martes, 3 de julio de 2012

La flor de la cueva "leyenda"

Cerca de la Hoz de Santa Lucía, en Cantabria, -vivía un mozo, de oficio leñador, llamado Antonio, que estaba enamorado de Rosaura, bella muchacha de su misma aldea, con la que iba a casarse en breve. Tuvo el leñador que subir a cortar unos árboles a la cumbre del monte Ucieda, y habiendo salido de su casa al amanecer, llegó a la cima ya muy entrado el día; allí comenzó a dar hachazos en el tronco de un árbol, pero oyó que salían de él unos quejidos lastimeros que hicieron palidecer al mozo. Horrorizado, suspendió su trabajo; pero cuando lo reanudó, volvió a oír que el árbol se quejaba como si fuera una persona. Ya iba a empezar a correr despavorido, cuando oyó una voz que salía del árbol y le decía: «Yo soy una doncella encantada. Te daré fabulosas riquezas si vas al remanso del río y golpeas el agua con un palo hasta que salga una anjana; ella te dirá lo que debes hacer para desencantarme». El mozo corrió al pueblo a contar a su novia lo ocurrido, y ella le aconsejó que debía desencantar a la doncella, con lo que podrían hacerse ricos y vivir felices.
El leñador se presentó en el remanso del río de la Hoz de Santa Lucía, y con un palo golpeó las aguas; éstas se abrieron al momento, surgiendo de ellas una bellísima anjana de grandes y soñadores ojos azules. El mozo, muy aturdido ante aquella hermosura, le refirió lo que le había sucedido en el monte, y la anjana, que estaba sentada sobre las aguas, después de escucharle, replicó: «Entra en la cueva del monte Ucieda, busca allí una flor muy brillante, y me la traes; yo te diré lo que debes hacer con ella para desencantar a la doncella»
En cuatro zancadas llegó a la entrada de la cueva, conocida de todos aquellos aldeanos; todos saben su gran profundidad, que llega hasta Bárcenamayor. Antonio penetró en ella, decidido, buscando la flor brillante; a medida que se alejaba de la entrada, aumentaba la oscuridad, llegando a verse envuelto en tinieblas y desorientado; sin saber a dónde dirigirse, a tientas, siguió caminando en busca de la flor, que no aparecía; hasta que llegó a sentirse rendido por la fatiga y se tumbó en el suelo, sin ver la más pequeña luz. Perdida ya la esperanza de encontrarla, se decidió a salir de allí y volvió sobre sus pasos; pero encontró el camino bifurcado y no sabía cuál tomar; emprendió uno de ellos, sin dar con la salida. Pronto pudo darse cuenta de que estaba perdido en un complicado laberinto; enloquecido, quiso gritar y pedir auxilio; pero sólo le respondía el eco de su voz lastimera. De nuevo buscó con ansia la flor que quizá le ayudara a alcanzar la salida; pero nada brillaba a su alrededor. Notó que sus barbas y cabellos le habían crecido y que sus trajes estaban destrozados; tuvo que tirar sus viejas abarcas y caminar descalzo, hasta llagarse los pies; con todo, no sentía ni hambre ni sed, y seguía buscando la entrada o la salida de la fatídica cueva. Rendido por el sueño, durmióse, y soñó que su novia se había casado con un mozo de Ruente que la pretendía hacía tiempo. Al despertar sintió celos y más ardientes deseos de salir de aquellos caminos subterráneos, pero sin lograr sus intentos. La barba y los cabellos le seguían creciendo y le pasaban ya de la rodilla; sus fuerzas estaban agotadas, mas él continuaba buscando la flor. Por fin, cuando ya sus cabellos le llegaban al suelo, la encontró, y con ella en la mano, halló inmediatamente la salida.
Se dirigió a casa de sus padres y llamó en ella, pero le salió a abrir un desconocido, que al oír que era su casa, le creyó loco, y echándole fuera, cerró bien la puerta. Se fue entonces a casa de su novia, y salió a abrir una ancianita; él, creyendo que sería su suegra, dijo: «Quiero ver a Rosaura, mi prometida; dile que salga».
Pero aquella ancianita era Rosaura, que, tomándole por un borracho, le despachó de malos modos. Creyó que enloquecía, y echó a correr por las calles del pueblo, pero cayó en medio de una calleja. Le vio caer una viejecita y acudió a su ayuda; le llevó a su casa y le dejó dormir en su pajar. Al día siguiente fue a cuidarle el hijo de la anciana, le cortó los cabellos y le prestó unas ropas. Y ya más aliviado, pudo llegarse hasta el remanso del río y golpeó las aguas hasta que salió la anjana y le entregó la flor brillante. Ella le dijo. «Justo castigo has recibido por el daño que hiciste a aquella moza a quien burlaste».
Y la anjana desapareció. Entonces recordó con gran pesar que antes de Rosaura había tenido una novia llamada Mercedes, a la que había abandonado después de burlada, y comprendió que la anjana le había castigado, evitando con su engaño su boda con Rosaura. Lleno de remordimientos, volvió al pueblo y preguntó a la viejecita que le había recogido dónde vivía Mercedes, que de moza era muy guapa. ¡Aquella viejecita era Mercedes¡ Él le reveló que era Antonio, y la anciana, llena de emoción, empezó a gritar: «Carpio, hijo mío, ven a abrazar a tu padre». Los tres se abrazaron y vivieron contentos, amparados por la anjana, que le había castigado a permanecer cincuenta años en la cueva, aunque a él le había parecido sólo un mes.

