jueves, 14 de junio de 2012

El Papamoscas de la Catedral "leyenda"

En el interior de la Catedral, y sobre una de las puertas, puede verse el Papamoscas, que está encerrado en la caja de un reloj del tipo famoso de los viejos relojes de Venecia. Hoy día, condenado a silencioso mutismo, se limita a abrir desconsideradamente la boca al sonar las campanadas de cada hora. Mas hubo tiempos en que a un gesto extravagante y desmesurado acompañaba un sonoro grito, lo cual provocaba en los circunstantes y fieles gran risa, con la consiguiente irreverencia. Y al fin, un prelado, muy poco humorista, pero si muy respetuoso de la santidad del lugar, ordenó que le fueran seccionados algunos nervios al simpático personaje, que después de aquella intervención quirúrgica quedó mudo y casi inmóvil.
Nuestro Papamoscas es creación del muy genial rey y señor nuestro, don Enrique III. El Monarca Doliente tenía por costumbre acudir todos los días a la Catedral de riguroso incógnito; permanecía unos minutos en el gótico templo, sumergido en devota abstracción. Mas un día vio a una muchacha de gentil aspecto que oraba fervorosamente ante el sepulcro del conde Fernán González. Paróse unos momentos a contemplarla; volvió la joven la cabeza y encontráronse los ojos de ambos. Salió turbada la muchacha, y tras ella caminó en silencio don Enrique, hasta que la Vio entrar en su casa. Y desde entonces idéntica aventura se repitió todos los días; Monarca y doncella cambiaban sonrisas y miradas, mas ni uno ni otra hizo jamás intención de iniciar la más ligera conversación.
Un día, al salir, la joven dejó caer un pañuelo; adelantóse el Rey y lo cogió. Lo guardó con apasionado gesto en su pecho y entregó el suyo a su silenciosa amiga. La joven tomó entre sus dedos el pañuelo que el Rey le tendía, y se alejó con sonrojado y entristecido semblante. Desde entonces, no se la volvió a ver en la Catedral, ni aun por las calles de la ciudad.
Pasó un año. Un atardecer, paseaba don Enrique por un bosque, cuando de pronto se dio cuenta de que se había extraviado. En vano intentó regresar. Seis hambrientos lobos rodearon al Rey castellano. No se asustó el Monarca: echó mano a su espada y luchó con denuedo contra las fieras, logrando dar muerte a tres de ellas. El tiempo avanzaba, y el implacable asalto de los lobos concluyó por fatigar a don Enrique, cuyas fuerzas, no por escasas menos fecundas, desfallecían rápidamente. Ya estaba a punto de sucumbir a los ataques furiosos de los lobos, cuando se oyó un grito extraño («y un tiro de fusil», suele añadir el sacristán de la Catedral). Espantados, los animales abandonaron la ya segura presa y huyeron entre los árboles. Y ante el sorprendido don Enrique surgió una mujer, cuyo rostro, de magnífica belleza, aparecía dolorosamente contraído. Ni una sola palabra salía de sus labios; tan sólo, de vez en cuando, un lamento escapaba de su pecho. Por unos momentos, el Rey clavó su mirada en la extraña aparición, y enseguida reconoció en ella a la joven de la Catedral. Avanzó unos pasos y le tendió sus brazos amorosos; pero la muchacha le detuvo, y con dolorosa sonrisa y espiritual melancolía dijo:
«Te amo porque eres noble y generoso; en ti amé el recuerdo gallardo y heroico de Fernán González y del Cid. Mas no me es posible ofrecerte mi amor. Sacrifícate, pues, como yo lo hago...». Y con estas palabras, cayó muerta. En su mano derecha estrechaba aún el pañuelo de don Enrique; y lo apretaba con amor sobre su corazón.
Alejóse el Rey con el espíritu apesadumbrado y el ánimo ocupado por un recuerdo que sería ya imborrable. Llamó a un artista moro y le ordenó que hiciera una figura para un reloj veneciano que había de colocarse en la Catedral burgalesa; y exigió que esta figura emitiera a cada campanada un grito que le recordara el que lanzó la joven al verle rodeado por los lobos. Y pidió también que repitiera las apasionadas frases que le dedicara la muchacha. Mas esta última exigencia no fue capaz de satisfacerla el artífice.
Nosotros, por nuestra parte, aunque no lo hemos oído, nos resistimos a creer que el grito del feísimo Papamoscas pudiera parecerse al que lanzara la gentilísima enamorada del Rey caballero don Enrique III el Doliente.
 

martes, 12 de junio de 2012

Un amor funesto "leyenda"

