos, amenazando con entregarlos al Rey si no aceptaban. El Conde, haciendo grandes esfuerzos para librarse de las cadenas, amenazó al Arcipreste, pero vanas eran sus amenazas, pues nada podía hacer. La Infanta dijo al Conde: «Señor, importa más nuestra salvación que nada. Esta afrenta permanecerá oculta» El Arcipreste decía: «Presto habéis de concederme lo que pido, o vuestra muerte será segura. No muy lejos de aquí vienen los soldados del Rey y si les digo el camino que llevas, os alcanzarán enseguida». Entonces la Infanta le dijo que se entregaba El Arcipreste la apartó, y, al abrazarla, la Infanta gritó aterrorizada; el Conde a duras penas vino y pudo quitarle un cuchillo al Arcipreste, con el que le dio muerte.
Caminaron durante todo el día. Al bajar el camino sobre un río, vieron que por el puente cruzaba gran número de caballeros. La Infanta dijo al Conde: «¡Señor, somos perdidos! He ahí gentes de armas que vienen a prendernos». Pero el Conde, reconociendo a sus hombres, exclamó alegremente: «No paséis cuidado, señora, que no son enemigos, sino vasallos míos los que vienen a socorrernos». Llegaron los castellanos y con gran alegría rindieron homenaje a su señor y a la Infanta.
 
El azor y el caballo
El rey de León envió un mensaje a Fernán González para que acudiera a las Cortes. El Conde acudió, aunque de muy mala gana, pues le era cosa fuerte besar la mano al Rey leonés.
Cuando llegó Fernán González, el Rey salió a recibirle y a honrarle. Llevaba el Conde un hermoso azor en la mano y montaba un caballo maravilloso que había ganado al rey Almanzor. El Rey dijo: «Buen caballo montáis, Conde, y vuestro azor es envidiable. Quiero compraros uno y otro». El Conde dijo: «No ha de pagar el señor cosa que posee el vasallo. Vuestros son». El Rey no quiso tomarlos sin paga, y entonces Fernán González puso precio, pero diciendo que por cada día que pasara había de doblarse el precio. El Rey aceptó.
Pasaron siete años, y el Rey mandó cartas a Fernán González para que de nuevo acudiera a Cortes. En ellas le amenazaba, si no acudía a su mandato, con que habría de dejar el condado y marchar de aquellas tierras. El Conde, ante este mensaje, fue a León, en donde ya estaba don Sancho. El Conde se arrodilló a los pies de don Sancho y le pidió las manos para besárselas. Mas el Rey se las negó, llamándole infiel y traidor, pues hacía dos años que lo llamaba y él no acudía. Y le reprochó, además, que se había alzado con el condado y no pagaba los tributos debidos.
Después que el Rey hubo dicho estas palabras, el Conde se puso en pie y le dijo: «Señor, hace siete años que vine a vuestras Cortes y no cobré honra, sino deshonra. Si me he alzado con el condado, es porque no recibo la paga de la venta que os hice del caballo y el azor. Echad cuentas de lo que me debéis y yo os pagaré la diferencia». Entonces el Rey se enojó mucho con el Conde y le contestó. «Lenguaraz eres, Conde, mas he de callar tu insolencia». Y mandó que lo metieran en prisiones.
Cuando la Condesa supo la prisión de su marido, se puso en camino acompañada de trescientos hijosdalgo castellanos, a los cuales dejó atrás llegando ella sola a pedirle al Rey que le permitiera visitar a su marido. El Rey lo permitió y llevaron a la Condesa a la torre en donde estaba el Conde. Éste tuvo una gran alegría cuando vio a la Condesa. Ella le dijo prestamente: «Levantaos, señor y trocad las ropas conmigo». El Conde lo hizo así y salió disfrazado con las vestiduras de la Condesa, sin que el engaño fuera advertido por los soldados que guardaban al preso. Al día siguiente, y el Conde ya en seguridad en sus tierras, las dueñas que habían acompañado a la Condesa se presentaron, y al preguntárseles que deseaban, contestaron que recoger a su señora. Abrieron la celda y con gran sorpresa vieron que quien la ocupaba era la esposa de Fernán González. El Rey se asombró mucho de lo sucedido y dejó libre a la Condesa, mandándola escoltada hasta encontrar a su marido.