domingo, 1 de julio de 2012

El azor de la isla de La Palma

Don Luis de la Cerda, bisnieto de don Alonso de Castilla, fue uno de los más nobles y populares caballeros de su época. Su expedición a la isla de la Fortuna, acompañando a don Fernán Peraza, constituyó la prueba irrefutable de su valor y uno de los hechos que más gloriosamente habían de enaltecer su apellido.
Cuenta la leyenda que uno de los navíos de don Luis de la Cerda, destinado a conquistar la fortuna, perdió su ruta en medio de un temporal y fue a embarrancar en la costa de La Palma. Viajaba en él la hija menor de don Luis, dama de singular hermosura, famosa en su época por su desenfado y su afanosa inquietud aventurera. Dicen que su belleza fue la que salvó la vida de todos los navegantes españoles, porque el Rey indígena se enamoró de ella y, por no agraviarla, quiso respetarlos a todos. La retuvo en su palacio para hacerla su esposa; pero ella se negó firmemente a aceptarle, y el Rey, llevado de su natural delicadeza, no quiso tomarla por la fuerza.
Pasaron los meses y españoles y palmeros formaron un pueblo único. Los españoles se adaptaron a las costumbres de la isla y aun tomaron parte en las festividades y ofrendas al dios Idafe. Los indígenas, por su parte, aprendieron el castellano y se convirtieron en compañeros insustituibles de aquéllos.
La noble dama, presa en el palacio del Rey, fue solicitada por segunda vez para esposa de éste, y bien fuera por temor, bien por verdadero cariño, aceptó, al fin, su ofrecimiento. Al poco tiempo tuvieron una hija, a quien pusieron por nombre Tauriagua, y con los años se convirtió la princesa en la mujer más atractiva de la isla y una especie de ídolo popular, cuya presencia era solicitada en las fiestas como indispensable ornamento.
Corría el siglo XV cuando llegaron con sigilo a la costa los navíos de don Guillén Peraza, que venía por encargo de su padre, Fernán Peraza, señor de Valdeflores y caballero Veinticuatro de Sevilla, con la pretensión de someter a los indígenas. Don Guillén, joven y noble, ansioso de enriquecer su escudo con hechos de armas, venía dispuesto a una fácil victoria con ayuda de sus ballesteros. Era audaz para la guerra, y cuentan que también para el amor; pero sobre todo era famosa su extraordinaria pasión por la caza, para la cual siempre llevaba dispuesto el azor al puño.
Desembarcaron los ballesteros, guiados por su señor, y acamparon, sin ser vistos en el borde de la Caldera, cuando era noche cerrada. A poco oyó don Guillén un ruido como de músicas y danzas, y avanzó, entre la fronda, en aquella dirección. Se encontró entonces con una fiesta al parecer popular, en la que los jóvenes bailaban en graciosas figuras, emparejándose con las doncellas.
Le extrañó sobremanera que los habitantes de aquella isla entonasen canciones en castellano; pero mucho más la presencia en lo alto de una roca de una bellísima mujer cubierta con un manto de piel pintada. Era Tauriagua. Extendió entonces don Guillén su brazo por entre los árboles que le ocultaban, y el azor, que estaba posado en su puño, voló hacia lo alto de la roca donde se encontraba Tauriagua, y, cogiéndola por el manto, la llevó a presencia de su señor. Esto puso un repentino final a la fiesta, y don Guillén aprovechó el desconcierto para montar a la doncella sobre su caballo y huir con ella hasta una lejana gruta, donde improvisó para ambos una vivienda. Allí transcurrieron felices unos cuantos días, que dedicó Tauriagua a corresponder al amor de don Guillén. Pero en el combate que se había iniciado contra los indígenas resultaron tan diezmados los ballesteros españoles, que apenas si quedaron unos cuantos supervivientes. Y don Guillén Peraza, que un día se despidiera de su amada con la ilusión de volverla a ver, no regresó más a la gruta. Su cadáver quedó abandonado sobre los tallos trasnochados de las pitas y atravesado por las espinas de las tuneras.
El azor, al parecer, quedó acompañando a la bella Tauriagua, que ya esperaba un hijo de don Guillén. Nació el niño, y con el correr de los años, el pequeño príncipe creció revestido de todas las virtudes y defectos que caracterizaran a los Peraza: la afición por la caza, a la que iba con el azor de su padre al puño, y la misma tendencia audaz y valerosa para la guerra y el amor. De vez en cuando asistía a las típicas danzas del Sirinoque y se entretenía en contemplar la belleza de las doncellas. Cuando cumplió veinte años, heredó el trono y se casó con una de las más hermosas, nieta del caudillo Garejagua.
Transcurrió su reinado plácidamente, sin ningún acontecimiento notable, hasta que un día se presentó ante él uno de los adivinos más populares de la isla, por su austeridad y su ciencia mágica. Le dijo que se había sentido iluminado por los dioses, los cuales le habían hecho saber que cuando aquel viejo azor remontase el vuelo para no volver, cambiaría por completo la vida de los palmeros y se iniciaría una nueva era. Añadió que sólo el azor volvería para poner final a este período en caso de que los habitantes de la isla de la Palma se sintiesen desgraciados en su nueva vida.
No prestó el Rey mucho crédito a la profecía; pero un día en que se encontraba en Taburiente tuvo lugar la predicción del adivino: el azor, de repente, se soltó del puño e inició un lento vuelo, internándose en el mar. El Rey le contempló atónito y cuando ya se perdía en la lejanía, aparecieron en el horizonte unas manchas oscuras que, agrandándose poco a poco, dibujaron el frágil contorno de unos navíos que venían hacia la isla a toda vela. Eran los conquistadores.
Desde aquel día nadie ha visto regresar al azor de don Guillén Peraza.

viernes, 29 de junio de 2012

La maldición de Laurinaga "leyenda"

