domingo, 8 de abril de 2012

El gigante de las nieves "cuento argentino"

Una vez, un matrimonio de ricos comerciantes de Buenos Aires, resolvieron pasar los días del verano en un lugar fresco de la república y se trasladaron con sus hijos Pepito, Leopoldo y Manuel a las apartadas regiones del sur del país, donde junto a los maravillosos lagos cordilleranos, se goza en esos meses de una temperatura muy agradable.
Tomaron el tren en la capital y después de un viaje encantador cruzando hermosas poblaciones hasta llegar a la ciudad de Bahía Blanca, entraron en la extensa Patagonia en donde los niños, desde las ventanas del vagón, pudieron admirar las majadas que en esas tierras se cuentan por millones, los caudalosos ríos poblados de cisnes, patos y otras aves acuáticas, las grandes llanuras sembradas de trigo, lino, alfalfa y cebada y las pintorescas villas que sirven de albergue a los colonos.
Algunas horas después estaban sobre las primeras mesetas de la montaña, y más tarde llegaron al hotel en donde sus padres habían dispuesto pasar las vocaciones en recompensa del buen comportamiento de los niños.
Para Pepe, Leopoldo y Manuel, aquello era el paraíso.
Un gran lago, que supieron luego se llamaba Nahuel-Huapí se extendía a sus pies, poblado de hermosas aves, con frondosas islas en su centro, y en las que se veían por entre las ramas de la vegetación, grandes residencias de tejados rojos.
Los niños estaban encantados de tanta maravilla y se pasaban los días cabalgando con su padres por los caminos de la montaña o pescando sobre las márgenes del lago grandes peces que más tarde se informaron que eran truchas.
Una tarde, el viento sopló con más fuerza desde las cumbres de la cordillera y comenzó a dejarse sentir un frío tan intenso que todos los turistas hubieron de refugiarse en el hotel y rodear las estufas como en pleno invierno.
Pasadas varias horas, toda la gran extensión de sendas, valles y montañas estaba cubierta de nieve, y no faltaron viajeros que resolvieron hacer deportes invernales con esquíes, improvisados trineos, y saltos con patines,
Para los niños de nuestra historia, aquello era una novedad inesperada y de común acuerdo dispusieron abrigarse bien y jugar en la nieve hasta que el sol la derritiese.
Se fugaron a corta distancia del hotel donde se hospedaban y en un lugar solitario cubierto por los blancos copos de nieve, dispusieron modelar un gran muñeco, tal como lo habían contemplado en muchas láminas de revistas europeas llegadas a sus manos.
- ¡Haremos un gigante! -dijo Pepe.
- ¡Con sombrero y bastón! -repuso Leopoldo saltando de frío.
- Yo le haré los ojos -gritaba entusiasmado Manuel, el más pequeño de los hermanos.
Dicho y hecho; los niños, entre risas y alegres exclamaciones, comenzaron su gran obra, a la que muy pronto dieron fin, contemplando luego al gigante blanco que parecía mirarlos con sus ojos huecos y sin vida.
Pepe corrió al hotel y muy pronto estuvo de regreso con un sombrero del padre y un bastón de otro viajero y ayudado por sus hermanitos, trepó por el muñeco y le puso en la cabeza el hongo y en su tendido brazo la recta caña de la India.
Terminada la escultura, que no estaba del todo mal, los niños se detuvieron a contemplarla y se admiraron de haber realizado un trabajo, para ellos, tan magnífico, porque el gigante de nieve, tenía boca, nariz, orejas y un cuerpo proporcionado que se alzaba más de dos metros del suelo.
- ¡Qué hermoso! -exclamó Pepe,
- ¡Se lo enseñaremos a papá! -gritaba Leopoldo, batiendo palmas.
- ¡Lástima que no hable! -se lamentaba, Manuelito, mirándolo con cariño.- ¿Qué nombre le pondremos?
- ¡Se llamará Bob! -repuso el mayor.
- ¡Bien por Bob! ¡Viva Bob! -gritaron los niños a coro.
De pronto sucedió lo inesperado. El gigante de nieve comenzó a mover sus brazos, mientras los huecos de sus ojos iban cobrando vida, hasta cubrirlos dos pupilas azules y bondadosas.
- ¡El gigante camina! -gritó Pepe, reflejando en su rostro una expresión de asombro y temor a la par.
- ¡Nos matará! -tartamudeó de miedo Leopoldo.
- ¡Mamita! -alcanzó a balbucear el menor, abrazando a sus hermanos para resguardarse.
Mientras tanto, la gigantesca escultura helada, se movía, efectivamente, y sus extremidades, antes rígidas, comenzaban a ablandarse, jugando sus articulaciones como si se tratara de un ser de carne y hueso.
- ¡Huyamos! -logró exclamar Pepe, en el colmo del pavor.
Una carcajada larga y bonachona le contestó.
- ¿Por qué intentáis huir? -dijo el gigante, cubriendo su desdentada boca blanca.- ¡No os haré daño; por el contrario, os protegeré, ya que vosotros me habéis modelado! ¡Bob os saluda!
Y diciendo esto, se inclinó reverente ante los niños, quitándose su sombrero como lo hubiera hecho el más galante de los galantes caballeros de antaño.
Pepe, Leopoldo y Manuel se quedaron atónitos, sin saber qué partido tomar, pero al poco rato y ante los ademanes pacíficos del hombre de nieve, cobraron confianza y muy pronto se hicieron amigos, trepando los chicuelos por sus hombros y deslizándose hasta el suelo por sus rodillas, con el consiguiente regocijo del gigante que se avenía a todo capricho y ocurrencia de sus dueños, entre grandes risotadas de alegría.
Los niños estaban encantados de su obra, y así pasaron muchas horas, corriendo por las pendientes de la montaña, resbalando por las empinadas laderas o patinando por los extensos campos helados.
- ¡Esto es maravilloso! -exclamaban a coro, mientras subían a las espalda de Bob que, como es natural, era maestro en todos los ejercicios de invierno.
Entre juegos y jaranas, Pepe, Leopoldo y Manolito se alejaron demasiado del hotel y, sin darse cuenta, se aproximaron a los linderos de un bosque muy solitario que se elevaba sobre grandes lomas, próximas al hermoso lago.
El sol se ocultaba tras las cumbres lejanas y sobre la inmensa sábana de nieve, caían lentamente las sombras.
Los niños, entretenidos con el gigante, no consideraron que un terrible peligro los amenazaba. Junto a la orilla de la selva, un tigre grande, con ojos sanguinarios, los contemplaba, abriendo sus fauces negras al tiempo que encogía sus patas, dispuesto a saltar sobre sus indefensas víctimas.
Pepe y sus hermanitos, se acercaron más y más a la fiero, ajenos a esta amenaza de muerte perseguidos por el blanco Bob que se había rezagado un poco, para después alcanzarlos.
De pronto, un terrible rugido rompió el silencio y tres gritos desgarradores se oyeron en la inmensa soledad.
El felino había dado un descomunal salto, cayendo a pocos metros de los niños que se abrazaron sobrecogidos por un pánico justificado ante el peligro que corrían.
- ¡Nos mata! -gritó Pepe llorando.
Efectivamente, las pobres criaturas no tenían salvación y sólo esperaban el terrible zarpazo de la fiera, que sin remisión caería sobre ellos.
Pero... el maldito animal no había contado con el gigante blanco.
Bob, al ver a sus amiguitos en tan espantoso peligro, dio un rápido salto de carnero y convirtiéndose. en bola de nieve se precipitó rodando por la pendiente, arrastrando al feroz tigre con tal violencia, que lo dejó tendido sin vida. El muñeco bonachón había salvado a sus queridos dueños y ahora, caído en la nieve, reía a mandíbula batiente, ante el asombro de los niños que lo contemplaban con admiración y agradecimiento.
Como ya era avanzada la tarde, Bob propuso o los pequeños que montaran sobre sus espaldas y así llegarían más pronto al hotel. Aceptando tan oportuno ofrecimiento, Pepe, Leopoldo y Manuel, cubrieron la distancia hasta la entrada de la casa con la rapidez de un rayo.
Bob se despidió de ellos cariñosamente y les dijo que al día siguiente, por la mañana, los esperaba en el sitio donde lo habían levantado, para proseguir sus juegos en aquel ambiente invernal.
Aquella noche calmóse el temporal y al otro día, ante los ojos admirados de los chicos, amaneció el cielo despejado, azul, con un sol resplandeciente y tibio que ahuyentó el frío y la nieve.
Pepe, Leopoldo y Monolito, corrieron al lugar de la cita y... ¡oh, desgracia! ya no estaba allí Bob esperándolos como les prometió. En el sitio donde se levantara el gigante, sólo había un pequeño charco de agua tranquila sobre la que flotaban el sombrero y el bastón...
El sol, desde lo alto, parecía reírse del desconsuelo de los niños y sus rayos caían sobre sus cabezas, como dándoles a entender que él había sido la causa de la desaparición del bueno de Bob.
Los pequeños regresaron muy tristes al hotel, y desde aquel día, todos los inviernos, esperan en vano la caída de la nieve para poder levantar otra vez al gigante risueño, que una mañana les distrajo con sus juegos y una tarde les salvó la vida.

