miércoles, 31 de octubre de 2012

Jack-o-Lantern "leyenda norteamericana"

Había una vez un herrero más aficionado al aguardiente que al fuelle y al martillo. El lunes por la mañana cogía una borrachera que le duraba hasta el lunes siguiente. Entonces cogía otra nueva.
Un día que estaba jurando como un condenado, llamaron a la puerta y entró el Diablo. Venía a llevárselo. Pero el herrero suplicó y lloró tanto, que el Diablo le propuso un trato: vendría por su alma dentro de un año, y en tanto le prestaría su ayuda. Y entonces el Diablo hechizó la silla y el martillo del herrero. Quien se sentara en la silla no podría levantarse hasta que el herrero le diera permiso, y quien cogiera el martillo tendría que estar golpeando con él hasta que el herrero quisiera. Con esto podría sacar mucho dinero.
Pasó el año y se presentó el Diablo. El herrero, que le vio venir, fingió que estaba trabajando en una herradura y le rogó que se sentara hasta que terminase su trabajo. El Diablo se sentó en la silla encantada y no se pudo levantar. El herrero se burlaba de él, y al fin, con la promesa de que le dejase otro año de plazo, le dio permiso para levantarse.
Pasó otro año, y el Diablo se presentó de nuevo. Otra vez fingió estar ocupado el herrero, y le pidió ayuda para acabar antes. Cogió el Diablo el martillo hechizado y tuvo que golpear hasta que el herrero le liberó de la tarea a cambio de otro año de plazo.
Acabado el año, volvió el Diablo por tercera vez. El herrero suplicó y lloró; pero esta vez el Diablo lo metió en un saco y se lo llevó. En el camino se encontraron unos hombres. Y el Diablo se les unió, con la idea de cazar alguno más. Y hablando con ellos, llego la hora de comer. Se sentaron a la mesa, y el Diablo metió el saco debajo, junto a los de los otros hombres.
Tan pronto como el herrero se sintió en el suelo, se escapó del saco y puso otro en su lugar.
El Diablo recogió su carga y continuó el camino hasta llegar a su morada. Al llegar, llamó a los diablillos, que acudieron hambrientos, gritando:
- ¿Qué nos traes, padre?
Abrió el saco, y salió un enorme perro de presa, que les dio un gran susto.
Al fin, el herrero murió y se presentó en el cielo; pero no le dejaron entrar. Entonces se fue al infierno, y llamó; pero tan pronto como el Diablo le vio, dijo:
- Te burlarás de mí.
Y le cerró la puerta.
Desde entonces el herrero va del cielo al infierno y del infierno al cielo, y se le ve brillar en las noches oscuras. Por eso le llama la gente Jack-o-Lantern

lunes, 29 de octubre de 2012

El campamento de Paul Bunyan "leyenda norteamericana"