Allá por el siglo XV uno de los nobles caballeros más avezados a la lucha contra los moros, don Pedro Fernández de Saavedra, fue nombrado señor de una de las Islas Afortunadas, Fuerteventura, que por entonces era, según su nombre indica, la más venturosa de todas.
Don Pedro, tan conquistador en el amor como en la guerra, cobró fama, no bien llegó a la isla, por sus múltiples aventuras con las tostadas muchachitas guanches. Se casó, a poco de estar allí, con doña Constanza Sarmiento, hija de García de la Herrera, de la que tuvo catorce hijos, amén de todos los ilegítimos que sembró por la isla en sus frívolas aventuras.
Con el transcurso de los años, uno de los hijos de doña Constanza, don Luis Fernández de Herrera, se convirtió en un apuesto caballero, que demostró desde muy joven haber heredado todos los defectos de su padre, sin ninguna de sus virtudes. Era altanero, petulante y conquistador; pero cobarde para la guerra, y también, como a don Pedro, le resultaba divertido seducir a las muchachas indígenas, que le miraban como a un héroe.
En una ocasión se encaprichó de una bellísima doncella que ya había sido bautizada como cristiana con el nombre de Fernanda. A ella no le disgustaba la presencia de don Luis; pero no se decidió a poner en juego su reputación accediendo a sus deseos. Pasaron los meses, y el galán, siempre tenaz, siguió asediando a Fernanda, que cada día se sentía más dispuesta para aquel juego, hasta el extremo de aceptar complacida una invitación de don Luis para asistir a una cacería organizada por su padre.
Llegado el día, el joven caballero se las arregló para estar solo toda la mañana con la ya enamorada doncella. Comieron plácidamente a la sombra de un chopo y poco después don Luis la invitó a dar un paseo por la fronda. En animada conversación, que cada vez les alejaba más de los cazadores, llegaron a una espesa arboleda cuando ya la tarde declinaba. Don Luis, entonces, creyendo que era llegada la hora de prescindir de galanteos platónicos, intentó abrazar a Fernanda. Ella trató de defenderse por unos instantes; pero comprendiendo que le sería imposible hacerlo, pidió socorro a grandes voces con acento desesperado. Los gritos fueron oídos por los cazadores, que sólo entonces advirtieron la ausencia de la joven pareja.
Don Pedro montó en su caballo y, en compañía de otros dos caballeros picó espuelas para dirigirse hacia allí. Antes de que llegaran, pudo acudir un labrador indígena, que, viendo la situación de la doncella, trató de defenderla de don Luis. Éste, ofendido y molesto ante aquella intromisión, desenvainó su cuchillo, dispuesto a quitar la vida a aquel indígena, a la que no concedía la menor importancia. Pero no le fue posible hacerlo, porque, tras breves minutos de lucha, el labrador pudo arrebatar el arma a don Luis. Iba a clavársela como venganza, ciego de ira, cuando don Pedro, que llegaba a todo galope y había visto la escena, se precipitó con su caballo sobre el campesino, que cayó con violencia al suelo y quedó muerto en el acto. Entonces apareció por entre los árboles una anciana indígena, madre del labrador, que, lanzando una mirada dolorida ante aquel cuadro, se dio cuenta enseguida de lo ocurrido. Levantó la cabeza para conocer al causante de aquella muerte, y su mirada se encontró con la de don Pedro, el caballero que la había seducido en su juventud y del que había tenido aquel hijo que acababa de morir. La anciana, al reconocerle, ciega de indignación, le hizo saber que ella era Laurinaga y que aquel cadáver era el de su propio hijo. Luego, elevando los ojos al cielo, como invocando a los dioses guanches, maldijo con voz temblorosa y acento grave a aquella tierra de Fuerteventura, por ser señorío de aquel caballero don Pedro Fernández de Saavedra, causante de todas sus desgracias.
Dicen que a partir de este momento empezaron a soplar sobre aquellas tierras los vientos ardientes del Sahara, que se empezaron a quemar las flores y toda la isla fue convirtiéndose en un esqueleto agonizante, que según la maldición de Laurinaga acabará por desaparecer.

miércoles, 27 de junio de 2012

Los amantes de Las Palmas "leyenda"