jueves, 5 de abril de 2012

Julio Jorge el niño travieso "cuento argentino"

Julio Jorge es un hermoso niño de poca edad, inteligente y vivaz, que tiene el defecto de no obedecer las órdenes que le dan sus padres.
Al cumplir los tres años, hubo una gran fiesta en la casa del pequeñuelo, a la que concurrieron muchos amiguitos y diversas amistades de la familia.
Entre el gran número de regalos que recibió Julio Jorge ese feliz día, resaltaba un lucido burrito de cartón con plomizo pelaje y largas orejas, obsequio de su madrecita Matilde.
Cuídalo -dijo la buena señora al entregárselo; este burrito que mueve la cola y la cabeza, lo debes guardar, para que constituya un grato recuerdo de tu niñez, cuando seas hombrecito.
Julio Jorge, prometió no romperlo y comenzó a jugar con el burrito, corriendo por los pasillos de la casa ante la alegría de sus abuelos Diógenes, Isaura, Francisco y Matilde.
Pero, como era de presumir, la promesa fue olvidada bien pronto por el niño pillín, y a los pocos días, cansado del burrito que movía la cabeza, se propuso romperlo para curiosear qué tenía en su voluminosa panza.
Se apoderó de un afilado cuchillo, a hurtadillas de sus progenitores, se arrinconó tras de la puerta de la cocina y comenzó la repulsiva tarea de someter a una pintoresca autopsia al bonito pollino de cartón.
Tomando al juguete por las patas, inició el trabajo, asestando una profunda puñalada en el pecho del borrico y cual no sería su sorpresa y su pánico, cuando escuchó de boca de su víctima, las siguientes palabras:
- ¿Por qué quieres deshacerme? ¿Acaso no soy tu compañero y juego a todo hora contigo sin que me canse de ti?
Julio Jorge, repuesto del susto y creyendo que la voz había llegado de las habitaciones contiguas, intentó proseguir la tarea, cuando de nuevo el burrito repitió su queja:
- ¡No me hieras amiguito! ¡No merezco este fin tan desastroso!
- Me gustaría saber qué tienes dentro -respondió el niño sin detenerse en su trabajo.
- Tengo madera y lana -contestó el animalito lastimero.- ¡Sería una crueldad que me destrozaras!
- ¡Nada me importan tus quejas! ¡Tengo muchos juguetes con que entretenerme aunque tú me faltes! - ¡No digas semejante cosa Julio Jorge! ¡Si me despedazas, algún día sentirás mi desaparición y llorarás mi ausencia!
El niño travieso, no se conmovió ante los lamentos y prosiguió su obra de destrucción.
Por fin rodó por el suelo un pedazo.
- ¡Ay, mi patita! -gritó el burrito.
Otra parte del animal caía más tarde.
- ¡Ay, mi cola! -se lamentó la víctima.
Y poco a poco, entre quejas y expresiones de resignación, el hermoso juguete fue convirtiéndose en algo inservible, en las manos crueles del travieso niño.
Una vez terminada su desdichada obra, Julio Jorge miró los restos de su amigo esparcidos por el suelo, transformado en un informe montón de maderas y de vellones de lana, y entonces, cuando ya no había remedio, se dio exacta cuenta de su mala acción y del remordimiento que le produciría con el tiempo la desaparición de tan lindo juguete.
- ¡Mi papá me comprará otro! -dijo, por fin, en tono de consuelo y corrió para seguir sus juegos con otros muñecos que se hacinaban en un rincón de su cuarto de recreo.
Días más tarde, recordando a su compañero de juegos, el burrito que movía la cabeza, rogó a su padre le adquiriera uno igual al desaparecido, y ante la rotunda negativa que se le dio como castigo por su afán destructor, Julio Jorge comenzó a sentir dolorida su almita, por la ausencia del lindo juguete que tantos ruegos le dirigiera para que no lo despedazara.
Muchas noches, en su sueños infantiles, se le apareció el buen burrito y escuchó estremeciéndose en el lecho su voz dolorida, y tanta y tanta fue su pena ante el recuerdo del frágil compañero, que vertió copioso llanto y juró no romper jamás otro juguete, que al fin y al cabo, eran y siguen siendo, sus amiguitos más dóciles, más nobles y más bellos.

