jueves, 31 de marzo de 2011

El Cristo del convite "cuento español"

Había una vez dos hermanas viudas, una con dos hijos y otra con cuatro, todos pequeñitos.
La que tenía menos hijos era muy rica; la que tenía más hijos era pobre y tenía que trabajar para mantenerse ella y sus hijitos.
Algunas veces iba la hermana pobre a casa de la hermana rica a lavar, planchar y remendar la ropa, y recibía por sus servicios algunas cosas de comer.
Y sucedió que un día, estando en casa de la hermana rica de limpieza general, encontraron en un cuarto oscuro un Crucifijo, muy sucio de polvo, muy viejo.
Y dijo la hermana rica:
- Llévate este Santo Cristo a tu casa, que aquí no hace más que estorbar, y yo tengo ya uno más bonito, más grande y más nuevo.
Así la hermana pobre, terminado su trabajo, se llevó a su casa algunos comestibles y el Santo Cristo.
Llegada a su casa, hizo unas sopas de ajo, llamó a sus hijitos para cenar y les dijo:
- Mirad qué Santo Cristo más bonito me ha dado mi hermana. Mañana lo colgaremos en la pared, pero esta noche lo dejaremos aquí en la mesa, para que nos ayude y proteja.
Al ir a ponerse a cenar, preguntó la mujer:
- Santo Cristo, ¿quieres cenar con nosotros?
El Santo Cristo no contestó, y se pusieron a cenar.
En este momento llamaron a la puerta, salió a abrir la mujer y vio que era un pobre que pedía limosna.
La mujer fue a la mesa, cogió el pan para dárselo al pobre y dijo a sus hijos:
- Nosotros, con el pan de las sopas tenemos bastante.
A la mañana siguiente clavaron una escarpia en la pared, colgaron el Santo Cristo, y, cuando llegó la hora de comer, invitó la mujer antes de empezar:
- Santo Cristo, ¿quieres comer con nosotros?
El Santo Cristo no contestó, y en este momento llaman a la puerta.
Salió la mujer y era un pobre que pedía limosna.
Fue la mujer, cogió el pan que había en la mesa, se lo dio al pobre y dijo a sus hijitos:
- Nosotros tenemos bastante con las patatas, que alimentan mucho.
Por la noche, al ir a ponerse a cenar, hizo la mujer la misma invitación:
- Santo Cristo, ¿quieres cenar con nosotros?
Y el Santo Cristo no contestó. En éstas llamaron a la puerta. Salió a abrir la mujer, y era otro pobre que pedía limosna.
La mujer le dijo:
- No tengo nada que darle, pero entre usted y cenará con nosotros.
El pobre entró, cenó con ellos, y se marchó muy agradecido.
Al día siguiente la mujer cobró un dinero que no pensaba cobrar y preparó una comida mejor que la de ordinario, y al ir a empezar a comer convidó:
- Santo Cristo, ¿quieres comer con nosotros?
El Santo Cristo habló y le dijo:
- Tres veces te he pedido de comer y las tres me has socorrido. En premio a tus obras de caridad, descuélgame, sacúdeme y verás la recompensa. Quédatela para ti y para tus hijitos.
La mujer descolgó el Santo Cristo, lo sacudió encima de la mesa y de dentro de la Cruz, que estaba hueca, empezaron a caer monedas de oro.
La pobre mujer, que de pobre, en premio a sus obras de caridad, se había convertido en rica, no quiso hacer alarde de su dinero.
Pero contó a su hermana, la rica, el milagro que había hecho el Santo Cristo.
La rica pensó que su Santo Cristo era todo de plata, muy reluciente, más bonito y de más valor, y que sí le convidaba le daría más dinero que a su hermana.
Así, a la hora de comer, dijo la rica al ir a empezar:
- Santo Cristo, ¿quieres comer con nosotros?
Y el Santo Cristo no contestó.
En ese momento llaman a la puerta, sale a abrir la criada y viene ésta a decir:
- Señora, en la puerta hay un pobre.
Y contestó la rica:
- Dile que Dios le ampare.
Por la noche, al empezar a cenar, dijo también:
- Santo Cristo, ¿quieres cenar con nosotros?
Y el Santo Cristo no contestó.
En éstas llaman a la puerta, sale la criada y entra diciendo que era un pobre.
Y dijo la rica:
- Dile que no son horas de venir a molestar.
Al día siguiente, cuando se pusieron a comer, volvió a invitar:
- Santo Cristo, ¿quieres comer con nosotros?
Y el Santo Cristo no contestó.
Llamaron a la puerta y se levantó la misma rica y fue a la puerta y vio que era un pobre.
Y le dijo:
- No hay nada; vaya usted a otra puerta.
Llegó la noche, se pusieron a cenar y dijo la hermana rica:
- Santo Cristo, ¿quieres cenar con nosotros?
Y el Santo Cristo contestó:
- Tres veces te he dicho que sí, porque convidar a los pobres hubiera sido convidarme a mí, y las tres veces me lo has negado;, por lo tanto, espera pronto tu castigo.
Y aquella misma noche se le quemó la casa entera y perdió todo lo que tenía.
Y se fue a casa de su hermana, y la hermana pobre y caritativa se compadeció y le dio la mitad de todo lo que le había dado el Santo Cristo.

lunes, 28 de marzo de 2011

El sapo y el raton "cuento español"

