jueves, 31 de mayo de 2012

La venganza de Nalvillos "leyenda"

Sabido es que cuando Alfonso VI hubo de huir del territorio castellano, encontró hospitalidad y ayuda en Toledo, cuyo rey moro Al-Mamún le atendió con generosidad y le proporcionó todas las comodidades posibles, atendiéndole como a un hermano. Al fin, cuando los mensajeros de doña Urraca llegaron a Toledo con la noticia de que Sancho había muerto en el cerco de Zamora, Alfonso se dispuso a volver. Muchos extremos de amistad hicieron ambos príncipes, el moro y el cristiano, al despedirse. Y Alfonso, queriendo corresponder a la hospitalidad de Al-Mamún, le ofreció que la bella Alá-Galiana, sobrina del Rey, fuese a los Estados cristianos a recibir allí los dones de la educación. Al-Mamún aceptó agradecido, y, así, partió Alfonso hacia Castilla. Poco tiempo después la dama mora llegó a los Estados cristianos, acompañada por don Fernando de Lago, que con una lucida escolta daba guardia y honor a Galiana. En Ávila los esperaban los hijos de Alfonso VI, doña Urraca y don Raimundo de Borgoña, los cuales quedaron admirados al ver la galanura y discreción de Galiana. Una vez restauradas las fuerzas de los expedicionarios, salieron de nuevo, ahora hacia Galicia, acompañados por los mismos Condes. Al llegar a las hermosas tierras gallegas, Galiana, que conocía ya las verdades de la religión cristiana, aconsejada por los Condes, abrazó la santa fe de Cristo. Durante las fiestas, llenas de animación y color, que siguieron a la ceremonia del bautismo de la bellísima mora, Galiana, que había tomado el nombre de Urraca, recibió el constante homenaje de los jóvenes más distinguidos de la nobleza cristiana. Uno de éstos se distinguió sobre todos en manifestar la gran atracción que sentía por la princesa. Era Nalvillos Blázquez, el cual en los combates fronteros había alcanzado gran renombre por su heroicidad frente al enemigo. Pasados aquellos días, hizo todo lo que en su mano estuvo para ver continuamente a Galiana, hasta que al fin, en una ocasión, pidió ver al Conde, y siendo recibido por éste, le solicitó la venia para contraer matrimonio con la hermosa mora. El Conde prometió enviar mensajeros al Rey para pedir su autorización.
Cuando los correos llevaron las cartas del conde don Raimundo a Alfonso VI, éste al leer el deseo de Nalvillos Blázquez, quedó perplejo. No hacía mucho tiempo había determinado que Galiana fuese dada en matrimonio a un gallardo guerrero moro que estaba a su servicio y a quien le había concedido numerosas donaciones de tierras a orillas del Tajo, cerca de Talavera. El moro había aceptado con gran alegría, pues amaba con ternura a la princesa desde sus años niños, y era correspondido por ella en secreto. Se presentaba, pues, un dilema difícil de resolver a Alfonso; pero al fin pesó en su ánimo la conveniencia de satisfacer a un caballero tan noble, y que tantos heroicos servicios le rindiera, como Nalvillos Blázquez. Y así, dictó un mensaje para el Conde, en el cual daba su venia para el proyectado enlace, y al mismo tiempo otro para Jezmin­Yahia, que así se llamaba el amado de Galiana, para que quedase en sus tierras, diciéndole que por razones de gobierno se había visto forzado a revocar su promesa y a dar a Galiana en matrimonio a Nalvillos Blázquez.
Celebráronse las bodas de Nalvillos con Galiana, mientras que Jezmin, lleno de desesperación y rencor, prometía tomar cumplida venganza, aunque acallara de momento su rencor. Y así, cuando un día Nalvillos hubo de ir a Talavera a ciertos asuntos de la hacienda de su mujer, fue recibido por el guerrero musulmán con franca hospitalidad, y hasta se mostró tan generoso con Nalvillos, que éste, para corresponder, le invitó a las fiestas que iban a tener lugar en Ávila para solemnizar las bodas de Arias Galindo, antigua prometida de Nalvillos, con el hermano de éste, enlace que se celebraba para remediar el desaire cometido por el noble al preferir a Galiana.
Se celebraron las bodas y las fiestas. En las afueras de la muralla se alzaron tablados, se cercó una gran explanada para las justas y se dispuso la celebración de corridas. La animación y el bullicio eran indescriptibles. Ante las voces de aliento o de burla, los caballeros derribaban los tablados, mostrando la fuerza de su brazo y su habilidad; lanzaban al vuelo los escuadrones de sus aves de cetrería, y los juglares cantaban en las plazas las hazañas de sus señores. Al fin llegó la tarde de las justas. Alrededor del terreno se habían alzado bancos y tribunas en donde tomó asiento toda la aristocracia de Ávila. En lugar de honor estaban los Condes y Galiana, así como los nuevos esposos. Comenzó el torneo entre el sonar armonioso de los clarines, las voces de aliento de los partidarios de cada caballero, y el griterío del pueblo, que en la barrera opuesta al estrado en donde se encontraban los nobles se agolpaba alegremente.
Tras los combates por cuadrillas llegaron las luchas de caballero contra caballero. El interés de todo estaba centrado en el que habría de tener lugar entre Nalvillos y Jezmin. Magníficamente vestidos y con sus caballos ricamente enjaezados, salieron los dos campeones a la palestra. Se dispusieron a la distancia que les fue señalada por los maestres de campo y se lanzaron uno contra otro con todo el impulso de sus briosos corceles. Las lanzas saltaron hechas astillas, sin que ninguno de los dos caballeros se moviese del arzón. De nuevo volvieron al punto de partida, y tomando nuevas lanzas, se arrojaron al encuentro a todo galope. Esta vez la suerte favoreció al cristiano, y Jezmin fue arrojado de su silla, entre el griterío del publico. Pero Galiana, en ese mismo momento, sintió renacer la vieja afición a Jezmin, y profiriendo un grito de angustia, cayó desmayada. Sin embargo Jezmin no había sufrido físicamente nada, y sólo su espíritu estaba irritado y turbado por la ira, considerando amargamente que había sido vencido de nuevo por su rival, y de nuevo también por una suerte adversa, ya que su caída del caballo la atribuía a debilidad de su corcel.
Aquella noche se había retirado a su mansión, con pretexto de curar de sus magulladuras, cuando un paje entró con un mensaje de Galiana. Ella le pedía que fuese cerca de su ventana, ya de madrugada. Jezmin sintió lleno de esperanza su corazón y se dispuso a salir en cuanto alborease el día.
Ya cantaban los gallos, y los nobles señores descansaban de una noche de alegres fiestas, cuando Jezmin, sin ser acompañado de nadie, se dirigió a pie, por disimular más su llegada, a las tapias del jardín de Galiana, sobre el cual se abría la ventana de la cámara. Pudo entrar perfectamente en el huerto y llegar al pie fiel muro. Silbó como lo hacía cuando de niños jugaban, y salió Galiana, que le invitó a subir a su aposento. Ágilmente cumplió Jezmin su mandato, y entonces ella le confesó su amor, así como el desprecio que sentía por su esposo, y le dijo que en tanto llegaba la ocasión de abandonarle para unirse a él, se verían aprovechando las ausencias de Nalvillos.
Y así lo hicieron, sin que éste sospechase nada. Notaba, sí, un creciente desdén que le amargaba, pues en su pecho latía siempre vivo el amor por Galiana. Por entonces, importantes acontecimientos históricos tuvieron lugar. A la muerte de Alfonso VI, los árabes, exaltados por la derrota de Uclés, se lanzaron sobre las fronteras. Y Jezmin, comprendiendo que era ocasión para su venganza, se alzó en rebeldía, y un día llegó en algarada hasta el palacio de Galiana, la tomó y la llevó consigo, mientras Nalvillos peleaba por otra región.
Cuando Nalvillos volvió y se enteró de la fuga de su adorada Galiana, dio orden de perseguir a los fugitivos. Y cuentan unas historias que entrando en Talavera de improviso, sorprendió a los amantes y les dio muerte sobre el mismo lecho en que celebraban sus impúdicas bodas. Mas otros relatos aseguran lo siguiente: Nalvillos, cuando regresó, determinó rescatar solo a su esposa, pues creía que cedería a sus súplicas y que volvería con él. Se disfrazó, en efecto, de vendedor ambulante de hierbas, y así consiguió llegar a Talavera e incluso ser introducido en las habitaciones de Galiana. Cuando se vio al fin delante de ella, se dio a conocer, diciéndole que estaba dispuesto a perdonarle todo si volvía a su lado, y que el amor que sentía por ella era tan grande, que no había temido caer en las manos de su enemigo y rival. Pero Galiana, traicionándole de nuevo, gritó para que acudieran los criados y guardianes, y lo hizo prender. En cuanto llegó Jezmin, le comunicó lo ocurrido, y éste determinó tomar cruel venganza. Hizo amontonar en el patio una gran pira de leña, a la que ordenó fuese conducido Nalvillos para ser quemado. Cuando el Conde vio cercano su fin, pidió al feroz moro que le permitiera sonar por última vez el cuerno que pendía de su cuello. Le fue concedida esta última gracia; pero cuando sonó la trompa con la señal de guerra del castellano, la gente de armas que lo había acompañado irrumpió en la ciudad y en la casa, y, sorprendiendo a las guardias, liberó a su señor. Entonces cogieron a Galiana y a Jezmin y los ataron, y Nalvillos, para castigar las traiciones de que fuera objeto, ordenó, aun sintiendo dolor por ello, que se les arrojase a la hoguera para él mismo dispuesta. Su mandato fue cumplido, y los traidores pagaron en las llamas su deslealtad y su lascivo amor. Nalvillos regresó a Ávila, y desde entonces pensó solamente en guerrear.
Tal es la tradición avilesa de la venganza de Nalvillos.