En la isla de Gran Canaria nacieron y crecieron los célebres amores de dos amantes, tan apasionados y consecuentes como pudieran serlo los inmortales de nuestra literatura romántica. Se llamaba él León María, Vestía el uniforme de alférez del Cuerpo de Granaderos de su Católica Majestad y vivía en la ciudad del Teide, donde tenían la casa sus mayores, edificada junto a la iglesia de San Juan Bautista. Heredó de su padre, el coronel La Rocha, su decidida vocación militar, y de su madre, doña Lucinda, la distinción y la hidalguía de los Alfaro.
Se llamaba su amada Fátima, y la historia de su vida fue una romántica aventura desde sus primeros años. Era hija del esforzado guerrero Aliogrey, de Beni-Izarguin, nacida en Río de Oro. Por línea materna, tenía sangre portuguesa y cristiana. De ahí que a los dieciocho años sintiese anhelos de ser bautizada, impulsada por Barca, su madre, que aún conservaba el sentimiento religioso aprendido en el hogar portugués.
Las dos damas moriscas habían embarcado en la goleta Estrella Verde con rumbo a Gran Canaria, con objeto de recibir allí las aguas bautismales, y durante el viaje se había establecido una cordial corriente amistosa entre ellas y el capitán de navío don Alonso Ojeda.
Fue al llegar a puerto cuando se encontraron por primera vez los amantes de esta leyenda. El alférez León María, que ahora vivía en Las Palmas, había acudido al muelle para esperar a su gran amigo Ojeda. Cuando éste desembarcó con las dos damas a él encomendadas, el capitán hizo la presentación de las moras:
Barca, serena de temperamento y tostada de piel, y Fátima, su hija, frágil y esbelta, en cuyo aspecto se traslucían más firmemente aún que en su madre sus antecedentes latinos.
Al alférez no le fue posible contemplar a la morita, porque venía vestida a la usanza de su tierra y un velo le cubría el rostro casi por completo; pero pudo, no obstante, adivinar la suavidad de líneas de su figura y la dulzura de sus ojos. Y sin saber él mismo por qué, quedó prendado de Fátima desde el momento en que tuvo lugar aquella presentación.
Todos los días se las arreglaba León María para visitar a Fátima, que tampoco sabía disimular su predilección por él. Un día, por fin, hablaron de su amor y llegaron a pensar en un próximo matrimonio, una vez que ella hubiera sido admitida en la Iglesia Católica. Era, pues, cuestión de días, porque ya don José Ventura, el sacerdote que las preparaba, consideraba a las dos moras suficientemente impuestas en las doctrinas evangélicas.
Llegó, al fin, el día señalado para recibir las aguas bautismales, y Barca y Fátima marcharon devotamente a recibir el Sacramento, dispuestas en adelante a cumplir con su nueva religión.
Fátima salió del templo llamándose Ana Joaquina, lo cual suponía para León María que al fin podrían cumplir su sueño de matrimonio. Sin embargo, cuando el alférez comunicó a su familia su proyecto, creyeron que su reputación estaba en juego ante tan descabellada boda. Doña Lucinda, su madre, se sintió enferma ante la perspectiva de emparejar con la heredera de Aliogrey, y su padre creyó deshonroso que tan noble caballero fuese a emparentar con Una nativa de Río de Oro. Pero todas las protestas, los razonamientos y los llantos cayeron en el vacío del alma de León María: estaba más enamorado cada día de Ana Joaquina y la haría su esposa por encima de todo. Además, ninguno de los pretextos que levantaban como murallas entre los dos tenía la menor consistencia: ella era pura, profundamente religiosa, educada y hermosísima. Lo que pudieran decir en su contra tenía origen sólo en una serie de prejuicios sociales más o menos deformados, sobre los que el alma apasionada de León María volaba a gran distancia.
La familia, viendo que nada conseguía por la persuasión, recurrió a la artimaña. El coronel La Rocha tenía sobrada influencia para destinar a su hijo fuera de allí, y, una vez lejos, pensaban todos que sería fácil interceptarles las cartas, para que acabaran aburriéndose y olvidando aquel sentimiento que creían antojos de juventud.