Érase una vez un sapo que estaba tocando tranquilamente la flauta a la luz de la luna, cuando se le acercó un ratón y le dijo:
- ¡Buenas noches, señor Sapo! ¡Con ese latazo que me está dando, no puedo pegar un ojo! ¿Por qué no se va con la música a otra parte?
El señor Sapo le miró en silencio durante todo un minuto con sus ojillos saltones. Luego replicó:
- Lo que usted tiene, señor Ratón, es envidia porque no puede cantar tan melodiosamente como yo.
- Desde luego que no; pero puedo correr, saltar y hacer muchas cosas que usted no puede - repuso el Ratón con acento desdeñoso.
Y se volvió a su cueva, sonriendo olímpicamente.
El señor Sapo estuvo reflexionando durante un buen rato. Quería vengarse de la insolencia del señor Ratón. Al cabo se le ocurrió una idea.
Fuése a la entrada de la cueva del señor Ratón y empezó de nuevo a soplar en la flauta, arrancándole sonidos estrepitosos.
El señor Ratón salió furioso, dispuesto a castigar al osado músico, pero éste le contuvo diciéndole:
- He venido a desafiarle a correr.
A punto estuvo de reventar de risa el señor Ratón al oír aquellas palabras.
Pero el señor Sapo, golpeándose el pecho con las patas traseras, exclamó:
- ¿Qué apuesta a que corro yo más por debajo de la tierra que usted por encima?
- Me apuesto lo que quiera. Mi casa contra su flauta. Si gano yo, tendré derecho a destrozar ese infernal instrumento golpeándolo contra una piedra hasta dejarlo hecho añicos... Si gana usted, podrá tomar posesión de mi palacete, y yo me marcharé a correr mundo.
- De acuerdo - respondió el señor Sapo.
- Pues bien: al amanecer empezaremos la carrera.
El señor Sapo regresó a su casa y al entrar gritó:
- ¡Señora Sapo, venga usted aquí!
La señora Sapo, que conocía el mal genio de su marido, acudió al instante a su llamamiento.
- Señora Sapo - le dijo, - he desafiado a correr al señor Ratón.
- ¡Al señor Ratón...!
- ¡No me interrumpas...! Mañana, al amanecer, empezaremos la carrera. Tú irás, al otro lado del monte y te meterás en un agujero. Y cuando veas que el señor Ratón está al llegar, sacarás la cabeza y le gritarás: «¡Ya estoy aquí!» Y harás siempre la misma cosa, hasta que yo vaya a buscarte.
- Pero... - murmuró la señora Sapo.
- ¡Silencio, mujer...! Y no te mezcles en los asuntos de los hombres, de los cuales tú no sabes nada.
- Muy bien - murmuró la señora Sapo, muy humilde.
Y se puso inmediatamente en movimiento para seguir el plan de su astuto esposo.
El señor Sapo se dirigió al lugar en que se abría la cueva del señor Ratón, hizo a su lado un agujero y se tendió a dormir.
Al amanecer, salió el señor Ratón frotándose los ojos, descubrió al señor Sapo que estaba roncando, sonoramente y le despertó diciendo:
- ¡Ah, dormilón, vamos a empezar la carrera! ¿O es que se ha arrepentido?
- Nada de eso. Vamos, cuando guste.
Colocáronse uno al lado del otro y al tercer toque que el señor Sapo, dio en su flauta, emprendieron la carrera.
El señor Ratón corría tan velozmente que parecía que volaba, dando la sensación de que no apoyaba las patitas en el suelo.
Sin embargo, el señor Sapo, apenas hubo dado tres pasos, se volvió al agujero que había hecho.
Cuando el señor Ratón iba llegando al otro lado del monte, la señora Sapo sacó la cabeza y gritó:
- ¡Ya estoy aquí!
El señor Ratón se quedó asombrado, pero no vio el ardid, pues los ratones no son muy observadores.
Y, por otra parte, nada hay que se asemeje tanto a un señor Sapo como una señora Sapo.
- Eres un brujo - murmuró el señor Ratón - Pero ahora lo vamos a ver.
Y emprendió el regreso a mayor velocidad que antes, diciendo a la señora Sapo:
- Sígame; ahora sí que no me adelantará.
Pero cuando estaba a punto de llegar a su cueva, el señor Sapo asomó, la cabeza y dijo tranquilamente:
- ¡Ya estoy aquí!
El señor Ratón estuvo a punto de enloquecer de rabia.
- Vamos a descansar un rato y correremos otra vez - murmuró con voz sofocada.
- Como quiera - respondió el señor Sapo en tono displicente.
Y se puso a tocar la flauta dulcemente.
Pensando en su inexplicable derrota, el señor Ratón estuvo llorando de ira. Cuando se sintió descansado, dijo al señor Sapo apretando los dientes:
- ¿Está dispuesto?
- Sí, sí... Ya puede echar a correr cuando guste... Llegaré antes que usted.
La carrera del señor Ratón sólo podía compararse a la de la liebre.
Iba tan veloz que dejaba sus uñas entre las piedras del monte sin darse cuenta.
Cuando apenas le faltaban dos pasos para llegar a la meta, la señora Sapo sacó la cabeza de su agujero y gritó:
- ¡Pero hombre! ¿Qué ha estado haciendo por el camino? ¡Ya hace bastante tiempo que le estoy esperando!
Dio la vuelta el señor Ratón, regresando al punto de partida con velocidad vertiginosa. Pero cuando le faltaban cuatro o cinco pasos percibió el sonido de la flauta del señor Sapo, que al verle le dijo:
- Me aburría tanto de esperarle que me he puesto a tocar para matar el tiempo.
Silenciosamente, con las uñas arrancadas, jadeando, fatigado y con el rabo entre las piernas, el señor Ratón dio media vuelta y se marchó tristemente a correr mundo, careciendo de techo que le cobijara, por haber perdido su casa en una apuesta que creía ganar de antemano.
El señor Sapo fue a buscar a su señora y estaba tan contento que le prometió, para recompensarla, no gritarle más, durante toda su vida...

viernes, 25 de marzo de 2011

El principe Tomasito y San Jose "cuento español"

