martes, 3 de mayo de 2016

Leyenda de Mallorca: El Moro Ciego (Valldemossa)

En Argel había un cautivo mallorquín que estaba en casa de un señor moro que era ciego, porque éste le había comprado como esclavo. A este cautivo, el señor le tenía mucha estima, porque era muy buen chico, y sabía hacer muy bien todos los trabajos.

Un día el señor le dijo:

- Si hicieras lo que yo te pidiese y no me engañases, te daría la libertad y todo el dinero que quisieras.

- Diga qué quiere que haga.

- Si te enviase a Mallorca, no volverías, porque ésa es tu tierra, pero si regresaras, te aseguro que estarías muy contento de mí.

- Diga qué quiere que haga en Mallorca, y confíe en mi palabra.

- Tú, ¿de que pueblo de Mallorca eres?

- De Valldemossa.

- Debes conocer el Puig de Na Fátima, ¿o no?

- Sí, señor, y mucho que lo he recorrido yendo a coger carrizo.

- Pues bien. Te daré siete pares de zapatos, y con estos siete pares de zapatos te irás a Mallorca.

- Cuando estés allí, el lunes te pondrás un par de zapatos, y con el par de zapatos puestos, irás a lo alto del Puig de Na Fátima y te pasearás por allí todo el día.

- Por la noche, te sacarás los zapatos, les harás una marca para saber que son los del lunes, y los guardarás bien guardados.

- Al día siguiente, el martes, te pondrás otro par de zapatos, y con este par de zapatos puesto, irás de nuevo a lo alto del Puig de Na Fátima y te pasearás todo el día por allí. Por la noche, les harás una marca para saber que son los zapatos que has llevado el martes, y también los guardarás bien guardados.

- El miércoles, te pondrás otros zapatos y harás lo mismo, y el jueves lo mismo, y el viernes y el sábado, hasta el domingo, que te pondrás el par de zapatos que hará siete, y todos les pondrás la marca del día que los habrás llevado.

- Después, volverás aquí en seguida, y me traerás los siete pares de zapatos bien envueltos, y ten mucho cuidado a perder alguno.

- No se preocupe, que todo se hará así como usted dice - dijo el esclavo.

- Bien - dijo el señor -. Si vuelves, te aseguro que no te arrepentirás, porque después te daré la libertad y todo el dinero que quieras.

El cautivo fue a Mallorca, hizo todo lo que su amo le había dicho, volvió a Argel, y le trajo los zapatos así como debía. Cuando el señor vio que había vuelto, se puso muy contento, porque ya creía que no volvería, y en seguida cogió los zapatos del lunes, se los pasó y los frotó por delante de sus ojos... y nada

Cogió el par de zapatos del martes, se los pasó por delante de los ojos....y nada

Cogió el par del miércoles, el del jueves, el del viernes y el del sábado y todos se los pasó por delante de los ojos....y nada

Cogió el par que hacía siete, que era el del domingo, y se lo pasó por delante de los ojos, y en seguida se curó de su ceguera y a partir de aquel momento podía ver muy bien. Y fue gracias a la virtud de las hierbas que habían pisado aquellos zapatos.

El señor abrazó al cautivo, y le empezó a besar, y después le dio la libertad y unos cuantos talegos llenos de dinero.

El cautivo regresó a Mallorca y vivió muy bien toda su vida, y sus descendientes todavía son ricos.

Esta misma rondalla se cuenta en Artà, y se localiza en el Puig den Maians
(Cuentos de Mallorca - Archiduque Luís salvador).

domingo, 24 de abril de 2016

Leyenda Inca: Huarcuna

El hijo del Sol, Túpac Yupanqui, "el Hombre de todas las virtudes", como lo llamaron los Huravicus (hombres del saber) de Cuzco, celebraba su victoria sobre la indomable tribu de los Pachis.

Todo el imperio estaba ahí para festejar su triunfo.

Pero un suceso nefasto se produjo: el cóndor de las alas gigantescas, cobardemente herido y sin fuerzas, cayó de la montaña más alta de los Andes, tiñendo la nieve con su sangre.

El Gran Sacerdote, viéndolo morir, anunció que se aproximaba el fin del reinado de Manco Capac, primer Inca fundador del Imperio; que otras gentes vendrían con inmensas piraguas para imponer su religión y sus leyes.

Pero ese día la fiesta continuó.

