viernes, 9 de agosto de 2013

Dormir en Casa Ajena

Son las diez de la noche y los fantasmas corren hacia los muros, por paredes y puertas trepan para untarse a las vigas del techo. Sombras silbantes son que bailan próximos de la hamaca donde esperas la bendición del sueño, en una habitación cerrada en la que tu abuela, cerca, habla a Dios y a María y a los muertos. Ya oyes alejarse su interminable rezo, lento como un recuerdo del mar, al retirarse desde las arenas.

Intranquilo quieres dormir y no puedes, los minutos se alargan mientras das vueltas entre sábanas. De afuera llega lastimero el ladrido de un perro callejero, maullan gatos por el cobertizo como si llorara un niño muy pequeño, y una mariposa oscura, merodeando la veladora, se agiganta en la puerta.

Cerrar los ojos, guarecerse bajo la colcha mágica basta apenas. Cómo deseas que amanezca, que aclare pronto para ver a los primos y sudar juntos en el enorme patio, jugando hasta que vuelva tu madre por ti. ¿Y si no viene?

"Vendrá", te dices queriendo creerlo, mientras el árbol de huano rasca con sus ramas el alto techo de láminas de zinc. Quieres llorar entonces, pero siempre vergüenza. ¿Faltará poco para que aclare?

No crees haberte dormido, pero cuando abres los ojos hay calma y no se escucha nada extraño, salvo la respiración entrecortada de abuela. Parece que debes ir a orinar ahora. Te levantas despacio mas tu paso vacila unos metros delante pues en el corredor sin luz hay misteriosos ojos suspendidos en lo negro, ascuas son de jaguar en casa a obscuras, "figuraciones", afirmas, dándote valor, pero no lo piensas mucho: desistes.

No es el canto de los pájaros llegando desde los póstigos de la ventana, ni el aire fresco y nuevo lo que te despierta, sino un sonido aromado, el del batir de chocolate que proviene espumosamente desde la cocina, y el olor del pan que se calienta sobre el brasero. Sonríes. La abuela te espera ya con su mesa de asombros. Es de día por fín y ahora sí la diversión empieza.

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