Érase una vez un rey que tenía un hijo de catorce años.
Todas las tardes iban de paseo el monarca y el principito hasta la Fuente del Arenal.
La Fuente del Arenal estaba situada en el centro de los jardines de un palacio abandonado, en el que se decía que vivían tres brujas, llamadas Mauregata, Gundemara y Espinarda.
Una tarde el rey cogió en la Fuente del Arenal una rosa blanca hermosísima, que parecía de terciopelo y se la llevó a la reina.
A la soberana le gustó mucho la flor y la guardó en una cajita que dejó en su gabinete, próximo a la alcoba real.
A medianoche, cuando todo el mundo dormía, oyó el rey una voz lastimera que decía:
- ¡Ábreme, rey, ábreme!
- ¿Me decías algo? - preguntó el monarca a su esposa.
- No.
- Me había parecido que me llamabas.
- Estarías soñando.
Quedó dormida la reina y el rey volvió a oír la misma voz de antes:
- ¡Ábreme, rey, ábreme!
Levantóse entonces el rey y fue a la habitación vecina, abriendo la caja, que era de donde procedían las voces.
Al abrir la caja empezó a crecer la rosa, que no era otra que la bruja Espinarda, hasta convertirse en una princesa, que le dijo al rey:
- Mata a tu esposa y cásate conmigo.
- De ningún modo - contestó el rey.
- Piénsalo bien... Te doy un cuarto de hora para reflexionar... O te casas conmigo o mueres.
El rey no quería matar a su esposa, pero tampoco quería morir, por lo que cogió a la reina en brazos, la condujo a un sótano y la dejó encerrada.
La desgraciada reina, temiendo que su marido hubiese perdido el juicio, quedó llorando amargamente e implorando la ayuda de San José.
Volvió el soberano a su alcoba y dijo a la bruja que había matado a su esposa.
A la mañana siguiente, cuando Tomasito entró, como de costumbre, a dar los buenos días a sus padres, exclamó:
- ¡Ésta no es mi madre!
- ¡Calla o te mato! - gritó la bruja.
Luego salió, reunió a todos los criados y dijo:
- Soy la reina Rosa... Quien se atreva a desobedecerme haré que lo maten.
Tomasito se marchó llorando; recorrió todo el palacio y cuando estaba en una de las habitaciones del piso bajo oyó unos lamentos que le parecieron de su madre.
Guiándose por el oído, llegó al sótano donde estaba encerrada y le dijo:
- No puedo abrirte, mamá; pero te traeré algo de comer.
En el palacio, todos estaban atemorizados por la nueva reina.
Un día, la bruja pensó en deshacerse del principito y le hizo llamar.
- ¡Tráeme inmediatamente un jarro de agua de la Fuente del Arenal! - le ordenó
Tomasito tomó un jarro, hizo que le ensillaran un caballo y salió al galope hacia la Fuente.
En el camino se encontró, con un anciano que le dijo:
- Óyeme, Tomasito... Coge el agua de la Fuente, sin detenerte ni apearte del caballo, sin volver la visita atrás y sin hacer caso cuando te llamen.
Al llegar Tomasito cerca de la fuente le llamaron dos mujeres, que escondían en sus manos una soga para arrojarla al cuello del principito, pero éste no hizo caso a sus llamadas y, llenando la jarra de agua sin bajar de su montura, regresó al galope a palacio.
La bruja, extrañadísima al verlo llegar sano y salvo, le ordenó que volviera a la Fuente del Arenal y le trajera tres limones.
Encontró el principito en su camino al mismo anciano de antes, que volvió a aconsejarle que cogiera los limones sin detenerse ni volver la vista atrás.
Hízolo así Tomasito y no tardó en presentarse en palacio con los tres limones.
La bruja, hecha una verdadera furia, le dijo:
- ¿Para qué me traes limones? Lo que yo te ordené que me trajeras fue naranjas... Vuelve y tráeme tres naranjas inmediatamente.
Marchóse de nuevo Tomasito y tornó a aparecérsele el anciano, que le dijo que procurara no detener el caballo al pasar bajo los árboles.
Obedeció el principito, como las veces anteriores, y regresó a palacio con las tres naranjas.
La reina Rosa, a punto de reventar de rabia, le dijo que era un inútil y lo echó a la calle.
Tomasito se fue al sótano, se despidió de su madre, encargó a una doncella que no dejara de llevarle comida y cuidarla y se marchó de palacio a recorrer el mundo, huyendo de la reina Rosa.
A los pocos Kilómetros de marcha le salió al paso el anciano, que era San José, aunque el príncipe Tomasito, estaba muy lejos de sospecharlo, y, pasándole la mano por la cara, disfrazó, a nuestro héroe de ángel, con una cabellera rubia llena de tirabuzones, y le dijo:
- Vamos al palacio abandonado. Viven en él dos mujeres, que me dirán que te deje un ratito con ellas para enseñarte el castillo. Son las dos hermanas de la reina Rosa. Tú me pedirás permiso, diciéndome: «¡Déjame, papá!» Y yo te permitiré que pases dos horas con ellas... Te enseñarán todas las habitaciones menos una... Pero tú insistirás en que te enseñen ésta también y cuando lo hayas conseguido obrarás como te aconseje tu conciencia y tu inteligencia.
Llegaron al palacio y todo sucedió como había previsto San José. Dejó éste al niño allí y las brujas le enseñaron todas las habitaciones del inmenso castillo, a excepción de una, que estaba cerrada con llave.
Tomasito dijo que quería ver aquélla también, a lo que las brujas, contestaron que no tenía nada de particular y que, además, se estaba haciendo tarde, pues estaban esperando a un niño que se llamaba Tomasito para colgarlo de un árbol.
Insistió el príncipe en ver la habitación, empleando tantos argumentos y caricias, que las convenció, y vio que se trataba de una cámara con paños negros en las paredes y una mesa con tres faroles, cada uno de los cuales llevaba en su interior una vela encendida.
- ¿Qué significan esos faroles? - preguntó.
Y la bruja Gundemara respondió:
- Estas dos velas son nuestras vidas y aquélla es la de nuestra hermana Espinarda, que ahora se ha convertido en la reina Rosa. Cuando se apaguen estas velas moriremos nosotras...
No había terminado de decirlo, cuando Tomasito, de un soplo, apagó las velas de los dos faroles juntos, cayendo Gundemara y Mauregata al suelo, como si hubiesen sido fulminadas por un rayo. Un instante después, sus cuerpos se habían convertido en polvo negro y maloliente.
Tomasito cogió el tercer farol y salió a la calle, donde le esperaba el anciano, que le dijo:
- Has hecho lo que suponía... Vámonos a tu palacio.... Hora es ya de que sepas que soy San José, que estoy atendiendo las súplicas de tu madre.
Llegaron al palacio y por medio de un criado mandó llamar a su padre.
Cuando lo tuvo delante lo dijo:
- Papá, ¿a quién prefieres? ¿A mamá o a la reina Rosa?
El rey exhaló un suspiro y respondió sin vacilar:
- A tu mamá, hijo querido.
- Sopla en esta vela, entonces.
El rey sopló, apagóse la vela y la reina Rosa dio un estallido y salió volando hacia el infierno.
Entonces bajaron al sótano y sacaron a la verdadera reina, que lloraba y reía de contento.
Cuando Tomasito se volvió para dar las gracias a San José, comprobó con estupor que el anciano había desaparecido.
Pero su protección no les faltó desde entonces y los monarcas y su hijo fueron en lo sucesivo tan felices como el que más.

martes, 1 de febrero de 2011

El príncipe que tenía una luna en la frente y una estrella en la barbilla "cuento de la india"