La granja de Paul Bunyan estaba en Honey Creck y la dirigía John Shears, el mejor granjero de la comarca. Paul Bunyan no se ocupaba de su granja; se dedicaba a la industria de la madera y los mejores de sus hombres eran madereros a sus órdenes. Ninguno de ellos podía soportar a John Shears con sus continuos sermones y reprimendas; por eso Paul Bunyan le empleó en su granja, al mando de hombres dóciles y manejables.
John Shears, a su vez, sentía antipatía por los madereros; pensaba que si no fuese por la industria de la madera, podría extender la granja, talando bosques, y llegar a ser el amo y señor de todo. El mismo Paul Bunyan, sin su madera, quedaría relegado a segundo lugar.
Esta idea ambiciosa fue la que le hizo tramar el complot contra Bebé, el gigantesco buey azul que transportaba los troncos y que era el mejor colaborador de Paul Bunyan en el trabajo del bosque. Bebé consumía las berrazas de la granja. Cuando John Shears ideó su plan, decidió, de acuerdo con sus granjeros, que las berrazas no se segasen, como otras veces, y las dejaron crecer de una manera peligrosa; cuando el buey azul las comiese, se envenenaría.
El único que no estaba enterado del complot en la granja era Thomas O'Meery, el sordísimo y humilde huérfano irlandés, que en otro tiempo había sido maderero; pero había engordado tanto, que se hizo inútil para el trabajo del bosque, y Paul Bunyan tuvo que enviarlo a la granja, donde John Shears le encargaba los peores trabajos, fregaba los platos y era el hazmerreír de los granjeros. Nadie lo tomaba en consideración, y por eso no sabía nada de la intriga que se tramaba contra los madereros. El mismo Paul Bunyan se presentó en la granja con el gran buey reclamando las berrazas, y John Shears dio orden de arrancarlas y prepararlas. Pero por la noche, cuando el gordo O'Meery, impresionado con la visita de Paul Bunyan, soñaba despierto con volver a ser maderero, oyó el plan que se preparaba contra Bebé. ¿Cómo podría evitarlo? No tenía tiempo de avisar, y entonces se le ocurrió una idea. En la colmena, Bum y Bill, las laboriosas abejas, zumbaban irritadísimas, porque las hierbas habían sido arrancadas para el buey azul antes de que ellas hubiesen llenado sus panales. O'Meery abrió la colmena y las abejas se escaparon, se lanzaron contra el buey y le picaron. Bebé empezó a bramar y a cocear. John Shears le oyó y salió corriendo a librarle de las abejas; pero pasó detrás de él en el momento en que el buey azul levantaba sus patas traseras y le dio una coz tan fuerte que el granjero salió por los aires lanzando hasta la misma cúspide de Rock Candy. Después Bebé echó a correr y se refugió en su establo, donde Bum y Bill no se atrevieron a seguirle, y así, no comió las berrazas.
Granjeros y madereros se despertaron con el alboroto y corrieron hacia el río que separaba a unos de otros, pero el gordo O'Meery cayó y rodó y, como siempre que rodaba, no se pudo parar hasta dar con su mole en el angosto puente donde iban a encontrarse granjeros y madereros. Entonces tuvo lugar la batalla del puente, que duró todo el día. Unos y otros trataron de acometerse; pero todos los golpes los recibió el pobre O'Meery, que interceptaba el puente con su inmensa mole.
Al final del día llegó Paul Bunyan y puso paz. Entonces O'Meery le contó todo lo sucedido, y como el jefe le ofreciese recompensa por haber salvado al buey, O'Meery pidió ser admitido como maderero. Siempre había sido un inconveniente estar tan gordo, pero O'Meery salió de entre el grupo de hombres y apareció delgado y esbelto; los golpes que había recibido durante el día le habían hecho adelgazar.
John Shears tardó tres días en volver de Rock Candy y se presentó humildemente al jefe, pidiendo el castigo merecido. Pero el magnánimo y generoso Paul Bunyan le hizo volver a la granja como antes. Y se llevó consigo a O'Meery, que desde entonces fue siempre un esbelto maderero.

viernes, 26 de octubre de 2012

El invierno de la nieve azul "leyenda norteamericana"