Era la época en que las huestes cristianas se oponían a las avanzadas del guerrero Almanzor; no obstante, éste veía alzarse contra él a un temible baluarte: el reino fronterizo de Castilla. Ante su creciente poderío, comprendió que debía emplear, junto con las armas, gran parte de habilidad y de astucia. No desconocía las rivalidades de los reinos cristianos, y decidió lograr una alianza castellana ofreciéndoles ayuda contra cualquier amenaza del reino de Navarra.
En Castilla gobernaba entonces el conde Sancho García, pero, por su temprana edad, tenía las riendas del poder su madre doña Oña, condesa viuda de Castilla. Era mujer de mucho temperamento, a quien seducía en gran manera el mando.
Almanzor fue a Burgos, capital del condado de Castilla, para negociar la alianza entre cordobeses y castellanos. Cuando doña Oña le vio, quedóse profundamente enamorada de la arrogancia y apostura del guerrero cordobés; este amor no pasó por alto para Almanzor y decidió sacarle el mayor partido posible. A tal fin empezó a dar muestras de cariño a la enamorada Condesa, con lo que logró ganar plenamente su ánimo. No reparaba doña Oña en la nobleza de su linaje ni en la pureza de su sangre castellana, para rendirse al sagaz Almanzor: le amaba con todo su corazón y no dudaba en exponerlo todo para tenerlo a su lado.
Almanzor, cuando tuvo ganada a la Condesa, comprendió que un obstáculo se oponía a su ambiciosa idea de unir Castilla y Córdoba en una misma corona: el joven Sancho García, y decidió suprimirlo. Para ello pensó utilizar como medio a la propia Condesa, y a partir de entonces comenzó a pintarle con los más bellos colores las excelencias de una unión cordobesa y castellana, al tiempo que le ofrecía casarse con ella; la Condesa respondía a tales pensamientos con visibles muestras de complacencia, pero cuando Almanzor insinuó que para ello convenía eliminar a don Sancho, doña Oña le miró con desdén y rechazó indignada tal insinuación. No se desanimó por su negativa el musulmán, pues la esperaba, pero confiaba en que la pasión que por él sentía la castellana le haría cambiar de opinión. Y así fue; un día llegó el moro a la habitación en donde se encontraba doña Oña, y le dijo que su amor no era sincero, puesto que a la primera prueba que le había pedido se había negado a dársela. Por lo tanto, no podía consentir su dignidad de musulmán verse así engañado y tenía decidido marchar aquel mismo día para Córdoba. Cuando la Condesa oyó tales palabras, fue rápida hacia él y se quejo con amargura de su ingratitud y de la falta de comprensión para su amor. En su afán de tenerle a su lado, llegó a prometerle que mataría a su hijo para que pudieran casarse.
Fueron pasando los días; la Condesa seguía dispuesta a ejecutar el criminal proyecto, y sólo si Almanzor no estaba con ella la inquietaban sus pensamientos. Los dos amantes habían fijado el día en que don Sancho fuera mayor de edad para causarle la muerte. Cuando llegó la fecha se hicieron los preparativos para el gran banquete que había de celebrarse, al que estaban invitados los nobles castellanos y los acompañantes de Almanzor. Entre la vajilla real figuraba una copa de oro que era tenida en gran estima por haber bebido en ella los primeros jueces de Castilla. Por eso habían hecho de ella un símbolo de independencia, y sólo la utilizaban los Condes soberanos en las ocasiones más solemnes. Así, como en aquella fecha Sancho García bebería en tal copa, decidió Almanzor que doña Oña echara en ella, mezclado con el vino, un fuerte veneno que produciría la muerte al poco tiempo de haberlo injerido.
Aquel día, musulmanes y cristianos organizaron una brillante comitiva para dirigirse a Palacio. En la regia casa reinaba gran alegría por la subida al poder, de hecho, del joven Conde. Sólo doña Oña sostenía una dura lucha consigo misma: sentía una amarga pesadumbre por el acto infame que iba a cometer, pero su desenfrenada pasión por Almanzor desechó tal pensamiento y fue decidida al lugar en donde estaba la copa, para verter en ella el mortífero veneno. Después que lo hubo echado, desapareció la angustia que antes la turbara, y sintió una extraña serenidad. Salió de la habitación con gran calma y fue a su aposento para adornarse con sus mejores galas y estar dispuesta, para, cuando su hijo la llamara, bajar al salón en que había de celebrarse el banquete. Después que la Condesa ocupó en él un sitio junto a su hijo, era tal la tranquilidad que reflejaba su semblante, que Almanzor dudó que hubiera hecho lo que pensara; sólo cuando vio que, al dirigir el Conde su mano hacia la copa, el rostro de la Condesa mudaba de color, se convenció de que todo se había realizado como él quería. En aquel momento, Sancho García, que durante el banquete atendió con cariño a su madre y al moro, cogió la copa y se levantó para brindar por una duradera y firme amistad entre el reino de Córdoba y el condado de Castilla. Entonces la Condesa, con una palidez mortal, pidió permiso a su hijo para retirarse a sus habitaciones por sentirse algo indispuesta. Don Sancho le prodigó amables frases y le concedió el permiso deseado. Aquellas muestras de cariño acabaron de convencer a la condesa de que no debía consentir la muerte de su hijo, y, cuando éste se llevaba la copa a los labios, dio un gran grito e impidió, arrojándose a él, que bebiera el mortal veneno. En un instante, ante los asombrados ojos de la concurrencia, cogió la copa que tenía el Conde y, llevándosela a la boca, la apuró de una vez. Después explicó a Sancho lo que Almanzor la había impulsado a hacer contra él; le pedía perdón para sí, antes de comparecer ante el tribunal de Dios. El conde Sancho García, sorprendido por lo que doña Oña acababa de revelarle, la tranquilizó afectuosamente y, en la imposibilidad de hacer nada para salvar la vida de su madre, la perdonó de todo corazón.
Mientras tanto, Almanzor, indignado al ver que la Condesa le había traicionado, empezó a insultarla, lleno de ira. Los nobles castellanos ante tanta villanía, echaron mano a sus espadas, dispuestos a hacer pagar caro el criminal propósito del musulmán; pero don Sancho los contuvo diciéndoles que debían respetar la hospitalidad que habían dado al cordobés y permitirle salir en paz hacia su tierra. Sólo cuando hubiera llegado a ella debían retarle en campo abierto. Los nobles se aplacaron con las palabras de su señor, y poco después moría la desgraciada condesa Doña Oña.
Almanzor y sus acompañantes salieron para Córdoba, y Sancho García mandó hacer solemnes exequias a su madre.