En una ciudad de la India, vivía un pobre matrimonio que tenía siete hijas. Como no podía pagarles ninguna distracción dejaba que cada tarde fuesen a jugar con la hija del jardinero de Palacio.
- Cuando yo me case -decía la joven- tendré un hijo que llevará una luna en la frente y una estrella en la barbilla.
Al oír esto, las siete hermanas se echaban siempre a reír. Sin embargo, un día el rey acertó a pasar cerca del grupo y prendado de la hermosura de la hija del jardinero, se detuvo a oír lo que hablaban, oyéndole decir que al casarse tendría un hijo hermosísimo.
Esto agradó aún más al rey, a quien sus demás esposas no habían dado hijos, y al día siguiente llamó al jardinero y le pidió la mano de su hija.
El hombre accedió entusiasmado a la petición del rey, y a los pocos días se celebraron las bodas.
Pasó un año, y la joven comunicó a su esposo que iba a nacer un niño. El rey la abrazó complacido y dio órdenes para que las demás esposas la cuidasen con todo amor.
Pero éstas eran unas envidiosas, y a los pocos días dijeron a la favorita:
- Nuestro señor el Rajá marcha cada día de caza. Sería conveniente que le pidieras que no se alejase tanto, pues podría nacer el niño, sin que él lo viese.
Aquella noche, la joven dijo a su esposo lo que le habían indicado las demás mujeres, y el Rajá contestó:
- La caza es el mayor de mis placeres. Como no puedo dejarla, te daré un tambor muy grande y si por casualidad te encuentras mal o me necesitas, no tienes más que hacerlo sonar. Yo lo oiré y esté donde esté acudiré enseguida.
Cuando las demás esposas vieron el tambor, preguntaron a la favorita para qué servía, y ésta se lo explicó:
- Hazlo andar para ver si es verdad que nuestro esposo lo oye -dijo una.
- No me atrevo; podría castigarme al ver que le he llamado sin necesidad.
Pero tanto insistieron las mujeres, que la joven golpeó el tambor.
Aún no había transcurrido media hora, cuando ya el rey estaba en la habitación de su esposa, preguntándole qué le ocurría.
- Nada; sólo quería verte.
El soberano besó a su mujer y le dijo que no volviera a tocar el tambor sin necesidad.
La joven prometió hacerlo así, mas al día siguiente, apenas había partido el rey, las demás esposas insistieron en que volviera a tocar el tambor.
- No quiero hacerlo porque mi esposo se disgustaría conmigo.
- Te quiere demasiado para disgustarse -dijo una de las mujeres.
- No quiero hacerlo.
- Anda hazlo, así veremos si es verdad que está dispuesto a sacrificarse por ti.
Y tanto insistieron, que al fin la joven golpeó el tambor, cuyo sonido llegó hasta el rey, haciéndole interrumpir la caza y volar hacia el palacio.
- ¿Qué ocurre? -preguntó al ver a su esposa.
- Nada, sólo quería ver si me sigues queriendo.
- ¿Sólo por eso me has hecho interrumpir la caza? En adelante, no vuelvas a hacerlo, pues me disgustaría mucho contigo.
Con los ojos bañados en lágrimas, la joven prometió no hacerlo más; pero al día siguiente se encontró muy mal y pidió a sus esclavas que hicieran sonar el tambor.
El rey lo oyó perfectamente, pero creyendo que se trataba de otro capricho de su mujer, siguió cazando.
Entretanto nació un niño hermosísimo, con una luna en la frente y una estrella en la barbilla.
Las otras esposas del Rajá, llenos de envidia, cogieron al recién nacido y metiéndolo en una caja ordenaron a un esclavo que fuera a enterrarlo en el jardín. Para sustituir al niño, metieron en la cuna una piedra, y cuando llegó el Rajá le dijeron que aquello era el hijo que le había dado su esposa.
El monarca se enfureció grandemente y ordenó que la joven fuese ocupada en los más bajos menesteres.
El esclavo que debía enterrar al niño hizo lo que le habían ordenado, pero Chankar, el perro del Rajá, le vio y cuando se hubo retirado, desenterró al niño. Al verlo tan hermoso, decidió salvarle la vida, y como no tenía dónde ocultarlo, se lo tragó.
Al cabo de seis meses, el perro salió al campo y sacando al niño vio que seguía viviendo. Lo acarició muy contento y cuando se hubo cansado de jugar con él volvió a tragarlo.
Pasaron otros seis meses, y de nuevo Chankar fue al campo a ver al niño de la luna en la frente y la estrella en la barbilla, que entonces contaba ya un año. Jugó con él y se lo tragó de nuevo. Por desgracia, el guardián de los perros le había seguido y le vio, yendo enseguida a comunicar la noticia a las esposas del Rajá, diciéndoles:
- Dentro del perro de Su Majestad, hay un niño con una luna en la frente y una estrella en la barbilla.
Al oír esto, las mujeres creyeron morir de miedo, y enseguida desgarraron sus ropas y fueron a ver al Rajá, diciéndole:
- Vuestro perro Chankar nos ha mordido. Hacedle matar.
- Perfectamente -contestó el soberano.- Mañana por la mañana morirá.
El perro oyó por casualidad su sentencia de muerte, y temiendo por la vida del niño que llevaba en el estómago, decidió dejarlo al cuidado de alguien. Este alguien resultó ser la vaca Suri, que estaba en el establo del palacio.
- Óyeme, Suri -le dijo;- quisiera que me guardases algo, pues mañana el rey me hará matar.
- Enséñame eso que quieres que te guarde -replicó la vaca.
El perro mostró el principito a la vaca, la cual lanzó un mugido de asombro ante su belleza.
- Lo guardaré con muchísimo gusto -declaró. Y después de besar al niño se lo tragó.
Al día siguiente, Chankar fue muerto por el guardián, y las esposas del Rajá respiraron tranquilas.
Al cabo de un año, Suri, la vaca, quiso ver al principito, y quedó más prendada que nunca de su hermosura. Para librarlo de todo mal, volvió a tragárselo, y así lo guardó diez años.
Por desgracia, un día la vio el guardián del establo, quien enseguida corrió a decir a las reinas que la vaca tenía dentro un hermoso joven con una luna en la frente y una estrella en la barbilla.
Las cuatro esposas del Rajá se estremecieron de miedo, y rasgándose sus vestiduras, fueron a ver a su esposo, diciéndole:
- Señor, vuestra vaca ha entrado en nuestras habitaciones y nos ha roto los vestidos. Ha sido un verdadero milagro que no nos haya matado. De ahora en adelante tendremos mucho miedo.
- No temáis -les tranquilizó el monarca.- Mañana mismo haré matar a la vaca.
Un pajarillo comunicó a Suri su sentencia de muerte, y la buena vaca sólo pensó en el principito que guardaba en su estómago. Royendo la cuerda que la ataba al pesebre, fue en busca de Katar, un caballo salvaje que se guardaba en las cuadras.
- Óyeme, Katar -le dijo.- Mañana moriré, y antes quisiera pedirte que me guardases una cosa.