lunes, 2 de abril de 2012

El talero mágico "cuento argentino"

Cierta vez, en una estancia de nuestra campaña, había un peón de campo, de nombre Torcuato, que era un tigre por lo perverso.
Para él no había nadie bueno y era un desalmado para tratar a los pobres animales que caían en sus manos, los que siempre morían a causa de los golpes y acometidas de tan cruel individuo.
En la estancia en donde trabajaba nadie le quería y por ello andaba siempre solo, sin tener con quien hablar y odiado de todos los habitantes de los contornos.
Todo el mundo se apiadaba del pobre caballo que tenía el tal Torcuato, ya que el malvado le castigaba por cualquier futesa, castigo que el desventurado animal, exhibía en su lomo y sus ancas llenas de heridas de donde manaba abundante sangre.
Si andaba al paso, le pegaba; si corría demasiado, le pegaba; si se detenía a destiempo, le pegaba, y así, la vida era un martirio constante para el noble y sufrido bruto, que con seguridad esperaría la muerte como única salvación.
El taleroLátigo de cuero de hoja ancha usado por los gauchos (N. del R.) del gaucho Torcuato era temido, ya que también en diversas reuniones de la paisanada, en la pulperíadespacho de bebidas en la campaña (N. del R.) de doña Soledad, más de una vez se había levantado para castigar a algún parroquiano, manejado por su furibundo amo, que no procuraba contener sus nervios y cuya excitación lo arrastraba a la locura.
Por esta causa, como hemos dicho, se fue quedando solo, hasta que al no poder desahogar sus perversos instintos en los demás hombres, tuvo que volcarlos contra los indefensos animales.
Era inútil que el dueño de la estancia le ordenase que no hiciera daño a los irracionales, ya que todos los animales eran útiles para el trabajo del hombre, desde la vaca que nos alimenta, pasando por el perro que nos guarda con toda fidelidad, la oveja que nos proporciona la lana con que nos cubrimos, hasta el caballo que nos ayuda en todas nuestras labores diarias.
- ¡Hay que ser noble y bueno con los desgraciados seres que no pueden defenderse ni hablar! -le decía el patrón.- Cuando levantes el talero para castigar a tu caballo, medita antes que sin él nada podrías hacer en tus trabajos de campo, y si tu odio se quiere descargar sobre otro irracional, aunque fuere la liebre que corre por los sembrados, piensa que es mejor matarla que hacerla sufrir con los golpes.
Mas, para el malo de Torcuato, esas palabras le entraban por un oído y le salían por el otro, y así proseguía su vida, mirado con temor por algunos y con desprecio por los demás.
Una tarde en que el malvado volvía de un lejano puestoVivienda de peones encargados del trabajo en diversos lugares de una estancia (N. del R.) de la estancia, en donde había tenido aparte de ganado, su pobre caballo, falto de fuerzas por la abrumadora faena del día, apenas podía galopar en camino de la casa.
Torcuato, impaciente, comenzó a dar rienda suelta a su genio y el maldito talero empezó a caer sin piedad sobre las doloridas ancas del paciente caballo.
- ¡Corre! -gritaba con voz áspera.- ¡Corre o te mataré!
Y una y otra vez los latigazos hicieron brotar sangre de las viejas heridas del noble bruto.
El caballo, impotente para contener tanta furia, relinchaba dolorido y, como es natural, disminuía su andar por el castigo impuesto, terminando por detenerse tembloroso, y agachar su cabeza.
- ¡Conque esas tenemos! -gritó el enfurecido Torcuato.- ¡Ya verás cómo te hago correr! ¡Toma! ¡toma! ¡toma! -y una y mil veces, el talero volvió a caer sobre los costados ensangrentados del¡ moribundo equino.
Tal fue la paliza, sin medida ni piedad, que el pobre caballo cayó rendido, comenzando su agonía, ante el endurecido corazón del cegado Torcuato.
De pronto, el martirizado irracional levantó su cabeza poco antes de expirar y mirando fijamente a su verdugo, en un postrer relincho le dijo claramente:
- ¡Ojalá que tu talero caiga algún día sobre tus espaldas, hasta dejarte como estoy yo ahora!
Después murió entre los más atroces dolores, por el horrendo castigo que aun después de haber muerto no cesó de aplicarle su dueño.
Torcuato hizo mofa de los deseos de su caballo y comenzó calmoso a sacarle el recado, con la intención de proseguir a pie la corta distancia que le faltaba para llegar a la casa.
El temible talero que había dejado sobre una mata de hierba mientras terminaba su trabajo, alzóse de repente como empuñado por una mano poderosa e invisible, y dando unas volteretas por el aire, comenzó a caer sin piedad sobre las espaldas de Torcuato, el cual, ante el inesperado ataque, sólo atinó a gritar en demanda de socorro.
Los gritos de la víctima de tan misterioso castigo fueron escuchados por sus compañeros de trabajo, pero como ninguno lo quería por su crueldad, nadie se movió para prestarle ayuda, y así, el malvado se encontró solo e indefenso en medio del campo, ante los golpes cada vez más terribles de su implacable talero,
- ¡Basta! ¡Basta! ¡perdón! ¡Me enmendaré! ¡Lo juro! -gemía el pobre diablo; pero el talero proseguía su obra, tal como lo había hecho antes en las ancas del animal que yacía muerto a sus pies.
El castigo duró casi media hora, hasta que Torcuato, exhausto, cayó entre los pastos, con la cara y las espaldas ensangrentadas y solicitando piedad, en la misma forma que momentos antes había pedido en sus relinchos el noble caballo.
Mas el talero no parecía dispuesto a ceder y prosiguió en su destructora faena hasta que Torcuato expiró, presa de horribles dolores, iguales a los que antes sintiera su víctima irracional.
Y así, el talero mágico, vengó los castigos que habían recibido cientos de seres, por la mano de tan mal hombre y, una vez terminada la vida del verdugo, cayó junto al caballo ensangrentado a quien acababa de vengar.