domingo, 10 de junio de 2012

La cuesta de la reina "leyenda"

Partiendo del Monasterio de Fresdeval, existe una cuesta que lleva hasta un lugar donde hubo en otros tiempos una especie de castillejo, que, en la época en que se sitúa esta leyenda, estaba ya deshabitado.
Cuenta la leyenda de este castillejo, que el Monasterio de Fresdeval fue fundado por don Gome Manrique, hijo del Adelantado Mayor del Reino, don Pedro Manrique.
Este don Gome era hijo bastardo del Adelantado, y había nacido en Granada, de unos amores que éste hubo con una dama mora.
Había sido educado en la religión mahometana, pero al morir su padre y heredar todos sus bienes, por no tener el Adelantado hijo ninguno de su esposa legal, convirtióse al cristianismo e hízose bautizar, casándose después con doña Sancha Rojas.
A pesar de su conversión al cristianismo, decían las gentes del país que muy a menudo don Gome Manrique íbase a Granada, y al llegar allí, poníase sus antiguos vestidos árabes para acudir a diversiones impropias de su rango y citas amorosas con mujeres de la raza de su madre.
En estas correrías, llegó a conocer y tratar íntimamente a una princesa mora, de quien hubo un hijo.
Cuando ya los años impedían a don Gome Manrique las correrías y las guerras, retiróse a sus propiedades, donde fundó el Monasterio de Fresdeval, ayudado por su esposa, doña Sancha.
Hacía ya algunos años que el Monasterio había sido inaugurado, y habitaba en él un grupo de piadosos monjes que dedicábanse a la oración, cuando alguien descubrió que el castillejo que remataba la cuesta que partía del Monasterio estaba habitado. Y no sólo esto, sino que todas las noches, una mujer, ataviada con un albornoz blanco, salía del castillejo y desaparecía de pronto, al llegar a las cercanías del claustro hoy conocido por el nombre de «claustro de doña Isabel Pacheco de Padilla», por haber sido enterrada allí esta ilustre dama.
Enterado el Prior de este asunto, indignóse ante el sacrilegio que el hecho suponía.
Quiso, no obstante, asegurarse antes de hablar con ninguno de los monjes, ya que en todos tenía tan absoluta confianza, que no podía, ni remotamente, pensar que uno de ellos fuera capaz de recibir a una mujer en el claustro.
Inmediatamente púsose a indagar en secreto, y llegó a la sospecha de que era un joven novicio, que hacía poco había llegado al Monasterio, el que infringía las severas leyes de la Orden.
Con todo, no se atrevió tampoco a decir nada hasta tener la seguridad del hecho, porque el novicio era nada menos que el hijo bastardo de don Gome Manrique, el fundador del Monasterio.
Puso, pues, un espía en las cercanías del Monasterio, para que le advirtiera si realmente la mujer del albornoz blanco entraba en el claustro. La noche en que el espía se apostó junto a unos matorrales, en el cielo brillaba la luna con todo su esplendor, y la mujer no salió.
A la noche siguiente también brilló la luna, y tampoco apareció en la puerta del castillejo la mujer del albornoz; pero a la tercera noche la luna estaba oculta por las nubes, y de pronto el hombre, que estaba vigilando muy atento, vio surgir de entre la noche una blanca figura. Escondióse inmediatamente. Era la mujer del castillejo, que bajaba a toda prisa por la cuesta, hasta llegar al claustro. Una vez allí, desapareció.
El hombre se fue inmediatamente a avisar al Prior. Éste hizo levantar a los monjes, que estaban ya recogidos.
Entretanto, en el claustro, el novicio, arrodillado en el suelo, tenía apoyada la frente en el regazo de una mujer mora de extraordinarla belleza, la cual pasaba la mano por la cabeza del joven, pronunciando, en árabe, palabras de dulce aliento y consuelo. Estaba sentada en el borde de un pozo, e indolentemente apoyada en la arcada.
Frente a ellos estaba la puerta del claustro, ahora herméticamente cerrada. De pronto, cuando menos lo esperaban, la puerta se abrió y aparecieron en ella el Prior y todos los monjes, con sendos cirios encendidos.
El joven levantóse, pálido de ira. La mujer siguió sentada, sin moverse ni pronunciar palabra.
El prior alzó la mano para lanzar sobre ellos un terrible anatema, cuando el novicio le detuvo con un gesto, declarando al mismo tiempo que la señora era su madre.
Era, en efecto, la princesa mora con quien había tenido amores en Granada don Gome Manrique, y que, al obligar éste a su hijo bastardo a ingresar en el Monasterio, le había seguido hasta Castilla, y vivía escondida en el castillejo, con el único consuelo de visitarle las noches en que no brillaba la luna.
El Prior inclinóse ante la dama, que se retiró a su refugio. Pocos días después el novicio salía del Monasterio para reunirse con ella.
Desde entonces se llamó a la cuesta por donde bajaba la madre a visitar al novicio, la Cuesta de la Reina.

viernes, 8 de junio de 2012

La gruta del pirata "leyenda"

