viernes, 15 de enero de 2010

La Vieja madre Escarcha

Había una vez, una viuda, que tenía dos niñas. Una era hermosa, buena y hacendosa, pero la mujer la maltrataba y la sobrecargaba con pesadas tareas porque era hija solo de su difunto esposo. Su propia hija, en cambio era también muy hermosa pero de mal caracter y muy haragana. Sin embargo su madre la consentía y malcriaba en todo momento.

Un día la pobre hijastra de esa mujer estaba hilando junto al pozo de agua. Tanto había hilado ya, que tenía las manos terriblemente lastimadas. Al comenzar la sangre a brotar de las mismas, el huso se resbaló y cayó en la parte más profunda del pozo. Triste volvió a su casa y explicó a la madrastra lo ocurrido, pero ésta le dijo cruelmente: "Si has perdido el huso, entonces deberás lanzarte al pozo para recuperarlo". Y la muchacha, obediente, hizo lo que le ordenaban y se lanzó para rescatar el objeto perdido.

Sin embargo, no alcanzó el fondo oscuro como ella esperaba, sino que continuó cayendo y cayendo hasta que fue depositada con suavidad en otro reino.

Comenzó su búsqueda pero al poco de andar se topó con un hermoso árbol manzanero que le dijo: "Muchachita, ayúdame por favor, que mis manzanas ya están maduras y están doblando mis ramas". Entonces la jóven, sacudió el árbol hasta que la última manzana cayó al suelo. Y para no dejarlas desperdigadas, las apiló en un prolijo montón antes de continuar su camino.

Esta vez, pasó delante de un horno dentro del cual las hogazas de pan gritaban: "Muchachita, ayúdanos por favor, que ya estamos cocinadas y nos vamos a quemar". Entonces la niña las sacó una por una hasta que estuvieron a salvo.

Continuó su marcha hasta que llegó a una casita muy linda donde vió sentada en el umbral, a una horrible anciana con los dientes muy feos y grandes. Su primera reacción fue huir de allí pero luego pensó: "No debo prejuzgarla de ese modo. Realmente puede ser alguien muy amable". Y recuperando el coraje se acercó a la mujer con aspecto de bruja. Entonces la anciana, con una voz muy dulce le dijo: "Muchachita, si te quedas y me ayudas con mis quehaceres domésticos te recompensaré."

La niña aceptó contenta la propuesta, porque la anciana la trataba muy bien y pensó que realmente necesitaría su ayuda.

Limpiaba todo con mucha dedicación, cocinaba y especialmente ponía su atención en una tarea que la anciana le había encomendado con vehemencia: "Cuando hagas mi cama-le dijo a la niña- deberás estirar muy bien el edredón que la cubre, y sacudirlo hasta quitarle por completo todas las plumas que encuentres".

La niña hizo exactamente lo que le habían ordenado, y entonces entendió quien era esa extraña mujer.

No era sino la vieja Madre Escarcha, porque cuando sacudió las plumas de la cama, copos de nieve puros y blancos cayeron suavemente sobre la tierra, cubriéndola de invierno como estaba previsto.

Así vivió la niña durante varios meses, pero aunque había sido muy feliz, deseaba volver a su hogar, porque pese a los malos tratos, extrañaba a su madrastra y a su hermana.

Entonces fue a despedirse de la anciana, y ésta le dijo: "Me has sido fiel y has trabajado mucho. Cruza esa puerta que te lleva directo a tu hogar y cuando estés del otro lado recibirás tu paga".

La niña le dió las gracias y partió, pero cuando hubo cruzado la puerta, una lluvia de oro la cubrió por completo, convirtiéndola en una joven inmensamente rica. Al verla llegar así, el gallo de la casa cantó:

"Qui, qui ri quiiii, la doncella de oro ya está aquí"

Al ver esto, su codiciosa hermana decidió que ella también quería recibir esa recompensa, entonces se arrojó también al pozo y llegó junto al manzanero que gritaba: "Ayúdame, todas mis manzanas están maduras y doblan mis ramas".- "No es mi problema-dijo la egoísta niña-No quiero que una manzana caiga sobre mi cabeza, así que me mantendré alejada de tí".

Cosa similar ocurrió cuando se encontró junto al horno en el que el pan rogaba "Sácanos que ya estamos cocinados y nos vamos a quemar".-"No es mi problema-dijo una vez más-No quiero ensuciarme mi hermoso vestido".

Finalmente llegó junto a la anciana y le pidió que la tomara a su servicio. Esta accedió y le encomendó las mismas tareas que antes había hecho su hermana. El primer día trabajó bien, porque quería recibir su recompensa, pero ya al segundo dejó de limpiar, al tercero no cocinó para la anciana, y finalmente las plumas comenzaron a amontonarse sobre la cama evitando que la nieve llegue cuando era esperada.

Cansada entonces, la jóven dijo a la anciana que quería partir, a lo que ésta respondió: "Has sido haragana y has trabajado mal. Cruza esa puerta que te lleva directo a tu hogar, y cuando estés del otro lado recibirás tu paga".

Así la codiciosa jóven, sin volverse atrás cruzó corriendo la puerta, lista para recibir su oro, pero en su lugar, una lluvia de horrible y espesa brea la cubrió por completo. Al verla llegar así, el gallo de la casa cantó:

"Qui, qui ri quiii, la doncella de brea ya está aquí".

Y llena de vergüenza la haragana muchacha se escondió en su habitación y nunca más volvió a salir porque fue incapaz de lavar la sustancia que la cubría.

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