martes, 29 de mayo de 2012

La aldeana de Cardeñosa (Santa Barbada) "leyenda"

En tiempos de los godos, según unos cronistas, o en los últimos de la dominación romana, según otros, vivía en Ávila una bellísima muchacha que tenía el nombre de Paula. Había nacido en el cercano pueblo de Cardeñosa, y era conocida tanto por su hermosura como por la sincera y humilde piedad cristiana de que daba continuas muestras. Una de sus devotas costumbres consistía en la visita frecuente a la iglesia en donde se hallaba el sepulcro de San Segundo. Llegaba, se arrodillaba delante de la sepultura del santo varón y así pasaba largo tiempo orando. Después salía, daba una limosna a algunos de los mendigos que estaban en la puerta, y regresaba con todo recato a su pueblo.
Una tarde, estaba arrodillada, cuando tuvo la sensación de que era contemplada fijamente por alguien. Alzó la vista, y advirtió que un joven, noble, a juzgar por sus vestiduras, había clavado en ella sus ojos. Entonces, un poco turbada, salió antes que de ordinario, pero en el mismo atrio fue requerida por su admirador. «Soy - le dijo - caballero y rico. Nunca contemplé una mujer tan hermosa como vos, y desde este momento mi deseo más ferviente es lograr vuestro favor». Mas Paula, rechazando enérgicamente al caballero, le reprochó tales palabras en un sitio sagrado, rogándole que dejase en paz a una pobre aldeana.
Esta escena se repitió varias veces, y el insensato amor iba creciendo en el ánimo del joven noble. Era éste de disipadas costumbres y solía satisfacer, fuera como fuera, todos sus caprichos. Así, lleno de ansia por llegar a poseer aquella sorprendente hermosura, y al mismo tiempo irritado en su orgullo, al ver cómo se le rechazaba, se propuso hacer toda suerte de intentos. Y en uno de los atardeceres en que vio marchar a Paula, la siguió, para averiguar hacia dónde se dirigía. Y al día siguiente salió hacia allá.
Cuenta la leyenda que Paula estaba sola, sentada en una peña vecina a la hoy desaparecida ermita de San Lorenzo. Vio venir a un jinete, y con terror conoció que era el caballero que la importunaba tan repetidamente. Cuando ya estaba casi al llegar, oró fervientemente, pidiendo protección al Señor, expresando su angustia al saberse bella y al ver que esa belleza podía ser causa de su perdición. Y notó cómo de pronto una fuerte barba le iba cubriendo el rostro hasta dejárselo casi oculto. Llegó el caballero, y al preguntarle si había visto entrar en la capilla a una joven, Paula le contestó: «A nadie vi desde que aquí estoy sino a mí misma». Fueron inútiles todas las pesquisas del caballero, que volvió burlado y lleno de coraje.
Paula le vio marchar llena de alegría, y postrándose de hinojos, dio gracias al Señor por el milagro que acababa de obrar. Y desde entonces, renunciando ya del todo a las cosas del mundo, se entregó a una vida de oración y penitencia. Cuando murió, ya la fama de su virtud se había extendido por toda la comarca. Su cuerpo se conserva en la capilla de San Segundo, de Adaja, cerca del sepulcro del Santo Obispo. En una inscripción hecha en una tablilla que pende del sepulcro de Paula, se lee:
Sednos buena intercesora y abogada, gloriosa Paula Barbada.