Se hizo venir a una bonita cautiva que iba a ser entregada al Inca. Su corazón estaba lleno de amargura porque había sido alejada del ser que ella amaba y se la obligaba a cantar alabanzas al vencedor.

De repente, ella se puso a temblar viendo que su novio se encontraba allí, también prisionero del Inca.

La noche comenzó a caer sobre las montañas, y la corte real se detuvo en Izcuchaca.

De pronto la alarma cundió en el campamento.
La bonita cautiva, la joven mujer destinada al serrallo del Inca, fue sorprendida huyendo con su amante, a quien mataron al defenderla.
Tupac Yupanqui ordenó la muerte para la esclava infiel. Y es con alegría que ella escuchó la sentencia, deseando más que nada en el mundo reunirse con el amante de su corazón y porque ella sabía que la tierra no era la patria del amor eterno.

Desde entonces, en el lugar donde fue inmolada la cautiva, sobre el Palla Huarcuna situado en la cadena de montañas entre Izcuchaca y Huaynanpuquio, se puede ver una roca que tiene la forma de una india con un collar alrededor del cuello y un turbante de plumas sobre la cabeza. Se afirma que nadie puede pasar la noche en el Palla Huarcuna sin ser devorado por el fantasma de piedra.

sábado, 16 de abril de 2016

Leyenda Inca: Los Hermanos Ayar

Sobre la montaña Pacaritambo (doce leguas al noroeste de Cuzco) aparecieron los hermanos Ayar, después del gran diluvio que había desvastado todo.

De la montaña llamada "Tampu Tocco" partieron cuatro hombres y cuatro mujeres jóvenes, hermanas y esposas de ellos a la vez.

Eran Ayar Manco y su mujer Mama Ocllo; Ayar Cachi y Mama Cora; Ayar Uchu y Mama Rahua y finalmente, Ayar Auca y su esposa Mama Huaco.
Viendo el estado de las tierras y la pobreza de la gente, los cuatro hombres decidieron buscar un lugar más fértil y próspero para instalarse. Llevaron con ellos a los miembros de diez Ayllus (organización inca que agrupaba diez familias) y se dirigieron hacia el sudeste.

Pero un primer altercado se produjo entre Ayar Cachi, un hombre fuerte y valiente, y los demás. Sus hermanos lo celaban y quisieron matarlo. Con ese plan, le ordenaron volver a las cavernas de Pacarina (se llama así, en quechua, al lugar de los orígenes) a buscar semillas y agua.

Ayar Cachi entró en la caverna de Capac Tocco (ventana principal de la montaña "Tampu Tocco") y el sirviente que lo acompañaba cerró con una gran piedra la puerta de entrada... Ayar Cachi jamás pudo salir de allí.

Los siete hermanos y hermanas restantes, seguidos de los ayllus, prosiguieron su camino y llegaron al monte Huanacauri, donde descubrieron un gran ídolo de piedra con el mismo nombre. Llenos de respeto y de temor frente a este ídolo, entraron al lugar donde se lo adoraba.

Ayar Uchu saltó sobre la espalda de la estatua y quedó enseguida petrificado, haciendo parte en delante de la escultura.

Aconsejó a sus hermanos de seguir el viaje y les pidió que se celebre en su memoria la ceremonia del Huarachico, o "iniciación de los jóvenes".


En el curso del viaje Ayar Auca fue también convertido en estatua de piedra, en la Pampa del Sol. Ayar Manco, acompañado por sus cuatro hermanas, llegó a Cuzco donde encontró buenas tierras; su bastón se hundió con facilidad pero no pudo retirarlo sin esfuerzos, lo cual era una buena señal. Entusiasmados conr el lugar decidieron quedarse allí.

Ayar Manco fundó entonces una ciudad, en nombre del creador Viracocha y en nombre del Sol. Esta ciudad fue Cuzco (ombligo, en quechua), la capital del Tahuantinsuyo (imperio de las cuatro provincias).

viernes, 8 de abril de 2016

Leyenda Inca: Manco Capac

En las tierras que se encuentran al norte del lago Titicaca, unos hombres vivían como bestias feroces.

No tenían religión, ni justicia, ni ciudades. Estos seres no sabían cultivar la tierra y vivían desnudos. Se refugiaban en cavernas y se alimentaban de plantas, de bayas salvajes y de carne cruda.