No pasó mucho tiempo sin que el alférez recibiese la orden de abandonar la isla para marchar a Tenerife. Escribió desde allí a Ana Joaquina interminables cartas de amor, que ella contestó con la misma vehemencia; pero poco a poco la familia fue interceptando la correspondencia y llegó un momento en que apenas si León María recibía noticias de su novia. Desesperado, le escribió rogándole una explicación a su conducta; pero ella no pudo dársela, porque no recibió la carta. Lo que si recibió, y muy asiduamente, fue la visita de doña Lucinda Alfaro, que, quitando importancia a la cosa, le aseguró que su hijo nunca había sido muy constante. Ana Joaquina y su madre, desalentadas por aquel desengaño, prepararon la marcha hacia Río de Oro, y cuando ya estaban en ruta doña Lucinda, tratando de rematar su labor, escribió a su hijo una carta en la que le hacía saber, también con cierto aire de indiferencia, que la morita había profesado en el convento de las monjas clarisas.
Esta noticia acabó de desconcertar el ánimo torturado de León María, que, sin poder contener por más tiempo su desesperación, decidió marchar a Gran Canaria para ver a Ana Joaquina por última vez, aunque fuera con el hábito de novicia. Le fue concedido el permiso y marchó a Las Palmas. Una vez allí, corrió hacia el convento de Santa Clara, para preguntar a la priora por Ana Joaquina; pero la madre le aseguró, entre irónica y desconcertada, que no había entrado en su convento aquella dama. Pensó entonces el enamorado alférez que sólo su familia podría conocer su paradero, y con una energía desusada para con los suyos les exigió explicaciones sobre la meditada trama de aquel engaño. Consiguió, al fin, enterarse de la verdad, y, aprovechando el viaje de su amigo Ojeda, que iba a partir en la goleta Estrella Verde, marchó con él hacia Río de Oro. El viaje, aunque rápido, le resultó interminable a León María. Cuando divisaron la costa, tomaron tierra en unas lanchas, disfrazados de moros. Sigilosamente avanzaron en la dirección del aduar de Aliogrey y, amparados por la noche, lograron escalar el edificio y encontrar a Ana Joaquina sin mucha dificultad. A la mañana siguiente los dos enamorados embarcaron en la Estrella Verde, dispuestos a casarse no bien llegaran a Las Palmas, para evitar en el futuro nuevos contratiempos. El viaje les prometía unas horas de felicidad. Pero algo imprevisto vino a alterar la paz del navío: el vigía había descubierto a lo lejos un bergantín de piratas berberiscos que venía hacia la goleta enarbolando el paño verde. A los pocos minutos se cruzaron unas descargas de fusilería entre los dos navíos y poco después los piratas, muy superiores en número, se lanzaron al asalto de la goleta, que quedó cubierta de cadáveres. Sólo respetaron la vida de los tres únicos que podían valer un buen rescate: el capitán Ojeda, el alférez León María de la Rocha y Ana Joaquina Aliogrey. Fueron trasladados al bergantín y maniatados en una de las bodegas Sólo llevaban allí unas horas cuando alguien vino a desatarlos para conducirlos a cubierta. El capitán estaba de fiesta y quería ver a sus prisioneros. Karedin, el gran pirata, al ver ante sí la delicada belleza de Ana Joaquina, quiso entablar conversación y la saludó en árabe; pero ella no contestó. Karedin, que no consideraba necesarios los preámbulos, se acercó entonces a ella para abrazarla. Casi al mismo tiempo, León María se abalanzó sobre Karedin para impedírselo; pero ya un pirata había desenvainado su cuchillo para defender a su capitán del osado agresor. Ana Joaquina comprendió en un instante que aquel cuchillo iba a quitar la vida de León María, y sin que nadie pudiera preverlo, quiso proteger el cuerpo del alférez con el suyo y el cuchillo fue a atravesar la frágil figura de Ana Joaquina.
León María, viendo en aquel momento destrozado para siempre su sueño de amor, cogió entre sus brazos el cadáver de la morita y, saltando la baranda del navío, se lanzo con él al mar. Las olas, ligeramente enrojecidas por unos instantes, ocultaron a los dos desventurados amantes, que sólo en el momento de la muerte pudieron unirse.
Con los años, regresó el capitán Ojeda, único superviviente de la goleta Estrella Verde, rescatado de los piratas por una fuerte suma. Su vida, una vez en Las Palmas, volvió de nuevo a la normalidad; pero ya nunca pudo apartar de su memoria el recuerdo torturante de aquellos amores del alférez y la morita, que fueron fatales por su misma intensidad y firmeza.