viernes, 30 de marzo de 2012

Damián el turbulento "cuento argentino"

Ésta es la muy breve historia de Damián el Turbulento.
El mal genio de este hombre lo convertía a veces en una fiera, cometiendo faltas tan graves, que tardaba mucho tiempo en volver su espíritu a la tranquilidad.
Por lo demás, y en estado normal, Damián era un hombre bueno, trabajador y caritativo, pero su enorme desgracia consistía en encolerizarse súbitamente por cualquier cosa, cegándose hasta convertirse en un malvado.
Por tales causas, su caballo tordillo tan pronto recibía caricias como palos y su inseparable pistola, unas veces estaba cuidadosamente limpia, como otras andaba por el suelo, enmohecida y sucia.
Damián el Turbulento conocía su falta, pero por más que luchaba por enmendarse, no lo podía conseguir, siempre dominado por su fatal genio que lo convertía en un injusto.
Nuestro hombre, tenía su rancho en medio de la pampa y, como todo gaucho, vivía de su trabajo, arreando animales, esquilando ovejas o transportando en las lentas carretas las bolsas de trigo hasta las estaciones del ferrocarril.
Por su terrible defecto, Damián era temido en muchas leguas a la redonda, y no bien la gente se daba cuenta de que comenzaba a enfurecerse, corría despavorida a sus viviendas temiendo los desmanes de tan desconcertante individuo.
Inútil fue que los amigos y parientes lo aconsejaran. Damián, lloroso, prometía enmendarse, pero a los pocos días, por lo más insignificante y fútil, daba rienda suelta a su mal genio, provocando situaciones que muchas veces se convertían en tragedias.
Pero, como todo en este mundo tiene su castigo, a Damián el Turbulento le llegó su hora y pagó sus culpas de una manera rara y misteriosa.
Una tarde, después de jurar ante su madre corregirse de tan temible defecto, galopaba por la pampa en dirección a una lejana estancia, cuando su pobre caballo se espantó de una perdiz que salió volando de entre sus patas.
La furia de Damián invadió de pronto su cerebro y entre palabras procaces y gritos de loco, le dio una paliza tal al pobre bruto, que éste cayó resoplando de dolor sobre la verde hierba.
Damián, ciego de rabia y sin darse cuenta, en su demencia repentina, de la injusticia que cometía, sacó su pistola y apuntando a la cabeza del noble caballo, presionó el gatillo con la evidente intención de matarlo.
Pero, cosa extraña, la bala no salió y el gatillo cayó con un ruido seco sobre el cartucho inofensivo.
- ¡Maldita arma! -gritó Damián blandiéndola por los aires,- ¡no me sirves para nada y aquí te quedarás para enmohecerse entre los pastos!
Y diciendo esto, arrojó la pistola lejos de si con toda la potencia de su fornido brazo.
Y aquí sucedió lo imprevisto. La pistola al golpear fuertemente sobre el suelo, disparó la bala que antes se había negado a salir y entre el gran estrépito del fogonazo, Damián el Turbulento rodó herido, al perforar su brazo el frío plomo vengador.
Para el hombre de nuestra historia, ésa fue la mejor lección de su vida, mucho más elocuente que las palabras de parientes y amigos y nunca jamás volvió a ser dominado por el mal genio que, indudablemente, lo hubiera llevado por sombríos caminos, y en adelante fue un hombre pacífico y bueno, con la consiguiente satisfacción de todos los que antes le temieran.

miércoles, 28 de marzo de 2012

El chingolo de la felicidad "cuento argentino"