domingo, 27 de mayo de 2012

La Virgen de Chilla "leyenda"

En uno de los valles formados por las estribaciones de la imponente sierra de Gredos, está enclavado el pintoresco pueblecito de Candeleda (Ávila). Y en sus cercanías, entre picos inaccesibles, pinares espesos y olorosos, encinares y robledales tupidos, se alza, desamparada y cándida, la pequeña ermita de la Virgen de Chilla. Para subir a ella hay que trepar, dejando a un lado la sombra de un castillo medieval y las márgenes del zigzagueante Cuevas, en cuyas aguas reflejan su vuelo las cigüeñas, varias horas por caminos de herradura- Y arriba, mientras se recrea la vista en las magnificencias de un soberbio panorama y se respira el aire perfumado de los pinares, no faltará quien sepa, por haberla oído de labios de sus antepasados, y relate la fuerte e interesante leyenda de la aparición de la Virgen de Chilla.
Fue aquí en el mismo lugar donde, como blanco nido de palomas, se alza hoy la ermita. Entonces sólo frecuentaban estos riscos y bosques los pastores para dar de comer a sus ganados. Abajo, muy abajo en el valle, se alzaba la primera cabaña, escueta y solitaria.
Vivía en ella la familia de Antón el pastor, compuesta del matrimonio y dos hijos pequeños. La mujer, Casilda, una hermosa muchacha, bastante más joven que Antón, le había salido «cara y... cruz», como decía un chusco: ligera de cascos, un tanto coqueta y peligrosa. Lo cierto fue que Casilda escuchó los requiebros y galanteos de Colás, un pastor joven de las cercanías, cuyos ganados pastaban también por aquellos andurriales. Tanto rogó Colás y tanto extremó sus manifestaciones de pasión que Casilda accedió a concederle una entrevista, acaso con designio de desengañarle. La cita había de tener lugar en el sitio mismo donde se alza la ermita de la Virgen.
Antón era celoso. Barruntó algo extraño. Siguió por riscos y breñas a Casilda y sorprendió a los casquivanos, cuando la mujer acababa de desembocar en la plazoleta y apenas se habían saludado.
- ¡Colás: tú eres un mal hombre y un mal amigo! - díjole Antón, seguro de haber sorprendido a los infames, tras hacer retirarse, con un gesto a Casilda al fondo de la plazoleta -. ¿Cuántas veces no te he dado yo albergue en mi casa?... ¿Cuántas no he compartido contigo la hogaza y el queso que llevaba en mi morra?... ¡Y así has querido pagarme! ¡Vas a tener tu merecido y vas a ver que no se juega impunemente con el honor de Antón!
Mira: a prevención,. por si no llevabas navaja encima, he traído yo dos. ¡Escoge la que quieras! Y luego uno de los dos está de más; porque no es de ley que los dos vivamos, no cabemos ambos en el mundo, después de haber querido mancillar mi nombre. ¡Coge ya una navaja!...
Colás, lívido, dudaba. Comprendía que le era preciso matar o morir. Uno de los dos había de quedar fuera en el combate. Su juventud se encabritaba, aferrada a la su gallardía de hombre fuerte y valiente le impelía a tomar aquel arma y tratar de eliminar a su contrario. Pero pudo en él más un sentimiento noble, generoso y justo que invadió su alma en instante tan solemne. Desatóse la faja; abrióse la camisa de un tirón; mostró el fuerte pecho desnudo y dijo, avanzando hacia su rival, sin querer recoger la navaja caída:
- ¡Tírame duro, Antón, tírame aquí, donde es verdad nacieron esos sentimientos miserables! ¡Castígame tú mismo, mátame como a un perro! ¡Párteme el corazón de un tajo como se merecen los asesinos y los malvados!
Aquella nobleza no desarmó a Antón. Ciego de cólera, se acercó más a su rival; levantó en el aire el brazo; su fuerte mano empujaba la navaja abierta. Y se dispuso a hundir el acero en el mismo corazón del rival odioso que se ofrecía como víctima sumisa a su justicia.
De pronto se encontró paralizado, sin fuerzas. Un obstáculo invisible, un poder misterioso le retenía la navaja. Sonó un trueno. Antón levantó los ojos, y vio como de una nube, bajada de las alturas hasta tocar casi el pico de la sierra donde se abría la explanada, surgía la figura de la Virgen que, sonriente, le decía:
- ¡Perdona, Antón, perdona! ¡Cuando pase tu furia, te arrepentirás de haber matado! Lo hermoso del hombre, lo grande, lo que le ennoblece, le sublima, le hace superior a todas las criaturas y a sí mismo, no es la ira, ni los instintos homicidas, vengativos, ni las malas pasiones, patrimonio de todos los seres feroces de la creación, de todos las fieras, sino la piedad, la bondad, la dulzura y el perdón. Piensa esto: sólo cuando perdona a los que le ofendieron, es el hombre verdaderamente grande y dignifica su vida. ¿Qué dices?
El pastor apenas entendió aquellas sublimes y celestiales palabras, y, ciego de furor, rugió:
- ¡Déjame!... ¡Suelta!... ¡Suelta mi navaja!... ¡Quiero matarle!... ¡He de matarle!
- Ya no puedes -repuso la Virgen, sonriendo dulcemente-. ¡Mira!
Y Antón, al mirar hacia donde apuntaba el índice extendido de la imagen, vio a su rival convertido en estatua de piedra...
Y ésta es la Virgen que, surgiendo de una nube, se ve todavía en el santuario de Chilla. En un altar contiguo la efigie de un joven pastor muestra desatada su faja roja, abierta la camisa de blanco lienzo, y descubierto el pecho, como si ofreciera todavía el corazón culpable al furor de la navaja de Antón, su rival.