lunes, 25 de junio de 2012

Caldo para ti "leyenda"

Las Islas Canarias empezaban a ser la estación invernal que atrae hoy a todos los ricos de la Tierra. Entonces ocurrió un suceso chistoso, recogido por la leyenda, y base de gracioso adagio, popular en el hermosísimo archipiélago.
Empezaban a construirse hoteles magníficos, casas deliciosas, entre las palmeras y las plantaciones de plátanos. Los puertos de Tenerife y Las Palmas iban siendo cada vez más visitados por los grandes barcos, de pasajeros y de carga, de las más potentes compañías de navegación del mundo. Las familias opulentas acudían a las islas maravillosas, levantando, junto a las playas doradas, hotelitos y villas rientes, cuando no palacios suntuosos.
Entre éstos últimos destacaba, en las cercanías de Las Palmas, uno hermosísimo, perteneciente a una familia de la isla, enriquecida de modo prodigioso gracias a sus extensas plantaciones de plátanos y al comercio de exportación de otros frutos del archipiélago.
La familia millonaria, apellidada los Navarros, empezó a dar fiestas y comidas suntuosas. La dueña de la casa, Flora, era una dama hermosa y arrogante, inteligente y discreta. Se la conocía, entre el alto mundo, con el honroso apelativo de Flora la Bella.
Los banquetes de los Navarros se hicieron pronto algo proverbial, alabado con los más encomiásticos adjetivos, por cuantos tenían la dicha de asistir a ellos. Los dueños de la casa estaban cada día más satisfechos de esta fama, cuyo secreto era, aparte de la esplendidez y magnificencia, el tener a su servicio un cocinero chino. Los chinos - sabido es - son gente hábil y paciente donde la haya y, cuando se aplican con fe a aprender un oficio, nadie puede igualarles. Sobre todo, en el arte culinario no tienen rival. En todos los grandes hoteles del mundo, los cocineros son hijos del antiguo Celeste Imperio.
Lo que más celebraban los invitados y los mismos dueños de la casa, en las comidas de los Navarros, era cierto consomé que obligaba a todo el mundo a relamerse de gusto y reincidir sin hacerse de rogar: una sopa gelatinosa, aromada, de sabor exquisito y suculento.
Aquel consomé era la desesperación de todos los cocineros de las islas, de todos los cocineros de los grandes hoteles. Hasta miles de libras esterlinas llegó a ofrecer un inglés opulento de los que invernaban allí, si le revelaba el cocinero chino su secreto; pero el maestro se negaba en absoluto a revelarlo.
Flora la Bella no estaba menos intrigada. Quería aprender a hacer el consomé famoso, por si algún día el chino se marchaba de la casa. Pero el amarillo sonreía, con su eterna sonrisa dulzona, moviendo negativamente la cabeza: no y no; era un secreto profesional suyo, que no comunicaría a nadie. Únicamente dejó entrever a su ama que la celebrada sopa tenía algo de la cocina china. Pero nada más.
Un día, la dueña de la casa se decidió a desvelar de una vez el secreto del chino. Tomó una resolución heroica. Aquel día tenía convidados y, como era de rigor, el banquete se abriría con la famosa sopa del cocinero chino.
Flora no lo pensó más. Por una escalerilla excusada que comunicaba con las cocinas, instaladas en los sótanos, con las dependencias del office, bajó subrepticiamente, haciendo señas de silencio a dos o tres pinches que pululaban por allí. Por fortuna, el maestro, es decir, el cocinero chino había salido un momento al patio inmediato.
Flora la Bella no quiso desperdiciar ocasión tan oportuna: el caldo, la sopa, se hacía en una inmensa olla de hierro, cuya tapadera dejaba escapar chorros de vapor. Se acercó de puntillas, mirando con recelo hacia la puerta del patio inmediato.
Cogió un agarrador de bayeta y levantó la tapadera de la olla. Un grito agudo se escapó de su garganta e inmediatamente soltó la tapadera, que cayó ruidosamente al suelo. Una mueca de asco infinito, de horror, contrajo el hermoso rostro de la dueña de la casa, que se tapó los ojos con las pulidas manos.
Precisamente entonces entraba de nuevo en las cocinas el cocinero chino. En seguida se hizo cargo de la situación. Flora continuaba lanzando pequeños gritos de asco; se estremecía, al mismo tiempo, como si la recorrieran sin cesar corrientes eléctricas de la cabeza a los pies.
Aquel asco insuperable exasperó al amarillo, quien, conteniendo, a duras penas su indignación y empleando un castellano palatal y propenso al tuteo, interpeló a la dueña:
- ¿Pol qué glitas?... ¡No glites más! ...
- ¡Todo aleglado! ... ¿Te da asco?... ¡Pues ya te digo que todo aleglado! ... ¡Caldo pala ti, rata pala mí!...
El famoso consomé, en efecto, estaba hecho a base de una rata enorme, que hervía horas y horas con verduras y legumbres, tal y como lo hacían los chinos en su cocina estrafalaria.
Y en las Islas Canarias oiréis, cuando se celebra algo raro cuya causa se ignora, cuando, se desconoce el origen de algo muy alabado, el siguiente comentario:
- ¡A ver si es la sopa del cocinero chino que tanto gustaba a Flora la Bella: caldo para ti...!