En una ciudad de provincia, muy cerca de las sierras de Córdoba, vivía un hombre llamado Rafael, que nunca estaba contento con su suerte.
Era robusto y no había mañana que no se levantara quejándose de algún dolor.
Era joven, pues contaba apenas treinta años y lloraba por los muchos abriles que tenía encima.
Era rico y constantemente gemía miserias.
Poseía una gran extensión de campo y no había instante en que no sollozara suspirando por tener más tierras.
Sus haciendas ocupaban millares de áreas y, no contento con ello, pretendía acrecentarlas.
Su esposa era buena y honesta, pero Rafael le regañaba siempre lamentando el haberse casado con ella.
Sus hijitos eran tres, robustos y hermosos, pero no tenía palabras para condolerse por parecerle feos.
En fin, que Rafael, con todo lo que puede ansiar un hombre para ser completamente feliz, vivía amargado con su destino y envidiaba la tranquilidad y la riqueza ajenas.
Esto, como es natural, lo convertía en un ser despreciable y molesto para las gentes que, conocedoras de su fortuna y bienestar moral y físico, repudiaban su trato y aun su presencia.
Una noche en la que Rafael se quejaba de un dolor imaginario y de su ilusoria pobreza, se le apareció un ser singular, pero hermoso, que había descendido de las nubes y que al parecer, por su dulce rostro y sus magníficas alas, era un Ángel enviado para escuchar sus lamentos.
- ¿Qué te ocurre, mi buen Rafael? -dijo el enviado de los cielos.
- ¡Soy muy desgraciado! -gimió el descontento.
- Pero... ¿de qué te quejas? ¡Tienes salud, riquezas, campos, animales, una buena mujer y hermosos hijos... nada te falta!
- Quiero más... mucho más... -exclamó el hombre, mesándose los cabellos.
- ¡La ambición puede perderte! -dijo el extraño visitante.
- ¡Daría mi alma por conseguir cuanto tiene de bueno el mundo! -respondió el iluso, con los ojos abiertos a la codicia.
El Ángel lo miró con seriedad y se propuso darle una lección que modificara su alma.
- Bien... -le replicó.- ¡Tendrás todo lo que deseas, si puedes atrapar el ChingoloPajarito parecido al gorrión, pero de canto agradable (N. del R.) de la felicidad!
- ¡Eso es muy fácil! -gritó entusiasmado Rafael.- ¡Lo cazaré rápidamente si me indicas dónde se encuentra o dónde tiene su nido!
El Ángel lo miró amargamente y después dijo:
- Sal mañana temprano de tu casa, sube a la montaña y al pasar por la cumbre nevada volará ante ti el pájaro que buscas. Si lo atrapas vivo podrás solicitar lo que quieras y te será concedido.
Dicho esto, el hermoso personaje desapareció, quedando Rafael maravillado y ansioso en espera del nuevo día para dedicarse a la caza de tan precioso animalito.
A la mañana siguiente, muy de madrugada, emprendió el camino de la montaña, y al llegar a lo cumbre nevada cruzó ante sus ojos el inquieto pajarillo que se fue a posar sobre una roca.
- ¡Éste es! -gritó el ambicioso, corriendo tras del animal.
Por supuesto, el veloz chingolo no se dejaba coger por el hombre, y así, de mata en mata y de roca en roca, llegaron hasta el mismo borde del precipicio.
Los ojos de Rafael se salían de sus órbitas y sus manos, temblorosas por la desmedida ambición, se agitaban en el aire con el deseo de atrapar el bello e inquieto talismán.
El pequeño chingolo, como jugando con el descontento, seguía su camino, a cortos saltos, hasta que a llegar al despeñadero, tendió sus alitas y voló hasta la otra ladera.
Rafael, ciego a todo peligro, impulsado por su vehemente afán de conseguir lo imposible, no percibió que allí mismo terminaba la roca e, inconsciente, cayó en la más profundo sima lanzando un terrible grito de angustia que resonó lúgubre en el silencio de la montaña.
Así pagó el hombre su terrible defecto, al correr enloquecido en seguimiento del Chingolo de la felicidad, que el misterioso Ángel había colocado en su camino para castigarlo por su afán de pretender lo imposible, instigado por tan desmesurada ambición.

domingo, 25 de marzo de 2012

La roldana maravillosa "cuento argentino"

En una humilde casa de campo, vivían, cierta vez, dos hermanas llamadas Rosa y Cristina.
Rosa por ser tan bella como la flor de su nombre era la mimada de sus padres y para ella eran todos los regalos, todos las fiestas y todas las dichas de la vida.
Cristina, por el contrario, era una niña humilde y dócil que había sido abandonada del corazón de sus padres y sólo la utilizaban en la casa como sirvienta, ordeñando las vacas por la mañana, haciendo la comida al mediodía, fregando los platos, lavando la ropa de todos y dando de comer a las aves que cacareaban en los corrales.
Tan injusta era la diferencia, que el vecindario estaba indignado y las habladurías llegaron hasta los más apartados rincones de la aldea.
Rosa, como es natural, pronto tuvo un novio rico y buen mozo, tan orgulloso e inútil como ella, con lo que colmó la ambición de los padres, que creían a la niña, por su belleza, como el astro de la familia.
Cristina, buena y sin manchas de envidia en su alma, se alegraba también de la felicidad de su hermanita y proseguía sus quehaceres domésticos, sin pensar nada malo de la frialdad de trato de cuantos la rodeaban.
La humilde niña, se levantaba del lecho al amanecer, iba al pozo a sacar agua, como primera faena, y escuchaba alegremente el chirrido de la roldana que le cantaba mientras iniciaba su rápido girar:

- Soy la roldana que canta
y agua te da cristalina...
buenos días, bella y santa,
inigualable Cristina.

La chica respondía a este saludo mañanero con su risa angelical y miraba con cariño a la roldanita, que proseguía su canción estridente y alegre, mientras el balde ascendía hasta sus manos.
Pero para la pobre Cristina, las cosas iban de mal en peor, y la altiva Rosa, que como la del rosal, estaba llena de espinas, comenzó a despreciarla en tal forma, que los días se le hicieron amargos y las noches muy tristes.
Los padres, entusiasmados con el próximo casamiento, de la hermosa Rosa ni se acordaban de la otra hija, y sólo le hablaban cuando tenían que darle alguna orden terminante o para castigarla por faltas imaginarias.
Pero Cristina, paciente y buena, sufría todas estas injusticias y se consolaba llorando a solas, mientras proseguía sus rudos trabajos diarios.
Así continuó la vida, y todas las madrugadas, al llegar al pozo e iniciar sus faenas, la roldanita le cantaba...

- Soy la roldana que canta
y agua te da cristalina...
buenos días, bella y santa,
inigualable Cristina.

La infeliz criatura un día no pudo acallar más su dolor y al oír la canción de la roldana, comenzó un lloro tan sentido y amargo que ésta, deteniendo su rápido andar, le dijo en tono grave:

- Sé que tú sufres y lloras
de la noche a la mañana...
pídele lo que desees
a tu amiga la roldana.