Inti, el dios Sol, decidió que había que civilizar estos seres. Le pidió a su hijo Ayar Manco y a su hija Mama Ocllo descender sobre la tierra para construir un gran imperio.

Ellos enseñarían a los hombres las reglas de la vida civilizada y a venerar su dios creador, el Sol.

Pero antes, Ayar Manco y Mama Ocllo debían fundar una capital.

Inti les confía un bastón de oro diciéndoles esto:
- Desde el gran lago, adonde llegarán, marchen hacia el norte. Cada vez que se detengan para comer o dormir, planten este bastón de oro en el suelo. Allí donde se hunda sin el menor esfuerzo, ustedes construirán Cuzco y dirigirán el Imperio del sol.

La mañana siguiente, Ayar Manco y Mama Ocllo aparecieron entre las aguas del lago Titicaca. La riqueza de sus vestimentas y el brillo de sus joyas hicieron pronto comprender a los hombres que ellos eran dioses. Temerosos, los hombres los siguieron a escondidas.

Ayar Manco y Mama Ocllo se pusieron en marcha hacia el norte. Los días pasaron sin que el bastón de oro se hundiera en el suelo.

Una mañana, al llegar a un bello valle rodeado de montañas majestuosas, el bastón de oro se hundió dulcemente en el suelo. Era ahí que había que construir Cuzco, el "ombligo" del mundo, la capital del Imperio del Sol.

Ayar Manco se dirigió a los hombres que los rodeaban y comenzó a enseñarles a cultivar la tierra, a cazar, a construir casas, etc...

Mama Ocllo se dirigió a las mujeres y les enseñó a tejer la lana de las llamas para fabricar vestimentas. Les enseñó también a cocinar y a ocuparse de la casa...

Es así que Ayar Manco, devenido Manco Capac, en compañía de su hermana Mama Ocllo se sentó en el trono del nuevo Imperio del Sol. A partir de este día, todos los emperadores Incas, descendientes de Manco Capac, gobernaron su imperio con su hermana devenida en esposa.

jueves, 31 de marzo de 2016

Leyenda Inca_ El Dorado

El rey de Guatavita cayó profundamente enamorado de una bonita mujer joven de la tribu vecina.

La esposó y tuvieron una hija.

Pero el rey se consagró mucho a su función, dejándose ir al libertinaje, engañando y olvidando a su esposa. Ésta, sintiéndose abandonada se desesperaba.

Sin embargo, los dos esposos amaban profundamente a su hija.

Un día, en una gran fiesta, la reina se enamoró de un bello y joven guerrero. Enamorados uno del otro, comenzaron a exhibirse mofándose de la vigilancia del rey.

Estos encuentros ilegítimos terminaron por ser conocidos por aquel que no tardó en sorprenderles.

El guerrero fue hecho prisionero y sometido a terribles torturas, hasta que se le quitó el corazón antes de empalarlo.

Esa misma noche se organizó una gran fiesta en honor de la soberana.

En el curso de la comida se le ofreció un plato refinado, el corazón de un animal salvaje. La reina lo miró con desconfianza, después se dio cuenta con horror que estaba ahí un pedazo de su amante. 

De repente, el ambiente festivo dejó lugar a un gran silencio cuando resonó el grito de terror de la reina. El tinte pálido como una muerta y el corazón magullado, fue a buscar a su hija antes de hundirse precipitadamente en las tinieblas. Sin reflexionar un solo instante, se tiró en la laguna sagrada de Guatavita.

Los sacerdotes se apresuraron a transmitir la noticia al monarca ebrio que, loco de dolor, corrió a la laguna comprendiendo cuánto amaba a esta mujer y cómo ella lo había hecho feliz antes.

El corazón lleno de llanto, ordenó a los sacerdotes recuperar el cuerpo de su esposa. Éstos revelaron que la reina vivía feliz en una casa submarina con una serpiente que estaba enamorada de ella.

Angustiado, el rey reclamó que le trajeran al menos a su hija. Los sacerdotes la trajeron y pudieron constatar que ella no tenía más los ojos. Entonces el padre decidió devolverla a su madre. 

El rey inconsolable perdonó a su esposa prometiéndole ofrendas para que ella tuviese en el más allá la dicha que había conocido tan brevemente a su lado.