El Conde mandó decir al Rey que le pagase el azor y el caballo o lo cobraría por la fuerza. El Rey echo cuentas y vio que la cantidad necesaria para pagar la deuda era superior a lo que podría reunir y no tuvo más remedio sino perdonar al Conde el tributo que habría de darle.
Y así fue como Fernán González consiguió la independencia del Condado de Castilla.

lunes, 7 de mayo de 2012

La Virgen sacristana "leyenda"

En un antiguo y austero monasterio, encomendado a una orden de religiosas, habitaba una monja muy joven llamada Beatriz, de gran piedad en su vida religiosa y profundamente devota de Santa María, a la que consagraba la mitad de su vida; continuamente se la veía de rodillas ante el altar, en ferviente adoración, ofreciendo a su Divina Madre su espléndida juventud y la pureza de su alma angelical. La Abadesa y todas las Hermanas del convento le profesaban gran cariño por su bondad y dulzura, y le encomendaron el cargo de sacristana de la iglesia, que desempeñaba con gran celo, adornando artísticamente los altares con abundantes cirios y las más variadas flores, arrancadas por sus bellas manos del frondoso jardín de aquella abadía, sin que nunca le faltara a la imagen de la gloriosa Virgen aquel homenaje del encendido amor de su sierva.
Pero siendo Beatriz muy niña y extraordinariamente bella, despertó la pasión de un clérigo que frecuentaba el monasterio: la asediaba éste con apasionado lenguaje, y trataba de convencerla de que huyera con él. Mas Beatriz, que al principio se resistía con entereza y rechazaba las amorosas proposiciones, sentía desfallecer sus fuerzas ante los embates de aquella fuerte tentación, que, apoderándose de todo su ser, llegó a adueñarse de ella. Intentaba rezar, pero su devoción se había convertido en aridez de espíritu, y su imaginación volaba muy lejos, sintiendo hastío en la oración. Y en una ocasión en que la iglesia estaba desierta, el enamorado clérigo logró al fin que la monja accediese a huir con él.
Ella, antes de marchar, se postró de hinojos ante la Virgen, diciéndole: «Soberana Señora, yo que te serví honestamente toda mi vida, hasta hoy, que no puedo contener esta fuerza que me arrastra lejos de ti, te encomiendo las llaves de esta iglesia».
Y depositándolas sobre el altar, escapó del convento con el clérigo.
Transcurrió poco tiempo, y el clérigo, una vez que hubo satisfecho su pasión, abandonó a Beatriz, que quedó con el alma desgarrada y en gran confusión de espíritu. Sin atreverse a volver al convento, se hizo una mujer pública, llevando esta vida impía y vergonzosa durante quince años, torturada por los remordimientos de su conciencia, y conservando una vaga esperanza de perdón.
Pasaba un día por la puerta del monasterio, y sintió el deseo de llamar y preguntar por la hermana sacristana, y acercándose a la puerta, llamó con unos aldabonazos: salió a abrir la portera del convento, y la antigua monja le preguntó: «Dígame, hermana, ¿qué fue de Beatriz la sacristana?» A lo que respondió la portera: «Sigue muy bien, tan santa y devota como siempre, desempeñando a maravilla su oficio de sacristana. Todas las religiosas la quieren, como ya lleva en el convento veintiséis años, demostrando gran piedad».
Beatriz se marchó, pensando en las misteriosas palabras que acababa de oír, mas sin acertar a comprenderlas. Cuando se le apareció la gloriosa Virgen, diciéndole: «Beatriz, hija mía; durante quince años, en figura tuya, he desempeñado el oficio de sacristana. Vuelve al monasterio, y continúa sirviendo como si no te hubieras ido, porque nadie sabe tu pecado, pues creen que has continuado en tu puesto. Haz penitencia para alcanzar el perdón de tus muchos pecados».
Y al momento desapareció. Beatriz regresó al convento y, volviendo a tomar sus hábitos y las llaves, continuó el oficio de sacristana, sin que nadie llegara a darse cuenta de su vuelta. Únicamente el confesor a quien descubrió su vida y sus pecados era conocedor de aquel milagro, imponiéndole severas penitencias, que Beatriz cumplía con rigor, edificando a sus compañeras con el ejemplo de su virtud heroica y de su santa vida, llena de sacrificios, hasta expiar sus culpas.