- Enséñame la cosa que es, y entonces te diré si quiero guardarla -contestó el caballo.
Suri mostró a Katar el hermoso príncipe, y el caballo accedió enseguida a guardarlo.
Al día siguiente, la buena vaca fue sacrificada por el matarife de palacio.
Katar era un caballo al que nadie había podido montar jamás. Era tanta su fiereza, que tenía aterrorizados a todos los guardianes de las cuadras. Sin embargo, nadie sabía que era un caballo encantado.
Cinco años guardó Katar el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla. Cada seis meses lo sacaba de su estómago para recrearse con su vista, y en una de estas ocasiones, fue visto por el palafrenero mayor de palacio, quien, lleno de miedo, comunicó su descubrimiento a las cuatro reinas.
Estas creyeron morir del susto. El príncipe que ellas creían muerto volvía a resucitar; y como temían por sus cabezas, corrieron al Rajá, después de desgarrar sus vestiduras, y le dijeron:
- Vuestro caballo Katar ha irrumpido en nuestras habitaciones y nos ha destrozado las ropas. Desde hoy no podremos comer en paz. Siempre temeremos ser destrozadas por ese salvaje animal.
- No temáis -las tranquilizó el Rajá.- Mañana mismo haré matar a Katar.
Como el caballo era muy fiero, el rey no se atrevía a hacerlo matar por un hombre solo, y por ello mandó formar a todos sus soldados, ordenándoles que lanzaran sus flechas contra el caballo en cuanto éste saliera de la cuadra.
El mismo se armó de un arco, para tomar parte en la ejecución.
Pero Katar, como ya hemos dicho, era un caballo mágico, y cuando oyó llegar a los soldados comprendió a lo que iban. Sacando al príncipe, le dijo:
- Entra en ese cuarto de la derecha y en él encontrarás una silla de montar que me pondrás enseguida. También encontrarás un traje de príncipe y una armadura de oro. Son para ti.
El príncipe entró en la habitación indicada y ensilló el caballo, poniéndose él el traje y la armadura, que Katar le había regalado, creándolos gracias a su magia.
Fuera de las cuadras, el Rajá había ordenado formar a todo su ejército, pero antes de que los soldados pudieran poner las flechas en los arcos, se abrió la puerta del establo y Katar, montado por el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla, se precipitó fuera a todo galope, perdiéndose en la lejanía antes de que los asombrados cipayosnombre de los soldados indios. (N. del R.) pudieran disparar sus flechas.
Como el mismo rey había sido burlado no les castigó, y para evitarse la vergüenza de la derrota, no dijo nada a sus mujeres, que respiraron tranquilas, creyendo muerto al príncipe.
Mas éste no estaba muerto, sino que cabalgaba sobre Katar, brillando al sol su armadura, y golpeándole las piernas la hermosa espada.
Días y días cabalgó sin descansar, hasta que al fin Katar se detuvo a las puertas de una rica ciudad, a la que afluían gran número de personas.
- ¿Qué ocurre? -preguntó el príncipe.
- Esta es la ciudad de Calcuta, la más hermosa de la India -contestó Katar.- Te he traído aquí para que tomes parte en el gran torneo que se celebrará. El ganador obtendrá la mano de la princesa Armina, la más bella entre las bellas.
- Pero yo no sé luchar -replicó el príncipe.
- No temas -le dijo el caballo.- La espada que llevas al cinto está encantada, y con ella ganarás a todos los enemigos que se pongan ante ti.
Al entrar en el palenque donde debía celebrarse la justa, el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla, causó verdadera sensación, sobre todo en la princesa Armina, que enseguida quedó enamorada de él, y deseó con toda su alma que fuese el vencedor en la lucha.
Empezó ésta, entre trescientos príncipes de todas las regiones de la India, y hasta de Egipto y Arabia. La espada del joven hacía maravillas, y pronto tuvo derribados a más de treinta enemigos. Al fin sólo quedaron dos, un gigantesco árabe y el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla.
El árabe poseía un hacha mágica y como la espada del príncipe también lo era, la lucha estaba completamente igualada. Fue Katar quien lo solucionó, derribando al caballo del árabe de un fuerte mordisco.
El Rajá de Calcuta entregó su hija al vencedor, y al día siguiente se celebraron los esponsales, que fueron los más brillantes que se habían celebrado en la ciudad. Tres meses duraron las fiestas, y cuando hubieron terminado, el príncipe y su esposa fueron a visitar al padre del joven.
El Rajá, enterado de la visita del yerno del rey de Calcuta, preparó una fiesta muy grande, a la que fue invitado todo el mundo.
Cuando el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla fue recibido con toda pompa, y cuando él y su esposa entraron en la sala del festín, todos los cortesanos y el pueblo se levantaron en señal de admiración, ya que la belleza de ambos esposos era enorme.
- ¿Está todo el pueblo aquí? -preguntó el príncipe.
- Todo -contestó el Rajá.
- ¿No falta la hija de vuestro jardinero, que en un tiempo fue vuestra esposa? -siguió preguntando el joven, a quien Katar había enterado de su historia.
- En efecto, me olvidé de invitarla -dijo el rey, ordenando enseguida que fueran a buscarla en su mejor palanquín.
Los criados que partieron en busca de la antigua reina, la bañaron en agua perfumada, la peinaron con el mayor cuidado, la vistieron con trajes magníficos y al fin le acompañaron ante el príncipe, quien inclinándose ante ella la saludó con estas palabras:
- Que el Señor sea con vos, madre mía.
La antigua reina reconoció enseguida al hijo con quien tanto había soñado, y presa de gran emoción, cayó en sus brazos, llenos de lágrimas los ojos.
Cuando madre e hijo se separaron, éste desenvainó su espada, y de un solo tajo cercenó las cuatro cabezas de las mujeres del Rajá, que mudas de espanto asistían a la escena.
Después explicó a su padre la verdad de lo ocurrido, y el Rajá se prosternó ante su esposa, pidiéndole humildemente perdón por su injusto comportamiento.
La reina, que había adorado siempre a su esposo, le perdonó de buen grado, y las fiestas con que el monarca celebró el hallazgo de su hijo duraron un año entero.
Al terminarse, murió el Rajá de Calcuta, y este reino se unió con el del padre del príncipe, formando la mayor nación de la India.
En cuanto a Katar, cumplido ya su cometido, desapareció de las cuadras, y sólo reaparece cuando nace un príncipe en Calcuta. Y por eso, allí los caballos, son animales sagrados, que sólo pueden montar los hijos del rey.