Entre las muchas y encantadoras cuevas de la isla de Mallorca, encuéntrase la llamada del Pirata, que ocupa el segundo lugar en importancia y belleza. El primero es para las de Artá, y el tercero lo ocupan las del Drac.
Sobre el origen del nombre de la Gruta del Pirata existe una leyenda.
Es histórico que las costas más castigadas por los desembarcos de los piratas y corsarios berberiscos fueron las del Suroeste, y ello porque sus calas daban abrigo seguro a las embarcaciones y les facilitaban la huida en caso de peligro.
En el año 1760 una invasión berberisca sorprendió a los moradores del predio «Son Forteza», cuya fortificación central estaba rodeada de barbacanas.
Los berberiscos consiguieron hacer prisionero al amo del predio, y ya lo llevaban hacia su barco, cuando el hijo del cautivo les vio y, reuniendo a su gente, presentaron pelea a los piratas, obligándoles a huir por Calabarra. Libraron al amo, y los corsarios, vencidos, embarcaron de nuevo.
En el oratorio de San Salvador de Felanitx pende todavía un exvoto que relata este hecho de armas.
Dice la leyenda que un joven pirata, al intentar huir, se pilló un pie entre dos piedras y se rompió una pierna. Y, al no poder correr, se escondió entre los matorrales. Llegada la noche, se arrastró hasta una cueva, esperando que sus camaradas, al echarle de menos, volverían a buscarle.
Procuró vendar sus heridas y se ató fuertemente a la pierna una tira de tela de su turbante, para que el hueso se solidificara, y buscó alimentos. Le resultaba muy difícil moverse; pero la Providencia le deparó lo necesario. La cueva servía de refugio a ovejas y cabras. Algunas de ellas tenían crías, y con la leche pudo pasar unos días sin necesidad de salir de allí.
Cuando, transcurridos unos días, pudo salir de la gruta ya casi repuesto, se dirigió a la playa en busca del barco, y halló que éste había desaparecido. Sus compañeros le habían abandonado, creyéndole muerto o prisionero.
El disgusto aumentó su debilidad y cayó desvanecido. Unos pescadores le recogieron y le llevaron al predio, donde fue atendido.
Con todo cuidado acabaron de curarle las heridas y la fractura de la pierna y le dieron de comer para que recuperara las fuerzas perdidas. Ante tales muestras de confianza, el joven árabe contóles cuanto le había ocurrido.
Inflamado de odio hacia los compañeros que tan inhumanamente le habían abandonado, ofreció sus servicios al amo del predio. Fue siempre tan puntual en su trabajo, tan sumiso en obedecer las órdenes que se le daban, que en poco tiempo se captó las simpatías de todos.
En diversas ocasiones defendió el predio contra sus antiguos compañeros, en los repetidos ataques que hicieron a la casa.
Convencido y convertido a la fe cristiana, fue bautizado y se casó con la hija del colono de «Son Forteza», viviendo siempre en paz con la familia, hasta morir, unos años después, a causa de las heridas recibidas en lucha contra los corsarios berberiscos.
La Gruta del Pirata, que habitó este hombre valeroso y agradecido, es la que posee las más formidables formaciones de estalactitas.

miércoles, 6 de junio de 2012

Don Jaime y la calavera "leyenda"