viernes, 25 de mayo de 2012

Ormesinda y Munuza "leyenda"

Cierto día estaban reunidos Munuza y su favorito Karim. El poderoso guerrero se quejaba del desprecio que tenía Ormesinda, hermana de Pelayo, para su apasionado amor; por eso, en vista de que no cedía a sus ruegos, había decidido raptarla y lograr por la fuerza lo que no podía conseguir de otra manera. Expuso a Karim el plan que se había trazado y le recomendó que procurara llevar la doncella a su presencia sin que se enteraran los cristianos, para evitar que la sangre musulmana se derramara por un deseo particular suyo. Karim prometió obrar con cautela y salió de la estancia para cumplir lo que le mandaba.
Mientras tanto, Ormesinda estaba en su casa, acompañada de su antigua nodriza, y se lamentaba de la pasión que había despertado en Munuza. Echaba de menos a su hermano, que había ido a ver al duque de Aquitania para obtener su ayuda en la lucha que sostenían los cristianos contra los moros. Sólo confiaba en su prometido, el valiente don Alonso, y no dudaba que habría de salvarla de las persecuciones del musulmán. Precisamente aquella noche la esperaba para concertar juntos su huida hacia las montañas de Covadonga. Por eso, cuando llamaron a la puerta, mandó a la nodriza que abriera sin temor, pensando en que sería don Alonso. Pero la sorpresa de ambas fue grande al ver que en vez del caballero cristiano aparecía Karim rodeado de sus soldados y dispuesto a llevarse a Ormesinda de grado o de fuerza, para conducirla a presencia de su señor. La hermana de Pelayo intentó por todos los medios a su alcance hacer desistir a Karim de su propósito, y cuando vio que éste se dirigía a ella para llevársela por la fuerza, le insultó fieramente; mas de nada le valieron sus esfuerzos, pues el moro la acogió entre sus brazos. Aún se debatió en ellos con fuerza, por lo cual Karim mandó a unos cuantos soldados que le ayudasen, y entre todos la ataron de pies y manos. Ya se disponían a salir, cuando apareció don Alonso en la habitación. Ormesinda, al verle, sintió renacer sus esperanzas y le animó a que la libertara. El noble cristiano no vaciló en hacer frente a los raptores, y, espada en mano, sin tener en cuenta su número, se dirigió indignado contra ellos para rescatar a su prisionera. Todos le rodearon, y poco después caía herido. Los moros se apoderaron también de él y le llevaron ante Munuza. La alegría de éste por tan inesperada captura fue grande; siempre había deseado tener a don Alonso entre sus manos, porque sabía que era su rival en el amor de Ormesinda. Mandó que le metieran en un calabozo, y se dirigió hacia la habitación en donde se encontraba la hermana de Pelayo. Cuando estuvo delante de ella, procuró tranquilizarla con cariñosas palabras; pero al ver que nada conseguía y que la doncella le demostraba duramente su odio, díjole que tenía a su amante prisionero y que sólo le perdonaría la vida si accedía a ser su esposa. Si no consentía en ello, le mataría a la mañana siguiente, y ella pasaría a su harén como una esclava más. Ormesinda pensó que la vida de don Alonso era preciosa para la causa cristiana, puesto que si a su hermano le ocurriese algo, don Alonso era el más indicado para ocupar su sitio, y puesto que el moro estaba decidido a que de todas formas fuera suya, accedió a casarse con él, a cambio de la vida de su prometido. Poco después, Munuza mandaba poner en libertad al caballero cristiano, al tiempo que daba órdenes para que la ceremonia de su boda se celebrase al día siguiente.
Pronto tal noticia empezó a circular entre los cristianos y les produjo un gran desaliento al ver que una de las mujeres de más alta nobleza se mancillaba de tal manera uniendo su sangre a la de un infiel.
Llegó el día de la boda; patrullas de soldados musulmanes guardaban las calles que había de recorrer la comitiva. Cuando ésta se puso en marchar mientras avanzaba a paso lento hacia la mezquita, un hombre contemplaba la escena algo apartado de la multitud. Su rostro revelaba la desesperación que le consumía: era don Alonso, que sin cesar se lamentaba de no poder impedir la unión de Ormesinda y Munuza. De pronto sintió que alguien le tocaba en el hombro; volvióse, y vio a un embozado que le reprochaba su desaliento y se quejaba de que no le reconociera. Se descubrió, y don Alonso reconoció con alegría al propio don Pelayo. Como no salía de su asombro, puesto que le creía en Aquitania, don Pelayo le explicó que había regresado en secreto para retirarse con todos ellos a las montañas y allí esperar la ayuda necesaria y poder proseguir la reconquista de España; pero al enterarse del desatinado propósito de su hermana, había llegado hasta allí dispuesto a matarla antes de consentir que, deshonrándose ella, mancillase a toda su familia. Don Alonso intentó hacerle conocer la verdad de lo sucedido, y le instó a que desistiera de matarla. Pero el proyecto de don Pelayo era firme, y juntos se dirigieron a la mezquita en que había de celebrarse la ceremonia.
Ya estaban Ormesinda y Munuza en ella y el acto iba a comenzar. Don Pelayo pudo ver cómo su hermana parecía hallarse ausente de allí; una gran palidez cubría su rostro, y sus ojos tenían un brillo extraño; cuando Munuza se dirigía a ella, diríase que no le escuchaba. Los dos caballeros cristianos consiguieron llegar hasta donde estaban los futuros esposos. Ormesinda, al verlos, dio un grito, y entonces don Pelayo se adelantó hacia Munuza y le pidió que le dejara abrazar a su hermana por última vez, pensando que así no erraría el golpe.
Ormesinda insistió en la petición de su hermano, y dijo a éste que se apresurara a abrazarla, porque aunque por salvar a don Alonso había accedido a casarse con Munuza, la noche anterior, para que tal unión no se llevase a efecto había bebido un veneno que dentro de poco habría de poner fin a su vida.
Don Pelayo, al oírla, se alegró de lo que le decía, al ver que su hermana cumplía como correspondía a la nobleza de su sangre y que le evitaba a él tener que causarle la muerte por su propia mano. Poco después, Ormesinda caía muerta en sus brazos. Don Alonso y don Pelayo se abalanzaron contra Munuza y le mataron a puñaladas. Al ver que su jefe había sido asesinado, una gran confusión se esparció entre la multitud. La mezquita se convirtió en un campo de batalla, y los cristianos les causaron un gran número de bajas. Después de la matanza, se retiraron don Pelayo y don Alonso a Covadonga, llevando como estandarte el cuerpo de la noble Ormesinda.