lunes, 31 de enero de 2011

Por que se rio el pez "cuento de la india"

En el momento en que una pescadora anunciaba su mercancía ante el palacio del Rajá, la Raní salió a un balcón y le pidió que subiera a mostrarle lo que tenía. En este momento un pescado dio un salto, mostrando su plateado vientre.
- ¿Es macho o hembra? -preguntó la Raní.- Quiero comprar una hembra.
Al oír esto, el pescado soltó una ruidosa carcajada.
- Es macho -contestó la pescadora, que siguió voceando lo que vendía.
La Raní, muy furiosa, fue a encerrarse en su cuarto, y al llegar el Rajá y verla tan enfurecida, le preguntó qué le ocurría.
- ¿Estás enferma? -inquirió.
- No; pero estoy muy disgustada por lo que ha hecho un pescado. Una pescadora pasó delante de palacio y al preguntarle yo si el pescado que acababa de soltar era macho o hembra, el pescado soltó una carcajada.
- ¿Que un pez se ha reído? -preguntó asombradísimo el Rajá.- ¡Eso es completamente imposible!
- ¡No estoy loca! Digo lo que he visto con mis propios ojos, y oído con mis propias orejas.
- Pues es muy extraño. Haré averiguaciones.
A la mañana siguiente, el Rajá contó a su Gran Visir lo que le había ocurrido a su esposa, y le ordenó que investigase hasta descubrir la verdad de todo ello. De no hacerlo así antes de seis meses, le haría decapitar.
El Visir prometió hacerlo, aunque de antemano se daba por vencido. Cinco meses de intenso trabajo no dieron el menor resultado, y nadie pudo explicar el motivo de la risa del pescado.
Comprendiendo que nada podría salvarle de la muerte, pues ni los más sabios podían hallar solución lógica al problema, el Visir lo preparó todo para su muerte, diciendo antes a su hijo que marchase a recorrer el mundo, en espera de que la cólera del Rajá se calmara.
El joven se despidió de su padre, y un mes antes de que terminase el plazo dado por el soberano, se marchó sin rumbo fijo, confiando que el Destino guiaría sus pasos.
Al cabo de unos días de marcha se encontró con un campesino que también iba de viaje. Como el hombre le fue simpático, le pidió si le permitía acompañarle. El campesino aceptó de buen grado, y los dos viajaron juntos en buena armonía.
Al cabo de un rato, el joven dijo al viejo:
- ¿No cree que si de vez en cuando nos ayudásemos, el viaje sería más distraído?
"¡Este hombre está loco!", pensó el campesino.
Poco después, pasaron junto a un campo de trigo, a punto de ser segado, y el hijo del Visir preguntó a su compañero:
- ¿Está comido o no ese trigo?
No sabiendo qué contestar a la extraña pregunta, el campesino se limitó a decir que no lo sabía.
Pasaron las horas y los dos amigos llegaron a un pueblo. El joven sacó un afilado cuchillo y entregándoselo al campesino, le dijo:
- Amigo, ve a comprar con esto dos hermosos caballos, pero no olvides de devolvérmelo, pues lo aprecio mucho.
Entre irritado y divertido, el viejo rechazó el cuchillo, refunfuñando que o bien su compañero estaba loco o trataba de parecerlo.
El hijo del Visir hizo ver que no oía las palabras del campesino y entró en el pueblo, pasado el cual se encontraba la casa de su compañero. Mientras cruzaban el mercado, que se hallaba muy concurrido, nadie les ofreció cosa alguno, ni les invitó a descansar.
- ¡Qué cementerio más enorme! -exclamó el joven.
"¿Por qué llamará cementerio a una población tan populosa?", se preguntó el campesino.
Al salir de la ciudad, pasaron junto a un cementerio, donde varias personas rezaban por las almas de sus muertos y repartían limosnas y comida a cuantos pasaban por allí.
- ¡Qué ciudad más espléndida! -exclamó el hijo del Visir.
"¡No cabe duda de que está loco!", pensó el viejo. "Veremos qué hará ahora. Sin duda llamará agua a la tierra, y tierra al agua. A la sombra la calificará de luz, y a luz de sombra."
En esto llegaron junto a un río, que era necesario vadear. El campesino quitóse los zapatos y lo cruzó, pero el joven se metió en el agua sin quitarse los zapatos.
"¡En mi vida había visto loco mayor!", se dijo el campesino.
Sin embargo, como el joven le era simpático, pensó que distraería a su esposa y a su hija, y le dijo que se hospedara en su casa todo el tiempo que pensase estar en el pueblo.
- Muchas gracias -contestó el hijo del Visir.- Pero antes quisiera preguntarle si los cimientos de su casa son lo bastante fuertes.
El campesino levantó las manos al cielo y entró en su casa riendo a mandíbula batiente.
- He traído a un amigo que está loco de remate ­explicó a su mujer y a su hija, que habían salido a recibirle.- Fijaos cómo estará, que antes de aceptar mi hospitalidad me ha preguntado si los cimientos de mi casa son lo bastante sólidas.
- Papá, ese hombre no está loco -dijo la hija, que era una muchacha muy lista.- Si te ha preguntado eso ha sido para saber si podías hospedarle sin perjuicio. Mejor dicho, si tu fortuna te permitía tener un huésped.
- ¡Ya comprendo! -exclamó asombrado el campesino.- Quizá puedas ayudarme a descifrar otros enigmas. Al principio de nuestro viaje, me dijo que si nos ayudásemos mutuamente, el camino sería más divertido.
- Es muy sencillo -contestó la joven.- Lo que tu compañero quería decir es que si ambos os hubieseis contado historias, el camino se habría hecho más fácil.
- ¡Tienes razón! Bien; quizá puedas descifrar este otro enigma. Al pasar junto a un campo de trigo, me preguntó si el grano estaría ya comido o no.
- ¿Y no comprendiste lo que quería decir? Pues es muy sencillo: deseaba saber si el propietario de aquel campo debía dinero a alguien, en cuyo caso el producto de la venta del trigo iría a parar a manos de sus acreedores, lo cual sería lo mismo que si ya estuviera comido.
- ¡Maravilloso! Te voy a contar otro: al entrar en un pueblecito, me dio su cuchillo y me encargó que adquiriese dos buenos caballos, pero advirtiéndome que le devolviera el cuchillo.
- ¿No son dos buenos palos una ayuda excelente para caminar? ¿No podría llamárseles caballos del pobre? Al darte el cuchillo te indicó que cortases dos palos, debiendo ir con cuidado.
- ¡Magnífico! Pues bien, al entrar en la población nadie nos invitó a refrescar ni a sentarnos, en cambio al pasar junto al cementerio los que allí oraban nos dieron refrescos y dulces. Mi compañero llamó cementerio a la ciudad y ciudad al cementerio.
- Esto también es sencillísimo, padre mío. Por ciudad se entiende el lugar donde puede adquirirse todo. En cambio, a la gente que no practica la hospitalidad se la considera peor que muerta. Aunque llena de seres vivos, la ciudad os resultó a vosotros peor que un cementerio, en cambio, en el cementerio, morada de los muertos, encontrasteis la caridad y el amor.
- Es verdad! -exclamó el asombrado campesino.- Te voy a contar lo último que hizo. Al llegar junto al río, en vez de quitarse los zapatos entró con ellos en el agua.
- Admiro su sabiduría -replicó la joven.- Muchos veces me he dicho que la gente es estúpida al quitarse los zapatos y cruzar descalza la corriente, sembrada de agudos guijarros. Infinidad de veces he visto que a causa del dolor producido al pisar uno de esas piedras, la persona que cruzaba el río caía dentro de él, y por no mojarse los zapatos se mojaba todo el cuerpo. Ese amigo tuyo es un hombre sabio. Me gustaría verle y hablar con él.
- Saldré inmediatamente a decirle que entre.
- Antes adviértele que los cimientos de nuestra casa son muy fuertes. Enseguida le enviaré un regalo para que comprenda que somos lo bastante ricos para darle hospedaje.
Dicho esto, la joven llamó a un criado y lo envió al visitante con un obsequio, compuesto de una taza de aceite dulce, doce pasteles, una jarra de leche y el siguiente mensaje:
"La luna es llena; doce meses hacen un año; el mar rebosa agua."
Por el camino, el criado encontró a un hijo suyo, quien al ver lo que su padre llevaba le pidió un poco, y el servidor fue lo bastante loco para dárselo. Cuando encontró al joven le dio lo que le quedaba del regalo, y el mensaje. El hijo del Visir lo aceptó, diciendo:
- Vuelve junto a tu ama y dile que la luna está en cuarto menguante; el año sólo tiene once meses; y la marea es descendente.
No comprendiendo el significado del mensaje, el criado volvió junto a su ama para comunicárselo. La joven se dio cuento en seguida de lo que había ocurrido y castigó severamente al ladrón.
El hijo del Visir fue recibido en la casa con todas las atenciones y cuidados, y al fin de la magnífica comida que le sirvieron, contó la historia del pescado que se había reído.
- La risa del pescado significa que en palacio hay un hombre que quiere matar al Rajá -dijo la hija del campesino.
- ¡Magnífico! -exclamó entusiasmado el joven.­ Volvamos corriendo a mi país a fin de salvar la vida de mi padre, y al Rajá de todo peligro.
Al día siguiente el joven partió acompañado de la muchacha, y al llegar a su casa contaron al Visir el motivo de la risa del pescado. El pobre hombre, que estaba casi muerto de miedo, corrió enseguida a las habitaciones del Rajá, a quien repitió lo que le habían dicho.
- ¡Es imposible! -exclamó el monarca.
- Es la pura verdad. Y para demostraros que no miento, haremos una prueba. Servíos llamar a todas vuestras esclavas, y haced que salten por turno el ancho de una alfombra. Pronto descubriremos si hay un hombre entre ellas.
Así se hizo y de todas las esclavas, sólo una consiguió saltar por encima de la alfombra. Esta esclava resultó ser un hombre, que al momento fue decapitado ante el Rajá.
Y así quedó satisfecha la Raní, contento el Rajá, y con vida el Gran Visir.
En cuanto a su hijo, al poco tiempo se casó con la hija del campesino, y dicen las crónicas que fueron el matrimonio más feliz de aquel reino.