El noble señor don Jaime de Aragón se dirigía a Sicilia a bordo de una embarcación de su flota y rodeado de sus hombres de guerra. De pronto se desencadenó un fuerte temporal. Las gigantescas olas movían el barco como un pequeño cascarón, llegando a averiarlo seriamente. El agua entraba por una brecha abierta en el casco, y los tripulantes, percatándose del peligro, organizaron a toda prisa el salvamento en las lanchas, y el buque, abandonado, fue tragado por las aguas. Don Jaime se encontró en medio de aquella enorme confusión solo y asido a un madero, desde el que invocó a Dios, único que podía salvarle. Dejándose ir a la deriva, las olas le arrojaron en una playa desierta, ya agotados sus ánimos y a punto de perder el sentido. Allí quedó toda la noche, sin fuerzas para moverse, pensando morir a cada momento, hasta que llegó el nuevo día, en que unos pescadores le recogieron y cuidaron. Cuando se repuso un poco enteráronle de que se hallaba en una de las islas Baleares. Echó a andar en busca de refugio, y encontró un palacio señorial aislado en el campo, donde llamó, en demanda de auxilio. Los criados abrieron y le llevaron a la presencia del señor, que con generosa hospitalidad le nombré su huésped de honor, le ofreció un blando lecho en que descansar y le prodigó toda clase de cuidados, y aun le dio lujosos trajes para reemplazar a sus destrozadas ropas.
Al día siguiente, ya repuesto don Jaime, pudo levantarse a la hora de comer y se sentó a la mesa con el señor del palacio. Al poco tiempo, entre una fila de servidores, apareció una negra horriblemente fea, pero con magníficos trajes y cargada de valiosas joyas; se sentó a la derecha del señor, el cual se la presentó a don Jaime como su esposa. Empezó la comida, entrando los criados con bandejas de plata que contenían exquisitos manjares. Enseguida se abrió otra puerta y en ella apareció una mendiga con el cuerpo cubierto de harapos, fuertes cadenas en los pies y una calavera en las manos. Esta mujer, que debía ser todavía joven y bella, pero que estaba horriblemente pálida y demacrada, reflejando en su semblante un profundo dolor y en sus grandes ojos una tristeza infinita, se sentó en el suelo, en un rincón de la habitación, sin que los dueños se molestaran en volver la cabeza a mirarla. De vez en cuando le echaban algún mendrugo de pan, o algún hueso para que chupase, que la desdichada cogía con avidez, y luego le servían el agua en aquella calavera, en la que ella bebía, hasta que, terminada su pobre comida, se levantaba, y arrastrando la gruesa cadena, desaparecía por la puerta.
Don Jaime sintió una compasión infinita por aquella desgraciada, y se apoderó de él un vivo deseo de remediar aquella situación humillante y vergonzosa. Así que, una vez hubieron acabado de comer y se encontraron solos los dos hombres, le preguntó al dueño por la suerte de aquella infeliz.
El señor le replicó que merecía aquel castigo por su horrible maldad, y le relató la trágica historia de aquel espectro, que era su esposa. Con ella se había casado diez años antes, colmándola de bienestar, halagos y caricias. Y así pasaron los primeros meses en la más completa armonía, felices y queriéndose entrañablemente. Pero fue a vivir con ellos un primo de su mujer, que seguía la carrera de sacerdote, y en la casa se le recibió como a un hermano. Pasaron unos años sin que nada perturbara la felicidad de aquel hogar dichoso, hasta que un día aciago aquella negra que había visto y que antes servía en la casa, dio cuenta al señor de la infidelidad de su esposa con el forastero. Enajenado por los celos, corrió en su busca. Encontró primero al estudiante y sin vacilar le clavó su puñal en el pecho, cayendo muerto a sus pies. Después le cortó la cabeza y ordeno mondarla y que se la entregasen a su esposa como único vaso en el que bebería ya toda su vida. Fue despojada de sus alhajas y vestidos y encerrada en un oscuro calabozo, cargada de cadenas, de donde no saldría en vida. Únicamente a la hora de la comida se le permitía llegar al comedor del palacio, donde podía contemplar a la negra que la había suplantado.
Confuso quedó don Jaime ante el trágico suceso revelado y comprendía el inmenso dolor del caballero, aunque el castigo fuese excesivo, y así se lo manifestó al anfitrión.
El rey de Aragón tuvo que quedarse allí unos días, esperando que arribara algún barco para poder volver a la Península, y en ese tiempo no volvió a ver a la señora negra, que se había puesto enferma de alguna gravedad. El médico se mostró pesimista desde el primer momento y hubo de aconsejar que se llamara a un sacerdote para prepararla a bien morir. Se buscó un fraile de un convento cercano, que al poco rato se hallaba al lado de la enferma.
Terminada la confesión, salió el fraile, y, llamando a todos los de la casa, les hizo entrar en la habitación de la moribunda, que, a punto de expirar, ante todos confesó que ella había calumniado a dos inocentes, que eran su señora y el sacerdote asesinado. Enamorada de éste y despreciada por él, quiso vengarse con aquella infamia. El caballero no escuchó más. Loco de furor, se lanzó sobre la negra y le hundió su puñal en el pecho. Y, atropelladamente, corrió hacia el calabozo donde estaba su esposa y, cayendo de rodillas ante ella, le pidió perdón por su ceguera, mientras derramaba abundantes lágrimas. La esposa se lo otorgó generosamente, sin la menor protesta. En el acto fue trasladada a una lujosa habitación, rodeada de cuanto pudiera ser para ella más agradable, atendiéndola con mil cuidados y con delicados manjares. Pero su debilidad era extrema, y, como si renunciara a toda clase de comodidades en esta vida, la infeliz murió a los pocos días.
Su angustiado esposo, no pudiendo acallar los remordimientos de su conciencia, ingresó en un convento, donde vivió en la miseria que él impuso a su esposa, en expiación de sus crímenes, haciendo hasta su muerte continuos sacrificios.
En cuanto a don Jaime, de tal modo se había grabado en su ánimo la tragedia de aquella infeliz mujer, que, impresionado para toda su vida, no pudo apartar su recuerdo y buscó la paz y soledad en un claustro.

lunes, 4 de junio de 2012

Don Lope de Mendoza "leyenda"