Paul Bunyan fue el historiador de lo útil y lo bello, el inventor de la industria de la madera, el mejor orador de una tierra de oradores y el héroe de un sinfín de aventuras. Él es el único que nos habla en sus crónicas del invierno de la nieve azul.
La nieve azul cayó en el Norte. Las selvas estaban entonces muy pobladas y sus principales habitantes eran los alces y los osos negros, que vivían en cuevas. Los alces fueron los primeros que vieron caer la nieve azul; la tierra se cubrió de un manto azulado y los árboles cubrieron de azul sus ramas.
Al principio, los alces la contemplaron con asombro; después, con miedo. De pronto una rama se desgajó con el peso de la nieve y una masa azul cayó sobre un gran alce; el animal dio un mugido y salió corriendo, disparado. Y entonces el terror se apoderó de todos los alces de la selva y echaron a correr hacia el Norte.
Los osos se despertaron con el alboroto. Se asomaron a sus cuevas y vieron a los aterrados alces que huían como flechas. Y entonces advirtieron que la tierra estaba cubierta de nieve azul. El terror se apoderó también de ellos y huyeron hacia el Norte, siguiendo a los alces.
Otra víctima del terror azul fue Niágara, el perro fiel de Paul Bunyon. Había salido a cazar alces para su amo, que vivía en la bahía de Tonnerre, en una cueva más alta que las torres más altas y tan grande como las cuevas de los mamuts. Pero a Paul Bunyon no le sobraba sitio, porque tenía el tamaño de una ciudad de hombres ordinarios. Por entonces estudiaba Historia y pensaba en hacer algo grande y maravilloso. Al levantarse, descubrió la nieve azul; sonrió, porque era un hecho nuevo y bello que estudiar, y la contempló mientras esperaba que su fiel perro le llevase la comida.
Pero Niágara, preso del terror azul, huía en aquellos momentos hacia el Norte; adelantó a los osos y a los alces y se lanzó en la oscuridad del invierno ártico, entrando de cabeza en el Polo Norte con tal fuerza, que hizo un agujero en el hielo y las aguas de las profundidades se estremecieron.
Los alces se cansaron de correr antes de llegar al Ártico. Muchos de ellos perecieron en la huida; otros murieron de terror y sólo unos pocos sobrevivieron en aquellas regiones.
Algunos de los osos llegaron a los círculos polares; su pelo se volvió blanco, del terror, y allí viven todavía sus descendientes, los osos color de nieve. Otros no se asustaron tanto; no salieron de los bosques, y de ellos descienden los osos grises. Y los pequeños no crecieron; de ellos nacieron los osos negros de hoy, que tienen el mismo tamaño que los cachorros de la época de Paul Bunyon.
Mientras tanto, Paul Bunyon soñaba en su gran obra y esperaba a Niágara, que no regresaba. Le buscó en balde días y días, y, buscándole, oyó un ruido sobre el agua de la playa. Acudió a enterarse de la causa, y encontró un ternero recién nacido; era mucho mayor que los terneros corrientes: tan grande como Paul Bunyon en relación con los demás hombres. Y además era azul, como la nieve azul; sin duda, la madre se asustó con la nevada al nacer el ternerito.
El ternero se convirtió en su compañero, mientras Paul Bunyon seguía pensando en hacer algo grande, algo que fuese su obra. Un día se durmió, cansado, y soñó. Y en su sueño vio un nombre: Real América. Se despertó y volvió a dormir, y a soñar. Esta vez vio una selva; la llameante hoja de una guadaña derribaba los árboles.
Durante muchos días pensó en estos sueños, mientras buscaba carne de alce y pescado de la bahía para su ternero, que comía verazmente y crecía muy deprisa. Y decidió que tenía que marcharse de allí. Apenas había carne de alce, y los osos se habían ido. Y todos sus proyectos de hacer algo grande y maravilloso se fundieron en el nombre de su sueño: Real América, la Tierra de la Oportunidad.
Y cuando llegó la primavera, cogió su ternero, cruzó el límite y llegó a América, poblada de praderas y de bosques. Allí estableció la industria de la madera, su gran invento. Y cambió su nombre de Paul Bunyon por el de Paul Bunyan.
 

miércoles, 24 de octubre de 2012

La creación del hombre "leyenda norteamericana"