sábado, 29 de enero de 2011

El principe y el Fakir "cuento de la india"

Érase una vez un monarca que no tenía hijos. En vista de ello decidió un día tenderse en el cruce de cuatro caminos, a fin de que cuantos pasaran tuvieran forzosamente que verle. Al cabo de mucho rato, acertó a pasar un fakir, quien al ver al rey le preguntó:
- ¿Qué haces aquí?
- Más de cien hombres han pasado sin preguntarme nada; imítales tú y sigue adelante -contestó el soberano.
- ¿Quién eres? -insistió el fakir.
- Soy un rey. No me faltan bienes materiales ni dinero, pero he vivido largos años y aún no ha alegrado mi vida la risa de un hijo de mi sangre. Por eso he venido a tenderme en el cruce de estos caminos. Mis pecados deben de ser muchos y necesitan sin duda una larga expiación. He escogido esta penitencia con la esperanza de que Dios se apiadará al fin de mí y me concederá lo que tanto ambiciono.
- ¿Qué me darías si tuvieses un hijo? -preguntó el fakir.
- Cuanto me pidieras -contestó el rey.
- No necesito oro ni joyas. Voy a rezar una oración y tendrás dos hijos. Uno de ellos ha de ser para mí.
Dicho esto, el viejo sacó dos pastelillos, que entregó al rey, diciéndole:
- Haz comer estos pasteles a dos de tus esposas, y dentro de poco tendrás lo que deseas.
El rey cogió los pastelillos y los guardó junto al corazón. Luego se despidió del fakir, a quien dio las gracias.
- Dentro de un año volveré a verte -dijo el viejo.- Recuerda que, de los dos hijos que nacerán, uno es mío.
- Desde luego -asintió el rey.
Los dos hombres se separaron.
El rey se fue a palacio y siguió las instrucciones recibidas. Al poco tiempo nacían dos hermosos niños. Temeroso de perderlos, el soberano los encerró en un pozo, y cuando llegó el fakir le enseñó los hijos de una esclava.
- ¿Son éstos tus hijos? -preguntó el fakir.
- Sí.
- Bien, me corresponde uno. Te ruego que hagas traer unas parrillas, pues deseo asarlo para comérmelo aquí mismo.
El rey se dispuso a dar la orden, pero el fakir le atajó, diciéndole:
- ¡Tu boca ha faltado a la verdad! Esos no son tus hijos. Si lo fueran, no permitiríais que me comiese a uno de ellos. Haz que me traigan enseguida a tus verdaderos hijos, o de lo contrario, morirán los dos.
El rey derramó abundantes lágrimas, pues adoraba a sus pequeños, pero como había prometido entregar uno al fakir, ordenó que los trajesen.
El viejo los examinó atentamente y al fin escogió al más hermoso.
Quince años pasó el príncipe al lado del fakir, quien le enseñó cuanto sabía. Indicóle la manera de hacer oro y piedras preciosas; de convertir el agua en vino, las piedras en pan, los perros en hombres, las hormigas en camellos y los hombres en árboles. Cuando el viejo murió, el príncipe no ignoraba nada de cuanto saben los hombres sabios de la India, y con sus conocimientos, partió dispuesto a ver el mundo y sus maravillas.
Al poco tiempo llegó a la capital de un país sitiado por un ejército invasor. El príncipe entró en la ciudad, cuyos habitantes estaban a punto de morir de hambre. Los mismos perros, a los cuales nadie tocaba, pues su religión les prohibía matar animales, estaban en los huesos. Al ver al joven, todos se echaron a llorar, pues su llegada, aparte de no ayudarles materialmente, iba a ser perjudicial, pues habría que alimentarle.
- ¿Quién gobierna este pueblo? -preguntó el príncipe a un viejo guerrero.
- La princesa Jali. Su padre murió al principio de la guerra, y ella ha sostenido toda la campaña. Pero ya estamos a punto de ser vencidos, y nuestra soberana tendrá que casarse con el rey de nuestros enemigos.
- Condúceme a presencia de la princesa. Quiero ayudarla.
El guerrero obedeció la orden del para él hombre santo, ya que ignoraba que era un príncipe, y a los pocos minutos llegaban hasta la princesa Jali.
Ni en sueños había visto el príncipe una mujer más hermosa. Tenía quince años, y su belleza no era comparable a ninguna otra.
- ¿Qué deseas, hombre santo? -preguntó al que ella suponía un fakir.
- Quiero ayudarte, hermosa princesa.
- ¿Y cómo vas a ayudarme, si ya nada puede hacerse? Has entrado en esta ciudad, porque eres fakir y los sitiadores no se han atrevido a tocarte, pero no me queda ya ningún amigo de quien pueda esperar socorros, y hoy he repartido los últimos panes que nos quedaban.
- Haz que me traigan cien mil piedras -dijo el príncipe.
Extrañada, la princesa obedeció. Cuando el joven tuvo ante él las piedras pedidas, murmuró un encantamiento, y rociándolas con agua sagrada, las convirtió en pan.
- Ahora manda traer mil jarros llenos de agua ­pidió.
Al presentarle los jarros, el príncipe murmuró otras palabras, y el agua quedó convertida en vino.
Con estos alimentos, los guerreros y el pueblo pudieron saciar su hambre, y reunidos todos ante el palacio, aclamaron al fakir que acababa de salvarles de una muerte cierta.
Ordena que traigan cien mil hormigas y quinientos mil perros -solicitó a continuación el joven.
La princesa transmitió la orden, y al momento todo el pueblo partió en busca de los perros y de las hormigas, que, tras unas palabras mágicas, fueron convertidos en hombres y en caballos.
Con este enorme ejército, el príncipe pudo derrotar fácilmente a las huestes del enemigo de la soberana, a quien él mismo cortó la cabeza.
- ¿Qué haré ahora con esos quinientos mil soldados? -preguntó Jali, cuando la batalla hubo terminado.- Mi reino es demasiado pequeño para ellos, y seguramente morirán de hambre.
- No te preocupes, hermosa princesa -replicó el príncipe.- He visto que las huestes invasoras asolaron por completo el país, dejándolo sin un árbol frutal; para remediar ese desastre convertiré a los soldados en árboles y los caballos podrás regalárselos a tus súbditos para que labren sus campos.
Así lo hizo, y desde entonces el reino de la princesa Jali es el que tiene los árboles más hermosos de toda la India.
En cuanto al príncipe, se casó con la princesa, después de descubrir su verdadera personalidad, y fue muy feliz gobernando los dominios de su esposa.
Y refieren las crónicas que jamás faltó el pan en el país. También dicen que el oro y las piedras preciosas que el príncipe regaló a su esposa, abultaban tanto, que fue preciso construir un palacio de mármol para guardar en él la fortuna inmensa que representaban.