Llegada su última hora, Beatriz llamó a toda la comunidad, que la rodeó en su lecho de muerte, y en alta voz confesó su pecado, descubriendo el prodigio obrado por la Virgen, que durante quince años desempeñó por ella el cargo de sacristana. Fue todo ello atestiguado por el confesor. Y murió santamente en aquel instante.
Todas las monjas quedaron admiradas de aquel portento y acudieron a dar gracias a su Madre celestial, que había obrado aquella merced con la religiosa, viviendo quince años en aquel monasterio.

sábado, 5 de mayo de 2012

El último rey godo, Don Rodrigo "leyenda"

Estaba mediada la primavera, habían llegado los grandes calores y el jardín del palacio del rey Rodrigo estallaba de verdor. Desde una ventana contemplaba Rodrigo la dulce alegría de las plantas y la claridad de un estanque, que bajo un espesor de arrayanes y jazmines espejeaba al sol. De pronto, una alegre algarabía de voces frescas le llamó la atención. Por uno de los senderos de la huerta, entre pensiles de espadañas y lirios, venían unas doncellas. Llegaron al estanque, dejaron caer sus vestiduras y los cuerpos bellísimos resplandecían llenos de gracia y de luz. Pero era la Cava, doncella hija del conde don Julián, la que atraía sobre todo, la mirada de Rodrigo que, suspenso, la contemplaba. Salió el Rey por una puertecilla al jardín, se aproximó al estanque y entre unas hiedras y bojes se ocultó para ver más a su sabor. Salió la Cava del agua y sacudiéndose las gotas, gritó a las compañeras para que vinieran con ella a reposar. El Rey sentía estremecerse su cuerpo como abrasado por un loco deseo. Y de esta suerte, enamorado perdidamente de aquella belleza henchida de dulces promesas, regresó a sus estancias.
Vanamente trató de dominar su anhelo. Y así, como encontrase después de lo contado a la Cava, le declaró su amor: «Desde que os he visto no vivo ni duermo pensando en vos. Dad remedio a mi mal y pensad que la voluntad del Rey ha de cumplirse siempre». Mas ella, burlando discretamente, rechazaba las amorosas razones de Rodrigo y procuraba acortar las entrevistas. Estos fracasos aumentaban la tristeza de don Rodrigo, cuyo ánimo estaba preocupado por algo que le sucediera poco tiempo antes de haber conocido a la Cava.
Había, en efecto, tenido gran osadía al romper una secular prohibición.
En Toledo existía un palacio encantado, del cual se dijo siempre que era la Cueva de Hércules. Rechazando los consejos de sus íntimos, el Rey entró en tal lugar. Allí vio unos extraños y bellos tapices que tenían figuras de gente con trajes extraños, amplias vestiduras y lienzos enrollados en la cabeza. Eran figuras de árabes, bien los conoció don Rodrigo. Su ánimo había estado admirado, mas pronto la admiración se convirtió en tristeza cuando leyó una inscripción en la cual se decía que cuando alguien hubiese penetrado en aquella estancia, España sería entregada al pueblo al que pertenecían aquellas gentes, así representadas en los tapices.
Tal era la congoja que atormentaba a Rodrigo. Y a ella se unía el deseo de poseer a la Cava. Al fin, una tarde bochornosa, estando tendido en su lecho, envió a buscar a la linda muchacha. Esta llegó confiada en que el Rey no pasaría más allá de las ocasiones anteriores. Mas, ¡ay, que se equivocó! Y cuando, pasada una hora, salió la Cava de la estancia real, su semblante había perdido aquella dulzura pueril que encantaba a la gente, sus ojos estaban enrojecidos por el llanto, su voz ronca por los reproches que hiciera al Rey, por los gemidos que exhalara. Todo había sido inútil y su pureza se tronchó por la fuerza del loco deseo de don Rodrigo. ¿De quién fue la culpa? ¿De ella, que no evitó antes la mala ocasión, o de la voluntad malévola del Rey?