El 4 de mayo de 1619 se celebró en Zafra una gran boda. Se unían en ella dos familias de gran fortuna. Silva y Figueiredo, portuguesa, y Álvarez, española.
El contrayente, Álvaro de Silva y Figueiredo, había nacido en Elvas, en los comienzos del 1600. Siendo de familia noble, fue educado con gran esmero; aunque, a decir verdad, no sacó gran provecho de la sabiduría que intentaron inculcarle, ya que el mozo más gustaba de fiestas y romerías que de estudios.
En el año 1617 figuraba como el más turbulento muchacho de la frontera. Corriendo de fiesta en fiesta, coincidió en las ferias de Zafra que se celebraban con gran esplendor, y en un baile, en la casa de los nobles señores de Ugarte, conoció a María Álvarez que era, sin disputa, la más bonita de las muchachas que acudieron a la fiesta. Se enamoró de ella, y en el día 4 de mayo de 1619, como ya hemos dicho, contrajeron matrimonio.
Al año de su boda, María y Álvaro tuvieron una hija, que creció en medio de mimos y cuidados, siendo a los diecisiete años, una joven de extraordinaria belleza. Su nombre era Mencía del Olvido.
En 1637 pasó por Zafra una compañía de infantería, que dejó en aquella localidad un destacamento de cuarenta plazas, bajo el mando del alférez don Lope de Mendoza, que pertenecía a una de las más nobles familias de Sevilla.
Mencía del Olvido y don Lope se amaron casi desde el mismo momento en que se vieron; mas cuando don Lope solicitó la mano de la joven a su padre, éste se negó en redondo a concedérsela, por la sola razón de que, a pesar de su mucha nobleza, don Lope no poseía otro caudal que lo que ganaba con las armas.
No solamente se negó el padre a que Mencía del Olvido se casara con don Lope, sino que la inclinó a contraer matrimonio con un descendiente de los Ramírez de Prado, noble familia que poseía una gran fortuna. La oposición del padre llegó demasiado tarde. Mencía y Lope amábanse ya lo bastante para no querer separarse.
Ante la constante resistencia de su hija a la boda con Ramírez de Prado, don Álvaro la encerró en el monasterio de Religiosas de Santa Clara; pero la joven, con su belleza y su zalamería, ganó las simpatías de la Abadesa, quien le permitió celebrar de cuando en cuando secretas conferencias con don Lope.
Cuando don Álvaro tenía ya casi listos todos los preparativos para el casamiento de su hija con don Alfonso Ramírez de Prado, don Lope había conseguido convencer a Mencía del Olvido para que se fugara con él y casarse en secreto.
Para realizar su plan contaban con la complicidad de un paje que servía a don Lope, y que a última hora, y por la ambición del dinero, se vendió a don Álvaro, revelándole el día y hora en que se efectuaría la fuga.
Cuando llegó el momento señalado por los amantes, y cuando don Lope iba a subir al convento por una escala de cuerda, vióse de pronto rodeado por don Álvaro y su gente, que intentaron matarle. Defendióse el alférez, y en el calor de la disputa don Álvaro le abofeteó. Don Lope no pudo contener su primer impulso, y, desenvainando su espada, la hundió en el pecho de don Álvaro, quien, al caer herido, exclamó: «¡Maldito seas, infame castellano!».
Don Lope consiguió escapar de Zafra, y cabalgando sin descanso, llegó a Sevilla a los tres días. Allí se alistó en un Tercio español que partía hacia Nápoles a combatir en una de las innumerables guerras que por aquellos tiempos sostenía Italia.
Siendo joven y galante, tuvo en este país muchas aventuras amorosas que le hicieron olvidar el amor de doña Mencía del Olvido. Ésta, sin embargo, no le olvidó, y aun profesó en el mismo convento de Santa Clara, en cuya muralla había muerto su padre.
Don Lope pagó muy cara su ingratitud. Iba de continuo de fiesta en fiesta y tenía mucho favor entre las damas que se disputaban sus galanterías. Una noche, al salir de un baile, pasó por delante del palacio de Fabricio Colonna. De pronto surgió de las sombras un bulto negro, que se acercó a él, alargándole una carta. Al preguntar don Lope quién era, retiró su embozo y apareció ante su vista el espectro de don Álvaro, que, señalando su herida, dijo con siniestra voz: «¡Maldito seas, infame castellano!».
Don Lope cayó desvanecido de terror. Cuando recobró el sentido leyó la carta que aún estrechaba en su mano. Decía así: «Hoy, 7 de febrero de 1639, yo, Álvaro de Silva y Figueiredo, natural de Elvas, padre de doña Mencía del Olvido y muerto por tu mano el 7 de febrero de 1638, por especial permiso de Dios, vengo a anunciarte que morirás sin remisión el día 7 de julio, al cumplirse los diecisiete meses de mi muerte. Es la justicia de Dios. ¡Maldito seas, infame castellano!».
El terror que de momento había sentido fue desvaneciéndose en el ánimo de don Lope, que procuró persuadirse de que todo había sido una broma pesada de alguno de sus compañeros que conocía su aventura. Llegó a olvidar el trágico suceso y trasladóse a Milán, donde, como antes en Nápoles, empezó a frecuentar los salones y las fiestas, galanteando a las damas, que se desvivían por él.
Una noche, en un baile ofrecido por el Alcalde, se le acercó de pronto un criado, que le entregó una carta que había dejado para él un enmascarado. La carta era, como la anterior, de don Álvaro, y decía: «Sólo te quedan cuatro meses de vida. Dios quiere que mueras el 7 de julio, a media noche. ¡Maldito seas, infame castellano!».
Don Lope abandonó la fiesta, y corriendo por las calles desalentado, se dirigió al convento de los Padres Capuchinos, que encontró cerrado. Sentóse en el portal, para esperar el día. Allí le encontraron cuando abrieron, de madrugada. Al preguntarle el lego qué hacía allí, contestó que quería confesarse con el Padre Prior. El lego, al verle tan desencajado, le permitió entrar, y don Lope hizo una confesión sincera y llena de arrepentimiento. Una vez absuelto de todos sus pecados, pidió al Prior que le permitiera tomar el hábito. Estaba cansado del mundo y quería vivir en el retiro del claustro. El Prior hízole toda clase de reflexiones. Mas le vio tan decidido, que le aceptó como novicio.
En la clara mañana del día 7 de abril pronunció los votos solemnes ante toda la comunidad. Al regresar al coro, encontró en el suelo, frente a su sitial, una carta cerrada. Entre las sombras, parecióle ver un bulto que conoció inmediatamente. Era don Álvaro, que, mostrándole su cara pálida y cadavérica, le dijo una vez más: «¡Maldito seas, infame castellano!».
Don Lope no pudo resistir tanta emoción, y cayó enfermo de miedo. Sufriendo horribles alucinaciones, que le hacían sufrir mucho, llegó al 7 de mayo. En la noche de aquel día encontró bajo el travesaño de su cama una carta en la que se le decía que sólo le quedaban sesenta días de vida. El 7 de junio encontró otra misiva, aconsejándole que se preparara para morir el 7 de julio a la misma hora en que había dado muerte al padre de doña Mencía del Olvido.
Antes de cumplirse el plazo fatal, don Lope Mendoza sintióse atacado por violentas convulsiones. El día 6 de julio pidió la confesión, y el día 7 murió, dejando consternados a sus compañeros de comunidad.