martes, 22 de mayo de 2012

Nuño el Fuerte "leyenda"

En la época en que el rey Alfonso VII subió al trono, el feudalismo asturiano se hallaba en todo su apogeo. Don Álvar de San Martín era el tipo más acabado de estos señores, mezcla de reyezuelos orgullosos y de bandidos. Reinaba despóticamente en su fortaleza del castillo de San Martín de las Arenas, que se alzaba sobre una roca gigantesca, junto a la desembocadura del río Nalón. Su rapacidad y sus violencias tenían atemorizados a los campesinos del territorio.
Frente a la banda de sus secuaces se había organizado otra entre las turbas que le odiaban y querían libertarse de su tiranía; la acaudillaba Nuño el Fuerte, que, aunque capitán de bandidos, poseía un noble corazón.
En cierta ocasión ocurrió un incidente que convirtió la enemistad de los dos jefes en un odio feroz. Don Álvar de San Martín se había sentido atraído por una rica hembra que poseía, además de su hermosura, una fortuna considerable. Se llamaba doña María de Lena, y había entregado su corazón hacia tiempo al noble caballero don Ares de Miranda; por lo tanto, no acogió con agrado los galanteos del castellano San Martín. Pero el padre de la doncella, queriendo evitar que ésta se casase con don Ares, noble, pero muy pobre, la obligó a contraer matrimonio con el temido señor. Doña María, al borde de la desesperación, confesó que éste no podía realizarse porque iba a ser madre. Don Álvar sintió que su espíritu ardía de cólera y de despecho; pero no quería renunciar a la espléndida dote que el matrimonio le podría proporcionar, y la boda se realizó. La venganza del señor de San Martín fue feroz. Asesinó al desgraciado don Ares y se dispuso a matar al niño en cuanto hubiera nacido.
En una noche tormentosa, don Nuño caminaba a través del bosque. Parecía el único ser humano que había desafiado la tormenta. Llegó a una solitaria ermita, se cobijó en el atrio y comenzó a murmurar una plegaria. Pero antes de que la hubiera terminado, oyó a lo lejos el galope de un caballo. Entonces el rudo y hercúleo bandolero, escondiéndose detrás del atrio, esperó. A los pocos momentos llegó un jinete llevando una mujer a la grupa. La desmontó bruscamente y le arrancó de los brazos un niño recién nacido, sin hacer caso de sus súplicas ni de sus lamentos. Era don Álvar, el castellano de San Martín. Se disponía a atravesar con la espada a la inocente criatura, cuando don Nuño, arrebatado por la indignación, salió de su escondite. Los dos hombres se reconocieron y se miraron con odio. El hercúleo don Nuño, dueño de la situación, amenazó al otro con quitarle la vida si no le entregaba el niño. Don Álvar no tuvo otro remedio que hacer lo que se le exigía, y partió después al galope, llevándose a su mujer en la grupa.
Este incidente incrementó la rivalidad entre caballeros y bandidos, y durante quince años duró la lucha, que ensangrentó y devastó toda la comarca. El niño salvado tan providencialmente fue el señalado por el destino para poner fin a la confusión y llevar la paz y el bienestar a los atemorizados hogares.
Don Nuño veló por él con el cariño de un padre. Se lo entregó a una aldeana de su confianza para que lo criara, y cuando fue mayor, le enseñó el manejo de las armas. Don Rodrigo, que así se llamaba el hijo de la desventurada doña María de Lena, creció robusto y fuerte y conservó los sentimientos honrados que su tutor le había inculcado. Desconocía a sus padres, aunque sabía que era de origen hidalgo. Amaba a don Nuño y compartió con él el gran odio al castellano de San Martín.
Un día, don Rodrigo descubrió una entrada al castillo perfectamente oculta y disimulada. Hacía tiempo que no era usada por nadie, pues la galería a que daba paso estaba cerrada con escombros. Cuando comunicó su descubrimiento a don Nuño, viendo éste que había llegado el momento de la venganza, reveló al joven la historia de su nacimiento y cómo su madre yacía encerrada en uno de los más lóbregos calabozos del castillo. Don Rodrigo, entonces, juró vengarse y rescatarla; pero don Nuño le advirtió que si para él estaba reservado el rescate, reclamaba para sí la venganza.
Algún tiempo después, una noche en que don Álvar y sus secuaces se reunían en una espaciosa sala del piso bajo para repartirse el botín, fueron sorprendidos por los bandidos, al frente de los cuales iba su capitán. Don Nuño se lanzó como un león contra el castellano de San Martín, atravesándolo con su espada, mientras sus guerrilleros hacían espantosa carnicería entre los desprevenidos caballeros.
Poco después, don Rodrigo, acompañado de su tutor, se dirigía al calabozo donde se hallaba su madre. Avejentada por los sufrimientos físicos y morales, yacía arrodillada ante un crucifijo. Los dos hombres pudieron oír cómo pedía la gracia de ver a su hijo una vez antes de morir. Don Nuño la llamó dulcemente, y, al reconocerle, ella le preguntó con ansia qué había sido de su hijo. Entonces entró don Rodrigo y se arrojó en sus brazos. Don Nuño contempló la escena conmovido, y por primera vez en muchos años, de sus ojos brotaron lágrimas.
Don Rodrigo heredó el castillo de San Martín y conservó a su lado como escudero al que había sido su noble tutor. Licenció éste a sus guerrilleros; muchos volvieron a tomar el arado y otros marcharon a alistarse en las tropas de Alfonso VII, que tan brillantes victorias iban a obtener.
La paz había vuelto a reinar en los dominios de los castellanos de San Martín de las Arenas.
 