Los sacerdotes, los intermediarios entre los hombres y la diosa de las aguas (la antigua reina), vivían en el borde de la laguna esperando su próxima aparición, una noche de luna llena.

Los chibchas hicieron de la laguna de Guatavita (formando un círculo casi perfecto) un lugar de culto donde se le hacía ofrendas de figuras de oro y esmeraldas a la diosa tutelar. Ella, en forma de serpiente, surgía de las aguas para recordar al pueblo la promesa de tesoros que se le había hecho. Las ofrendas se hicieron más y más numerosas a fin de calmar el dolor del rey.

Pero la ceremonia tuvo luego otro objetivo. Era un acto político-religioso que se realizaba para la consagración de un nuevo Zipa (rey de Bacatá, actual Bogotá).

Los días que precedían a la ceremonia, el rey y su pueblo comenzaban un período de ayuno y abstinencia.

 Durante este período confeccionaban máscaras y ricas vestimentas, arreglaban sus instrumentos de música y preparaban los mets de la chicha (alcohol de maíz) para el gran día.

Los pueblos vecinos se unían a la fiesta y todos, por un tiempo, olvidaban sus penas y sus llantos. Después venía el momento tan esperado.

Antes de que despuntara el alba, todo estaba listo para comenzar la procesión hacia la laguna sagrada al son de tambores y flautas. La multitud, engalanada de bellos atavíos y sus joyas entonaba canciones. Después seguía el cortejo real escoltado por los guerreros portando arco, flechas y lanzas.

A algunos metros de la laguna, el rey descendía de su palanquín y se dirigía hacia la barca real, marchando sobre las capas que ubicaban bajo sus pies los guerreros y los cortesanos. Sobre la barca recubierta de capas y de flores no tomaban lugar más que los miembros más meritorios de la corte, dejando libre la plaza central para el monarca. Tan pronto como se ubicaba al centro de la barca el rey dejaba caer su capa roja mostrando a todos su cuerpo recubierto de polvos de oro.

La barca real se alejaba lentamente mientras que la multitud, la espalda vuelta a la laguna, o la cabeza baja hacia el suelo para no ofender, hacía oír sus plegarias y cánticos. En medio de la laguna, el Zipa apuntaba su mirada hacia el oriente, esperando el sol. Cuando el cielo se teñía de rojo, el rey murmuraba plegarias. Y al momento cuando el sol surgía y bañaba de luz la barca real, el monarca levaba los brazos al cielo lanzando un grito de alegría repetido enseguida por toda la multitud.

Pronunciando aún unas plegarias, el Zipa tiraba al fondo de la laguna las admirables esmeraldas y los objetos de oro, después se sumergía él mismo en las aguas sagradas. Resurgía purificado y la barca regresaba a la ribera mientras que la multitud permanecía cabeza baja o de espaldas a la laguna.

El rey marchaba de nuevo sobre las capas hasta su palanquín que lo llevaba hasta su morada. Una vez el ritual y la consagración del Zipa acabados, comenzaba la fiesta que terminaba en la ebriedad.

El relato de este fastuoso ceremonial llega hasta nuestros oídos por el conquistador español Sebastián de Benalcázar quien, obsesionado por el oro, hizo la leyenda de Eldorado (el hombre dorado), que iba a traer a América una multitud de aventureros en busca de ciudades de oro.

lunes, 21 de marzo de 2016

Leyenda Inca: El Lago Titicaca

Hace mucho tiempo, el lago Titicaca era un valle fértil poblado de hombres que vivían felices y tranquilos.

Nada les faltaba; la tierra era rica y les procuraba todo lo que necesitaban. Sobre esta tierra no se conocía ni la muerte, ni el odio, ni la ambición. Los Apus, los dioses de las montañas, protegían a los seres humanos.

No les prohibieron más que una sola cosa: nadie debía subir a la cima de las montañas donde ardía el Fuego Sagrado.

Durante largo tiempo, los hombres no pensaron en infringir esta orden de los dioses. Pero el diablo, espíritu maligno condenado a vivir en la oscuridad, no soportaba ver a los hombres vivir tan tranquilamente en el valle.

Él se ingenió para dividir a los hombres sembrando la discordia.

Les pidió probar su coraje yendo a buscar el Fuego Sagrado a la cima de las montañas.

Entonces un buen día, al alba, los hombres comenzaron a escalar la cima de las montañas, pero a medio camino fueron sorprendidos por los Apus.