jueves, 31 de mayo de 2012

La venganza de Nalvillos "leyenda"

Sabido es que cuando Alfonso VI hubo de huir del territorio castellano, encontró hospitalidad y ayuda en Toledo, cuyo rey moro Al-Mamún le atendió con generosidad y le proporcionó todas las comodidades posibles, atendiéndole como a un hermano. Al fin, cuando los mensajeros de doña Urraca llegaron a Toledo con la noticia de que Sancho había muerto en el cerco de Zamora, Alfonso se dispuso a volver. Muchos extremos de amistad hicieron ambos príncipes, el moro y el cristiano, al despedirse. Y Alfonso, queriendo corresponder a la hospitalidad de Al-Mamún, le ofreció que la bella Alá-Galiana, sobrina del Rey, fuese a los Estados cristianos a recibir allí los dones de la educación. Al-Mamún aceptó agradecido, y, así, partió Alfonso hacia Castilla. Poco tiempo después la dama mora llegó a los Estados cristianos, acompañada por don Fernando de Lago, que con una lucida escolta daba guardia y honor a Galiana. En Ávila los esperaban los hijos de Alfonso VI, doña Urraca y don Raimundo de Borgoña, los cuales quedaron admirados al ver la galanura y discreción de Galiana. Una vez restauradas las fuerzas de los expedicionarios, salieron de nuevo, ahora hacia Galicia, acompañados por los mismos Condes. Al llegar a las hermosas tierras gallegas, Galiana, que conocía ya las verdades de la religión cristiana, aconsejada por los Condes, abrazó la santa fe de Cristo. Durante las fiestas, llenas de animación y color, que siguieron a la ceremonia del bautismo de la bellísima mora, Galiana, que había tomado el nombre de Urraca, recibió el constante homenaje de los jóvenes más distinguidos de la nobleza cristiana. Uno de éstos se distinguió sobre todos en manifestar la gran atracción que sentía por la princesa. Era Nalvillos Blázquez, el cual en los combates fronteros había alcanzado gran renombre por su heroicidad frente al enemigo. Pasados aquellos días, hizo todo lo que en su mano estuvo para ver continuamente a Galiana, hasta que al fin, en una ocasión, pidió ver al Conde, y siendo recibido por éste, le solicitó la venia para contraer matrimonio con la hermosa mora. El Conde prometió enviar mensajeros al Rey para pedir su autorización.
Cuando los correos llevaron las cartas del conde don Raimundo a Alfonso VI, éste al leer el deseo de Nalvillos Blázquez, quedó perplejo. No hacía mucho tiempo había determinado que Galiana fuese dada en matrimonio a un gallardo guerrero moro que estaba a su servicio y a quien le había concedido numerosas donaciones de tierras a orillas del Tajo, cerca de Talavera. El moro había aceptado con gran alegría, pues amaba con ternura a la princesa desde sus años niños, y era correspondido por ella en secreto. Se presentaba, pues, un dilema difícil de resolver a Alfonso; pero al fin pesó en su ánimo la conveniencia de satisfacer a un caballero tan noble, y que tantos heroicos servicios le rindiera, como Nalvillos Blázquez. Y así, dictó un mensaje para el Conde, en el cual daba su venia para el proyectado enlace, y al mismo tiempo otro para Jezmin­Yahia, que así se llamaba el amado de Galiana, para que quedase en sus tierras, diciéndole que por razones de gobierno se había visto forzado a revocar su promesa y a dar a Galiana en matrimonio a Nalvillos Blázquez.
Celebráronse las bodas de Nalvillos con Galiana, mientras que Jezmin, lleno de desesperación y rencor, prometía tomar cumplida venganza, aunque acallara de momento su rencor. Y así, cuando un día Nalvillos hubo de ir a Talavera a ciertos asuntos de la hacienda de su mujer, fue recibido por el guerrero musulmán con franca hospitalidad, y hasta se mostró tan generoso con Nalvillos, que éste, para corresponder, le invitó a las fiestas que iban a tener lugar en Ávila para solemnizar las bodas de Arias Galindo, antigua prometida de Nalvillos, con el hermano de éste, enlace que se celebraba para remediar el desaire cometido por el noble al preferir a Galiana.
Se celebraron las bodas y las fiestas. En las afueras de la muralla se alzaron tablados, se cercó una gran explanada para las justas y se dispuso la celebración de corridas. La animación y el bullicio eran indescriptibles. Ante las voces de aliento o de burla, los caballeros derribaban los tablados, mostrando la fuerza de su brazo y su habilidad; lanzaban al vuelo los escuadrones de sus aves de cetrería, y los juglares cantaban en las plazas las hazañas de sus señores. Al fin llegó la tarde de las justas. Alrededor del terreno se habían alzado bancos y tribunas en donde tomó asiento toda la aristocracia de Ávila. En lugar de honor estaban los Condes y Galiana, así como los nuevos esposos. Comenzó el torneo entre el sonar armonioso de los clarines, las voces de aliento de los partidarios de cada caballero, y el griterío del pueblo, que en la barrera opuesta al estrado en donde se encontraban los nobles se agolpaba alegremente.