Después que el coyote hubo creado el mundo y los seres inferiores, quiso crear al hombre, para lo cual convocó un consejo de animales. Escogieron para reunirse un lugar despejado en el bosque, donde se sentaron formando un gran círculo.
El león presidía. A su derecha se sentó el oso pardo, y próximo a éste, el oso castaño. Así, de esta manera, se fueron sentando uno tras otro, hasta colocarse el último el ratoncillo, que se sentó a la izquierda del león.
Éste fue el primero en hablar, declarando que deseaba un hombre con una potente voz, semejante a la suya, con la que asustaría a todos los animales; además debería estar cubierto de piel, tener largos colmillos y fuertes garras. Respecto al color, opinaba que debía ser de un tostado semejante al suyo.
Entonces le interrumpió el oso pardo.
- Esto es ridículo. ¿Por qué debe tener el hombre una voz como la vuestra? Opino que un hombre debe ser de gran fuerza y moverse rápido y en silencio, sin hacer el menor ruido.
El ciervo aseguró que él no estaba de acuerdo con aquello. El hombre, según su manera de pensar, debería tener buenas astas sobre la cabeza, semejante a la suya, para poder luchar. También daba mucha importancia a los ojos y oídos, que deberían tener la sutileza de los suyos.
- Nada de eso -protestó la oveja -. El hombre necesita unos cuernos como los míos, con los cuales pueda topar contra su presa, y no las complicadas astas del ciervo, que se le engancharían en todos los matorrales.
A continuación tomó la palabra el coyote, declarando que en su vida habla oído decir tantas tonterías. Él era, sin duda, superior a todos los animales allí congregados, y, por lo tanto, le correspondía hacer el hombre a su semejanza, pero más perfecto aún que él mismo. Tendría cuatro patas, cinco dedos y una cabeza con ojos, oídos y nariz. No le parecía mal que tuviese una voz como la del león; pero no sería necesario que rugiese.
Entonces el león ordenó al coyote, que paseaba nervioso, que se sentase en su sitio y cesase de hablar.
El oso pardo prosiguió:
- Encuentro que el coyote ha hablado acertadamente en lo que se refiere a la forma de los pies, pues esto le permitiría permanecer derecho fácilmente; por lo tanto, los pies del hombre deberían ser, poco más o menos, como los del oso.
El coyote subrayó después la ventaja que tenían los osos al no tener rabo. Él sabía por experiencia que no servía más que de refugio a las pulgas. También habló de las ventajas que tenían los ojos y oídos de los ciervos, quizá mejores que los suyos, y de las que tenía el pez, a quien siempre había envidiado por la desnudez de su cuerpo. El pelo de los animales era una pesada carga, y, por lo tanto, él deseaba ver al hombre libre de pelo, pero con poderosas uñas, tan largas como las de las águilas.
Por último, reconoció que no había en la reunión, a excepción de él, un animal capaz, por su ingenio, de hacer al hombre. Y al decir estas palabras, levantó su hocico y miró a los reunidos con un aire importante.
El castor se levantó para dar su opinión.
El hombre debe tener una ancha y gruesa cola, con la cual pueda arrastrar fango y arena.
- Todos los animales habéis perdido el sentido - dijo la lechuza, gruñona -. Ninguno de vosotros desea ver al hombre con alas, y yo no comprendo qué podría hacer sobre la tierra un hombre que no las tuviera.
El topo aseguró que estaban todos locos. El pensar en un hombre con alas era el mayor disparate, porque estrellaría su cabeza contra el cielo; además, sus ojos se quemarían con la proximidad del Sol. Sin ojos, en cambio, podría horadar la tierra y ser tan feliz como él.
Finalmente, el ratoncillo levantó su chillona voz:
- Yo haría al hombre con ojos, de manera que pueda ver el alimento que lleva a la boca; pero nunca debería arañar la tierra.
Todos los animales discrepaban entre sí. El Consejo estaba sumido en el mayor desorden; nadie ocupaba su puesto, y, al fin, empezaron a luchar unos con otros. El coyote intentó huir; pero en este momento la lechuza se abalanzaba sobre él, mientras el castor le arañaba la quijada. El león y el oso pardo luchaban como fieras.
Pasado un largo rato, cuando comenzaban a desfallecer, agotados por la lucha, cada animal se sentó y empezó a trabajar, para hacer al hombre de acuerdo con sus propias ideas. Tomaron un terrón de tierra y comenzaron a moldearlo. Pero el coyote lo hacía según lo había descrito en el Consejo.
Era muy tarde cuando se habían puesto a trabajar, y así, la noche llegó antes de que hubiesen terminado su modelo. Empezaron a bostezar, y pronto todos los animales se retiraron a descansar. Uno solo continuaba laborando afanosamente: el coyote, que permaneció así sobre su modelo durante toda la noche. Muy temprano, y antes de que los restantes animales despertasen, el coyote terminó su obra y le dio vida. Al levantarse los demás, vieron con sorpresa que el hombre había sido hecho por el coyote.

lunes, 22 de octubre de 2012

Rip Van Winkle "leyenda norteamericana"