Cristina al escuchar la voz argentina de la pequeña rueda, no pudo contener un estremecimiento de alegría y mirándola con sus grandes ojos dulces, la respondió entre sollozos:
- Roldanita amiga, compañera de todas mis horas, sólo pido el amor de mis padres y el cariño de mi hermana.
- ¡Los tendrás! -fue la respuesta y prosiguió girando la frágil polea impulsada por los desnudos y fornidos brazos de la niña.
Al día siguiente, la casa se llenó de luz y se animó de alegría, abierta a todos los habitantes de la región que acudían a presenciar el casamiento de la hermosa muchacha, la niña mimada de sus padres.
Cristina no tuvo permiso para presenciar tan magnífica fiesta y se contentó con mirar todo desde lejos, mientras preparaba los manjares para la comida de bodas.
Sus ojos vertían copioso llanto y su corazón sufría en silencio tan gran injusticia, pensando lo desgraciada que era, por el olvido en que la tenía su familia.
La música y las risas, llegaban hasta la cocina y se mezclaban con los sollozos de la chica, que continuaba su labor sin odios ni rencores, pues éstos no tenían cabida en su alma.
Pero, hete aquí, que sucedió lo inesperado, como siempre suele acontecer cuando se cometen tan grandes injusticias.
Cristina necesitó sacar agua del pozo y se encaminó a él con los ojos enrojecidos y el corazón contrito.
Había iniciado el ascenso del balde lleno de agua cristalina, cuando escuchó la alegre voz de la roldana, que le decía:

- Querida amiga Cristina
yo cumpliré mi promesa,
saca lo que hay en el balde
y envidiarán tu belleza.

La niña, asombrada y curiosa, al escuchar la voz de su amiga, miró el cubo al llegar a sus manos y quedó maravillada y suspensa de lo que vio dentro de él.
En vez de agua, en el fondo había un voluminoso paquete con cintas de oro, que estuvo pronto entre sus dedos.

- Ponte todo lo que tiene
en vez de agua cristalina
y reinarás en la fiesta
mi buena amiga Cristina.

Así cantó la roldana entre sus chirridos estridentes y alegres.
La chica, con el paquete junto a su corazón palpitante, corrió a su modesta habitación y al abrirlo se encontró con un traje de extraordinario belleza, todo recamado de piedras preciosas de incalculable valor, un cintillo de perlas y diez anillos de oro rematados por deslumbrantes esmeraldas y rubíes.
Innecesario es decir que Cristina se desprendió enseguida de sus viejas ropas y se puso el extraordinario vestido, las esplendorosas alhajas y los adornos que había en el paquete, y mirándose luego al espejo quedó asombrada ante el cambio que había experimentado.
¡No podía creer lo que contemplaban sus ojos! Era ella... ¡sí! Pero... ¡qué cambiada! Hasta su cabello, como por arte de magia, aparecía debidamente peinado y su cara rosada y juvenil era ahora de una belleza fascinante, capaz de ser admirada por el más exigente galán.
Su entrada en el salón de la fiesta fue digna de una reina y cruzó entre los invitados, que la miraban mudos de asombro, en unión de sus padres, incapaces de comprender lo sucedido.
Desde aquel instante todos las ponderaciones fueron para ella y tanto su hermana Rosa como los indiferentes padres, creyeron ver en este milagro una dura lección por su desamor y despego, y abrazaron a la feliz y virtuosa Cristina que pasó a ser tan mimada y querida como su hermosa hermanita Rosa.
Las joyas y las piedras preciosas de su vestido de un valor incalculable, fueron vendidas, y con el dinero de tanta magnificencia compraron campos, edificaron una lujosa casa y vivieron todos felices por el resto de sus días.
Pero la dichosa Cristina no abandonó nunca a su amiga, la roldana maravillosa, y todas las mañanas iba al brocal del pozo y elevando el balde lleno de agua a rebosar escuchaba la voz de su amiga, que alegremente le seguía cantando:

- Soy la roldana que canta
y agua te da cristalina...
Buenos días, bella y santa,
inigualable Cristina.

jueves, 22 de marzo de 2012

El cóndor de fuego "cuento argentino"