Éstos comprendieron que los hombres habían desobedecido y decidieron exterminarlos. Miles de pumas salieron de las cavernas y se devoraron a los hombres que suplicaban al diablo por ayuda. Pero éste permanecía insensible a sus súplicas.

Viendo eso, Inti, el dios del Sol, se puso a llorar. Sus lágrimas eran tan abundantes que en cuarenta días inundaron el valle.

Un hombre y una mujer solamente llegaron a salvarse sobre una barca de junco.

Cuando el sol brilló de nuevo, el hombre y la mujer no creían a sus ojos: bajo el cielo azul y puro, estaban en medio de un lago inmenso. En medio de esas aguas flotaban los pumas que estaban ahogados y transformados en estatuas de piedra.

Llamaron entonces al lago Titicaca, el lago de los pumas de piedra.

viernes, 30 de agosto de 2013

El Tesoro del Pirata

Una noche del mes de Abril del año de gracia de 1592, desembarcó en las playas de Campeche un grupo de personajes misteriosos. La maniobra ocurría en la zona de los manglares, que ahora se hallan a un paso de la ciudad, pero que, en aquel entonces, estaban a considerable distancia del pequeño puerto y se perdían en la espesura tropical característica de la región.

La del desembarco era tierra de nadie, y la selva que allí crecía propicia para disimular diligencias de forajidos. De más está anotar que el silencio reinaba en el lugar y que, a excepción de las figuras que se agitaban en la playa, ningún otro ser humano podía localizarse a esas horas en las cercanías, ya que aquellos andurriales permanecían desiertos incluso de día. El grupo llegado del mar en la negrura de la noche lo componían cuatro sujetos; y, quien hubiera sido testigo de lo que acontecía, habría observado que dos de los personajes, por su atuendo y sus gestos, no eran sino filibusteros, y los dos restantes, prisioneros que los bandidos habían adquirido en alguno de sus abordajes oceánicos.

Habiendo amarrado el bote en que desembarcaron, los cautivos, en acatamiento a las órdenes de los piratas que, sable en mano, dictaban peretorias disciplinas, pusiéronse en marcha hacia el interior cargando sobre sus hombros dos enormes cofres que, a juzgar por el lento paso de los porteadores, habían sido llenados a toda su capacidad de peso de varias decenas de kilos. La caravana se internó en la jungla y a poco arribó a las faldas del cerro en donde posteriormente fue construído el castillo de San José el Alto, subió por una vereda y desviándose en la cima se dirigió a un emplazamiento en que, traspuesto en seto de arbustos, apareció la boca de una caverna. Los piratas, que, por la seguridad con que se movían en medio de la obscuridad en esos parajes, indudablemente estaban familiarizados con la geografía del sector, mandaron a los cargadores penetrar en la gruta; y, caminando durante varios minutos por los pasillos de la misma y alcanzando un punto alejado de la entrada, ordenaron detener la marcha y depositar la carga en tierra.

El lector habrá comprendido ya que los cofres contenían oro y joyas en gruesas cantidades, producto de las depredaciones de los asaltantes, y que, siguiendo una tradición practicada en la hermandad, los ladrones del cuento habían llevado al sitio mencionado su botín para enterrarlo allí y agregarlo al caudal que periódicamente habían ido depositando en el refugio. Con los picos y palas que transportaron, los prisioneros, cumpliendo las indicaciones de sus captores, se dedicaron a cavar apresuradamente en el piso; y al cabo de una hora habían abierto ya una oquedad suficientemente amplia para recibir el precioso cargamento.

Mientras los cavadores transpiraban copiosamente después de terminada su ruda tarea, el que se conducía como jefe, examinando la hondonada abierta, exclamó satisfecho: -Habéis hecho un buen trabajo por lo cual os felicito. Estoy contento de vosotros y, para demostraros mi reconocimiento, os permitiré que descanséis para ahuyentar todas las fatigas que os hemos obligado a pasar.

Y, esto diciendo, lanzó una sonora carcajada que retumbó diabólicamente en la cueva. Los desgraciados presos se dieron cuenta de la sorna con que hablaba el desalmado solamente cuando vieron que se apoderaba de las pistolas que llevaba en bandolera sobre el pecho, y un rayo de luz iluminó sus embotadas conciencias: ¡estaban condenados a muerte!