domingo, 20 de mayo de 2012

Los huesos del pozo de Fúneres "leyenda"

En tiempos antiguos existía en Asturias, muy cerca del famoso pozo de Fúneres, un señorial palacio, conocido con el nombre de Álvarez de las Asturias, por sus primitivos moradores. Vivía en él el último descendiente de la ilustre casa, de quien se sabe que llevaba con mucho orgullo y poca dignidad el título de conde. Era conocido y temido de todos por su soberbia, su despotismo y su cólera indomable para aquellos que no pertenecían a su misma nobleza.
Cuentan que un día en que vio trabajar a uno de sus colonos en algo que no era de su gusto, le acometió tal arrebato de cólera, que después de insultarle injustamente, le dio muerte allí mismo. Todos sus siervos se enteraron de lo ocurrido; pero, aunque los sueldos eran exiguos y el contacto con el perverso Conde insoportable, transigieron una vez más y siguieron a su lado, por conservar el mísero pedazo de pan diario.
Poco tiempo después de este suceso, paseando un día el tiránico caballero por unos terrenos de su propiedad, acertó a ver por primera vez a la hija, ya moza, de uno de los labradores, y al observar su belleza, la mandó llamar a su presencia y la ordenó con extraña sonrisa que se presentara al día siguiente en su palacio. Prometió ella obedecer, y, como era de esperar, sucedió lo que había ya ocurrido con muchas de las trabajadoras del Conde: la muchacha quedó deshonrada y nadie pudo ni siquiera formular una queja al causante del daño.
Pasaron así los años, sin que mejorara la situación de aquellos desgraciados. La conducta del Conde seguía siendo el terror y la comidilla de aquellos alrededores. Tanto trascendieron sus maldades, que llegó a oídos del Rey su despotismo, y, sintiéndose obligado a hacer justicia, le mandó llamar a su presencia, y una vez que confirmó la verdad de su conducta, ordenó que se le diera muerte. Su cadáver, para ejemplo y escarmiento de otros como él, fue colgado, como el de un criminal cualquiera, en Peña Corbera, y una noche tras otra los cuervos le fueron devorando, hasta dejarle reducido al esqueleto. Entonces, sus huesos fueron recogidos de allí y arrojados al pozo de Fúneres.
En pocos meses todo el mundo se olvidó de él; sólo el perro del Conde, único ser a quien en vida había profesado algún cariño, abandonó el palacio y se fue a vagar por los alrededores del pozo, aullando incansable todas las noches en la boca negra y tenebrosa que recogía el eco de sus angustiosos ladridos.
Dicen que poco a poco, a raíz de ser arrojados al pozo los huesos del Conde, se empezó a sentir por allí un hedor repugnante, que cada día se hacía más insoportable. Los vecinos de aquellos alrededores empezaron a creer desde entonces que en el fondo de las cenagosas aguas habían nacido bichos asquerosos de todas clases, y esta idea hizo que las gentes se alejaran más cada día de aquel pozo que parecía haberse contaminado de todas las miserias del malvado Conde.
Con los años, se fue olvidando la historia; pero un día un pastorcillo, ignorante de todo, que llevaba por allí sus vacas, distraído, pisó en falso y cayó al pozo. Lo advirtieron unos labradores y corrieron a salvarle. Comprobaron enseguida que no se había ahogado, porque era muy escasa su profundidad, y le echaron una gruesa cuerda para que trepara por ella; pero el pastorcillo se negó a subir y les rogó que le dejaran morir en el fondo de aquel pozo. Los labradores le preguntaron el porqué de su actitud, y el pobre muchacho contestó que eran tantos los bichos asquerosos que se habían adherido a su cuerpo, que no quería contaminar al mundo con el contacto ponzoñoso de tantas gafuras, larvas y culebrones como tenía sobre sí.
Hubo, pues, necesidad de dejar abandonado allí al pobre pastorcillo. Pero, desde entonces, la creencia de que el perverso espíritu del Conde vaga todavía en el fondo del pozo ha reavivado su recuerdo, alejando de allí a los curiosos.

viernes, 18 de mayo de 2012

El caballo del cura de Pravia "leyenda"

