viernes, 30 de marzo de 2012

Damián el turbulento "cuento argentino"

Ésta es la muy breve historia de Damián el Turbulento.
El mal genio de este hombre lo convertía a veces en una fiera, cometiendo faltas tan graves, que tardaba mucho tiempo en volver su espíritu a la tranquilidad.
Por lo demás, y en estado normal, Damián era un hombre bueno, trabajador y caritativo, pero su enorme desgracia consistía en encolerizarse súbitamente por cualquier cosa, cegándose hasta convertirse en un malvado.
Por tales causas, su caballo tordillo tan pronto recibía caricias como palos y su inseparable pistola, unas veces estaba cuidadosamente limpia, como otras andaba por el suelo, enmohecida y sucia.
Damián el Turbulento conocía su falta, pero por más que luchaba por enmendarse, no lo podía conseguir, siempre dominado por su fatal genio que lo convertía en un injusto.
Nuestro hombre, tenía su rancho en medio de la pampa y, como todo gaucho, vivía de su trabajo, arreando animales, esquilando ovejas o transportando en las lentas carretas las bolsas de trigo hasta las estaciones del ferrocarril.
Por su terrible defecto, Damián era temido en muchas leguas a la redonda, y no bien la gente se daba cuenta de que comenzaba a enfurecerse, corría despavorida a sus viviendas temiendo los desmanes de tan desconcertante individuo.
Inútil fue que los amigos y parientes lo aconsejaran. Damián, lloroso, prometía enmendarse, pero a los pocos días, por lo más insignificante y fútil, daba rienda suelta a su mal genio, provocando situaciones que muchas veces se convertían en tragedias.
Pero, como todo en este mundo tiene su castigo, a Damián el Turbulento le llegó su hora y pagó sus culpas de una manera rara y misteriosa.
Una tarde, después de jurar ante su madre corregirse de tan temible defecto, galopaba por la pampa en dirección a una lejana estancia, cuando su pobre caballo se espantó de una perdiz que salió volando de entre sus patas.
La furia de Damián invadió de pronto su cerebro y entre palabras procaces y gritos de loco, le dio una paliza tal al pobre bruto, que éste cayó resoplando de dolor sobre la verde hierba.
Damián, ciego de rabia y sin darse cuenta, en su demencia repentina, de la injusticia que cometía, sacó su pistola y apuntando a la cabeza del noble caballo, presionó el gatillo con la evidente intención de matarlo.
Pero, cosa extraña, la bala no salió y el gatillo cayó con un ruido seco sobre el cartucho inofensivo.
- ¡Maldita arma! -gritó Damián blandiéndola por los aires,- ¡no me sirves para nada y aquí te quedarás para enmohecerse entre los pastos!
Y diciendo esto, arrojó la pistola lejos de si con toda la potencia de su fornido brazo.
Y aquí sucedió lo imprevisto. La pistola al golpear fuertemente sobre el suelo, disparó la bala que antes se había negado a salir y entre el gran estrépito del fogonazo, Damián el Turbulento rodó herido, al perforar su brazo el frío plomo vengador.
Para el hombre de nuestra historia, ésa fue la mejor lección de su vida, mucho más elocuente que las palabras de parientes y amigos y nunca jamás volvió a ser dominado por el mal genio que, indudablemente, lo hubiera llevado por sombríos caminos, y en adelante fue un hombre pacífico y bueno, con la consiguiente satisfacción de todos los que antes le temieran.

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