La Cava perdió su belleza. En su cámara lloraba y maldecía a quien tan duramente le quitara la flor de su juventud. Y llena de rencor, escribió cartas a su padre, el conde don Julián, que en Ceuta era gobernador de los godos, a fin de que vengase la ofensa que se le había hecho. Grandes fueron el dolor y la ira de don Julián al recibir las cartas de su hija; mas su venganza fue mala y traicionera, porque tramó la destrucción de España. ¡Ay España, tierra hermosa, la más ufana de todas! ¡España de los valles y los trigales, rica en veneros y filones, henchida de óleo dulce y suave, deleitosa de frutales, bien guarnecida de castillos, alegrada por el azafrán, ardiente de proezas! ¡Por un traidor serás destruida! El conde don Julián escribió cartas al Rey moro diciéndole que si quería le entregaría España. Y en España había también traidores como don Opas, que odiaba a Rodrigo. Y así, de aquella fatal ocasión en que la Cava lucía su cuerpo, ¡maldito sea!, al aire cálido de la tarde, vino la ruina de España.
Dormía una noche don Rodrigo; a su lado, la Cava. Contrarios eran los vientos y en un cielo profundamente oscuro brillaba la luna con triste resplandor. Soñó el rey Rodrigo que dormía en una tienda de hermosos lienzos, sostenidos por trescientas cuerdas de plata. Dentro, sentadas en el suelo, habla cien doncellas: cincuenta tañían, cincuenta cantaban. Sus voces e instrumentos de extraño son eran; el tono profundo, triste, como si un aire de callados lamentos viniera de todos los campos de España. Y una doncella llamada Fortuna habló así: «Despierta si duermes, rey Rodrigo. ¡Malos hados se ciernen sobre ti! ¡Ay, que veo muchedumbre de gentes extrañas que caen como bandadas de cuervos sobre los campos de tu nación! ¡Ay, que avanzan sus escuadrones destrozando a tus gentes, matando a tus caballeros! ¡Despierta y ponte en guardia! ¡Es el conde don Julián, por venganza de la deshonra que sobre su hija has echado, quien ha abierto las fronteras!». Despertó lleno de congoja el rey Rodrigo y de pronto llegaron mensajeros que le comunicaron que los enemigos estaban cerca. Montó don Rodrigo a caballo y salió a combatir.
Junto al río Guadalete fue la batalla. Como las olas del mar chocan contra las aguas del río en que en él desembocan, así chocaban los miles de árabes contra los godos. Don Rodrigo, con la armadura abollada y la espada casi partida, subió a un cerro y vio con dolor cómo apenas le quedaban guerreros: sus banderas, rotas, desgarradas, tendidas por tierra. Y llorando amargamente, exclamó: «¡Ayer era rey de España, hoy no lo soy de una villa!» Y cuando la noche hubo llegado, el desdichado Rey huyó sin saber a dónde.
Huyendo de su desdicha, vagaba el Rey por campos y montañas. No quería entrar en villas ni ciudades, no quería la sombra del encinar, ni el descanso junto al río. Pasó entre trigales agostados, entre aradas secas, sobre prados sin rebaños; pasó entre roquedales y llegó a las montañas más espesas, cerca de Viseo. Allí encontró a un humilde pastor, a quien preguntó si habría cerca algún monasterio en donde reposar. «No hay ni monasterio ni convento, contestó el pastor; tan sólo una ermita cuidada por un santo varón. Está en lo alto de ese cerro». Y hacia allí dirigió su cansado caballo el pobre peregrino. El pastor, compadecido al ver su extremo estado de necesidad, le dio un poco de cecina y un trozo de pan duro, que don Rodrigo comió llorando: recordaba los tiempos en que gozaba de buenos manjares.
Llegó al fin a la ermita y se prosternó ante el ermitaño, que contaba más de un siglo de edad. Hizo confesión de sus culpas, y el santo hombre, espantado, no se atrevió a absolverle. Pero de los cielos bajó una voz que dijo: «Da la absolución a ese penitente, mas en su misma sepultura». Entonces el ermitaño condujo a don Rodrigo a una sepultura honda que habla allí cerca; dentro de ella se hallaba una espantable sierpe de tres cabezas. El ermitaño metió al Rey en la sepultura y la cerró. Cada día después le preguntaba: «¿Cómo te va, penitente». Y el Rey contestaba entre terribles dolores: «Ya me come por donde más pecado había». Al fin murió don Rodrigo, y en el mismo instante que expiró se oyó una alegre sinfonía de campanas celestiales mientras las de la ermita tañían también solas. Y el ermitaño comprendió que Dios había perdonado al último rey godo, y que el alma del desdichado don Rodrigo subía a los cielos.