lunes, 18 de junio de 2012

Guzmán el Bueno "leyenda"

Reinando en Castilla Alfonso X el Sabio, se recrudeció el enfrentamiento con la resistencia musulmana, que había logrado la ayuda de los nuevos soberanos de Marruecos, los benimerines, cuyo sultán Abu Yusuf Ya'qub desembarcó en España en 1275.
Ausente el monarca de la península, el infante don Sancho organizó los ejércitos cristianos, siendo apoyado por el señor de Vizcaya don Lope Díaz de Haro. En las tropas de éste venía un joven de veinte años, don Alfonso Pérez de Guzmán, nacido en León, que rápidamente se destacó por su arrojo y gallardía.
Firmada una nueva tregua con los musulmanes y obligado Abu Yusuf a retornar a su tierra, un enfrentamiento familiar determinó que el joven pidiera autorización a Alfonso X para salir del reino. Después de vender todas sus posesiones abandonó Castilla, acompañado por una treintena de amigos y criados.
Poco más tarde entraba en contacto con Abu Yusuf, que aún se encontraba en Algeciras y, prometiéndole que le asistiría fielmente, cruzó con él a África. Abu Yusuf lo colocó al frente de todos los cristianos que formaban parte de su ejército. Gracias a sus servicios, relativos sobre todo al cobro de tributos, y a su prudencia, Guzmán logró la estimación y confianza del soberano.
Mientras tanto, en la península, una revuelta encabezada por el infante don Sancho por cuestiones de sucesión, privó a Alfonso X de la mayor parte de su reino. Éste envió entonces su muy conocida carta a Guzmán solicitándole pidiera ayuda en su nombre a Abu Yusuf.
Guzmán, olvidando los incidentes pasados, cumplió con el ruego de Alfonso y Abu Yusuf volvió a cruzar el estrecho. El encuentro entre ambos monarcas tuvo lugar en el campamento musulmán, junto a Zahara. Abu Yusuf le rindió toda clase de honores y lo hizo entrar a caballo en su magnífica tienda, obligándolo a tomar asiento en el sitio principal con estas palabras:
- Siéntate tú, que eres rey desde la cuna, que yo lo soy, desde ahora, en que Dios me lo concedió.
- No da Dios nobleza sino a los nobles, ni da honra sino a los honrados, ni da reino sino al que se lo merece, y así Dios te dio reino porque lo merecías -contestó Alfonso.
Las huestes confederadas asediaron a Sancho en Córdoba e hicieron, incluso, incursiones hasta Madrid, pues la única ciudad que continuaba fiel a Alfonso era Sevilla. Sin embargo, los resultados no fueron los esperados y los aliados terminaron por separarse. En 1284, Sancho sucedió a su padre y sus súbditos ya no estaban divididos ante los benimerines. Abu Yusuf concertó la paz y volvió a Marruecos acompañado por Guzmán y la esposa de éste, doña María Alonso Coronel. El caudillo cristiano volvió a destacarse como un gran servidor, sobre todo en las acciones bélicas contra los vecinos de Marruecos.
Poco después murió Abu Yusuf, siendo sucedido por su hijo Abu Ya'qub, que aborrecía a Guzmán tanto como aquél lo había amado. En esta época es donde los cronistas de la casa de Medina Sidonia ubican un suceso fantástico que tuvo como protagonista a Alfonso de Guzmán.
Una gigantesca serpiente comenzó a aparecer por los caminos que conducían a la ciudad de Fez, atacando y devorando animales y seres humanos. De aspecto monstruoso, su piel estaba cubierta de conchas durísimas que la hacían impenetrable, incluso al acero, y sus alas le permitían ser más veloz que el caballo. Nadie sé atrevía a hacerle frente y el envidioso Amir, primo y consejero de Abu Ya'qub, que también odiaba a Guzmán, propuso que éste fuera enviado a darle muerte. Abu Ya'qub se opuso, pero el caballero, sabedor del hecho, salió una mañana con sus armas y montura, acompañado sólo por un escudero desarmado y se dirigió al lugar donde la fiera hacía sus estragos. Por el camino se cruzó con unos hombres que huían espantados y que le informaron que la sierpe reñía con un león, no lejos de allí.
Guzmán los obligó a ir con él y, poco después, presenciaba el terrible enfrentamiento. El león, malherido, se defendía de los ataques de su enemiga dando continuos saltos. En cierto momento, la sierpe se volvió hacia el caballero con las fauces abiertas y éste le clavó entonces su lanza, que penetró hasta las entrañas. Instantes después, el león arremetió impetuosamente contra ella y la derribó. Ya muerta, Guzmán hizo que los hombres le cortaran la lengua y llamó al león, que se acercó a él haciéndole mil halagos con la cola, para llevárselo a Fez. La presencia de este animal agradecido, la lengua cortada y la admiración de sus acompañantes fueron allí los testimonios de su victoria. La fama del extraordinario suceso se extendió por África y España.
Dado que su relación con Abu Ya'qub iba deteriorándose de día en día, Guzmán decidió retornar a la península en 1291. Poco después de su llegada fue a ver al rey Sancho IV para ofrecerle sus servicios, quien los aceptó diciéndole «que mejor empleado estaría un tan gran caballero como él sirviendo a sus reyes que no a los africanos». El monarca aprovechó entonces la oportunidad para informarse ampliamente acerca de todo lo relativo a aquellos países, del poder de sus jefes y de la mejor manera de luchar contra ellos.
Por entonces, los cristianos necesitaban perentoriamente conquistar Algeciras o Tarifa, a fin de controlar el estrecho, ya que, aquel mismo año Abu Ya'qub había sitiado Jerez y atacado varios puntos de al-Ándalus, pese a una derrota naval ante sus enemigos. Sancho IV consiguió la ayuda de Muhammad II de Granada para tomar Tarifa, con la promesa de que luego se la entregaría. Sin embargo, una vez conquistada, rompió su promesa y se quedó con el puerto. Muhammad se alió entonces con Abu Ya'qub, y ambos sitiaron Tarifa junto con el infante don Juan, hermano de Sancho e individuo de pocos escrúpulos.
Todos los esfuerzos por apoderarse del puerto, incluidos varios intentos de soborno dirigidos a Guzmán, que a la sazón era el alcaide, resultaron inútiles. El infante concibió entonces un método más eficaz para vencerlo.
Don Juan tenía en su poder al hijo mayor de Guzmán, que le había sido confiado anteriormente por sus padres. Creyéndolo instrumento seguro para el logro de sus fines, lo sacó maniatado de la tienda en que lo tenía y lo presentó a la vista de Guzmán, diciéndole:
- Mirad bien lo que hacéis Guzmán. Si no os rendís, vuestro hijo morirá.
Viendo a su hijo indefenso y sufriente, el corazón de Guzmán se ensombreció de pena. Sin embargo, venció su sentimiento paternal y replicó con estas palabras:
- No engendré yo hijo para que fuese contra mi tierra, antes engendré hijo a mi patria para que fuese contra todos los enemigos de ella. Si don Juan le diese muerte, a mí me dará gloria, a mi hijo verdadera vida y a sí mismo eterna infamia en el mundo y condenación eterna después de muerto. Y para que vean cuán lejos estoy de rendir la plaza y faltar a mi deber, allá va mi cuchillo si acaso les falta arma para completar su atrocidad.
Dicho esto, sacó el cuchillo que llevaba en la cintura, lo arrojó al campo y se retiró al castillo. Poco después, hallándose Guzmán en compañía de su esposa, oyéronse unos terribles alaridos provenientes de los muros de la ciudad. Don Juan había cumplido su ruin promesa.
- Impedí que los musulmanes entraran en Tarifa -fue todo lo que el alcaide dijo para calmar los ánimos del pueblo.
Poco después, los sitiadores, temerosos de la ayuda que desde Sevilla se enviaba a la plaza, levantaron el cerco y regresaron a sus tierras.
Pronto se extendió por toda la península la noticia de los hechos sucedidos en Tarifa, llegando también a oídos del rey, enfermo por entonces en Alcalá de Henares. Desde allí le envió a Guzmán una carta de agradecimiento, comparándolo con Abraham y reconfirmándole el sobrenombre de «Bueno» que ya el pueblo le daba por sus virtudes. Y aunque Guzmán consideraba su hazaña suficientemente premiada con el mero reconocimiento del rey, éste le hizo donación de todas las tierras comprendidas entre las desembocaduras del Guadalete y el Guadalquivir