Tras los combates por cuadrillas llegaron las luchas de caballero contra caballero. El interés de todo estaba centrado en el que habría de tener lugar entre Nalvillos y Jezmin. Magníficamente vestidos y con sus caballos ricamente enjaezados, salieron los dos campeones a la palestra. Se dispusieron a la distancia que les fue señalada por los maestres de campo y se lanzaron uno contra otro con todo el impulso de sus briosos corceles. Las lanzas saltaron hechas astillas, sin que ninguno de los dos caballeros se moviese del arzón. De nuevo volvieron al punto de partida, y tomando nuevas lanzas, se arrojaron al encuentro a todo galope. Esta vez la suerte favoreció al cristiano, y Jezmin fue arrojado de su silla, entre el griterío del publico. Pero Galiana, en ese mismo momento, sintió renacer la vieja afición a Jezmin, y profiriendo un grito de angustia, cayó desmayada. Sin embargo Jezmin no había sufrido físicamente nada, y sólo su espíritu estaba irritado y turbado por la ira, considerando amargamente que había sido vencido de nuevo por su rival, y de nuevo también por una suerte adversa, ya que su caída del caballo la atribuía a debilidad de su corcel.
Aquella noche se había retirado a su mansión, con pretexto de curar de sus magulladuras, cuando un paje entró con un mensaje de Galiana. Ella le pedía que fuese cerca de su ventana, ya de madrugada. Jezmin sintió lleno de esperanza su corazón y se dispuso a salir en cuanto alborease el día.
Ya cantaban los gallos, y los nobles señores descansaban de una noche de alegres fiestas, cuando Jezmin, sin ser acompañado de nadie, se dirigió a pie, por disimular más su llegada, a las tapias del jardín de Galiana, sobre el cual se abría la ventana de la cámara. Pudo entrar perfectamente en el huerto y llegar al pie fiel muro. Silbó como lo hacía cuando de niños jugaban, y salió Galiana, que le invitó a subir a su aposento. Ágilmente cumplió Jezmin su mandato, y entonces ella le confesó su amor, así como el desprecio que sentía por su esposo, y le dijo que en tanto llegaba la ocasión de abandonarle para unirse a él, se verían aprovechando las ausencias de Nalvillos.
Y así lo hicieron, sin que éste sospechase nada. Notaba, sí, un creciente desdén que le amargaba, pues en su pecho latía siempre vivo el amor por Galiana. Por entonces, importantes acontecimientos históricos tuvieron lugar. A la muerte de Alfonso VI, los árabes, exaltados por la derrota de Uclés, se lanzaron sobre las fronteras. Y Jezmin, comprendiendo que era ocasión para su venganza, se alzó en rebeldía, y un día llegó en algarada hasta el palacio de Galiana, la tomó y la llevó consigo, mientras Nalvillos peleaba por otra región.
Cuando Nalvillos volvió y se enteró de la fuga de su adorada Galiana, dio orden de perseguir a los fugitivos. Y cuentan unas historias que entrando en Talavera de improviso, sorprendió a los amantes y les dio muerte sobre el mismo lecho en que celebraban sus impúdicas bodas. Mas otros relatos aseguran lo siguiente: Nalvillos, cuando regresó, determinó rescatar solo a su esposa, pues creía que cedería a sus súplicas y que volvería con él. Se disfrazó, en efecto, de vendedor ambulante de hierbas, y así consiguió llegar a Talavera e incluso ser introducido en las habitaciones de Galiana. Cuando se vio al fin delante de ella, se dio a conocer, diciéndole que estaba dispuesto a perdonarle todo si volvía a su lado, y que el amor que sentía por ella era tan grande, que no había temido caer en las manos de su enemigo y rival. Pero Galiana, traicionándole de nuevo, gritó para que acudieran los criados y guardianes, y lo hizo prender. En cuanto llegó Jezmin, le comunicó lo ocurrido, y éste determinó tomar cruel venganza. Hizo amontonar en el patio una gran pira de leña, a la que ordenó fuese conducido Nalvillos para ser quemado. Cuando el Conde vio cercano su fin, pidió al feroz moro que le permitiera sonar por última vez el cuerno que pendía de su cuello. Le fue concedida esta última gracia; pero cuando sonó la trompa con la señal de guerra del castellano, la gente de armas que lo había acompañado irrumpió en la ciudad y en la casa, y, sorprendiendo a las guardias, liberó a su señor. Entonces cogieron a Galiana y a Jezmin y los ataron, y Nalvillos, para castigar las traiciones de que fuera objeto, ordenó, aun sintiendo dolor por ello, que se les arrojase a la hoguera para él mismo dispuesta. Su mandato fue cumplido, y los traidores pagaron en las llamas su deslealtad y su lascivo amor. Nalvillos regresó a Ávila, y desde entonces pensó solamente en guerrear.
Tal es la tradición avilesa de la venganza de Nalvillos.