jueves, 27 de enero de 2011

El campesino y el prestamista "cuento de la india"

Un honrado campesino de la región de Benarés, hallábase en las garras de un malvado prestamista. Tanto si la cosecha era buena como si era mala, el pobre hombre estaba siempre sin un céntimo. Al fin, un día, cuando ya no le quedó absolutamente nada, fue a ver al usurero y le dijo:
- Es imposible sacar agua de una piedra y como de mí ya no podréis conseguir más dinero, pues no lo tengo, os ruego me expliquéis el secreto de hacerse rico.
- Amigo mío, Rama es quien concede las riquezas -contestó piadosamente el hombre.- Pregúntale a él.
- Muchas gracias; lo haré -respondió el sencillo campesino.
En cuanto llegó a su casa apresuróse a preparar tres pasteles redondos. Una vez hecho esto, partió en busca de Rama.
Ante todo fue a ver a un bracmán y, entregándole un pastel, le rogó le enseñase el camino para llegar hasta Rama. Pero el bracmán limitóse a tomar la golosina y a seguir su camino sin pronunciar una sola palabra.
Poco después nuestro protagonista encontróse con un yogui a quien dio otro de los pasteles, sin recibir, en cambio la menor información. Por fin, tras mucho caminar, llegó junto a un viejo mendigo, que descansaba bajo un árbol, y, como viese que estaba hambriento, le dio el último pastel. Después sentóse a su lado y entabló conversación.
- ¿A dónde vais? -preguntó el pobre al cabo de un rato.
- El camino que se abre ante mí es muy largo ­contestó el campesino.- Voy en busca de Rama. Supongo que vos no podréis indicarme hacia dónde debo dirigir mis pasos, ¿verdad?
El anciano sonrió apaciblemente, replicando:
- Tal vez pueda ayudarte. Yo soy Rama, ¿Qué deseas de mí?
El campesino prosternóse ante Dios y le explicó sus desventuras y deseos. Después de escucharle, Rama le entregó una caracola marina, enseñándole a hacerla sonar de una manera especial.
- Cuando desees una cosa -dijo- no tienes más que soplar dentro de esta caracola, en la forma que te he enseñado a hacerlo, y tu deseo se verá cumplido inmediatamente. Sin embargo ten cuidado con ese prestamista de quien me has hablado, pues ni siquiera la magia puede escapar a sus maquinaciones.
El campesino se despidió del Dios y regresó contento a su pueblo. El usurero notó en seguida su buen humor y se dijo:
- Ese estúpido debe de haber sido favorecido con algún don muy grande; de lo contrario no estaría tan satisfecho.
Sin perder un minuto corrió a casa del labrador y le felicitó por su buena fortuna, pretendiendo estar enterado de todo. Tan hábil fue que, al poco rato, el campesino le contó todo su historia, a excepción del mágico poder de la caracola, pues, a pesar de su sencillez, no era tan tonto como creía el otro.
Sin embargo, el prestamista no era hombre que se dejase vencer con facilidad, y comprendiendo que la caracola tenía propiedades mágicas, decidió apoderarse de ella, ya fuera legal o ilegalmente.
Así, aguardó una ocasión propicia y la robó.
Pero como ignoraba el secreto del talismán, lo único que logró fue enronquecer de tanto soplar, y al fin tuvo que decirse que había hecho un mal negocio al robar una cosa tan inútil
Durante varios días trató de encontrar una solución a aquel problema, y al fin la halló. Cogió la caracola y dirigióse a casa del campesino, a quien dijo:
- Tengo en mi poder el talismán que te entregó Rama. No puedo utilizarlo, pues desconozco su secreto. Sin embargo tú tampoco puedes hacer uso de él, pues no la tienes. A pesar de todo estoy dispuesto a hacer un trato contigo: te devolveré la caracola y jamás me interpondré en tu camino, pero has de aceptar mis condiciones. Todo lo que tú obtengas he de obtenerlo yo al mismo tiempo, por duplicado.
- ¡De ninguna manera! -protestó el campesino.­ Eso significaría ponerme de nuevo en tus manos.
- No seas tonto -replicó el prestamista.- ¿No comprendes que tú no pierdes nada? ¿Qué te importa que yo gane veinte si tú sólo deseas ganar diez. Tus deseos serán siempre cumplidos y, por lo tanto, tendrás cuanto ambiciones.
Aunque lamentando ser de alguna utilidad al avaro, el campesino comprendió que no le quedaba más remedio que ceder, y aceptó la proposición del ladrón de su caracola. Desde aquel momento todo cuanto obtenía era conseguido al mismo tiempo, pero por partida doble, por el prestamista, y este pensamiento no se apartaba ni de noche ni de día de la mente del aldeano.
A todo esto, llegó un verano muy seco, tan seco, que las mieses del campesino se morían por falta de agua. Por fin, un día, cogió la caracola y después de pedir un pozo, sopló en ella. Inmediatamente apareció uno en la puerta de su casa, pero también en el mismo instante aparecieron dos ante la morada del usurero.
¡Esto era ya demasiado para el labrador! Inmediatamente decidió terminar de una vez con aquel hombre. De pronto tuvo una idea, y cogiendo el talismán, pidió a Rama que le dejase tuerto.
Formulado este deseo hizo sonar la caracola, y al momento perdió un ojo.
En el mismo instante, el prestamista, que estaba contemplando los dos pozos que acababan de aparecer ante su puerta, sintió un vivo dolor en los ojos y se quedó ciego. Llamó a voces a sus criados que no acudieron, y al querer entrar en su casa tropezó con el pretil de uno de los pozos, cayendo dentro y ahogándose.
Este relato demuestra que un campesino logró vencer a un prestamista, aunque perdiendo un ojo, lo cual es un precio bastante elevado.