Cuentan las crónicas asturianas referentes a la región de Pravia, que hubo en una de las aldeas de esta parroquia, un cura llamado Don Casimiro, hombre excelente si los hay, a quien adoraba toda la feligresía en veinte leguas a la redonda.
Este santo varón, ya entrado en años tenía un caballo tan viejo como él, al que profesaba gran cariño. Le servía para ir de aldea en aldea de su feligresía, a fin de visitar enfermos y pobres desvalidos, confesar moribundos, bautizar recién nacidos y enterrar a los muertos.
Lucero, así se llamaba el caballo, era blanco, o mejor dicho, lo había sido, pues los años, los trabajos y las largas caminatas le habían tornado el pelaje de un color amarillento, apagado y desvaído.
De todos modos, el buen cura sentía por su caballo un cariño entrañable, y lo asociaba bondadosamente a todos los regocijos y fiestas familiares en que él intervenía; por eso, no había bautizo, por pequeño que fuese, en que Lucero no participase de las peladillas, los torriños o las torradas; ni boda de rumbo o boda humilde, hecha por Mosén Casimiro, en que el caballejo no se regalara largamente con un buen puñado de terrones de azúcar, amén de cualquier otra golosina.
Y, sin embargo, a pesar de este cariño entrañable que experimentaba el cura su rocín, desde hacía tiempo tenía el hombre un resquemor que le roía y no le dejaba reposar tranquilo. ¡Lucero, hablando en plata, no podía tenerse! Se caía materialmente de viejo. Si el buen cura tenía que ir a aldeas o caseríos lejanos, el pobre caballo sufría lo indecible, y su amo casi más que él, viéndole renquear, soplar, resoplar, estornudar, distender los músculos dolorosamente en las cuestas, cuando no se paraba jadeante, en medio del camino, como si le dijera a su dueño: «¡Perdóname! ¡No puedo más.! ¡No puedo con mi alma!»
Echaba a veces pie a tierra el cura; subía las cuestas y recorría los malos trayectos de los caminos llevando a Lucero de las riendas. Además, por si esto era poco, siempre llevaba en el morral de la silla unas pocas algarrobas, un par de puñados de maíz y unos terrones de azúcar, con los cuales regalaba de vez en cuando a la cabalgadura; pero ni aun así conseguía hacer carrera de él. ¡Lucero se moría, se moriría el día menos pensado, y dejaría a su amo en el camino, quién sabe si en medio de alguno de aquellos pinares o robledales interminables, donde se comerían a Mosén Casimiro los lobos!
Un mucho por este temor, un poco también por avaricia y por cálculo (que hasta los santos, dice Santo Tomás, tienen sus malos pensamientos) es lo cierto que Mosén Casimiro, luego de pensarlo mucho y de considerarlo semanas y meses, se decidió al fin: vendería el caballo. Después de todo, sería una locura obstinarse en conservar un animal que, el día menos pensado, le darla un susto.
Y Mosén Casimiro, sin decir nada a la buena ama Petra, pues se habría opuesto, desde luego, a sus designios, ni a su sobrina -ésta adoraba al caballo corno a un perro fiel-, emprendió, en un hermoso amanecer de mayo, el camino de Ribadeo, donde se celebraban ya por entonces ferias famosísimas de ganados. Al ama y la sobrina les dijo iba a ver a unos amigos y a la vez a hacer unos negocios con productos de sus fincas.
Como el cura realizaba dos o tres veces al año el viaje a Ribadeo, jinete siempre en su fiel Lucero, nada extrañó a éstas y le vieron partir, cual de costumbre.
El buen cura había de hacer de todos modos «de tripas corazón». Él no recordaba haber hecho en su vida daño a una mosca, e iba a consumar, ya en plena vejez, una mala acción, al vender a aquel compañero de fatigas y penas, a aquel noble y bondadosísimo animal, que le entendía tan bien como sus perros de caza, que relinchaba de placer al verle o al oír su voz desde lejos, y que había nacido en el establo de la casa; pero, ¡qué remedio!, la vida tiene a veces exigencias y el cura endurecía su corazón ante la perspectiva de un buen caballo, brioso y valiente, con el cual le sería fácil y cómodo viajar a su antojo por valles y sierras.
Al llegar a Ribadeo, fue a hospedarse Mosén Casimiro en el mismo parador donde lo hacía desde tiempo inmemorial, mezcla de posada y de hospedería, y después de cambiar su sotana y acicalarse un poco, bajó de nuevo a la caballeriza, y se llevó a Lucero, casi sin quererlo mirar, al cercano mercado de bestias.
Pronto se puso al habla con unos gitanos; le ofrecieron varios ejemplares de caballos, y se interesaron por la compra de Lucero. Mosén Casimiro, como el criminal por la fuerza, vendió su jaco, al fin, ¡en treinta duros! Nadie le ofreció más en toda la feria. Realizada la venta, y por no ver más al pobre animal, Mosén Casimiro regresó a su hospedería, para comer y quedó con los gitanos en que, a cosa de las tres volvería al ferial, a fin de probar algún caballo que valiera la pena.
El cura, regresó al mercado. Los gitanos le presentaron un caballo negro, de la misma alzada que Lucero. Montó, Mosén Casimiro y comprobó que marchaba bien y con brío. Le recordaba a Lucero cuando era joven; le subiría las cuestas y los malos caminos en un decir Jesús.
Tras no poco regateo, el cura pagó por el caballo sus buenas dos mil pesetas. Y, en seguida, recogió el hatillo en el parador y emprendió el regreso hacia su casa, pues no quería ser sorprendido por la noche en el camino, y éste era largo.