jueves, 3 de mayo de 2012

El rey Wamba "leyenda"

Habiendo muerto el ilustre rey godo Recesvinto sin sucesión, hacia el año 672 de nuestra era, quedaba vacante el trono de Castilla. Numerosos eran los aspirantes al reino, aun a costa de perder su vida, como les había ocurrido a todos los reyes anteriores, que morían asesinados por su sucesor.
El Santo Padre que regía la Iglesia de Roma, para evitar que se repitieran estos vergonzosos hechos, rogó al Altísimo que le revelase su voluntad divina para la elección del rey de España. Dios escuchó la oración del Pastor de la Iglesia, de extraordinaria santidad y humildad de vida, y le hizo saber que el rey de Castilla se llamaría Wamba y que lo encontrarían arando cerca de Andalucía; podrían conocerle porque su yunta estaba formada por un buey blanco y cereño y el otro prieto.
El Santo Padre comunicó a los godos la revelación de Dios, y ellos designaron a varios grupos de guerreros, que partieron en varias direcciones de España, recorriendo los campos en busca del futuro Rey, que habían de hallar arando. Pasaban días y días y la mayoría de los encargados de buscarle se encontraban rendidos por la fatiga de atravesar a pie y sin camino grandes extensiones de tierras de labor, preguntando siempre por aquel labrador, de nombre Wamba, que había de regir los destinos de España.
Uno de los grupos, después de recorrer todo el término de una villa, se volvía desalentado y triste de sus inútiles andanzas, con las que sólo habían lograda fatigarse. Vieron venir por el alto de una cañada a una hermosa dueña con un canasto al hombro; acortaron el paso para esperarla, diciendo: «Preguntemos a esta aldeana, que tal vez ella pueda orientarnos en nuestra busca».
Y cuando ya estaba cerca de ellos, vieron que se subía a una pequeña loma y desde allí gritaba. «Wamba, desuncid ya, y venid a comer, que ya es mediodía».
Los soldados godos, al oírlo, corrieron a su encuentro y de rodillas ante el labrador, decían: «Permitidnos, rey Wamba, que os besemos las manos con amor y cortesía». Comprobaron luego que el color de la yunta también coincidía con la revelación. Wamba, alarmado, creyendo que iban a prenderle y que se mofaban de él, les preguntaba la causa de su actitud, pidiendo que se la aclarasen. Los godos le tranquilizaron: «No os alarméis, Majestad; venimos a anunciaros que habéis de ser Rey de Castilla, pues el Santo Padre de Roma ha tenido una revelación divina de que el nuevo Rey será Wamba.»
Luego, Wamba, que era poco ambicioso, quedó desconcertado y dudoso, sin grandes deseos de empuñar el cetro, sintiendo dejar aquella vida, para él adorable, de paz y bienestar, y clavando su vara en tierra dijo, con firmeza: «Cuando esta vara florezca, yo seré rey de España».
No había terminado de decirlo, cuando su vara se cubrió milagrosamente de bellas flores, y él, que era profundamente religioso, conociendo en ello los designios de Dios omnipotente, se dejó conducir, junto con su esposa, ante la presencia del Consejo del Reino, dispuesto a sacrificarse por el bien de su patria y encargarse de los asuntos del Estado, renunciando a su vida de tranquilidad y sosiego. Allí fue coronado rey de Castilla, y su esposa reina consorte. Y con gran acierto supo regir los destinos de España, demostrando entereza y audacia. Acometió grandes empresas, sometió a los vascones y llenó de gloria los días de su reinado.
 

martes, 1 de mayo de 2012

La caverna del puma con ojos de sangre "cuento argentino"

Como ya sabrán todos los niños del mundo, el puma es un animal carnicero que vive en las desoladas pampas argentinas o en los inmensos arenales de los desiertos patagónicos.