Pues bien... vais a saber ahora la verídica leyenda del Cóndor de Fuego, que según algunas personas de la región, vivió hace muchísimos años en los más altos picos de la cordillera de los Andes.
En aquellos tiempos, trabajaba en los valles fértiles de Pozo Amarillo, junto a la enorme mole de piedra que se alarga desde Tierra del Fuego hasta América Central, un hombrecillo anciano ya, pero no por eso menos activo que los jóvenes de ágiles brazos.
Este hombre se llamaba Inocencio y era descendiente de uno de los bravos españoles que llegaron a estas tierras en la expedición de Francisco Pizarro.
Sus hábitos eran sobrios y sosegados y su vida se limitaba a trabajar y a guardar algunos centavos por si la desgracia le pusiera en cama enfermo.
Vecino a Inocencio, vivía otro hombre de nombre Jenaro, cuidador de vacunos y a veces buscador de oro entre los misteriosos valles escondidos en la gran cordillera.
Jenaro, al contrario de Inocencio, era un hombre ambicioso, que todo lo supeditaba al oro, capaz de cometer un desatino, con tal de conseguir cuantas riquezas pudiera.
Para el bueno de Inocencio, Jenaro era un insensato, pero no llegaba más allá su opinión, porque su alma se rebelaba a creer que existieran perversos en el mundo.
Una tarde que Inocencio volvía de sus trabajos en las cumbres, encontró caída junto a una roca, a una pobre india vieja que se quejaba muy fuerte de terribles dolores.
- Pobre anciana -exclamó nuestro hombre y levantándola del duro suelo, se la llevó a su choza, donde la atendió lo mejor que pudo.
La india se encontraba muy mal por una caída en los cerros y bien pronto, ante la angustia de Inocencio, le comenzaron las primeras convulsiones de la muerte.
Inocencio se afligió mucho por la desgraciada y sólo atinaba a llorar junto a la anciana que parecía sumida en un profundo sopor.
De pronto, los ojos de la india se abrieron y, luego de pasearlos por la choza, se fijaron en Inocencio con marcada gratitud.
- Eres muy bueno, hermanito de las cumbres ­le dijo en un suspiro,- ¡tú has sido el único hombre, que al pasar por el camino, se ha apiadado de la pobre Quitral y la ha recogido! ¡Por tu bondad, mereces ser feliz y tener tantas riquezas que puedas dar a manos llenas a los necesitados!
- Yo soy dichoso con mi vida, viejecita -respondió Inocencio.- ¡para mí, la mayor riqueza consiste en la tranquilidad espiritual!
- Es verdad -repuso la aborigen con voz entrecortada,- pero no es menos cierto que si pudieras disponer de grandes cantidades de oro, ¡muchos menesterosos tendrían ayuda y paz!
- Quizá tengas razón, pero ¿de dónde sacaría el oro que dices?
- ¡Yo te lo daré!
- ¿Tú? Una pobre india.
- Las apariencias engañan muchas veces, hijo mío -contestó la anciana sonriente.- ¡Yo siempre he vivido miserablemente, mas poseo el secreto de la cumbre y sé dónde anida el codiciado Cóndor de Fuego!
- ¡El Cóndor de Fuego! exclamó Inocencio, con el más grande estupor, al recordar una leyenda antiquísima que le habían narrado sus padres.- Entonces... ¿es cierto que existe?
- ¡Es cierto... yo lo he visto... yo estuve a su lado!
- Dime, ¿cómo es?
- ¡Es un cóndor enorme, cuatro veces mayor que los comunes y su plumaje es totalmente rojo oro, como los rayos del sol! ¡Su guarida está sobre las nubes, en la cima más alta de nuestra cordillera y es el guardián eterno de la entrada de los grandes tesoros del Rey Tihaguanaco, jefe de mi raza, hace miles de años!
Inocencio no salía de su asombro y escuchaba tembloroso la interesante narración de la anciana.
- ¡Yo soy la última descendiente de esa raza de héroes, que se extinguió hace muchos siglos! -continuó la india.- ¡En las cumbres he estado muy cerca de la guarida del Cóndor de Fuego y he vivido en su compañía durante casi dos siglos, mantenida por el hermoso animal, que descendía a los valles solitarios para llevarme alimentos! ¡Muchas y muchas veces he entrado en las enormes cavernas donde duerme el maravilloso tesoro! ¡Cuando lo veas, creerás volverte loco! ¡Allí se encierran más riquezas que todas las que hoy existen en el mundo conocido, y con ellas tendrás dinero suficiente para alimentar y hacer felices a todos los menesterosos de la tierra!
- ¿Será posible? -exclamó Inocencio en el colmo del estupor.
- Tú mismo te cerciorarás de lo que digo -contestó la india suavemente.- ¡Esos tesoros, por una tradición de mis antepasados, deberán caer en manos de un hombre bueno, de vida acrisolada y de sentimientos nobles como los del mismo Dios! ¡Ese hombre tendrá como única obligación, recorrer el mundo repartiendo felicidad a los necesitados, edificando hospitales, asilos, colegios, sanatorios, y todo lo que sea posible en favor de la humanidad enferma o desgraciada! ¡Y... ese hombre, que tantos años busqué, ya lo he encontrado, casi a la hora de mi muerte! ¡Ese hombre eres tú, Inocencio!
- ¿Yo?
- ¡Sí! ¡Tú!
- ¡Cómo puedes saber que soy bueno, si apenas me conoces!
- ¡La sabia Quitral nunca se equivoca y tiene la virtud de leer la verdad en los ojos de los mortales.
- Entonces... ¿me dirás dónde se encuentra el Cóndor de Fuego?
- ¡Sí... te lo diré, pero con una condición!
- ¡La que quieras! -exclamó el maravillado Inocencio.
- ¡Me jurarás cumplir con los deseos de mi raza! ¡Ese dinero nunca será empleado en armas, ni en campañas guerreras que son el azote de los humanos, ni será la base de ninguna maldad! ¡Ese dinero, se te entregará para el bien y la paz de todos los mortales! ¿Me lo juras?
- ¡Te lo juro! -exclamó el hombre con gran emoción.
- ¡Bien... ahora, escucha! La voz de la india se iba debilitando por momentos y su mirada se fijaba insistentemente en las pupilas de Inocencio.
Continuó:
- En mi dedo meñique de la mano derecha, tengo un anillo con una piedra verde, y sobre mi pecho cuelga de una cadena, una diminuta llavecita de oro. ¡El anillo te servirá para que el Cóndor de Fuego te reconozca como su nuevo amo, y te cuide y te guíe hasta la entrada de¡ tesoro... la pequeña llavecita es la de un cofre que está enterrado en las laderas del Aconcagua, la enorme montaña de cúspide blanca, dentro del cual encontrarás el secreto para entrar a los sagrados sitios donde se halla tanta riqueza! ¡Cuando yo muera ... entiérrame simplemente junto a tu choza y emprende el camino de las cumbres! ¡Algún día volará sobre tu cabeza el hermoso Cóndor de Fuego; no le temas y cumple mis órdenes! ¡Ya te he dicho todo... ! Me voy tranquila, al lugar misterioso donde me esperan mis antepasados.