Luego de asesinar a sangre fría a sus víctimas, los truhanes arrojaron los cadáveres al foso preparado para el tesoro, bajaron los cofres colocándolos sobre los cuerpos sin vida y procedieron a ocultar los vestigios de su fechoría rellenando adecuadamente, con la tierra extraída, el marco de los acontecimientos.

Regularmente, en el transcurso de tres años, se repitieron escenas semejantes a la descrita; de manera que la caverna de la historia se almacenaba ya, en el subsuelo, una fortuna respetable, de cuya existencia únicamente los dos piratas del presente relato poseían el secreto. Y en el año de 1595, hacía el mes de Diciembre, encontramos nuevamente a los dos pillos, en el camarote del jefe, poco después de haber obtenido un cuantioso botín arrebatado a una nao mercante que, pertrechaba con una fuerte dotación de oro en barras, se dirigía de Veracruz a España y ahora yacía en el fondo del Golfo.

Decía el cabecilla: -óye bien, dinamarqués: Como tú me has sido fiel en las buenas y en las malas, aunque sea yo un villano tengo también corazón, y quiero confiarte que éste será nuestro último viaje a Campeche. Has de saber que mañana, después de desembarcar y ejecutar lo acostumbrado, no volveremos a la nave. Proyecto establecerme en ese puerto como un honrado burgués, por lo cual tengo con qué. Y, por supuesto, tu, que has sido mi compañero leal, compartirás mi hacienda, pues no soy ingrato, para que te instales donde te plazca.

A lo que el dinamarqués respondió: -De acuerdo, capitán, y no puedo menos que agradeceros vuestra generosidad y alabar vuestra decisión. Estoy presto a obedeceros como siempre. Pero ¿no creéis que la tripulación entrará en sospechas cuando no nos vea regresar?

-¡Ca! ¡Descuida! Nuestros amigos tienen cuenta con la justicia, igual que nosotros, aunque hasta hoy no hayamos sido identificados; y si no nos ven volver, pensarán que las autoridades nos descubrieron; y, para evitarse dificultades, zarparán olvidándose de nosotros.

El danés conociendo la mentalidad bucanera, entendió que su jefe decía la verdad, y respondió: -Tenéis razón, capitán. Nuestros hombres no querrán sacrificarse por vos, pues por algo son piratas, a pesar de que siempre habéis tratado equitativamente en todo. Y no dudo que, convencidos de que caímos en manos del verdugo, no desaprovecharán la oportunidad para adueñarse de vuestro velero creyendo que son muy listos.

-¡Adelante, pues! –dijo el jefe-. ¡Y no se hable más del asunto.

Al día siguiente, los bandidos desembarcaron en el sitio habitual y ordenaron a sus prisioneros marchar al escondite del tesoro. Ya en la gruta, abierta la cavidad para depositar el botín, el capitán sacó las pistolas para despachar a los infortunados porteadores; pero, al pretender disparar, las armas no funcionaron. Reaccionando, los prisioneros, quisieron escapar, pero fueron bloqueados en su intento de fuga por el danés que, de certeros mandobles, envió a los indefensos al otro mundo.

-¡Bien hecho, dinamarqués! –gritó el capitán-. Y ahora procedamos a sepultar a éstos y repartirnos el tesoro para avecindarnos en Campeche.

-¡Un momento, capitán! ¡Vos no iréis a ninguna parte! –dijo el danés-. ¡Tiempo ha que esperaba una ocasión como ésta, y ahora que se presenta no voy a desperdiciarla!.

-¿Qué quieres decir, insensato?-, rugió el jefe.

-Quiere decir, capitán –repuso resueltamente el danés-, que si creéis en Dios o en el diablo rezad vuestras oraciones a cualquiera que os convenga, pues ya sois hombre muerto.

Y vació sus pistolas sobre el sorprendido filibustero, que rodó exánime a los pies del facineroso.

Varios años después, un personaje de rostro curtido por el sol, que había llegado al puerto en calidad de gran señor, contrajo matrimonio con una hermosa y aristocrática dama. Y, aunque por lo bajo se comentaba que el personaje tenía modales de rústico, que salpicaba su conversación con juramentos de mozo de cubierta y que, además de insolente, acusaba feroz aspecto, su riqueza garantizaba su elevada alcurnia. Y los desposados fueron el tronco de una de las más linajudas y renombradas familias que hubo en Campeche durante el período colonial.