Más pequeño que el león africano, pero de tanto valor como éste, recorre las interminables extensiones, atacando a los ganados, y muchas veces causando destrozos en las mismas casas de la llanura a donde entra acuciado por el hambre, sin temor a las bolas ni a los hombres, a los que hace frente, si se ve acorralado y en peligro de muerte. Sus garras potentes y afiladas y su extraordinaria agilidad para trepar de un salto al lomo de las bestias, lo hacen un peligroso adversario, que muchas veces sale victorioso en las más sangrientas luchas contra animales mayores y hasta contra los seres humanos que se aventuran a presentarle batalla.
En las lejanas épocas de nuestra historia, cuando aun no había sido conquistado totalmente el desierto por el ejército nacional, vivía en las estribaciones de las Sierras de Tandil, un enorme puma con ojos de sangre, que era el azote de toda la comarca.
No había rancho en la región que no hubiera sido visitado por tan terrible fiera, matando ovejas, caballos y vacas y hasta hiriendo con sus formidables zarpas a los propietarios que se habían aventurado a defender el espantado ganado.
La indiada y aun los escasos blancos que habitaban las cercanías de las sierras, le habían cobrado a la sanguinaria fiera un espantoso terror supersticioso, ya que según decían, las balas resbalaban sobre su piel dorada y las flechas caían al chocar contra sus flancos, como si hubieran dado sobre una dura roca.
No era extraño, pues, que los aborígenes y aun los gauchos, creyeran que se trataba de alguna fiera sobrenatural, quizá el mismo Diablo, encarnado en tan espantosa bestia.
- ¡Mandinga en persona! -dijo una noche de crudo invierno, el paisano Peñaranda, entre mate y mate, cebado por la diestra mano de su mujer.
- ¡Puede que así sea! -respondió ésta, mirando temblorosa hacia el campo por la mal cerrada puerta del rancho.
Manolito, el vivaracho hijo de estos colonos, desde su rústica cama había escuchado las palabras de sus padres e incorporándose, también terció en la conversación, diciendo por lo bajo:
- Algunas personas dicen que el puma tiene ojos de sangre, garras de oro y dientes largos, blancos y tan grandes como los que he visto en algunas estampas de elefantes.
- Puede ser -respondió el padre con preocupación,- pero lo cierto es que ese animal nos tiene enloquecidos a todos.
- ¿Por qué no procuran matarlo? -preguntó la pobre mujer.
- Ya se ha hecho -respondió el paisano,- varias veces han salido grandes partidas armadas, llevando buenos perros para seguirle las huellas, pero todo ha sido inútil. ¡La fiera tiene su guarida en algún lugar secreto de las sierras y no hay cómo llegar a ella!
Esa noche la humilde familia durmió bajo el dominio de su terror, y así siguieron los días entre sobresaltos e investigaciones, hasta que una tarde sucedió lo inesperado.
Volvía la mujer de recoger sus majaditas, siendo ya muy entrado la tarde, en compañía de su hijo, el travieso Manolito, cuando escuchó a su espalda, entre unas enormes matas que crecían junto a los corrales, un espantoso rugido y el grito desgarrador del niño pidiendo ayuda.
La desesperación de la infeliz mujer no tuvo límites y, sin darse cuenta del peligro que corría, acudió hacia el sitio de la tragedia, no viendo más que soledad y sombras.
¿Qué había sido de su hijo?
Toda esa noche y los días que siguieron, grandes contingentes de gauchos e indios pacíficos buscaron a la criatura, pero nada pudieron sacar en limpio, hasta que, al regreso a sus casas con las manos vacías, abandonando la pesquisa, comunicaron a las autoridades que el puma con ojos de sangre debía ser algo sobrenatural, escapado de las profundidades de la tierra.
Y ahora sigamos nuestra historia con la curiosa aventura que le ocurrió a Manolito, a continuación de ser apresado por el temible felino.
El niño, al verse agarrado de su ropa por el animal, lanzó, como dejamos dicho, un desgarrador grito de socorro, pero aun no se había apagado el eco de su voz, cuando se vio suspendido en el aire entre los largos dientes del puma, y transportado a la carrera por la soledad del desierto.
El misterioso viaje duró varias horas, sin que el animal diera muestras del menor cansancio, hasta que, luego de trepar las empinadas cuestas de las sierras y de bajar a desconocidos precipicios, fue introducido en una inmensa caverna entre las grandes rocas de granito.