Y diciendo estas últimas palabras, la vieja india cerró los ojos para siempre.
Mucho lloró Inocencio la muerte de tan noble anciana y cumpliendo sus deseos, la enterró modestamente junto a su cabaña, después de sacarle el anillo de la piedra verde y la llavecita que guardaba sobre su pecho.
Al otro día empezó su largo camino, en procura del Cóndor de Fuego.
Pero la desgracia rondaba al pobre Inocencio. El malvado Jenaro, que solapadamente había escuchado tras de la puerta de la cabaña las palabras de la india, acuciado por una terrible sed de riqueza, no vaciló ni un segundo en arrojarse como un tigre furioso sobre el indefenso labrador, haciéndole caer desvanecido.
- ¡Ahora, seré yo quien encuentre tanta fortuna! -exclamó el temible Jenaro al ver a Inocencio tendido a sus pies.- ¡Seré inmensamente rico y así podré dominar al mundo con mi oro, aunque haya de sucumbir la mitad de la humanidad.
Su fiebre de poder lo había convertido en un loco y sus carcajadas resonaban entre los pasos de la montaña, como si fueran largos lamentos de muerte.
Ansioso, Jenaro quitó el maravilloso talismán de la piedra verde a Inocencia y olvidando la pequeña llavecita continuó el camino, sin pensar en el grave error que cometía.
Muchos días después, casi ya en las más altas cumbres de la montaña, recordó la diminuta llave, pero no hizo caso, ya que se imaginaba que de cualquier manera podría entrar a la caverna del tesoro, con la ayuda del Cóndor de Fuego.
Una tarde que cruzaba un valle solitario, escuchó sobre su cabeza el furioso ruido de unas enormes alas. Miró hacia los cielos y vio con asombro un monstruoso cóndor que desde lo alto lo contemplaba con sus ojos llameantes.
- ¡Ahí está! -exclamó el malvado.
El fantástico animal era imponente. Su cuerpo era cuatro veces mayor que los cóndores comunes y, su plumaje, rojo oro, parecía sacado de un trozo de sol. Sus garras enormes y afiladas, despedían fulgores deslumbrantes como si fueran hechas de oro. Su pico alargado y rojo se abría de cuando en cuando, para dejar pasar un grito estridente que paralizaba a todos los irracionales de la montaña.
Jenaro tembló al verlo, pero, repuesto enseguida, alzó su mano derecha y le mostró al Cóndor de Fuego el precioso talismán de la piedra verde.
El carnicero gigantesco, al contemplar la misteriosa alhaja, detuvo su vuelo de pronto y se quedó como prendido en el espacio. Después, lanzando un graznido ensordecedor, cayó de golpe sobre Jenaro y tomándolo suavemente entre sus enormes garras lo elevó hacia los cielos con la velocidad de la luz.
El malvado se sintió sobrecogido de miedo, creyendo que le había llegado su última hora y cerró los ojos ante el inmenso abismo que se extendía a sus pies.
Los valles, los ríos y las mismas cumbres, desde tan prodigiosa altura, le parecían pequeñas cosas de juguete y pensaba aterrorizado que si el temible animal lo dejaba caer, su cuerpo se estrellaría entre los riscos y su muerte sería espantosa.
Pero nada de esto sucedió. El Cóndor de Fuego lo transportó por los aires, en un viaje de varias horas, hasta que, casi a la caída del sol, descendió con velocidad fulmínea sobre las mismas cumbres de la enorme montaña llamada del Aconcagua. Habían llegado.
El corazón del miserable palpitaba emocionado, al darse cuenta de que estaba muy cerca del codiciado tesoro que le haría el más poderoso de la tierra.
El Cóndor de Fuego, una vez que lo abandonó, se detuvo junto a él y lo contempló como esperando órdenes. El anillo de la piedra verde cumplía la misión de obligar a la terrible ave a servir de guía y guardián de su poseedor.
Jenaro, más tranquilo, miró el punto en donde lo había dejado el monstruo y vio muy cerca, casi al alcance de su mano, una enorme entrada de caverna, escondida en las nubes eternas.
- ¡Ahí es! ¡Ya el tesoro es mío! -gritó el codicioso, elevando su frente con gestos de loco.- ¡Ahora el mundo temblará con mi poder sin límites!
En pocos pasos estuvo a la entrada de la misteriosa profundidad, pero... se encontró con que ésta se hallaba cerrada por una gran puerta de piedra, llena de inscripciones indescifrables.
- ¿Cómo haré para abrirla? -se preguntaba Jenaro impaciente.- ¡La llavecita olvidada hubiera sido el remedio, pero... me ingeniaré para entrar!
Tanteó la puerta y perdió sus esperanzas, al darse cabal cuenta de que ni millares de hombres hubieran podido franquear tan gigantesco trozo de granito.
- ¡Lo haré saltar con la pólvora de mis armas! ­dijo sin meditar las consecuencias de su acción. Y acto seguido se puso a juntar todo el polvo explosivo de sus cartuchos hasta fabricar una pequeña mina, que enseguida colocó bajo la majestuosa entrada.
Mientras tanto, el Cóndor de Fuego, lo contemplaba en silencio desde muy cerca, y sus ojos refulgentes parecían desconfiar del nuevo poseedor de la alhaja, ya que de tiempo en tiempo brotaban de su garganta graznidos amenazadores.
Jenaro, sin recordar al monstruo, e impulsado por su codicia sin límites, prendió fuego a la mecha y muy pronto una terrible explosión conmovió la montaña.
Miles de piedras saltaron y la enorme puerta que defendía el tesoro de Tihaguanaco cayó hecha trizas, dejando expedita la entrada a la misteriosa y obscura caverna.
- ¡Es mío! ¡Es mío! -gritó el demente entre espantosas carcajadas, pero una terrible sorpresa le aguardaba.
El Cóndor de Fuego, el eterno guardián de los tesoros que indicara la india Quitral, al darse cuenta de que el poseedor de la piedra verde desconocía el secreto de la llave de oro, con un bramido que atronó el espacio, cayó sobre el intruso y elevándolo hasta más allá de las nubes, lo dejó caer entre los agudos riscos de las montañas, en donde el cuerpo del malvado Jenaro se estrelló, como castigo a su perversidad y codicia.
Desde entonces, el tesoro del Cóndor de Fuego ha quedado escondido para siempre en las nevadas alturas del Aconcagua, y allí continuará por los siglos de los siglos, custodiado desde los cielos por el fantástico monstruo alado de plumaje rojo oro como los rayos del sol.