sábado, 16 de junio de 2012

El dedo del difunto

En toda la provincia de Cádiz, y aun en toda Andalucía, se contaban las gracias y los golpes de aquel famosísimo notario, D. Antonio Flores. Hombre sesentón, de un buen humor constante inalterable, gozaba de una envidiable popularidad. Y una de sus famosas ocurrencias dio origen a la más conocida y graciosa leyenda: "la del dedo del muerto".
Era D. Antonio notario de Cádiz, aunque le llamaban y acudían a él gentes de toda la provincia y de las inmediatas. Su buen humor y chispeante ingenio, iban unidos a una honradez y una probidad acrisolada y esto le hacía depositario de grandes sumas, de numerosísimos valores y papeles, joyas y secretos de gentes principales, muchas de las cuales teníanle confiados por completo su fortuna y sus intereses.
Cierta noche, cuando D. Antonio tomaba café en unión de varios amigos de su tertulia, le llamaron con toda urgencia. Se moría D. Blas Portillo, uno de los gaditanos más ricos e ilustres, y el moribundo, que en vida y en salud no había querido jamás oír hablar de testamento, quería arreglar sus cosas, al verse en la antesala de la muerte.
Don Antonio se dispuso en seguida a cumplir su deber y, efectivamente, diez minutos después el coche le dejaba en casa de los Portillos, una de las más hermosas y ricas de la antigua calle Real.
El notario, al penetrar en el dormitorio del moribundo, donde estaba congregada la familia, se dio cuenta de que allí pasaba algo raro. El enfermo ocupaba un lecho monumental, al lado del cual estaba la esposa -la tercera esposa- de don Blas, acompañada de dos hijas de ella, habidas en su primer matrimonio, pues era la mujer de D. Blas viuda, a su vez de primeras nupcias, cuando se casó con éste que lo era ya de segundas.
D. Blas tenía fama de avaro y poseía una gran fortuna. La vida del enfermo con su tercera mujer no había sido, ni mucho menos, feliz y tranquila: le había resultado despótica y dura, y, por si esto era poco, las dos hijas, habidas en el primer matrimonio, eran tan tarascas como
la madre.
Lo que extrañó a D. Antonio al penetrar en la alcoba del moribundo, fue encontrar la estancia tan a oscuras que apenas se veía sino la silueta del enfermo y de las cosas.
- ¡Pase por aquí, D. Antonio! -le dijo una de las muchachas, cogiendo al notario de la mano.
Y le condujo junto al lecho, hasta un gran sillón frailuno, preparado al efecto.
En seguida, la mujer del moribundo le dijo a media voz
- Mi pobre esposo apenas puede hablar, D. Antonio. Así, usted vaya anotando, conforme yo pregunte al pobre mío, lo que pretende hacer de los bienes. ¡Escriba, escriba usted!
El notario vio que le traían una débil lamparilla, provista de una pantalla la cual aunque iluminaba apenas la carpeta y el papel que le brindaba otra de las muchachas, seguía dejando en tinieblas el resto de la estancia.
El notario, espíritu agudo y fino, se había dado inmediatamente cuenta de la situación.
- Puede usted preguntarle lo que guste, señora -repuso-. Ya escribo.
La presunta viuda lanzó un profundo suspiro, como si la arrancaran el alma, y puesta al lado del lecho, junto el notario, preguntó al moribundo, al tiempo que se inclinaba sobre el rostro de éste:
- ¡Escúchame, Blas querido!: ¿verdad que es tu voluntad que esta casa, con la finca de la Hondonada, sean para mí?
Hubo un silencio expectante. La viuda se había vuelto rápidamente, en cuanto pronunció aquellas palabras, hacia el notario.
Este esperaba con el oído atento y una leve sonrisa en los labios. Al ver que el testador no contestaba, iba ya a decir algo, cuando la señora le atajó:
- El pobre mío no puede hablar; pero observe usted como mueve la mano derecha en señal de asentimiento. ¿Verdad, Blas querido que me dejas esta casa y la finca de la Hondonada?... ¿Ve usted, don Antonio, como mueve la mano derecha?... ¡Escriba, escriba!...
El notario había comprendido, y con aquella su cazurrería proverbial, escribió en efecto, encabezando el testamento.
La viuda presunta continuó entonces:
- ¿Verdad, querido Blas, que las dos casas de la calle Traviesa, el cortijo de las Cigüeñas y la dehesa del Galapagar los dejas a mi hija mayor, María, aquí presente?
Volvió a moverse la mano derecha, mejor dicho, el índice de esta mano, del moribundo, y la señora añadió:
- ¿Ve usted como asiente? ¡Está conforme con todo! ¡Es que el pobrecito ha perdido ya la palabra! ¡Escriba, usted, señor notario, escriba usted!
Y D. Antonio escribió sin chistar.
- ¿Verdad, querido mío, que las acciones de los vapores, los títulos de la Deuda, y la mina de los Camilos los dejas a mi hija pequeña, Estefanía, que también está aquí a tu lado?
Nuevo movimiento del índice, otro comentario de la señora y vuelta a escribir el notario, según los deseos del moribundo.
Y así continuó, durante largo rato, haciéndose aquel extraño testamento: la mujer preguntando, el índice moviéndose y el notario escribiendo la última voluntad de un difunto.
Porque lo notable del caso es que don Antonio Flores había comprendido desde el momento mismo de penetrar en la alcoba, que D. Blas había muerto hacía ya rato. Todo esto era un soberbia mise en
scène
preparada por la familia para disponer a su antojo de los bienes y la fortuna del muerto.
Alguien debía estar escondido debajo de la cama y movía un hilo o cuerdecilla, atada a la diestra del cadáver. ¡Y allí estaba el intríngulis!
D. Antonio tuvo uno de sus rasgos geniales. Ya era hora de acabar con aquella escandalosa farsa. Sabía de memoria cuáles eran los bienes, casas y propiedades de D. Blas Portillo y conocía, por tanto, lo que faltaba por distribuir. Y así, extendió la diestra armada del lápiz con el cual escribía el testamento en borrador, y dijo a la dos veces viuda:
- ¡Espere un momento, señora, que voy a hacer yo una pregunta al pobre enfermo!
E inclinándose sobre el lecho, preguntó a D. Blas, como si le hablara al oído, aunque en voz alta para que todos le oyeran:
- ¿Verdad, mi querido D. Blas, que deja usted el molino de la segunda, la casa de la plaza de Moret y cuarenta mil duros en efectivo a su buen amigo el notario D. Antonio Flores, a quien está usted dictando este testamento?
Ahora se hizo un silencio de asombro.
Como el traspunte escondido debajo de la cama no contaba con aquella terrible huéspeda, se guardó muy bien de tirar del hilillo. La viuda y sus dos hijas miraron al notario y se miraron luego mutuamente; trabajo les costó disimular la sorpresa y la cólera.
El notario esperó unos momentos, un tiempo prudencial, fijos los ojos en la diestra del cadáver; pero el índice no se movió, ni siquiera cuando hubo repetido la pregunta. D. Antonio se puso en pie y dijo en tono entre burlón y terriblemente acusador:
- ¡Bueno, señoras mías!: o se mueve la mano de D. Blas para dejarme a mí heredero de lo que pido, o, de lo contrario, ¡no hay testamento!
Y aunque -según la leyenda- la diestra se movió en seguida, D. Antonio Flores, soltando una sonora carcajada, rompió el borrador de aquel testamento de muerto y dijo a la estupefacta dueña de la casa, mientras abandonaba la habitación:
- ¡Señora! Ya le pasaré a usted la minuta.