"¿Habrá llegado mi último hora?", se preguntaba Manolito angustiosamente.
Pero, al parecer, el puma no tenía, por el momento, propósitos homicidas y se limitó a arrastrar al niño por un largo corredor hasta depositarlo suavemente en un mullido colchón de paja, en donde lo dejó para quedarse absorto, contemplándole.
Manolito, con algo más de confianza, se atrevió a abrir un ojo y vio lo más terrorífico que se hubiera podido imaginar su mente conturbada.
Junto a él, casi quemándole con su fétido aliento, estaba el terrible carnicero, sentado en sus patas posteriores, y agitando lentamente la larga cola que pegaba en sus flancos.
El puma era en verdad de fantásticas proporciones, casi diez veces el tamaño natural de los leones americanos y sus ojos eran rojos sangre rodeados de una aureola brillante como de fuego. Su pelo largo y sedoso, era color oro bruñido y sus garras potentes y tan grandes como el propio Manolito, terminaban en unas uñas amarillas que parecían hechas del mismo metal. Lo que más le llamó la atención al despavorido niño, fueron los dientes del animal, que brotaban de su hocico como los de los elefantes y de un tamaño tan desproporcionado, que más bien parecían colmillos de estos paquidermos.
La criatura se sintió desfallecer ante tan horripilante cuadro y musitó con voz apagada:
- ¡Me voy a volver loco! ¡ojalá me mate de una vez!
Pero su asombro no tuvo límites cuando el puma habló con voz humana, grave y profunda, mientras lo contemplaba con sus pupilas de sangre:
- Escucha, Manolito -comenzó la fiera,- no me temas porque no te haré daño. Te he traído aquí para que hablemos y me ayudes a salvarme de mi lamentable desgracia.
- ¡Habla! -respondió el niño, más confiado.
- Yo, en otras épocas lejanas, era un ser humano como tú. Tenía mi choza entre estas mismas serranías, junto a mi tribu de indios pehuelches que dominaban la llanura. Yo me llamaba el cacique Carupán, era valiente y noble, pero una tarde, la desgracia tocó mi alma. En una de nuestras correrías por el desierto, combatimos contra nuestros enemigos los araucanos y los vencimos, trayendo a mi toldo a la princesa Yacowa, hija predilecta del gran emperador Coupalicán. Mi amor sin límites por la muchacha enemiga, me hizo traicionar a mi raza y huí con ella por las más altas cumbres de la cordillera hacia el país de Arauco, cuna de la hermosa Yacowa. En la ciudad de Arauco fui mal recibido por los enemigos de mis tribus y el rey Coupalicán me hizo encerrar en una caverna durante diez años, en cuyo tiempo sufrí mucho y fui muy desgraciado. Una noche, con la ayuda de un indio de buen corazón, pude escapar de manos de mi cruel adversario y corrí otra vez por las cumbres nevadas, en demanda de mi pueblo, al que llegué después de muchos días de luchar contra los vientos y las nieves. Pero mi tribu tenía otro jefe y fui recibido como un traidor por los que antes me habían querido y obedecido. Inútil fue rogar y pedir que me admitieran como el último de los guerreros; la sentencia se dictó y una noche me condenaron a morir en la hoguera de los sacrificios. Horas antes de la ejecución, el hechicero de mi tribu, hombre de gran ciencia y de un poder sobrenatural, se acercó a la choza donde estaba encerrado y me dijo con grave tono:
"- Cacique Carupán. En otras épocas fui tu vasallo y admiré tu valor, hasta que un amor demente te alejó de nosotros traicionando a tu raza. Ahora estás condenado a morir entre las llamas, pero como no deseo verte gemir abrasado por ellas, con el poder mágico de mi caña de tacuara, te convertiré en un puma sanguinario que será el terror de las praderas. Todo el mundo te perseguirá durante muchos siglos y así vivirás en continuo sobresalto, pagando de esta manera tu grave falta. Si alguna vez consigues esta caña de tacuara y te golpeas tres veces la cabeza con ella, volverás a ser el valiente Carupán amado por tu pueblo."
Y al decir esto, tocó mi hombro con su maravillosa tacuara, e instantáneamente un rugido brotó de mi garganta. Me había convertido en lo que soy: en un puma de sanguinaria mirada.
