miércoles, 31 de julio de 2013

El Hombre del Pene Pequeño

Existió una vez un muchacho huérfano de madre. Al crecer andaba vagando por el pueblo. Cuando llegó a la juventud se casó con una muchacha muy bonita, pero cuando quiso tener relaciones sexuales con ella, no pudo porque tenía el pene muy pequeño. La mujer se fastidió de su marido y lo corrió de su casa a pedradas.

Para qué diablos quiero a un hombre que no sirve para nada -decía su mujer.

El muchacho comenzó a andar por el pueblo llorando. Hasta que un día vio a una vieja que le preguntó:

¿Por qué estás llorando?

Es inútil que te lo diga, tú no puedes hacer nada por mí -le dijo.

Dímelo, para que yo vea si puedo ayudarte.

Ay abuela, me casé, pero no pude tener relación sexual con mi esposa porque tengo el pene muy pequeño.

¿Y por eso estás llorando?

Sí, por eso -contestó el hombre.

Pues no sigas llorando, te voy a ayudar. Aquí tienes un anillo, póntelo en la mano y cuando quieras estar con tu esposa, alzas la mano una vez y crecerá tu pene una cuarta y con ello tendrás para satisfacerla.

Se puso el anillo en la mano y volvió con su esposa. Cuando llegó, golpeó la puerta:

¿Quién es?

Yo soy -dijo él.

Para qué diablos quiero a un hombre que no tiene nada.

Abreme la puerta para que te demuestre que sí te puedo satisfacer.

Entonces su esposa lo dejó pasar. Apenas entró comenzó a jugar con ella. En eso, le hizo el amor y ella sintió que su marido lo tenía muy bueno. Al amanecer su mujer le sancochó gallina para que coma. Estaba muy contenta porque ya habían hecho lo que tanto deseaban.

Al día siguiente se fue el señor a su milpa, pero se quitó el anillo de la mano y lo dejó allí donde se sentó a descansar un rato. Cuando se fue de aquel lugar olvidó el anillo; unos instantes después llegó un cura y se sentó en la sombra, de pronto vio el anillo, lo agarró y se lo colocó en el dedo. Al llegar a la iglesia se puso su sotana y salió a celebrar la misa. Apenas llegó al altar, extendió sus manos para decir:

Dominus Vobiscum.

Cuando alzó las manos el sacerdote enseguida le creció el pene. Lo sintió raro porque apenas alzaba la mano sentía que se agrandaba más. Ni siquiera la misa acabó de oficiar cuando entró y se quitó la sotana. Llamó a su ayudante y lo mandó a buscar a un doctor para que lo viera. Mientras alzaba sus manos hacia arriba, decía:

¡Dios mío, qué me estará pasando!

Se daba cuenta que las veces que alzaba sus manos se le alargaba su pene. Al poco rato llegó el doctor y le preguntó:

¿Qué le pasa, señor cura?

Te mandé llamar para que me cortes esta cosa que me ha crecido mucho.

No se la puedo cortar porque se podría morir.

Pues se fastidió de que nadie podía curarlo y mandó llamar al carpintero.

Cuando llegó el carpintero preguntó :

Señor cura, ¿qué madera voy a cortar?

Esto -le dijo el padre.

¡Pues no puedo cortárselo! -dio la media vuelta el carpintero y se fue.

Cuando regresó el marido a su casa se dio cuenta de que no tenía el anillo en su mano, pero se enteró de lo que le estaba ocurriendo al cura y pensó:

Eso que le pasa al señor cura es por el anillo que tiene puesto en su mano por eso le crece mucho el pene.

Entonces fue a verlo. Cuando llegó le pidió el anillo.

Padre, déme el anillo para que yo le pueda curar.

No sólo el anillo te voy a dar, hasta esta cosa.

Entrégueme el anillo para que yo pueda curarlo.

Aquí tienes.

Apenas le entregó el anillo al señor, éste le agarró al señor cura su pene que estaba amontonado como soga y empezó a decir:

A la una, a las dos; a la una, a las dos.

Eso decía el señor, cuando el cura vio que ya le estaba quedando el pene muy corto y le dijo al hombre:

Déjame aunque sea una cuarta.

Pero el señor no lo oyó y por eso siguió diciendo:

A la una, a las dos. A la una, a las dos.

Eso decía cuando de pronto vio el señor cura ya había desaparecido todo su pene. Se puso muy triste porque ya no tenía nada para demostrar que era hombre. Cuando pasé hace poco por la sacristía allí estaba el cura, sentado llorando.

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