En las márgenes del Hudson, a los pies de las altas montañas encantadas de Kaatskill, hay una aldea fundada por los colonizadores de la época de Peter Stuyvesant. En esta aldea, durante el reinado de Jorge III de Inglaterra, vivía Rip Van Winkle, que estaba casado con una mujer tan pendenciera y desagradable, que no le dejaba vivir. Cuando los agrios sermones de su mujer le molestaban demasiado, Rip Van Winkle se iba de su casa y vagaba por el pueblo, sin ocuparse de su granja. Pero como ella no le dejaba en paz en ninguna parte, cogía a veces su escopeta y se perdía en los bosques, seguido de su perro.
Así fue como un día subió hasta un picacho perdido en las montañas de Kaatskill, y cuando se disponía a volver a su pueblo, oyó una voz que le llamaba por su nombre.
- ¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!
Miró a su alrededor, y vio venir a un hombre vestido a la moda de los antiguos colonizadores holandeses, que llevaba sobre sus hombros un enorme barril. El aparecido le pidió ayuda, y Rip Van Winkle, que nunca se la negó a nadie, le ayudó a llevar el barril por extraños y perdidos caminos; de vez en cuando se oían ruidos extraños, como si tronase entre las montañas. Llegaron a una gran planicie. Allí, varios hombres, vestidos a la antigua usanza holandesa, jugaban a los bolos. Rip Van Winkle ayudó al hombre del barril a dejarlo en el suelo y todos bebieron de él; después continuaron su juego, sin hacerle caso, y el ruido de los bolos era como el de los truenos entre las montañas. Entonces Rip Van Winkle decidió probar el líquido del barril, y era un vino tan bueno, que bebió una y otra vez hasta que el sueño le venció y se quedó dormido.
Cuando despertó, se encontró en el mismo picacho donde había encontrado al holandés; su escopeta estaba enmohecida y vieja, y el perro había desaparecido. Bajó de las montañas apresuradamente; pero al entrar en su pueblo sólo encontró en él gentes desconocidas que le miraban con extrañeza. Entonces advirtió que estaba viejo y encorvado, y la barba le llegaba hasta los pies. Su casa estaba derruida y abandonada. Preguntó por sus antiguos vecinos: unos habían muerto, otros se habían ido del pueblo y sólo alguno quedaba por allí; su mujer también había muerto. Rip Van Winkle había dormido veinte años en las montañas encantadas de Kaatskill.
Y se dice que en estas montañas el descubridor del río, Hendrick Hudson, se entretiene de vez en cuando con su tripulación en jugar a los bolos, y que el ruido que hacen se oye como si rodasen los truenos en las montañas. Y desde que ocurrió esta aventura, cuando un marido es un Juan Lanas y su mujer le domina, dicen en el pueblo que debiera echar un trago del vino de Rip Van Winkle.

sábado, 20 de octubre de 2012

La Gran Música "leyenda de norteamericanas"

Sucedió, allá en la comarca de Eel River (río de las anguilas). Y todo empezó simplemente por una gota de rocío. Una gota de rocío como las que cualquiera puede ver, en una mañana de verano, sobre las hojas.
Tony Beaver tramaba por entonces hacer algo grande y temerario. Pero quizá no hubiera sido tan imprudente si en el campamento no reinasen la animosidad y el odio. Cada cual hablaba mal de los demás, y las palabras mordaces y las cuestiones surgían a cada paso.
«Tengo que hacer algo que los saque de sus casillas», pensaba Tony. Y se fue al bosque, a meditar.
Al amanecer, y estando solo en lo alto de una colina, sorprendió un guiño en una gota de rocío que estaba en una mata de musgo. Tony guiñó, a su vez, a la gota. Y en aquel instante sintió que algo, dentro, le gritaba: «Mírala, mírala.» Y la miró fijamente, y en ella vio un mundo de cosas, como si fuera el centro de la creación y conociera sus secretos.
Entonces los pájaros empezaron a cantar al Sol, que salía. Tony temió que su gota se evaporara y la cubrió con hojas y musgo. Miró a su alrededor a todas las gotas de rocío, que se fundían al sol, pareciéndole oír que le gritaban: «¡Hermano, hermano!»
En aquel momento creyó oír a Jimmy, el violinista, tocar una música que fue creciendo y creciendo, hasta hacerle sentir que iba cabalgando en ella como un madero en un río.
«¿Y esto pasa todas las mañanas, y yo sin saberlo?», se dijo.
Y volvió a mirar el centelleo de la gota salvada, y entonces comprendió que era una gota exprimida del corazón del mundo; que en ella estaba la savia de la vida y que de ella había en todos los seres vivientes, y en rocas, y ríos, y plantas. La escondió en su pecho y corrió al campamento.
Cerca de él encontró a Jimmy, un sujeto que sabía más de lo que podía decir con la lengua, y lo decía con su violín. Jimmy le dijo que él no había tocado al amanecer y que lo que Tony había oído debió de ser la Gran Música.
- Anda con cuidado - le advirtió -, no vayas a hacer un agujero y se cuele por él la Gran Música, arrastrándolo todo.
- No me importaría; es lo que aquí está haciendo falta. Y, además, tú estás siempre agujereando el aire con tus canciones.
Y entre los dos tramaron la diablura. Al amanecer, Tony, subido en una roca, tocó su enorme cuerno y reunió a todos los vecinos. Les mostró la gota de rocío, diciéndoles:
- Miradla y miradla, hasta que el sol la toque.
Jimmy, en la cima de la colina, con su violín preparado, esperaba la salida del Sol. Un rayo pasó por encima de él y dio en la gota de rocío, que, brillando, brillando, desapareció. En aquel momento, Jimmy gritó:
- ¡La Gran Música viene!
Y empezó a tocar. Y como si el violín le trazara el camino, se fue acercando una extraña música. Y apareció una gran empalizada flotando por la ladera, hacia la hondonada, como por un río. De repente se deshizo; cada palo se empinó y empezó a danzar y a hacer cortesías. Detrás vinieron parejas de arbolillos y animalejos, y luego un torrente de música, una tromba de sonidos, todas las tonadas, todas las canciones conocidas, y con ellas toda clase de criaturas, bailando unas con otras, como locos. Allí venían osos, conejos, árboles y matas, gatos salvajes, rocas y troncos.
Y todos los habitantes de Eel River entraron en la danza, cogiendo cada cual la pareja que podía. Quién bailaba con un madero, quién, con un corro de ardillas, aquél, con un mono, éste, con un árbol repentinamente florido. La vieja Anne bailaba con el mozalbete vecino que tanto la molestaba; John y Peter, los irreconciliables enemigos, se sonreían mutuamente, abrazados en alegre danza. Y cada cual bailaba al son que escogía entre los miles de canciones que los envolvían. Y es que la Gran Música hace bailar a todo el mundo, y ¡ay del que se le resista!. Como el pobre reverendo Moisés, que no quería bailar y se agarró fuertemente a un pino, y el pino se arrancó y le hizo bailar una danza frenética, hasta arrojarle en una alta roca, fuera de la música.
Allí quedó, con la ropa hecha jirones y sin un pelo en la barba ni en la cabeza para toda la vida.
Jimmy seguía en lo alto, dejando pasar el torrente de música y criaturas. Muchas canciones le invitaban a bailar, pero él esperaba. Hasta que llegó una más grande y maravillosa que irrumpió, como si los cielos se abrieran; una música nunca oída, que empezó como una marcha solemne.
- ¡Aquí estoy! le gritó Jimmy.
Y como si desde que se hizo el mundo se esperaran, se abrazaron y empezaron a danzar. Todas las músicas y todos los danzarines se pusieron a los lados, formando un arco de sonidos. Pasaron por él y tras ellos, siguiéndoles, se fue la Gran Música, y todo acabó.
Todas las criaturas volvieron al bosque; los árboles se clavaron en el suelo y sólo quedaron unas cuantas rocas fuera de su sitio y un árbol florecido fuera de estación. De Jimmy nadie ha vuelto a saber.
Pero todos se sintieron más fuertes y más libres. Todo encono desapareció y reinó la paz. Era que habían visto una gota de rocío por primera vez y habían danzado al son de la Gran Música.
 