La terrible fiera hizo silencio y el buen Manolito pudo observar que, por los párpados rojos del animal, corría una lágrima de fuego, que cayó sobre las rocas, brotando de ellas una pequeña llamarada azul.
- Y... ¿qué puedo hacer por ti? -preguntó el niño.
- ¡Mucho! -respondió el felino.- ¡yo no puedo, en mi condición de animal, buscar la varita mágica del cruel hechicero! ¡Tú, que eres bueno y noble, puedes hacerlo y con ello conseguirás que vuelva a ser un hombre, y me tendrás de esclavo el resto de mi vida!
- ¿Dónde está ese hechicero? -volvió a decir el muchacho.
- ¡Ay! ¡No lo sé! -contestó el puma.- Mi transformación en animal ocurrió hace más de un siglo y el hechicero hace muchos años que ha muerto.
- Entonces... será imposible encontrar su caña de tacuara -exclamó Manolito con tristeza.
- ¡Imposible, no! ¡Pero muy difícil, sí! Solamente debes tener paciencia y recorrer estos contornos hasta que halles la tumba del mago, y en ella encontrarás el precioso talismán -contestó el felino en un rugido muy parecido a un sollozo.
- Haré lo que me pides. Desde ahora, por la salvación de tu alma, trataré de encontrar la sepultura del hechicero de tu tribu.
- Gracias. Gracias, amigo Manolito. Si me conviertes en lo que fui, te enseñaré dónde se ocultan los tesoros de mi reino y serás inmensamente rico.
Dichas estas palabras, el puma de ojos de sangre, cogió al niño entre sus dientes y de un salto prodigioso lo colocó en el camino de la montaña, diciéndole como única despedida:
- ¡Vete! ¡Aquí te espero! ¡Cumple tu promesa!
Manolito, al verse libre y solo, lanzó un suspiro de alivio y pensó inmediatamente en huir hacia la casa de sus padres, pero las palabras del puma aun le sonaban en los oídos y decidido y valiente, resolvió ponerse a buscar la tumba del hechicero para rescatar de entre sus restos la caña de tacuara que tanto deseaba conseguir el monstruoso felino.
Diez días y diez noches recorrió las serranías sin hallar más que piedras y arena, hasta que una tarde que había bajado a un pequeño valle solitario, escuchó a lo lejos el grito de un chajá que le decía entre aleteos:
- ¡Chajá... chajá... aquí está... aquí está!
El niño creyó soñar, pero dominando sus nervios, se detuvo para mirar al simpático volátil.
- ¡Chajá... chajá... aquí está... aquí está! -repitió el animalito como llamándolo.
Manolito no vaciló más y pronto estuvo junto al chajá, que estaba parado sobre un pequeño montículo de piedra semejante a una antigua tumba india.
El chico, con una emoción sin límites, se puso inmediatamente a quitar los pedruscos hasta que después de algunas horas de labor, descubrió los negros huesos de un ser humano y junto a ellos la codiciada caña de tacuara.
- ¡El talismán! ¡El talismán! -gritó loco de alegría tomando la caña con sus dedos temblorosos.­ ¡Ahora salvaré al pobre Carupán!
Corriendo por los peñascales, llegó horas después a la caverna donde dormitaba la fiera y entró en ella jadeante mostrando en su mano el precioso hallazgo.
El puma lo recibió con muestras de gran alegría y al contemplar la tacuara, dijo entre sollozos:
- ¡Es ésa, mi buen Manolito! ¡Pégame con ella tres veces en la cabeza!
El niño, trémulo, ejecutó la orden y de pronto, el puma de ojos de sangre desapareció, y ante sus ojos abiertos por el asombro se presentó un indio alto y arrogante, cuya frente estaba cubierta con hermosas plumas de águila.
- ¡Soy tu esclavo! -dijo Carupán, arrodillándose ante el pequeño- ¡cumpliré mi promesa!
La magia del temible hechicero había sido vencida y muy pocos días después, Carupán ponía en manos de Manolito los enormes tesoros de su tribu, con lo que éste vivió muchísimos años, feliz y contento, en compañía de sus padres y bajo la permanente custodia del cacique Carupán que nunca abandonó al valiente y decidido salvador de su alma.