Iba contento ahora Mosén Casimiro. Pensaba que la compra merecía su sacrificio. Este caballo -los gitanos le habían dicho se llamaba Babieca, como el del Cid- aunque no tenía el paso muy vivo dando señal de carácter manso y dulce, de vez en cuando daba arrancadas magníficas, como los caballos de pura sangre, y corría largo trecho sin mostrar fatiga alguna. Además: miraba hacia atrás, de reojo, cuarteando las ancas un poco, tal cual hacen los potros cuando están próximos a espantarse, y el buen cura le acariciaba el cuello, largo y delgado como el de Lucero, o le cogía las crines, igual que las de éste cortas y espesas.
De pronto, cuando ya llevaban caballo y caballero su buena hora de camino, ocurrió un accidente vulgarísimo y muy frecuente en Asturias: las nubes se enfurruñaron, el cielo tomó un aspecto plomizo, estalló un trueno que rodó por el valle verde, y en un momento terribles cataratas de agua cayeron sobre la tierra, en una de aquellas tormentas norteñas capaces de deshacer los montes.
Mosén Casimiro, se encontraba en pleno despoblado. Llevó su caballo debajo de una encina, a pesar del peligro, bien sabido, de cobijarse bajo las arboledas en tiempo de borrasca y tronada. De todos modos, en un momento él y el caballo habían quedado hechos una sopa, y todavía, a pesar de la protección del ramaje y del viejo quitasol del cura -paraguas y quitasol, a la vez- se mojaban debajo del árbol tanto o más que si estuvieran en medio del camino.
De repente, Mosén Casimiro frunció el ceño, al observar una especie de fenómeno inexplicable: el caballo cambiaba de color. Era negro cetrino y empezaba a volverse por algunos sitios gris, y por otros, blanco. Inclinóse casi fuera de la silla, observó un lado y las patas del animal, miró al suelo... y entonces un asombro infinito, primero, una especie de sorda cólera después, le embargaron. ¡Ya era evidente! El caballo, no cambiaba de color; sencillamente se despintaba. La pintura negra chorreaba por todos los pelos del animal, por las patas, por la panza, por las crines. ¡Ah, bandidos! ¡Los gitanos le habían vendido un caballo blanco, camuflado de negro, supiera Dios con qué designio!
Ciego por la ira, el viejo echó pie a tierra para observar mejor aquel fenómeno, aquella burla sin nombre.
- ¿Quién me mete a mí a tratar con gitanos? ¡Soy un perfecto tonto! Este caballo debe ser tan viejo o más que Lucero, y los bandidos esos...- murmuraba entre dientes.
De pronto se calló.
Al dar vueltas al animal, que se mostraba inquieto y coceador, y estaba ya despintado casi por completo, había llegado a situarse frente al rostro del mismo, y al mirarle en los ojos, había creído reconocer... ¡oh! ¿era posible?... ¡al propio Lucero!
El cura, medio enloquecido por la sorpresa, llevóse ambas manos a la boca, y estuvo mirando un gran rato al caballo. Al fin, se convenció: ¡aquel era Lucero!
- ¡Lucero! -dijo por último, con un grito ahogado, que le salió al buen párroco del mismo corazón. - Lucero, ¿eres tú?
El sufrido animal -pues era Lucero, en efecto- relinchó de gozo, al verse nombrado por su amo, y le miró con sus grandes ojos combos, de inocencia, como diciéndole:
- ¡Mira lo que han hecho conmigo!... ¡Me han pintado, me han martirizado, me han sometido a mil torturas, para transformarme ante tus ojos en un magnífico alazán; pero, este terrible calvario lo doy por bien empleado porque así tú has llevado el escarmiento que te merecías!
Todo esto, que pensaba el cura, debía estar también pensándolo el caballo, y Mosén Casimiro, en cuya alma bondadosa se había borrado casi de repente la cólera, para dar paso a una alegría desbordante y ruidosa, exclamó ahora, ya seguro:
- ¡Sí, eres tú, tú, mi Lucero querido! ¡Ah, qué alegría!... Pero, ¿por qué te muestras tan inquieto y coceador, tú que eres un pedazo de pan?...
Volvió a relinchar el caballo; levantó en el aire ambas patas, al tiempo que miraba a su amo, como si quisiera decirle:
- ¡Busca, hombre!... ¡Acabarás por comprender toda la maldad y la perfidia de esos gitanos a los que me vendiste y los cuales luego me han revendido a ti mismo, haciéndome pasar por el caballo del Cid!
Y el cura acabó por comprender. Mirando, mirando a su Lucero, descubrió, en el nacimiento de la cola, una cuerda atada. La cuerda, pintada de negro asimismo, se desteñía con la lluvia, y permitió al cura descubrir un bultito obscuro, colocado debajo del rabo. Cortó la cuerda y examinó aquello: era media guindilla, de esas llamadas de maceta, muy picantes, que le habían colocado al pobre animal en el punto más sensible, para que el escozor y el picor le espantaran de continuo, y le comunicaran unos arrestos olvidados, hacía muchos años, por el decrépito caballejo.
Así comprendió el cura por qué el triste animal andaba ligero, daba arrancadas de caballo inglés, y, de vez en cuando, inclinaba las ancas o las ladeaba, como hacen los caballos de raza cuando notan que les tascan el freno.
Lucero había lanzado un relincho de gozo al verse libertado por su amo de aquel suplicio, y quedó desde entonces con su acostumbrada inmovilidad y mansedumbre, cual si fuera de piedra.
Y Mosén Casimiro dio rienda suelta a la emoción que le embargaba; rompió a llorar como un niño, se abrazó al cuello del querido rocín, como Sancho al encontrar a su asno, y musitó, entre apenas contenidos hipos de llanto:
- ¡Oh, Lucero mío: perdóname! ¡Perdona a este pobre viejo, si, en un momento de mala pasión, llegó a olvidarte y a venderte por los treinta dineros! ¡Treinta dineros justos me dieron por ti, y yo tuve que pagar luego cuatrocientos; pero bien empleado se me está, por avaro, por mal intencionado y mal hombre! Ahora, yo te juro que te morirás de viejo al lado de tu amo.
Y cuenta la leyenda que, en efecto, Lucero, murió, viejísimo, medio paralítico y casi ciego, en la casa rectoral del padre Casimiro, quien nunca se perdonó lo que él llamaba "la alevosía de la venta".