jueves, 18 de octubre de 2012

Los nudos del viento "leyendas"

En Sisevy, junto al Schlei, vivía una mujer que era bruja, teniendo poder sobre los vientos. Los pescadores de arenque del Schleswig la visitaban a menudo para pedirle que hiciera reinar en sus expediciones vientos favorables. Un día un grupo de estos pescadores que quería volver al Schleswig observó que reinaba Viento del Oeste, que les era desfavorable. Visitaron a la bruja y le dijeron:
- Queremos volver a nuestro pueblo; pero reinan vientos contrarios. Pídenos lo que quieras por darnos buenos vientos.
Ella les exigió gran cantidad de pescado, y, cuando lo tuvo en su poder, les dio un pañuelo con tres nudos.
- Os doy este pañuelo con tres nudos. Con él tendréis buenos vientos soltando dos de estos nudos. Pero el tercero no lo soltéis hasta después de haber atracado, pues de lo contrario correréis grandes peligros.
Los pescadores se dirigieron al muelle; embarcaron, y desplegaron las velas, aunque aún reinaba el viento del Oeste. Y el capitán cogió el pañuelo y soltó uno de los nudos. Inmediatamente el viento cambió y empezó a soplar suavemente del Este. Levaron anclas, soltaron las amarras y salieron de la boca del puerto.
Cuando habían navegado algún trecho, quisieron ir más de prisa y soltaron el segundo, y vino un vendaval que los llevó con la mayor rapidez hacia el puerto al que se dirigían.
Ya estaban cerca de este puerto cuando, llenos de curiosidad, y olvidando los consejos de la bruja, abrieron el tercer nudo.
¡Ojalá nunca hubieran hecho!, pues estalló una gran tormenta que los puso en trance de perecer, teniéndose que arrojar al agua todos para poder llegar a la orilla y no pudiendo salvar los barcos.